De corazón - Capítulo IV

22/9/12

Capítulo IV


¿Señora Leveque? pregunté entrando en la sala de profesores.
Señorita dijo ella dándose la vuelta que acabo de divorciarme.
¡Claro! respondí extendiéndole mi mano a la directora del colegio—. Soy June Julissa Landry, hablamos anoche por teléfono.
Sé quién eres, ¿estás dispuesta a trabajar hoy mismo?
¡Por supuesto! contesté entusiasmada. Lo cierto era que me moría de ganas por trabajar.
Muy bien, vamos a mi despacho para que leas el contrato y lo firmes si estás de acuerdo. Si es así, empiezas ya mismo con unos chicos un poco… especiales dijo dándole un sorbo a su café.

Entré en su despacho detrás de ella y me senté en una silla marrón de cuero. A mi lado tenía otra silla igual y una estantería llena de libros; al otro lado, una ventana que comunicaba con el patio de recreo de los niños.

Firmé el contrato después de leerlo con ella y de preguntar ciertas cosas respecto a mi sueldo o a mi horario. Me levanté y la seguí hasta el que sería mi despacho. Mi despacho no era más que una clase reformada para que pareciera un poco más acogedora con algunas plantas o cortinas en las ventanas. Me dio la impresión de que estaba bastante sosa, pero no era momento para nimiedades, tenía que empezar a demostrarle a Arleth todo lo que valía como pedagoga, mis dotes de diseñadora de interiores me los guardaría para mí.

Arleth, Oralia o la señorita Leveque eran las diferentes formas que tenía la gente de llamarla, aunque yo prefería usar sus dos nombres, tal y como me gustaba que lo hicieran conmigo. Ya que, que me llamen June o Julissa a secas, me resulta raro, cada vez que me encuentro con otra persona con dos nombres, la llamo por los dos. Así, a partir de ese momento me iba a dirigir a ella siempre por sus dos nombres.

Arleth Oralia dije haciendo que se volviera a mí—. ¿Cuándo vendrán esos niños de los que me habló?
En un momento bajo a buscarlos y les dijo que suban, ¿estás impaciente?
Sí, bueno… no quería parecer desesperada me hace ilusión trabajar aquí.
Espero que te dure la ilusión, querida. Estos niños suelen destrozarla.

Ya estaba nerviosa antes de conocerlos, pero cuando Arleth Oralia los llevó hasta mi “despacho” me sentí más relajada. Eran niños pequeños, no los adolescentes traviesos con las hormonas alteradas que me había imaginado en mi cabeza. Afortunadamente para mí, estoy más acostumbrada a tratar con niños problemáticos que con adolescentes y éstos últimos tardan más en afrontar sus problemas y solucionarlos que los niños.

El problema de estos tres niños que tenía frente a mí era que no hacían la tarea que sus profesores les marcaban. Muchos niños de buenas notas, estudiosos y tranquilos, suelen tener estas etapas. Etapas que no son más que eso, etapas. Con el tiempo se pasaría, pero la directora no quería esperar, quería que indagara sobre la causa del problema y que lo solucionara.

Así que empecé a trabajar como una psicóloga más que como una pedagoga, pero con niños resulta fácil. No saben hablar y expresarse de la misma manera que un adulto, pero tampoco tienen demasiados traumas, complejos o inquietudes, porque son niños y viven su día a día más despreocupado que el de un adulto. Así, logré enterarme de que uno de ellos tenía un hermano pequeño al que sus padres mimaban más que a él: celos. Al otro le pasaba algo parecido, pero también tenía en casa constantes problemas con sus padres: discutían cada noche y estaban pensando en divorciarse. Al tercero no pude diagnosticarle nada, más bien parecía estar enfadado con todos, incluso conmigo, que no me conocía.

Hablé con las profesoras de los niños y elaboré unos ejercicios con las tareas que las profesoras me marcaron para enseñarles. Las profesoras, al contrario que yo, no tienen tanta paciencia. Ellas tienen una clase llena de veinte o treinta niños que tienen que aprender como sea y, si uno de esos niños, se queda atrás, no pueden parar a toda una clase por él. Ahí entro yo. Con los ejercicios los niños se pusieron al día y hablando por teléfono con sus padres, los niños recibieron todo el amor que merecen recibir esa tarde al volver del colegio. Un buen comienzo como pedagoga.

Arleth Oralia me miró con cara de satisfacción y agradecimiento al entrar en mi despacho al mediodía.

No sé qué les has dicho a esos niños, pero se han ido a casa más tranquilos.
Los niños solo necesitan que alguien se tome la molestia de escucharlos de vez en cuando.
Creo que he hecho bien contratándote, me gusta como trabajas. Hay más niños con problemas en este colegio, pero creo que pueden esperar a mañana. Hoy has hecho más de lo que esperaba de ti, vete a casa a descansar y vuelve mañana más temprano para ver cómo han mejorado éstos y atender a un grupo nuevo.
Gracias, Arleth Oralia, le agradezco que me deje salir antes lo cierto era que me moría por salir de ahí e ir corriendo a casa a ver cómo estaba Travis.
Te lo has ganado. Y ahora vete antes de que me arrepienta.

Caminé por toda la calle que conducía a la parada de taxis, pero al ir caminando vi una tienda de bicicletas especializada en todo tipo de ellas y en el equipamiento necesario. Recordé entonces lo que me gustaría tener una y entré.

Esa de ahí dije después de un rato viendo bicicletas. Y el dueño del local me la enseñó mejor.
Buena elección, ¿entiende usted de bicicletas?
¡Qué va!, pero es preciosa.
Entonces llévesela, está a mitad de precio.
¿Cuánto sale?
Mil quinientos sesenta y cuatro euros dijo como si nada.
¿Tanto? mi cara de asombró debió de asustarle.
Bueno, podemos hacerle un pequeño descuento si quiere, de unos cien euros… pero no puedo rebajarle más el precio.
No, el problema es que ni así tendría tanto dinero, creo que tendré que venir otro día. Quizá, ahorrando poco a poco, ese día sea dentro de un año.
Pero lo que sí podemos hacerle es un plan de pago, ¿qué le parece cien euros al mes?
Bueno, claro, visto así… pero también pago un alquiler, comida y ropa… me acordé de la ropa de Travis Lo siento, créame que lo siento porque me encantaría salir de aquí subida en esa bicicleta, pero ni así podría permitírmelo. Hasta luego.
Más lo siento yo, espero que vuelva algún día a por ella, aunque sea dentro de un año sonreí.
Yo también lo espero y salí de allí.

Finalmente opté por coger un taxi que me dejara en el centro comercial, como Arleth Oralia me había dejado salir tan temprano, Travis todavía no tendría hambre y seguro que me daba tiempo de hacer las compras que quería.

Le pagué al taxista y me bajé corriendo. Sentí un poco de calor y miré al cielo: despegado. Cómo me gustaban esos días de sol con algo de brisa. Entré al centro comercial y fui directa a una tienda de ropa de niños. Zapatos, pantalones, camisetas, chaquetas, pijamas, bufandas, guantes, calcetines y calzoncillos.

Lo tenía todo sobre el mostrador y la chica de dientes torcidos que me atendió iba pasando prenda por prenda y en la máquina aparecía la suma de todos los productos, el total: doscientos noventa y tres euros con cuarenta céntimos. Saqué mi tarjeta y pagué, pero salí de allí sin pensar en todo lo que me acababa de gastar sino en lo que a Travis le gustaría que llegara con bolsas y bolsas de ropa para él.

Luego pensé en entrar en el supermercado, pero no podía con todas esas bolsas y dejarlas en una taquilla sería una pesadilla, así que opté por salir a la calle que sabía que había un mercadillo con buena fruta y verduras. Aprovechando el buen tiempo, compré buenos productos para hacer una deliciosa ensalada y unos batidos de fresas riquísimos.

Volví a coger otro taxi y llegué a casa. Metí con cuidado la llave en la puerta y fui girando hasta que abrí. Retiré las llaves y abrí con cuidado. A esa hora los vecinos paseaban al perro, salían a tender la ropa a los balcones o simplemente se asomaban por la ventana a cotillear mientras fumaban. Y no quería que ninguna de esas personas viese a Travis detrás de la puerta.

Empujé la puerta, pero él no estaba ahí. Cerré y dejé las bolsas sobre el suelo, notando como los brazos me lo agradecían devolviéndole la sangre a mis venas.

Travis dije bajito para que nadie más que él me oyera Soy yo, vamos, ¿dónde estás?
—Aquí dijo una vocecilla desde mi habitación. Estaba tumbado sobre la cama con un libro de cocina en las manos.
Travis, si tenías hambre podrías haber comido algo de la nevera, no hace falta que mires con ojitos de pena al libro. Las fotos de esos ricos platos no van a aparecer delante de ti por más que los mires me acerqué a él.
No tengo hambre, June… es que me duele el cuerpo y quería entretenerme con algo. La tele hace mucho ruido y los vecinos podían oírla y saber que había alguien aquí, tu ordenador tiene contraseña y tus libros son de pedagogía.
La tele la puedes oír con auriculares, la contraseña de mi ordenador es Aries y sí, mis libros son aburridísimos me reí­. ¿pero qué es eso de que te duele el cuerpo?
Me duelen las rodillas, los codos y la espalda dijo cayendo sobre la cama de nuevo —le toqué la frente.
No puede ser… hay que llevarte al médico dije haciendo aspavientos y exagerando mi tono de voz a dramático.
¿Qué tengo? su voz sí sonó a preocupación.
Tranquilo, Travis, solo estás creciendo. De pequeña me dolían muchísimo las rodillas y la espalda también. Eso se cura fácil dije sonriendo.
¿Cómo? preguntó incorporándose.
Comiendo mucho y probándose ropa nueva dije levantándome.
¿Me has comprado ropa? preguntó imitándome.
Te dije esta mañana que lo haría, ¿no? Yo cumplo con mis promesas… con todas dije poniéndome a su altura. Por eso no debes preocuparte por tus amigos, los ayudaré metiendo a la mujer mala en la cárcel, te lo prometo. No, mejor no, te lo juro. Que eso vale más que una promesa.
Lo sé, siempre supe que eras buena persona sonreí y quise preguntarle por qué confiaba tanto en mí, pero antes tenía que probarse la ropa.

Se quitó mi camiseta vieja y empezó a abrir bolsas. La primera contenía pantalones. Se los probó todos y todos le gustaron y le quedaron bien. Se quedó con unos vaqueros largos con bolsillos traseros y delanteros con las costuras desgastadas. Luego abrió la bolsa de las camisetas, rojas, verdes, azules, negras, con dibujos, sin dibujos… la que más le gustó era la de Spiderman. Se la dejó puesta y abrió otra bolsa donde estaba toda la ropa interior que le había comprado, lo miró todo atentamente y se puso unos calcetines negros y separó unos calzoncillos de dibujos animados para ponérselos en el baño. Siguió abriendo y encontró las chaquetas, entonces se puso una azul de plumas que hacía juego con la bufanda y los guantes que también le había comprado.

Después de tantas bolsas, tantas prendas y tanto probar una y otra, acabó cansado. Yo, mientras él se iba al baño a terminar de vestirse y a asearse, recogí las bolsas y empecé a preparar la ensalada.

De fondo escuchaba el agua de la ducha mientras picaba los tomates y lavaba la lechuga. Unos minutos más tarde, mi ensalada estaba lista y ya había frito unas croquetas de jamón. Travis ya había terminado de ducharse porque no oía el agua, pero como no salía del baño, aproveché para lavar y picar la fruta y hacer los batidos y el postre que quería.

Cuando guardaba en el frigorífico la fruta picada, salió Travis con su pelo limpio y estrenando su ropita. Le corté las etiquetas del pantalón y la camiseta y serví la mesa.

La ensalada, las croquetas, los batidos y la fruta picada. Aquello se parecía bastante a las imágenes de mi libro de cocina que Travis estaba hojeando cuando llegué. Comimos, hablamos, reímos y nos sentamos en el sofá a ver la televisión juntos. Entonces me di cuenta de algo de lo que hasta ahora había pasado desapercibido.

Travis, ¿en qué curso estás?
En primero contestó él dejando de ver la televisión para mirarme a los ojos.
Pero ahora no estas estudiando, ¿no?
No, desde que me escapé.
Pues eso tenemos que solucionarlo… ¿sabes leer y escribir?
Desde el año pasado contestó orgulloso de sí mismo.
Bien, ¿sumar y restar?
Estaba aprendiendo en el reformatorio.
Yo puedo enseñarte, pero no puedo hacer mucho más, necesitas un colegio…
Pero nadie puede verme o me mandarán con la mujer mala de nuevo.
Shhht… hice un gesto con el dedo tranquilo, Travis. Nadie te mandará con nadie. Mientras te compraba la ropa, pensé en Rob y en lo que él podría ayudarnos.
¿Mi amigo Rob?
Sí, el mismo. Creo que tengo un plan que podría funcionar si Rob es listo y sabe aprovechar la oportunidad.
¿Qué oportunidad?
¿Os permiten recibir visitas en el reformatorio? Travis comenzó a reírse a carcajadas.
Eres graciosa, June. La mujer mala jamás nos deja salir de nuestras habitaciones salvo para ir al baño, comer y recibir clases de un profesor privado. Cuando nuestros padres quieren ir a vernos tienen que llamarla a ella antes y pedir cita. Ni siquiera tenemos un sitio donde jugar juntos…
Lucrecia me dijo que hacían actividades todos juntos y que iba un psicólogo a visitaros.
¿Qué es un psicólogo?
Es alguien que, según ella me dijo, se encargaría de haceros ver que vuestro comportamiento es malo y, luego, se encargaría de cambiarlo.
¿Tú crees que mi comportamiento es malo?
¿Malo?, pero si eres el niño más inteligente, bueno y cariñoso que he conocido nunca.
¿De verdad?
De verdad sonreímos.