Continuación de 'El invierno de sus ojos'

26/10/12

Ninguno de los dos había querido llegar a ese punto de autodestrucción, pero lo necesitaban. Ella para sentirse de nuevo amada por él y él para encontrar un refugio caliente en el que ahogar sus penas y desprenderse del frío de su corazón.

Una mañana, una ligera lluvia otoñal, las primeras miradas ansiosas después de días sin verse, una caricia y un beso. El primer beso después de mucho tiempo. El beso que demostraba que, si por lo menos no seguía habiendo amor, seguía habiendo deseo. Y eso, a su pobre corazón roto, le bastaba para sentirse alegre por unas horas.

Es difícil de explicar cómo dos personas que se amaron tanto, pueden hacerse ahora tanto daño. Cada vez que lo piensa llora de la tristeza, ella siempre ha sido débil. Las personas débiles dependen más fácilmente de otras más fuertes. Y él es más fuerte que ella porque el frío que corría por sus venas no le permitía sentir lo mismo que siente ella, ese amor tan puro y que cala tan hondo en el corazón que duele sacarlo.

Como si se tratara de un cuchillo con dientes a los lados muy afilados hacia el interior del mismo y que al intentarlo sacar del corazón, desgarrara toda la carne de éste, pues así era el amor que sentía ella por él. Y dolía tanto y la desgarraba tanto, que prefería dejarlo donde estaba y seguir dependiendo del amor de su vida.

La mañana en la que encontró a Rompedor era muy parecida a ésta, recordó entonces cómo se había encontrado en una calle a su amor con otra. Eso la dejó sin aliento y tan fría como lo estaba él por dentro. Pero esta era otra mañana, una en la que no importaba ser el segundo plato, solo volver a sentirse amada, amada por él.

Entonces, después del beso cálido y húmedo que ninguno quiso interrumpir, llegó el momento de deshacerse de las ropas. Y completamente desnudos se amaron casi con brusquedad, con desesperación y con miedo. Entre la oscuridad de la habitación y las sábanas azules se escapó alguna que otra lágrima de ella. Lloraba no se sabe si de felicidad por creer que después de eso él la amaría o porque se había topado contra un muro. El muro de saber que jamás volvería a pasear de la mano con él.

Ese muro era de hielo puro, frío de nuevo y angustia. La pobre se compadecía de sí misma mientras se acariciaba los pechos que él le había besado y recogió sus ropas mirando la casa que dejaba atrás con un toque de nostalgia. Sintió el impulso de echarse a llorar desconsoladamente, pero el miedo de hacerle sentir culpable a él, la hizo contenerse.

Esa mañana la recordaría con cariño, pero con amargura. Digamos que con un sabor agridulce. Y así, entre pequeñas lágrimas que todavía le asaltan al recordar esa mañana, vive esa pobre mujer que acaricia a su gato pensando que algún día llegará el calor... y con eso un nuevo amor. Un amor que sepa valorarla, amarla, respetarla y que quiera comprometerse con ella hasta el fin de sus días.


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Este texto es mi continuación del relato original escrito por una fantástica bloggera en este blog.