De corazón - Capítulo V

25/9/12

Capítulo V


Entré en aquel edificio austero y oscuro que escondía secretos horribles. Entre esas paredes, muchos niños como Travis, sufrían diariamente la frustración de Lucrecia, por ser incapaz de controlarlos, en forma de golpes.

Llevaba conmigo mi cámara de vídeo que no había encendido todavía, ni tenía intención de hacerlo. Por lo menos yo no.

Buenas tardes me saludó la ayudante ¿es usted la señorita Landy?
Landry, mi apellido es Landry.
Vaya, disculpe, si quiere hablar de nuevo con Lucrecia, ella está ocupada.
No, esta vez me sirves tú misma, ¿te apetece enseñarme el reformatorio? la ayudante frunció el ceño, confundida ante la pregunta.
¿De verdad no prefiere esperar a Lucrecia?
¿Por qué?, ¿acaso usted no trabaja aquí y conoce las instalaciones igual de bien que ella?
Bueno… visto así hizo un amago de sonrisa—. Vamos, le enseñaré lo que quiera ver.
—En un principio iba a venir con mi hija Lorelai a ver el reformatorio, pero ella ha tenido miedo de venir porque dice que no conocería a nadie y, claro, me he dado cuenta de que yo tampoco. Salvo a usted y a Lucrecia Strauss. ¿Podría enseñarme las instalaciones, presentarme al resto del personal y a algunos niños y niñas que viven aquí?
—¿Quiere conocer a los niños y a las niñas de este reformatorio?
—No, me basta con que sean algunos… alguna niña, algún niño… para saber si mi Lorelai estará a gusto aquí —la ayudante seguía sin estar convencida—. Bueno, si usted no quiere comprometerse, puede llamar a Lucrecia, pero no queremos molestarla, ¿no?
—¡Claro que no! Le presentaré a una niña muy noble, seguro que será una buena amiga de su hija.
—¿Cómo se llama?
­—Laura Girard. —¡Laura! La novia de Rob, pensé. Pero sería mucha casualidad que fuese la misma Laura, es un nombre muy común.
—¿Estas son las habitaciones? —pregunté señalándolas.
—Sí, aquí duermen los niños. Las niñas duermen en otras habitaciones separadas, por aquí —y me guió a la derecha del edificio—. Esta es la habitación de Laura Girard.
—¿Puedo pasar?
—Es preferible, a estas horas las niñas no deberían estar fuera de sus habitaciones.
—¿Por qué?
—Porque es la hora de la cena de los niños y no tienen permitido mezclarse.
—¿Niños y niñas no se comunican?
—Muy pocas veces pueden hacerlo —dijo la ayudante tocando la puerta de Laura.
—¿Si? —preguntó una voz de niña al otro lado.
—Soy Catherine, abre —ordenó la ayudante que ahora ya tenía nombre. Escuché ruidos y por fin Laura abrió la puerta.
—¿Qué ocurre? —preguntó la niña en pijama.
—Esta mujer quiere hablar contigo —la niña me miró de arriba abajo y yo le piqué un ojo sin que Catherine me viera.
—¿Puedo pasar, Laura? —pregunté.
—¿Qué es usted?, ¿médico, psicóloga, profesora o…? —la interrumpí.
—Soy pedagoga —resopló— pero no vengo a ayudarte a estudiar, sino a saber más de este sitio, de ti y de tus amigos.
—¿Para qué?
—Puedes hacerle esas preguntas a la señorita Landry dentro de tu habitación, no me gusta que estemos aquí en la puerta —dijo Catherine. Y entramos las tres—. Espero que trates bien a esta mujer —dijo Catherine señalándome y amenazando a Laura— o tendrás tu merecido castigo, ¿entendido? Yo tengo que irme a atender la entrada.
—Entendido, señorita Catherine. No se preocupe —dijo Laura. Y Catherine se marchó dejándonos a solas a Laura y a mí.
—Laura, me llamo June Julissa y —hablé más bajito— conozco a Travis Beaufort.
—¿A Travis?
—Sí, tú eres la novia de Rob, ¿no?
—¿Cómo lo sabes?
—Me lo dijo Travis.
—No sé si es buena idea que hablemos… —Laura se echó atrás.
—Déjala hablar, Laura —dijo Rob saliendo de debajo de la cama de Laura.
—¡Rob!, ¿qué haces?
—La conozco —dijo él— es amiga de Travis.
—Chicos, no tenemos mucho tiempo antes de que llegue Lucrecia o Catherine, escuchadme: Travis me ha dicho que Lucrecia os pega y yo logré grabarla afirmando que, de vez en cuando, os daba alguna que otra nalgada, pero sé que hace mucho más que eso. Lo que necesito ahora es que tú —me dirigí a Rob— provoques a Lucrecia para que te pegue y lo grabes con esta cámara —la saqué del bolso y se la entregué— sé que lo que te pido es muy difícil y no tienes que hacerlo si no quieres… pero es la única manera de denunciar a Lucrecia con una prueba sólida.
—Lo haré —dijo él—. Por Travis, por mí, por Laura… por todos los que vivimos aquí.
—Gracias —sonreí.
—Ahora me tengo que ir, si vuelve Catherine no podré escapar —dijo él saltando por la ventana y desapareciendo. Mi rostro reflejó el asombro y la preocupación.
—Tranquila —me dijo Laura— sabe lo que hace. No se caerá.
—Eso espero, yo también me tengo que ir. Gracias por todo.
—¡Espera!, ¿cómo está Travis?
—Está en mi casa, alimentado y bien vestido. No le falta de nada.
—Gracias por cuidarle, era el más pequeño de los que escapó y me daba miedo de que le pasara algo… me recuerda a mi hermano pequeño. Cuando no lo vi regresar no pude evitar llorar y Rob siempre me animaba hablándome de ti y de que cuidarías a Travis, pero yo estaba tan asustada.
—Él está bien, le daré muchos besos de tu parte, ¿vale? —Laura sonrió.
—Vale.
—Dile a Rob que el miércoles cuando el reloj de la catedral marque las tres de la madrugada, estaré esperando a que salte como la otra vez y me entregue la cinta.
—El miércoles he oído que vendrán a poner verjas en todo el edificio, incluido ventanas, para que no pase como la otra vez y nadie pueda fugarse de aquí.
—Entonces mañana mismo a las tres de la madrugada estaré esperándole. Adiós, Laura.
—Adiós, tenga cuidado, por favor…
—Descuida, yo también sé lo que hago.

Salí de la habitación y me encontré de frente con Lucrecia Strauss que traía cara de pocos amigos, pero al verme sonrió y se acercó más rápido.

—¡Qué alegría volverla a ver, querida!, ¿y su hija?
—Ella no ha querido venir y he venido yo por ella a conocer las instalaciones y a los niños. He conocido a Laura Girard, muy buena niña.
—¿Qué le ha dicho?
—Que si interno aquí a Lorelai haré bien porque a las niñas las tratáis muy bien.
—Qué aduladora es esa niña cuando quiere, pero cuénteme, ¿cómo está usted?
—Yo estoy perfectamente, mejor cuénteme usted cómo se encuentra después de tener de regreso a los niños que se habían fugado.
—Eh… bueno, los niños están bien y eso me alegra.
—¿Pero no los va a reprender por semejante osadía?
—Bueno, ya lo hice. Están castigados sin salir de sus habitaciones —noté cómo se ponía tensa y vi que no tenía intenciones de contarme toda la verdad: ni los niños estaban completamente bien ni estaban todos. Yo tenía a Travis.
—¿Ah sí? Pues cuando venía hacia la habitación de Laura acompañada de su ayudante me percaté de que un niño moreno de ojos marrones y grandes nos observaba.
—¿Desde dónde?
—No sabría decirle, pero tendría unos diez u once años. No me gustaría que a mi Lorelai la fueran persiguiendo niños preadolescentes por los pasillos…
—Creo que sé quién puede ser, descuide que eso no pasará.
—Muy bien, pues marcho a casa. ¡Qué tenga buen día!
—Igualmente querida.

Recé para que mi plan funcionara: que Lucrecia sospechara de Rob y fuese a pedirle explicaciones, él la provocara un poco y ella le pegara. Lo suficiente como para denunciarla por maltrato infantil, pero ojalá no demasiado… pobre Rob.

Me alejé de allí y llegué en taxi a casa donde me esperaba Travis para cenar. Preparé unas tostadas y las untamos con mantequilla mientras le contaba lo que había pasado hoy en la habitación de Laura. Le di los besos que le prometí a ella que le daría y lo llené de besos de mantequilla.

Luego recogí toda la cocina, limpié un poco y me di una ducha de agua caliente. Cuando salí de la ducha Travis ya estaba dormido. Recordé que yo anoche no había dormido bien entre los nervios por el trabajo y las pesadillas de Travis. Me acosté y caí rendida.

Poco antes de que sonara el despertador tuve una pesadilla causada por los remordimientos. Sabía que lo que hacía Lucrecia estaba mal, pero ¿era yo igual que ella por incitar a Lucrecia a que le castigara y a Rob a que la provocara? Me sentía fatal y me levanté de la cama. Fui al baño, me aseé y me quedé un rato mirándome al espejo. Mis ojos marrones con grandes ojeras negras debajo, mi rostro ovalado con las marcas de las sábanas, la nariz roja del frío y los labios más blancos que rosados.

Salí de allí, no quería seguir viéndome. Abrí el frigorífico y me harté a comer de la fruta que había comprado ayer. Fui a la habitación a apagar el despertador y aproveché para coger un vestido gris y negro, unas botas de tacón también negras y los complementos que necesitaba. Volví al baño, esta vez sin darme tiempo a mirarme al espejo, y me vestí allí. Salí sin hacer ruido con los tacones y preparé el desayuno de Travis: yogur, tostadas con mermelada y fruta. Se lo dejé todo sobre la mesa y fui a mi cuarto a buscar el maquillaje para tapar las ojeras.

Irremediablemente tenía que mirarme al espejo. Lo hice y me vi mejor cara. Recordé que lo que le había pedido a Rob era por una buena causa, que esa sería su última paliza, que gracias a eso muchos niños tendrían otro destino mejor y que Travis… ¿qué sería del futuro de Travis? Terminé de maquillarme y me fui al sofá a pensar.

Él se levantó y fue a la cocina a buscarme, al no verme se asomó al salón y me vio recostada sobre el sofá.

—June… vas a llegar tarde a trabajar.
—No, todavía es temprano. Desayuna y vuelve a la cama.
—No tengo más sueño.
—Vale, pues desayuna.
—June, ¿estás bien?
—No, Travis —me incorporé y me cayó una lágrima— ¿tú estás a gusto conmigo?
—Sabes que sí, ¿qué pasa?, ¿ya no me quieres contigo?
—Claro que te quiero a mi lado —dije limpiándome las docenas de lágrimas que ahora corrían por mis mejillas—. Perdona, soy muy llorona, mi madre siempre decía que soy débil y que por eso lloro tanto.
—Pues mi abuelito decía que las lágrimas no son signo de debilidad, sino que significan que la persona que llora ha sido fuerte por mucho tiempo. Y tú has cargado con muchas cosas, June.
—¿Qué cosas?
—Vives sola, lejos de tus padres y no conseguías trabajo. Eso te tenía triste, tú lo dijiste, ¿no?
—Sí, tu abuelo tenía razón —paré de llorar.
—Además, desde que me conociste te comprometiste a ayudarme y has tenido que pasar mucho miedo delante de la mujer mala intentando que confesara algo muy feo para decírselo a la policía.
—No me equivoqué cuando dije que eras listo. Listo y de buen corazón.
—Tú sí que eres de buen corazón, te has preocupado mucho por mis amigos y por mí.
—Hay gente que como yo hace las cosas de corazón, no hay intereses por medio. Yo con vosotros he hecho eso, mi único interés es el de veros felices.
—Entonces, ¿por qué me preguntaste si estaba a gusto contigo?
—Porque necesito saber una cosa muy importante, Travis. Y solo tú tienes el poder de decidir sobre nuestro futuro.
—¿Yo?
—Sí, Travis, tú.
—¿En qué?
—Tienes que decidir entre vivir de nuevo con tus padres, quiénes, estoy segura, cambiarán su forma de tratarte al saber por lo que has tenido que pasar; y, entre este humilde piso, conmigo. No tienes que decir nada todavía, tienes hasta el miércoles para decidirte.
—No sé qué pasa el miércoles, June. Pero no necesito dos días para pensarlo, ni dos horas, ni dos minutos. Me quedo contigo.
—¿De verdad?
—Sí.
—Pues no será fácil, tendré que luchar por ti… y no sé bien cómo voy a hacerlo, pero puedes estar seguro de que lucharé por ti duela a quién le duela.
—Gracias, June.
—Gracias a ti, pequeño Beaufort.

Travis se sentó a la mesa a desayunar y yo fui al baño a retocar mi maquillaje, cogí mi bolso y salí con unos auriculares en la mano.

—Toma, para que veas la tele. Recuerda que la contraseña del ordenador es Aries, pero no tengo Internet, tendrás que conformarte con los juegos que tengo. Hoy tendré mucho trabajo —dije soltando el bolso sobre la mesa—. Te preparo el almuerzo y nos vemos a la noche, ¿vale?
—Vale —contestó con la boca llena.

Le freí algo de pollo empanado con patatas fritas y lo dejé en el microondas para que él mismo solo tuviera que apretar un botón y comer. Le piqué la fruta que quedaba y volví al salón a coger mi bolso y despedirme.

—Cuidado al comer, mastica bien para que no te atragantes y bebe despacito. Si te duele de nuevo la espalda, túmbate a dormir en la cama o entretente con los dibujos animados. Te llamaré de vez en cuando, no olvides que mi número está apuntado a un lado del teléfono.
—June… —dijo limpiándose la boca con una servilleta— no te preocupes, estaré bien —y su afirmación me dejó más tranquila por un rato.

Esa mañana trabajé duro para acabar pronto con los chicos y dedicar mi tarde a pensar en lo que iba a suceder esa noche. Los tres chicos de ayer parecían más relajados y habían vuelto a atender en clase, muchas profesoras se pasaron por mi despacho a felicitarme y conocerme mejor. Me cayó bien una profesora de matemáticas que se llamaba Marianne, como mi madre.

Recogí mis cosas al caer la tarde y salí del colegio despidiéndome de mis nuevas compañeras, de Arleth Oralia y de los niños que había ayudado.

A lo largo del día había hablado con Travis por teléfono y sabía que estaba bien y que se había comido lo que le había preparado, pero al llegar lo encontré dormido en mi cama con su pijama nuevo. Cené y volví a salir.