De corazón - Capítulo I

7/9/12

Capítulo I


Hola, me llamo June, ¿os habéis perdido? pregunté acercándome con miedo.
No nos hemos perdido contestó el niño sin separar la vista de mis ojos.
Vale, ¿entonces?, ¿qué hacéis aquí?
Nos hemos escapado respondió él sonriendo levemente.
¿Qué?, ¿cómo que os habéis escapado?, ¿de dónde?
De la mujer mala. Era mala y nos quería pegar y por eso nos escapamos. dijo el pequeño antes de salir corriendo.
¡Espera no te vayas! grité. Pero el niño ya se había alejado varios metros.

Fuera quién fuera esa mujer mala de la que el niño hablaba, era lo suficientemente temible como para hacer que un grupo de unos seis o siete niños entre cinco y diez años se escapara. ¿Pero de qué lugar?

Mi primer instinto fue ir a comisaría y denunciar lo que había visto. Pero luego pensé en esos niños asustados que, seguramente, pensaban que quería devolverlos a ese horrible lugar del que escaparon y que por eso huyeron de mí. Entonces afloró en mí otro instinto que muy pocas veces había experimentado antes: el instinto protector de una madre.

No sé porqué. Apenas conocía a esos pequeños, ni siquiera sabía sus edades, sus nombres o el lugar en el que nacieron. Solo sé que en sus ojos vi miedo. Suficiente para apiadarme de ellos y no ir a comisaría. ¿Pero suficiente cómo para involucrarme? No me paré a responder y salí del callejón oscuro en el que me encontraba. Me paré en la acera mojada por la lluvia que anunciaba la llegada de la primavera y miré a ambos lados de la calle. Pero no había nadie.

Entonces resoplé y seguí mi camino hacia casa. Una calle, dos calles, tres calles. El grupo de niños otra vez.

Eh, ¡esperad! grité como pude. Pero nadie se paró y todos comenzaron a correr de nuevo. ¡No quiero haceros daño!

Debí de sonar estúpida. La gente comenzaba a asomarse por las ventanas de sus casas para saber quién era esa loca que gritaba. Frente a mí había una gasolinera y los empleados me miraban fijamente, expectantes y a la espera de otro grito que no tardó en llegar.

¡Quiero ayudaros! Entonces el mismo niño de antes me miró con esos ojos azules penetrantes y me quedé de piedra, como hechizada. ¿Por qué era el único que confiaba en mí? No lo sé, pero hizo que los demás también se fiaran y lo dejaron solo conmigo, pero sin echarse a correr.
A mis amigos no les gustas mucho dijo él con su peculiar vocecita.
Ya me he dado cuenta, ¿pero eso por qué? Entonces me fijé en él y adiviné que no tendría más de seis años.
Piensan que nos quieres mandar de nuevo con la mujer mala.
¿Quién es esa mujer mala? pregunté asustada. ¿Se habrían escapado de un reformatorio o de un centro de acogida? De ser así, ¿quién podría tener el alma tan envenenada para ser capaz de pegarles a unos niños inocentes?
Se llama Lucrecia, es la dueña de ese sitio.
¿Dónde está ese sitio? Quería indagar sobre el asunto todo lo posible, pero los otros niños se acercaron a nosotros.
Tengo que irme. dijo él agachando la mirada por primera vez, y se dio media vuelta.
¡Espera! Solo dime cómo te llamas, ¿vale? le sonreí para inspirarle más confianza, pero por una extraña razón, él ya confiaba en mí.
Me llamo Travis Beaufort.
Travis, que nombre más bonito, ¿qué edad tienes?
Hace demasiadas preguntas. concluyó tajante un niño de unos diez años. Apoyó su mano sobre el hombro de Travis y lo empujó levemente hacia él.
Está bien, me iré. Pero si un día necesitáis algo, buscadme. Me llamo June Julissa Landry, vivo en las casas blancas y azules de ahí detrás señalé la gasolinera y las casas que se veían tras ella. Y pronto trabajaré como pedagoga, ¿vale? Pero nadie contestó.

La conversación, aunque breve, me dejó inquieta todo el día. Dudando entre lo que tenía que hacer y lo que no. Finalmente opté por buscar el nombre de ese niño en Internet. Si alguien había denunciado su desaparición el nombre constaría en alguna parte y puede que hasta la dirección de ese lugar tan horrible.

Travis Beaufort. Ningún resultado. Por lo menos no para mí, que buscaba a un niño de unos cinco o seis años. Ya no sabía qué hacer. Entonces tomé la decisión de denunciar que unos niños me habían confesado que se habían escapado de un lugar que desconozco, pero que vivían entre las calles de Sautron.

Me puse el abrigo, unos guantes y un gorro de lana. También cogí un paraguas y mi bolso nuevo del mercadillo. Salí dispuesta, con seguridad. Crucé la calle, busqué con la mirada la gasolinera para ver si volvía a ver a los niños rondando por ahí, pero no vi nada y seguí caminando. La comisaría estaba en la dirección contraria a donde me había encontrado por primera vez a Travis y a sus amigos.

Las calles eran anchas, enseguida pensé en lo rápido y cómodo que sería andar por ellas en bicicleta y tomé una nota mental sobre ello. Cuando llegué a comisaría me planté frente a ella y noté como un escalofrío recorría toda mi espalda y mi nuca. Me replanteé por unos segundos si era buena idea y entonces volví a quedarme sin saber qué hacer.

Ahí, frente a la comisaría, como una tonta. Había caminado alrededor de un kilómetro, con paso firme y seguridad: me dirigía a comisaría a denunciar lo que había visto y oído. Pero de repente, unos remordimientos acompañaron al segundo escalofrío. ¿Iba a traicionar a ese pequeño renacuajo que me miraba con esos ojillos azules tan tiernos?, ¿al que había confiado en mí sin conocerme? Yo tampoco lo conocía a él, pero si denunciaba y lo devolvían con esa tal Lucrecia a la que él llamaba la mujer mala, no me lo perdonaría nunca.

Un niño nunca, jamás, debe tener una infancia dura e infeliz. Pensé eso último mientras, inconscientemente, me daba media vuelta y comenzaba a caminar de regreso a casa.

Menudo paseíto más absurdo, pensé al quitarme los guantes y el gorro y dejarlos sobre la mesa del comedor. Al mirar la mesa me di cuenta de que no había comido nada durante el día y eran casi las cinco de la tarde.

Me hice dos buenos sándwiches de jamón y queso. Calenté un poco el pan en una sartén y comencé a devorar el primero mientras se calentaba el segundo. Como no había comido tampoco había bebido nada y el pan, algo seco, se me hacía difícil de ingerir. Busqué algo frío que servirme en un vaso y encontré un refresco a medio terminar. Así soy yo, cuando me aburro de un refresco, abro otro y no termino el siguiente; pero desde que vivo sola y estoy desempleada, ahorro cada céntimo.

Me senté en el sofá a ver la televisión y de pronto se me ocurrió otra idea. Puede que en Internet no aparezca la noticia de la desaparición de Travis, pero quizá sí en las noticias. Busqué canal por canal hasta dar con uno que narraba los sucesos de un asesinato en la otra punta del país, cerca de París.

De repente llegó la noticia que tanto ansiaba:

Un grupo de niños entre cinco y diez años lo que imaginaba se ha fugado esta mañana del reformatorio infantil de Lucrecia Strauss. La policía fue informada de inmediato, pero todavía no se tienen noticias del paradero de estos siete niños, de momento, considerados como desaparecidos.

Los padres de algunos de ellos están pensando en demandar al reformatorio de Lucrecia por negligencia y los otros todavía no han manifestado su opinión al respecto.

No son huérfanos, deduje. Se escaparon de un reformatorio, esa Lucrecia es una psicópata y esos padres están más preocupados por la demanda que interpondrán que por sus propios hijos. Dios mío, lo que habrán tenido que sufrir ahí dentro, pensé al ver las imágenes del reformatorio en televisión. Parecen celdas.

Sin darme cuenta por mis mejillas resbalaban docenas de lágrimas que se habían llevado por delante la máscara de pestañas. Me lavé la cara para quitarme el maquillaje y me la sequé rápidamente para volver al sofá donde seguir informándome sobre el asunto. Cambié de un canal a otro: cuando daban paso a otra noticia en un canal, yo daba paso a otro canal que hablara de la noticia. Y así hasta las diez de la noche.

Con el cuerpo cansado, pero la mente ocupada uniendo piezas del puzzle, me acosté en la cama y dejé que mis músculos se destensaran por un momento. Solo así logré calmarme. Pero poco duró al darme cuenta de un detalle: sería la primera vez para esos niños que pasarían la noche en la calle.

Al menos se tienen los unos a los otros para darse ánimos, pensaba para darme ánimos a mí misma. Pero no funcionaba. Me levanté de la cama, me abrigué con toda la ropa que encontré tirada en la silla de mi habitación y cogí unas mantas que tenía guardadas en el altillo del armario. Salí con ellas a la calle en busca de los niños y no tardé demasiado en encontrarlos.

Junto a la calle donde había hablado con Travis por segunda vez, frente a la gasolinera, había una gran avenida que conducía a un parque. Árboles, bancos de madera, más árboles, fuentes de hierro forjado y flores que lucían bonitos colores primaverales rodeadas por una pequeña verja y por último, un lugar tranquilo y alejado que muchas parejas jóvenes usan para ‘darse cariños’, los vagabundos para dormir y unos niños para ocultarse.

No sabía que podían estar allí, simplemente comencé a caminar por la avenida, sin rumbo. Y llegué a ellos. Entonces, entre la oscuridad, no pude distinguir ojos azules ni edades, pero sí siluetas. Y la de Travis era pequeña, delgada en sus piernitas pero ancha en su cuerpo porque llevaba un abrigo de plumas sobre un suéter de algodón.

Pero la oscuridad no era igual para todos, yo estaba bajo una farola, así que llamé la atención de vagabundos, cariñosas parejas y como no, la de Travis y sus amigos. Me acerqué a ellos con miedo de que me echaran, pero estiré mis brazos en los que llevaba las mantas y se las ofrecí. Ninguno dudó en cogerlas: se morían de frío a pesar de los abrigos que llevaban. Y entonces me arrepentí de no haber cogido más mantas y de no haber preparado un termo con té o leche caliente.

Se enrollaron en las mantas de dos en dos o de tres en tres. Eran tan pequeños y sus cuerpos tan delgados que incluso, en una misma manta, cabrían hasta cuatro niños abrigados. Pero Travis no corrió a abrigarse, sino a darme las gracias.

Eres muy buena, ahora sí les caes bien a mis amigos.
Tienes unos amigos muy listos, entonces.
Me gusta tu nombre dijo él volviendo a mirarme a los ojos como horas antes.
¿June o Julissa?
¡Los dos! entonces se rió a carcajadas y yo lo imité.
Oye, Travis, ¿sabes que tú y tus amigos aparecéis en la televisión? Os busca la policía A Travis le cambió la cara radicalmente.
Nos denunciarás, ¿verdad? Entonces a la que le cambió la cara fue a mí y me alegré de no haberlo hecho esa tarde.
No, no lo haré. Pero no puedes vivir en la calle para siempre, ¿lo entiendes? Si esa mujer es mala, me lo puedes contar y juntos podemos hacer que pague por todo lo que ha hecho.
Rob dice que nadie nos hará caso porque ella es mayor y nosotros unos niños.
Travis, yo también soy mayor sus ojos brillaron como la farola bajo la que nos encontrábamos al entender que yo, más que una amiga, podía ser su salvadora.
¿Nos ayudarías a que la mujer mala vaya a la cárcel?
¡Claro! contesté sin pensarlo, aunque luego pensé en las consecuencias y quise no haber dicho nada. Pero también vi a ese niño ilusionado y supe que valía la pena el esfuerzo.

Esa noche iba a ser dura para Travis, pero también para sus amigos. Sentí el deseo de llevármelos a todos a casa y alimentarlos, ducharlos y quererlos como unos niños se merecen ser queridos, pero no podía hacer eso sin meterme en líos con la justicia.

Horas más tarde, me puse en pie para irme cuando sentí que alguien tiraba de mí hacia abajo, era Travis.

Quédate con nosotros un poco más me suplicó. Por favor… Y yo no supe decir que no. Asentí, sonreí y volví a acostarme en el césped.

A la mañana siguiente, cuando todavía no había salido el sol, supe que debía marcharme inmediatamente y volver a casa. Había conseguido dormir plácidamente: aplacando mis dolores de espalda y mis remordimientos de conciencia. Pero ya era hora de darme una ducha, desayunar y salir de nuevo a buscar empleo.

Me quedé meditando unos segundos sobre lo que acababa de pensar. Desayunar. Cuánta hambre tenía y cuánta hambre no tendrían esos niños que dormían a mi lado como angelitos. Otra lágrima amenazó con salir, pero la retuve para no mostrar debilidad. Desperté a Travis para anunciarle lo que tenía pensado hacer sin comprometerme aún más en esa locura y salí disparada hacia casa. Cogí dinero de mi monedero, el suficiente para comprar buenos bocadillos y chocolate caliente. Cogí vasos de plástico que, curiosamente, estaban en el piso cuando me mudé todavía sin estrenar, preparé dos termos con el chocolate y en una bolsa plástica metí todo: vasos, termos, bocadillos y algunas servilletas.

Fui al baño y me metí en la ducha. Sería una ducha rápida, pues los niños esperaban hambrientos fuera. Me puse unos vaqueros oscuros, una camiseta rosa, un suéter gris y un abrigo largo negro. Unas botas de agua y mis indispensables guantes. Salí de casa con el bolso lleno de curriculums en una mano y de comida en otra. Dejé la bolsa disimuladamente al lado de una pequeña papelera de basura que cada casa tiene por fuera y seguí mi camino frente al grupo de niños como si no los conociera. Al pasar frente a Travis le piqué un ojo y recé para que todo saliera bien.

Después de paseos interminables por los pasillos de colegios, guarderías, incluso institutos, decidí hacer lo que entre Travis y yo habíamos planeado. Sabía que Lucrecia Strauss no era invencible porque fuese ‘mayor’, si era invencible era porque tenía contactos en todas partes. Así que las pruebas que usaría en su contra debían de ser contundentes y hacerme pasar por una madre que quiere internar a su hija en el reformatorio, parecía tentador para acercarme sin llamar la atención de nadie.