De corazón - Capítulo VII

3/10/12

Capítulo VII


—¿Qué coño has hecho, Landry? —escuché al abrir la puerta.
—¡Arleth Oralia!
—La policía no tardará en venir aquí, ¿y este niño? —preguntó mirando a Travis.
—Esto es más grave de lo que dicen las noticias. Lucrecia Strauss no es ninguna santa, ella maltrata a los niños y por eso se escaparon del reformatorio. Conocí a Travis —le señalé para que supiera su nombre— y le prometí que le ayudaría a denunciar a Lucrecia. Y anoche fui a reunir las pruebas que necesitaba y a denunciarla, pero el comisario es íntimo amigo de Lucrecia y me sacó a patadas de allí.
—Muchos niños del colegio estuvieron en el reformatorio y lo cierto es que siempre dudé de los métodos de esa mujer… pero nunca nadie se había atrevido a jugársela por probarlo.
—Pues yo sí.
—Y mira en lo que te has metido…
—Arleth Oralia, tienes que hacerme un favor —dije corriendo al mueble del salón y sacando mi caja fuerte—. Guarda esto como oro en paño: son las copias de las grabaciones que le entregué al comisario.
—¿Qué quieres que haga con esto?
—Súbelo a Internet, dale copias a los medios de comunicación y haz que todo el mundo lo vea. Pero no confíes en la policía.
—Está bien, ahora toma esto —metió su mano en el bolso— son las llaves de mi coche.
—¡Gracias! No tenía manera de irme de aquí sin ser vista.
—Huye a donde sea y no llames a nadie. Mejor, tira tu móvil a la basura o déjalo aquí.
—Está bien —cogí las llaves que Arleth Oralia sostenía todavía en sus manos. Corrí hacia la maleta y tiré de ella. Luego tomé a Travis de la mano y salí corriendo de casa.

Salí de casa y corrí hacia el coche, supe que cuál era porque Arleth Oralia me lo señaló. Ella también se fue de mi casa cerrando la puerta y caminando hacia la parada de taxis.

Conduje hasta Nantes y pasé por varias calles para incorporarme a la autopista. La casa de mis padres en Rennes estaba al norte, por tanto, a mi izquierda tenía los coches que iban al sur y a mi derecha solo había verde.

En eso se entretenía Travis, en mirar árboles, gritar cada vez que veía un caballo, una vaca o una mula. La carretera comenzó a mojarse y el parabrisas del coche a llenarse de gotitas cada vez más grandes. Subí las ventanillas y me sequé las gotas que me habían mojado la cara y el cuello. Llovía, pero lo hacía con fuerza. Y Travis comenzó a quejarse de sus rodillas y de hambre. Pero no podía parar.

El camino era largo, más de una hora en coche. Tenía gasolina de sobra, gracias a Dios porque no tenía dinero encima. Empecé a notar yo también el hambre y el cansancio. Esa noche la había pasado esperando a que fueran las tres para buscar las pruebas, luego las pasé al ordenador y fui a comisaría. Después de eso solo había dormido unas horas. Y comido, solo había probado lo que me había llevado de casa en el bolso.

En el camino comenzaron a verse algunas casas y me emocioné: estábamos entrando en Rennes. Entonces se me fue el hambre y el sueño y conduje con más rapidez.

Miré el reloj y me sorprendí al ver que había pasado una hora y cuarto desde que había salido de mi casa, quedaba menos. La lluvia había remitido y los rayos del sol empezaban a filtrarse entre las espesas y negras nubes. Y Travis despertó.

—¿Queda mucho? —preguntó bajito.
—No, estamos llegando, ¿te encuentras todavía mal?
—Sí… me duele mucho, June.
—Tranquilo, llegamos en pocos minutos. Conocerás a mis padres, comerás y podrás descansar.
—¿Puedo poner música?
—¡Claro! Vamos a ver qué encontramos por aquí —buscamos entre las cosas de Arleth Oralia y vi un CD titulado ‘Canciones de verano’
—Estas canciones son feísimas… —dijo Travis sonriendo y con el tono de voz más alegre.
—La verdad que sí… estas canciones son de cuando yo tenía tu edad, por lo menos —y nos echamos a reír.

Arleth Oralia tendría por lo menos cincuenta años, aunque ella se empeñe en que la llamen señorita, en realidad está bastante lejos de serlo. Por eso las canciones a mí me traían tan buenos recuerdos y a Travis le aburrían tanto. Aunque su favorita era una de ABBA.

Unas cinco canciones más tarde, llegamos.

—¡Mamá! —grité golpeando la puerta.
—Mi niña… —oí detrás de la puerta seguido del ruido de llaves y un candado. Mi madre siempre tan paranoica.
—Hola —dije cuando por fin abrió la puerta.
—Cariño, he visto las noticias, pasa —se apartó de la puerta y entré seguida de Travis.
—Mamá, él es Travis.
—¿Y de qué lo conoces? —preguntó mi madre examinándolo.
—Se escapó del reformatorio de esa mujer que me denunció. Lo ayudé y ahora vive conmigo.
—Pero… no entiendo nada.
—Y yo no tengo tiempo para explicártelo con detalles, mamá. Tengo que volver a Nantes.
—¿Te vas? —preguntó Travis con cara de asombro y disgusto.
—Cielo, lo siento… tengo que irme —dije acariciando su cara.
—Me prometiste, es más, me juraste que te ibas a quedar a mi lado y que nos ibas a ayudar…
—Pero para ayudarte tengo que dejarte aquí, ¿entiendes?
—No, no entiendo… —y corrió a la primera habitación que vio abierta: mi antiguo dormitorio.
—Mamá —dije apartando la mirada de la puerta cerrada de mi dormitorio donde estaba Travis— tienes que cuidarlo por mí. Él me quiere como a una madre y yo lo quiero como un hijo —sonreí— Estaba muy emocionado y tenía muchas ganas de conocerte, para él eres su abuela… —a mí madre se le llenaron los ojos de lágrimas—. Dile a papá que le quiero y que no intente ayudarme desde aquí.
—Tranquila, cuidaré de ese niño, pero con tu padre no te prometo nada…
—Escuches lo que escuches y veas lo que veas en televisión… no te lo creas, ¿vale? Yo no he hecho nada malo, todo lo contrario, solo he intentado ayudar a ese niño y a sus amigos.
—Jamás pensaría nada malo de ti cariño, jamás.
—Gracias. ¿Me prestas dinero para la gasolina? —apenas quedaba después del viaje de hora y media.
—Claro —y fue a la cocina donde ella guarda una cajita con algo de dinero. Yo me acerqué a la puerta de mi habitación.
—Travis, sé que estás ahí escuchándome. No me odies por esto, disfruta del cariño de mis padres… tus abuelos y espera pacientemente a que venga a buscarte. Todo lo que hago es por tu bien, aunque a veces ni yo misma sepa lo que hago, pero es por tu bien más que por el mío.
—Aquí tienes cariño, cincuenta euros… —dijo mi madre saliendo la cocina.
—Gracias mamá, es más de lo que necesito —y le di un beso y un abrazo antes de darme media vuelta y abrir la puerta de la calle.
—¡Espera! —gritó Travis saliendo de mi habitación— ¿me das un abrazo? —me acerqué, me puse a su altura y estuve un buen rato abrazando a aquel pequeño que me había devuelto la ilusión y las ganas de vivir.
—Te prometo que volveré —le dije muy bajito.
—Y yo te prometo que te esperaré —me respondió.

Salí de mi antigua casa con algunas lágrimas luchando por no salir. Guardé el dinero en un bolsillo del pantalón y reposté en una gasolinera cercana.

Después de llenar el depósito conduje por el mismo camino en sentido contrario, solo que esta vez no tenía prisa por llegar y tardé algo más. Aparqué el coche frente al colegio, para que la policía no sospechara de Arleth Oralia si me veía llegar en su coche. Le dejé las llaves a la secretaria y tomé un taxi a casa con los pocos euros que me sobraban.

Nada más llegar vi los coches de policía aparcados enfrente y a varios agentes hablando con mis vecinos. Me bajé del taxi dejándole las pocas monedas que tenía.

—¡Ey, señorita, aquí falta dinero! —vociferó el taxista.
—Pues apúntelo a mi lista de delitos —dije casi sin pensarlo saliendo del taxi en dirección a los policías.

En seguida corrieron hacia mí. Uno de ellos me leyó mis derechos mientras me esposaba y me metieron en un coche mientras seguían hablando. No dije nada, no contesté nada, no me defendí de nada, simplemente me dejé manejar como un títere.

En comisaría me metieron en una celda con un colchón fino al que me tiré nada más verlo. Me dejé dormir notando como mi cuerpo se relajaba y mi mente se olvidaba por unos segundos de mis preocupaciones: nada de pensar en Lucrecia, en los niños, en el comisario Molineaux que sin duda me haría una visita, en mi madre o en Travis. No, en Travis sí, quería pensar en él y recordé la primera vez que me abrazó.

También recordé otras primeras veces como la primera vez que le dije que le quería como un hijo. Recordé mi timidez y sus lágrimas de emoción, mis palabras y su reacción. Me emocioné también cuando en mi cabeza apareció una frase de Travis seguida de mis lágrimas: Yo pienso que las lágrimas no son signo de debilidad, sino que significan que la persona que llora ha sido fuerte por mucho tiempo.

Dejando que las lágrimas que meses atrás hubiese calificado de debilidad recorrieran mi cara, empecé a tramar una coartada para el espacio de tiempo que estuve en Rennes dejando a Travis con mi madre.

Para ello necesitaba tener la mente fría y las lágrimas fueron desapareciendo poco a poco. Y antes de tener tiempo de pensar en algo, llegó el comisario.

—Mire que lo avisé… —fue su saludo.
—Y lo le hice caso yéndome de este sitio, pero usted no dejó el tema, ¿verdad?, ¿qué paso?, ¿ella le sobornó? —su cara se volvió de ira. Además, estábamos frente a otros policías.
—Yo jamás me dejaría sobornar, soy un comisario ejemplar —los policías de aquella comisaría, incluido el chico que me atendió esa madrugada cuando llegué con la cinta, se miraron los unos a los otros.
—Piénselo, comisario Molineaux. Es imposible que usted siendo un buen comisario no haya visto las grabaciones y haya permitido que yo, y no su amiga, acabe en la cárcel. Además, ¿se cree que nadie de su comisaría va a sentir curiosidad por ver lo que hay ahí?, ¿ni ningún periodista?, ¿se cree también que esa era la única grabación?
—¿Qué insinúa?
—Insinúo que tendrá problemas si no deja de serle fiel a Lucrecia Strauss. Ella ya está hundida, solo que todavía no lo sabe. No se hunda usted, rectifique, sáqueme de aquí, cuente lo que pasó y salve su carrera.
—Yo a Lucrecia no la veo hundida sino renovada con toda esta campaña de publicidad gratuita que usted le ha creado; en cambio, delante de mí la tengo a usted presa.
—¿De qué se me acusa si se puede saber?
—De perjuicios morales a Lucrecia Strauss.
—Qué irónico, ¿no? Ahora la que hace daño soy yo… Quiero un abogado.