De corazón - Capítulo VI

29/9/12

Capítulo VI


Era la hora de ir a buscar la cinta. El reloj acababa de marcar las dos de la madrugada, todavía quedaba una hora, pero el reformatorio estaba lejos. Caminé y tomé un taxi que me cobró más caro por el horario, llegué a una calle cercana pero alejada del reformatorio. Si algo salía mal, ni el taxista ni nadie podrían relacionarme.

Había pasado media hora cuando llegué. Esperé otra media hora y el sonido de las campanas de la catedral me hizo entrar en acción. Corrí todo lo que pude a pesar de mis botas de tacón y esperé debajo de las ventanas de las habitaciones de los niños. Desde ahí vi a Rob asomarse y al verme no se arriesgó a bajar escalando la fachada y me tiró una almohada.

Me acerqué a ella y vi que tenía una nota escrita en papel atada a la tela con un imperdible. En la nota ponía ‘dentro del relleno’ y supe que ahí estaba la cinta. Apreté el relleno y sentí la cinta entre mis dedos. Miré hacia arriba y le indiqué a Rob que todo había salido bien levantando mi pulgar.

Me apresuré en volver a la parada de taxis y cogí otro. Igual de caro. Me bajé en casa a las tres y media de la mañana y entré corriendo en busca de mi ordenador.

Estaba lleno de juegos abiertos que Travis había usado esa tarde, los cerré todos y metí la pequeña cinta que en realidad era un CD de tamaño pequeño. Le di a reproducir y tuve que bajar el volumen. Las lágrimas comenzaron a asomarse por mis ojos y, antes de dejarlas caer, le di a guardar copia. Hice dos copias de cada vídeo: el mío y el de Rob. Grabé las copias en otros dos CDs y guardé éstos en una pequeña caja fuerte que solía usar para guardar el dinero.

El vídeo original lo metí en mi bolso y lo dejé sobre la mesa para ir al baño. Al salir me vi a Travis.

—¿Cómo ha salido todo?
—Tal y como esperábamos.
—¿Y Rob?
—No he podido verle de cerca, me tiró la cinta dentro de una almohada desde su habitación.
—¿En la cinta la mujer mala le hace mucho daño?
—No… bueno, sí. Le hace bastante daño, pero Rob estará bien en unos días. Y libre.
—¿Cuándo vas a denunciar esto?
—Ahora mismo.
—¡Te acompaño!
—No, no pueden saber que estás conmigo, ¿vale? Primero tienen que ganarse mi confianza viendo los vídeos y luego puedo decirles que estás conmigo.
—Vale, entonces vete ya.
—¿Por qué tienes tanta prisa?
—Porque quiero que mis padres sepan que quiero estar contigo para que me dejen quedarme y no tengas problemas con nadie. Para que podamos salir juntos a comer y no pedir pizzas a casa, para que podamos salir juntos a comprar ropa y para poder escuchar la tele sin usar auriculares…
—Travis —le abracé— eso ya es el pasado. A partir de este momento, nuestra vida dará un cambio tan radical que parecerá que de esta noche a mañana por la tarde hayan pasado siglos.
—¿Cuánto es un siglo?
—Cien años. En cien años pasan muchas cosas, cosas que nosotros viviremos en menos tiempo desde que ponga un pie en comisaría.
—Pues yo ya quiero vivirlas.
—Muy bien, pequeño. Ahora vete a dormir que cuando volvamos a vernos necesitarás haber descansado.
—Hasta luego, June.
—Hasta luego, Travis.

Me despedí de él con un beso en su frente y me entristecí al pensar que quizá fuese el último.

Caminé a paso lento hacia comisaría. Quería destruir a Lucrecia Strauss y liberar a esos niños, pero no quería alejarme de Travis. Eso jamás.

Tardé veinte minutos más de lo que hubiera tardado si hubiese caminado a paso normal. Llegué a comisaría a las cuatro y cuarto de la madrugada. Subí las escaleras y vi a un policía de guardia tomando un café.

—Vengo a poner una denuncia —dije a modo de saludo.
—Puede esperar a las seis, todavía no ha llegado el comisario.
—Se trata de los niños desaparecidos del reformatorio de Lucrecia Strauss.
—A esos niños los devolvimos ya al reformatorio.
—Sé bien que no a todos, falta uno. Vengo a denunciar acerca de los malos tratos que reciben los niños por parte de Lucrecia y tengo pruebas irrefutables de ello.
—¿Qué pruebas?
—Llame al comisario y lo sabrá. No puedo esperar hasta las seis.

El agente se dio media vuelta, confuso. No sabía si llamar o no, pero ante la firmeza de mis palabras y el dato de que faltaba un niño, se decidió. Estuvo hablando unos minutos hasta que colgó y me miró, yo noté la mirada del agente en mí, pero me hice la tonta mirando recortes de periódico enmarcados en la pared donde aparecía el comisario.

—Llegará en unos minutos, tome asiento y espere.
—Gracias —dije. Y me senté a esperar. En concreto, veinte minutos.
—Soy el comisario Molineaux, ¿cuáles son esas pruebas que me han hecho salir de la cama antes de tiempo?
—Disculpe por haberle despertado, comisario Molineaux. Las pruebas son unas grabaciones de Lucrecia Strauss: en una de ellas confiesa que maltrata a los niños que cuida y, en la otra, se comprueba dicha confesión con unas imágenes de Lucrecia dándole una brutal paliza a un menor de su reformatorio —dije entregando los vídeos.
—¿Se puede saber cómo diablos ha conseguido usted esto? —me preguntó el comisario algo molesto—. Conozco personalmente a Lucrecia, es mi amiga desde hace años y jamás haría algo así.
—Le ruego que ponga las imágenes, comisario.
—No pienso poner nada, salga inmediatamente de esta comisaría y no vuelva a pisarla nunca más si no quiere acabar presa, ¿entendido? —su tono de voz se elevó y me levanté de la silla donde llevaba cerca de media hora sentada.
—Entendido, comisario. Espero que su orgullo no sea superior a su deber y acabe por ver esas imágenes. Se le caerá la venda de los ojos, se lo aseguro. Y cuando se haya dado cuenta de que su amiga no es quién piensa que es, no dude en ir a buscarme, le estaré esperando.
—¡Fuera! —fue su despedida. Y salí.

Al cruzar la esquina no pude evitar reprimir un grito de rabia. Rabia porque por culpa de otro amigo de Lucrecia me estaba dando de narices contra un muro. Ese muro era el comisario y mi futuro, el de los niños y el de Travis estaba en sus manos.

Caminé hasta casa y me dejé caer en el sofá. Había avisado a Arleth Oralia de que era probable que llegara a trabajar tarde porque tenía cita con el médico. El dermatólogo, concretamente, y ella, encantada y feliz como estaba conmigo, aceptó.

Logré dormir un poco y cuando abrí los ojos Travis estaba con los auriculares puestos escuchando la televisión muy cerca de mí.

—¿Qué haces despierto?
—Ya son las diez de la mañana, June.
—¿Qué? —era demasiado tarde, tenía que ir a comisaría de nuevo a intentarlo por segunda vez.
—June, ¿por qué sale tu cara en la tele?

Me puse inmediatamente en pie. ¿Mi cara en la televisión?, ¿cómo era eso posible? Me acerqué a la televisión, le quité los auriculares y cogí el mando que reposaba sobre la mesita del comedor. Subí el volumen y Travis se quedó a mi lado, asustado.

Mientras, en la televisión, la periodista de turno hablaba sobre mí frente al reformatorio de Lucrecia Strauss. Entonces relacioné las dos cosas: comisario Molineaux, más Lucrecia Strauss, más grabaciones de por medio donde se oía mi voz en una de ellas, igual a: me he delatado a mí misma.

—¡Soy idiota! —grité asustando a Travis—. Tenía que haber utilizado un nombre falso con Lucrecia y enviar las grabaciones de manera anónima. Tenía que haberme cubierto las espaldas…
—Tú no podías saber que iba a pasar esto, June… —Travis estaba a punto de llorar al verme tan alterada.
—Travis, cariño, mírame —le levanté la barbilla e hice que me mirara a los ojos—. Ya saben mi nombre, lo próximo es que se aparezcan por aquí… tenemos que buscarte un escondite, ¿vale?
—Pero yo no quiero irme de aquí… —terminó rompiendo en sollozos.
—No hagas esto más difícil. Vamos a casa de mis padres, ellos te cuidarán —le dije limpiándole las lágrimas—. Mis padres se llaman Marianne y François, son algo mayores, pero muy cariñosos.
—¡Serán como mis abuelos! —dijo con un brillo en los ojos. Y yo me quedé boquiabierta.

En seguida reaccioné, sonreí y fui corriendo a mi habitación. Cogí mi maleta de viaje y la abrí sobre la cama. Comencé a llenarla con la ropa nueva de Travis, sus zapatos, y unos folios con dibujos que él había pintado. Cerré la maleta y la puse en el suelo para cambiarme de ropa y ponerme algo más cómodo.

Elegí un chándal de deporte, unas zapatillas y una coleta alta para apartarme el pelo de la cara. Salí de allí dejando mi vestido negro y gris que llevaba puesto desde hacía más de veinticuatro horas tirado sobre la cama; mis botas de tacón negras esparcidas por el suelo junto con otras cosas que se habían caído y no me había molestado en coger.

Eché un vistazo a lo que dejaba atrás y no vi más que desorden e incertidumbre. ¿Cómo iría yo a Rennes desde Nantes sin coche?

Entonces ocurrió lo que tanto temía. Sonó el timbre de mi puerta y me imaginé lo peor. Me imaginé a mí misma saliendo esposada, a Travis dentro de un coche de patrulla camino del reformatorio a reunirse con sus padres que volverían a abandonarle, con sus amigos a los que no había podido salvar, a mis vecinos criticándome desde sus ventanas y a los policías metiéndome en otro coche camino de comisaría para detenerme por haber tenido secuestrado a Travis.