De corazón - Capítulo III

18/9/12

Capítulo III


Me acerqué a la puerta con miedo. No tenía mirilla así que grité un quién es bastante alto para que me oyeran. Esperaba oír: somos la policía de Sautron venimos a hablar sobre Travis Beaufort. Pero lo que escuché fue: Megapizzas, servicio a domicilio.

Nunca me había sentido tan estúpida y aliviada a la vez. Hice un gesto con la mano a Travis para que se alejara y el repartidor no lo viera. Travis se escondió en la cocina y abrí la puerta.

¡Qué rapidez! exclamé con una sonrisa. Y perdona, pero una vive sola y desconfía hasta de su sombra.
Tranquila, haces bien me dijo él picando un ojo.
Espero que no lo digas porque seas un asesino en serie… dije con una risa nerviosa, el chico me gustaba bastante. ¿Cuánto te debo? dije cogiendo las pizzas.
Si fuese por mí te las daba gratis, pero tengo que volver al negocio con dinero o con la mejor de las excusas.
Gracias dije soltando una carcajada después.
Son diecisiete con noventa, ¿no es mucha comida para ti sola? preguntó haciéndome sentir más nerviosa.
Son para mi… no digas novio novio.
Ah… pues siento la indiscreción dijo devolviéndome el cambio. Y se fue en su moto.

Soy estúpida, siempre me pasa lo mismo. Me pongo nerviosa, digo tonterías y río como si estuviese loca. Con razón no he tenido un novio que me dure más de tres semanas.

¿Novio? preguntó Travis saliendo de la cocina.
No preguntes…
¿Te gustaba ese chico?
Mucho, ¿tú cómo lo sabes?
Porque estabas igual de nerviosa que Rob cuando hablaba con Laura.
¿Quién es Laura?
Su novia, pero ella no se escapó con nosotros porque tenía miedo.
Cuéntame cómo te escapaste, tengo curiosidad.
Esperamos despiertos un buen rato. Teníamos miedo de dormirnos así que no cenamos nada diciendo que no nos encontrábamos bien. El hambre no nos dejó dormir y cuando escuchamos que el reloj de la catedral recordé que esa misma tarde yo lo había escuchado antes de subirme al taxi marcaba las tres de la mañana, nos levantamos de la cama.
¿Y después?
Después subimos a la azotea y aprovechamos que pintaban la casa por un lado.
¿Cómo?, ¿quiénes pintaban la casa?
Unos hombres que Lucrecia contrató para pintar el reformatorio por fuera y estaban colgados de la pared.
¿Subidos en un andamio?
No sé como se llama eso, pero Rob nos dijo que teníamos que saltar dentro. Y saltamos.
¿Saltaste al andamio desde la azotea?
Sí, pero estaba cerca porque empezaron a pintar desde arriba…
Ya, claro. Es un buen plan, ¿pero no te dio miedo?
No. El primero en bajar fue Rob y Mario, otro niño de diez años, nos cogía a los pequeños en brazos y se los pasaba a Rob.
Menudos sois… dije sonriendo y contagiando mi buen humor a Travis, que seguía muy preocupado por sus amigos.
Luego Rob pulsó unos botones y bajamos. Pensamos que nos iban a descubrir porque hacía mucho ruido, pero nadie salió ni se asomó y cuando llegamos abajo, corrimos muchísimo.
¿Llegaron a Sautron la primera noche?
¿Dónde está eso?
Esto es Sautron, Travis. El reformatorio está a varios kilómetros, para ir tuve que coger un taxi porque era muy lejos.
Pues creo que sí, llegamos aquí esa noche.
Debíais de tener mucho miedo para correr tanto… ojalá pronto podamos meter a esa bruja en la cárcel y salvar a tus amigos. Cuando sus padres se enteren de lo que hacía Lucrecia con ellos, seguro que volverán a casa con ellos.
Aunque mis padres sepan que Lucrecia me pegaba, no me querrán más ni me tratarán mejor. Yo solo quiero vivir contigo, June.

Esa tarde Travis y yo almorzamos unas pizzas mientras veíamos la tele y jugábamos juntos. Estaba feliz, él porque ya no estaba con la mujer mala y yo porque estaba con él.

De pronto llegó la noche y sonó el teléfono. Volví a asustarme, pero me tranquilicé y fui hasta él. Una llamada de la directora del colegio Sainte-Marthe, se disculpó por lo tarde que era pero la noticia que tenía que darme no podía esperar: necesitaba una pedagoga urgentemente, a ser posible, mañana mismo.

Intenté ocultar mi entusiasmo, como si no llevara semanas esperando que me contrataran en algún colegio y acepté sin dudarlo. Colgué el teléfono con unas buenas noches y me levanté para bailar de alegría.

¿Buenas noticias? me preguntó Travis asombrado por verme bailar de aquella manera.
Las mejores me acerqué a él y tiré de su mano para que me acompañara al centro del salón y bailar juntos.
¿Quién era?
Arleth Oralia Leveque, la directora del colegio Sainte-Marthe, me ha dicho que empiezo mañana a trabajar.
¿Cómo profesora?
No, soy pedagoga, yo no doy clases a niños. Mi trabajo consiste en ayudarles a aprender. Es un poco más complicado que ser profesora.
¿Pero te pagarán bien? me reí ante la pregunta.
¡Sí! Bastante bien, de hecho. ¿Por qué lo preguntas?
Pues porque si no te pagan bien no podrás seguir viviendo aquí, ¿no? Esta casa debe de ser muy cara.
Eres espabilado, pequeño Beaufort. Lo cierto es que es carísima, pero mis padres me ayudan bastante Travis agachó la mirada cuando mencioné a mis padres­—. ¿Qué pasa?
—Nada, solo que me has recordado a mis padres… —noté que tenía los ojos húmedos.
—Quizá hablar de ellos te ayude un poco… ¿quieres hablar conmigo de tus padres?
—Se llaman Arles y Romane. A mi madre ya la viste y mi padre tienes los ojos grises y los dientes muy blancos… los dos son ricos y están siempre fuera.
—¿En qué trabajan?
—Mi madre ahora no trabaja en nada, solo acompaña a mi padre a todos lados. Mi padre es el vicepresidente de una empresa.
—¿Qué empresa? —pregunté con la curiosidad en los ojos y pensando en si sería una empresa famosa o algo.
—No me sé el nombre… es una empresa rara —contestó él algo triste.
—Bueno no importa, lo importante ahora es dormir, ¿vale?
—¿Dormiré en el sofá? —preguntó mirándolo.
—No, —me reí— si quieres puedes dormir en mi cama… es muy grande.
—¡Vale! —respondió con una sonrisa tan amplia que casi se me olvidaba que mañana tendría que pasar el día solo.
—Travis, no puedo dejarte salir de esta casa. No ahora que tus amigos no están; y mañana, cuando me vaya a trabajar, tendrás que pasar el día entero tú solito aquí.
—No importa… estoy acostumbrado. En casa pasaba las tardes enteras solo y en el reformatorio cuando me castigaban igual.
—Bueno, te dejaré el número de mi móvil apuntado por si acaso y también llamaré de vez en cuando, ¿vale? Pero no cojas el teléfono a no ser que veas mi número escrito, podría ser otra persona y me meterías en un lío.
—Soy pequeño, June, pero no tonto —nos echamos a reír.

Después de un buen baño, Travis se puso una camiseta que suelo usar yo para dormir. Unos calcetines abrigados y listo. Ya en la cama, Travis no paraba de moverse de un lado a otro, nervioso y asustado. Intenté calmarlo, pero lo único que le tranquilizaba era que le acariciara el pelo mientras dormía. Y así estuve varias horas hasta que dejó de moverse y pudo dormir en paz.

Yo, en cambio, estaba bastante nerviosa con mi nuevo trabajo y no podía conciliar el sueño. Además, tener en casa a un niño al que busca la policía… no tranquiliza demasiado.

A la mañana siguiente, Travis seguía durmiendo en mi cama. Me levanté sin hacer ruido para no despertarle y fui al baño. Vaya ojeras tengo, pensé mientras me pasaba el dedo por ellas: estirándolas una y otra vez. Nada, eran horribles y debía de solucionarlo. Me duché, me lavé los dientes y comencé a secarme el pelo. Cuando terminé me dirigí a mi neceser de maquillaje y me tapé las ojeras, me maquillé un poco los ojos y le di color a mi cara con algo de colorete.

Pasé de ser un muerto viviente a una joven, por qué no, atractiva. Muy pocas veces me miraba al espejo así, pero esa mañana estaba dispuesta a triunfar y necesitaba ir con la autoestima bien alta.

Cuando salí del baño, Travis seguía durmiendo. Fui al armario y elegí una falda marrón por las rodillas, una camiseta un poco más oscura y un cinturón pequeño atado a la altura del ombligo. Un conjunto elegante, pero hacía frío en las calles de Sautron a esas horas de la mañana, así que me puse unas botas con un poco de tacón que me tapaban las piernas y un abrigo largo y blanco. Mi bolso a juego con todo lo importante dentro y un pequeño desayuno por si no tenía a donde ir para comer.

Ya limpia, bien vestida y con el ánimo por las nubes, me decidí a salir por la puerta. Pero Travis salió bostezando de mi habitación y, al verme ya dispuesta para salir, salió corriendo a abrazarme.


—No tardes, por favor.
—Tranquilo, vendré a la hora de comer si tengo tiempo. Si no llego, coge yogures de la nevera y cómetelos todos, ¿vale? A la noche volveré con bolsas de comida y con algo de ropa para ti.
—¿Me vas a comprar ropa? —se le iluminaron los ojos.
—¡Claro! No vas a estar usando mis camisetas viejas toda la vida, tendremos que comprarte algo —dije sonriendo y entonces me abrazó más fuerte.
—Gracias, June, es lo más bonito que ha hecho nadie por mí nunca.
—¿El qué?, ¿comprarte ropa? —me agaché para estar a su altura.
—No. Arriesgarlo todo, incluso ir a la cárcel, por ayudarme a no volver con la mujer mala.
—Travis, conocerte para mí ha sido como volver a nacer, ¿entiendes? Antes yo vivía sola, no tenía amigos, no me relacionaba con nadie y estaba siempre amargada. Ahora estoy feliz, te he conocido, he encontrado trabajo y pronto tendré mucho dinero para comprarte lo que quieras. Tenerte en mi casa para mí es un placer, eres un niño encantador, eres… —dejé de hablar por vergüenza.
—¿Qué ibas a decir?
—Yo… eh… nada —me puse en pie y apoyé la mano sobre el pomo de la puerta.
—¡No te vayas!, ¿qué me ibas a decir? —noté súplica en sus ojos y me volví a agachar con las orejas rojas de la timidez.
—Lo que te iba a decir es que tú eres para mí como… como un hijo, Travis. Sé que te conozco de dos días, pero siento que debo protegerte de todo y de todos desde el momento en el que te vi en aquél callejón —levanté por fin la mirada del suelo y me encontré unas lágrimas resbalando por toda la cara de Travis—. Ey, vamos, no llores… siento si te molestó; yo, de verdad, lo siento…
—No me molestó —logró decir entre sollozos—. Tú eres lo más parecido a una madre que he tenido nunca, June. Gracias por cuidar de mí.
—Un placer, pequeño mío —le di un abrazo enorme.
—Vete ya que la mujer esa que te llamó anoche se va a enfadar.
—Uy sí, no parece ser muy comprensiva la verdad, estoy asustada y más me vale no cagarla el primer día.
—No se dicen tacos —dijo sonriendo y limpiándose las lágrimas de antes—. Adiós, June.
—Adiós, Travis. Te dejé mi número anotado al lado del teléfono. Llamaré a cada rato para saber si estás bien.
—Vale. Hasta luego —dijo sonriendo de nuevo. Sin duda saber que lo quería tanto le hizo ser muy feliz, y a mí también.