Rexnata - I Capítulo: Desenmascarada [Extracto]

15/7/12

Era sábado noche, todos los jóvenes de la ciudad estaban como locos saliendo y entrando de las discotecas, las chicas coqueteaban con ellos y la carretera estaba llena de coches con la música a tope. El alboroto de la ciudad siempre había molestado a la preciosa chica de pelo negro, ondulado y corto que caminaba ensimismada por la acera. Era Rex.

En su mano derecha llevaba un cigarro encendido al que le daba caladas de vez en cuando. En el bolsillo derecho de su apretado pantalón vaquero llevaba su móvil de última generación lleno de fotos de ella con sus amigas. En su hombro izquierdo llevaba colgando un brillante y negro bolso donde guardaba su peluca favorita y una máscara del estilo veneciana. De su cuello colgaba un precioso collar de plata con la silueta de un cisne que reposaba en su generoso escote. Llevaba una camiseta de manga corta muy ceñida y con lentejuelas que brillaban gracias a las luces de neón de las discotecas por las que Rex pasaba sin interés.

Su destino no eran esas discotecas, era otro sitio peor. Sus tacones de más de diez centímetros anunciaba su llegada y Rex, con un gesto de femme fatale, se paró y levantó su cabeza para darle la última calada a su cigarrillo que luego dejó caer al suelo. Cruzó el paso de peatones que la separaba del local donde trabaja y entró por la puerta trasera.

[...]

Rex corrió hacía el escenario. Tenía que pasar por delante de la cafetería para llegar hasta unas escaleras de madera vieja y maloliente. Las subió mientras sonreía forzosamente para el público que comenzaba a verla subir. Todos aplaudieron y Rex se plantó en la mitad del escenario observando a cada uno de los hombres que babeaban por ella. Eso le encantaba, se sentía viva, sexy, mujer...

La canción Mambo italiano comenzó a sonar y Rex se acercó al público para pedir que aplaudieran. Los hombres, hipnotizados ante los movimientos de cadera de Rex, obedecieron y aplaudieron hasta que las manos se le quedaron rojas. Rex se contoneaba frente a la barra de striptease. Muy pocas veces se había quitado todo hasta quedarse en ropa interior y pensó que hoy sería una buena ocasión para demostrarle a Pam hasta donde estaba dispuesta a llegar por conservar su trabajo y no dejarse pisotear por ninguna, y menos por Circe.

Comenzó por descalzarse para poder bailar mejor en la barra y subió hasta lo más alto ayudada de sus fuertes brazos. Una vez allí se abrazó a la barra con sus piernas y con cuidado separó ambas manos de la barra para dirigirlas a su espalda. Bajó la cremallera de su corsé y se lo quitó con cuidado, para darle tiempo a ponerse la mano izquierda en sus pechos y no dejar ver nada. Con la mano derecha dejó caer el corsé y con sus piernas comenzó a girar en la barra hasta darle la espalda al público. 

Todos estaban nerviosos porque sabían lo que iba a pasar. Rex se iba a quitar la mano izquierda de los pechos y se iba a dejar caer hacia atrás, agarrándose únicamente a la barra con las piernas. Y así lo hizo. Los hombres empezaron a aplaudir más fuerte y algunas mujeres se excitaron al ver aquellos pechos tan blancos y llenos de lunares.  

Pam sonrió desde su despacho, donde podía ver el escenario del local. Rex comenzó a bajar de la barra y cuando llegó abajo se acercó a los hombres. Sentía cómo la adrenalina recorría todo su cuerpo, nunca había estado tan alto en la barra ni nunca un hombre le había visto los pechos tan de cerca. Bueno sí, pero aquel hombre no contaba para ella, a pesar de haber sido su primer y único hombre.

La falda rosa de volantes sobraba y se la bajó con un simple movimiento. Cuando la tenía en los tobillos, le dio una patada y la lanzó al público. El afortunado en cogerla salió del local emocionado y Rex se rió a carcajadas al imaginar lo que haría ese hombre con esa falda.

Ahora Rex solo tenía un tanga blanco de encaje. Se dio la vuelta para mostrar sus nalgas igual de blancas y llenas de pequeños lugares que sus pechos. Marcó el ritmo de la canción con sus caderas dejando que sus nalgas se movieran hacia los lados y volvieran loco al más santo. Levantó la vista y vio el despacho de Pam, sabía que ella estaba detrás de ese espejo que hacía de pared. Era un espejo como el de las salas de interrogatorios. 

Rex le sonrió al espejo mientras movía sus manos a sus caderas donde capturó entre sus dedos a los pequeños hilos de su tanga. Los separó de su cuerpo y empezó a bajarlos poco a poco. Se dio la vuelta para mirar al público y sin complejos ni vergüenzas, se bajó el tanga.

Los piropos, los silbidos, los aplausos, las risas, los suspiros, los orgasmos de los hombres que tenían su mano dentro del pantalón. Todo eso junto hacía imposible escuchar la música de fondo. Se había montado un buen espectáculo y el escenario estaba lleno de billetes grandes.

Cuando la música terminó, Rex se despidió con una sonrisa y bajó, totalmente desnuda, las escaleras de madera antigua y maloliente.

[...]

Rex terminó de ajustarse el pantalón vaquero que no le terminaba de subir por culpa de la crema hidratante y se puso la camiseta de lentejuelas de nuevo. Circe la seguía mirando desde la puerta y Rex no le hacía caso, solo lo hacía para ponerla más nerviosa.


Ya terminé de vestirme  dijo Rex cogiendo su bolso¿También quieres acompañarme a ver a tu madre?
¿Por qué no? Le gustará lo que tengo que contarle.
¿Qué?
Que ya no eres Rex, alguien a descubierto tu verdadero nombre... ¡Renata!
¿Tú como sabes eso?
Ya te lo dije, alguien te descubrió. Por lo visto ese tatuaje que tienes al final de la espalda es de diseño único y hay un hombre preguntando por Renata en la entrada del local.
¿Bueno y qué?
Nada, solo dejo volar mi imaginación y te veo yéndote de aquí avergonzada para que nadie más te descubra y todo por quererle demostrar a mi madre que eres mejor que yo.
Lo soy.
Eso habrá que verlo  dijo Circe repitiendo las mismas palabras que había usado Rex con ella antes.

Cuando llegaron al despacho de Pam, Rex entró primero y después Circe. La conversación fue corta pero intensa, y Rex, como siempre, salió triunfante. Recogió lo que Circe le había robado y fue hasta el camerino de Thaïs para despedirse.

¿Qué te dijo Pam?
Nada, ella estaba contenta.
¿Y Circe?
Dice que un hombre me reconoció por el tatuaje que tengo en la espalda y que saben mi nombre real. Pero eso no es ningún problema, el único que conoce ese tatuaje es mi tatuador y podré negociar con él para que no cuente nada.
¿Negociar?
Sí, resulta que está en España sin papeles desde hace dos años.
Dios Rex, me encantas. Siempre sales de todos los problemas sin pestañear ni dejarte pisotear.
Es la única forma de sobrevivir aquí. Yo ya me voy. Nos vemos mañana.

Rex salió del local de nuevo por la puerta trasera y se encontró de golpe con aquel hombre de musculosos brazos y mirada sensual que dos años atrás la había hecho gritar de placer hasta quedarse media ronca.

Otra chica me dijo que podía encontrarte saliendo por aquí. 
¿A qué has venido?
A divertirme, como todos los hombres que vienen aquí.
Pero no todos conocen a las bailarinas.
Exacto, yo he tenido suerte de conocer a una y de que encima seas tú.
¿Qué quieres?
¿Tú qué crees?
Sexo...
Siempre has sido muy lista.