De corazón - Capítulo VIII

7/10/12

Capítulo VIII


—¿Tú? —pregunté incrédula a mi abogado— ¿el tío de las pizzas?
—Soy el licenciado Edouard Gabriel Monnet. Sí, el tío de las pizzas —contestó él mirándome a los ojos y con un tono de voz apacible, no alterado como el mío.
—¿Qué hace un abogado vendiendo pizzas?
—Necesito dinero… y solo los delincuentes sin dinero piden a un abogado de oficio y, aquí no hay muchos delincuentes. En cambio, todos necesitan comer, ¿no? Incluso los delincuentes.
—No soy una delincuente, se supone que eres mi abogado no mi juez.
—Entonces cuéntame todo sin omitir detalle —dijo sentándose a mi lado.
—Lo primero: no tengo novio —me miró a los ojos y vi un amago de sonrisa que se apresuró en disimular— Pero las pizzas que me vendiste no eran para mí sola… eran para alguien más.
—¿Qué tiene eso que ver? —reí.
—Todo, tiene que ver en todo. La otra pizza era para Travis Beaufort.
—¿De qué me suena ese nombre? —se preguntó consultando su pequeña libreta de anotaciones.
—Es el niño que falta de los que se escapó del reformatorio.
—¡Claro! De eso me sonaba —entonces reaccionó—. ¿Qué tienes en tu casa al niño al que busca toda la policía de Sautron?
—No, ya no está en mi casa. No puedo decirte nada hasta que no te calmes —respiró hondo—. Travis y yo nos conocimos hace unos días, él me confesó que se había escapado con sus amigos y yo estuve a punto de denunciarlo, pero…
—¿Pero preferiste llevártelo a casa?
—¡Déjame hablar! —grité—. ¡Y deja de juzgarme de una vez!
—Perdona, es que sigo sin creer lo que estoy oyendo…
—Pues créetelo —dije acercándome a su cara y fijando mis ojos en los de él con firmeza. Tenía los ojos color miel con un círculo verde rodeando la pupila—. No tuve fuerzas para traicionarle y preferí llevarle a él y a sus amigos mantas y comida. Pero al día siguiente se me ocurrió un plan: grabar en vídeo a Lucrecia afirmando que pegaba los niños de vez en cuando. Esa misma tarde Travis, que sabía donde vivía porque él y sus amigos me habían seguido discretamente hasta mi casa en busca del desayuno, tocó en mi puerta. No podía hacer otra cosa, tenía que dejarle pasar.
—De acuerdo, ¿y la grabación?
—Espera, eso después. Mientras yo llamaba a la pizzería para darle algo de comer a Travis, él veía la televisión donde se enteró de que sus amigos habían sido descubiertos.
—Y luego llegué yo…
—¡Exacto!
—¿Por qué dijiste que Travis era tu novio?
—Me puse nerviosa y fue lo primero que se me ocurrió —afirmé sin darme cuenta de cuál podría ser la siguiente pregunta.
—¿Nerviosa por qué?
—Eh… bueno, yo… tenía a un niño al que buscaba la policía en casa y, claro…
—Entiendo, tranquila —lo noté más relajado y me fijé en su pelo castaño cayendo por su frente— ¿te encuentras bien? —me di cuenta de que estaba mirándole fijamente el pelo con la boca abierta.
—Sí, sí, claro —dije volviendo en mí.
—Eres un poco rara, ¿sabes?
—Las raras somos más interesantes… —no me podía creer que estuviera flirteando. Hace un rato parecía tonta mirando su pelo y ahora parecía una experta en el arte del flirteo.
—Claro, porque las personas normales no esconden en sus casas a niños a los que busca la policía, graba vídeos de otras personas y miente hasta al repartidor de pizzas.
—Siento haberte mentido, Edouard Gabriel—le gustó que recordara su nombre—. ¿Puedo confiar en ti?
—Ahora soy tu abogado.
—Hablo como amigos…
—No lo sé, Julissa —dijo llamándome solo por mi segundo nombre y me resultó raro.
—Llámame June Julissa o June, me resulta raro que me llamen solo por mi segundo nombre. Y no te preocupes, no pasa nada —forcé una sonrisa.
—Lo cierto, June, es que me caes muy bien —prefirió mi primer nombre como Travis y… un momento le caigo bien—. Pero cuando trabajo intento mantener las distancias con mis clientes.
—Una pena —me puse roja como un tomate—. Bueno, eh… hay algo más que debes saber.
—¿Qué cosa?
—Las grabaciones que tiene Molineaux no son las únicas: hice copias.
—¡Alguien inteligente! —dijo mirando al techo y me sentí halagada—. Todos mis clientes le entregan las pruebas más valiosas a la gente equivocada que luego les traiciona y yo debo ir detrás intentando reunirlas de nuevo.
—Gracias. Las copias las tiene la directora del colegio de Sainte-Marthe donde trabajo —dije muy bajito para no delatarla— le pedí que las subiera a Internet y las vendiera a los medios de comunicación.
—Bien hecho, ¿es de fiar?
—Bastante, me prestó su coche para llevar a Travis a… —no quise delatar el paradero de Travis— a otro lugar.
—De acuerdo, le haré una visita, ¿su nombre?
—Arleth Oralia Leveque.

Antes de que llegara mi abogado, el guapo chico de las pizzas, había logrado dormir un poco. Pero cuando uno de los policías me despertó para anunciarme que tenía visita, me puse en pie rápidamente y comenzó a dolerme la cabeza.

Todavía dolía como si dentro tuviera un martillo que golpeaba mi cabeza constantemente. Pedí algo de comida, al fin y al cabo yo no era una presa ni tenía condena alguna, solo me tenían aquí por precaución. Así que me tuvieron que dar agua y me compraron un bocadillo vegetal.

Lo devoré todo en minutos bebiendo mucha agua detrás para bajar bien el pan seco del bocadillo. Luego me recosté y volví a conciliar el sueño. Pasaron las horas y se hizo de noche y yo todavía durmiendo. Cuando me despertaba algún ruido olvidaba que lo había escuchado, no abría los ojos y en seguida volvía a dormir. Pero un nuevo ruido me despertó y esta vez tuve que abrir los ojos.

Tenía el pelo revuelto, el cuerpo entumecido y frío y los ojos hinchados, pero no lo supe porque me viera ante ningún espejo, sino porque me lo dijo el mismo Edouard Gabriel o como él prefería que le llamase, por lo menos dentro de la cárcel, licenciado Monnet.

—Has logrado tu objetivo: los vídeos están en Internet.
—¿Y cómo ha reaccionado la gente?
—Piden tu libertad y la perpetua para Lucrecia Strauss.
—¿Mi amiga se ha visto involucrada?
—No, yo mismo le aconsejé que subiera los vídeos desde un ordenador del colegio, no desde el suyo privado. Y nadie puede saber que fue ella.
—Bien, lo último que querría es involucrar a alguien más.
—Eres una buena persona, June —su confesión me sonrojó—. Todo lo que has hecho, lo has hecho de corazón.
—Igual que todo lo demás, siempre actúo con el corazón, muy pocas veces pienso en las consecuencias de mis actos y me dejo llevar por la razón… y así me va: estoy en la cárcel.
—Por poco tiempo ya lo verás —me sonrió y me contagió la sonrisa.
—Me gusta tu optimismo, licenciado Monnet. Pero, ¿por qué traes esa cara tan larga si todo ha salido bien?
—Porque tengo que pedirte que me digas donde está Travis —mi cara reflejó el pánico.
—Ni hablar, él está bien cuidado, no le falta de nada y así seguirá siendo.
—June, ese niño significa mucho para ti, ¿no?
—Sí, mucho. No quiero perderle, no quiero alejarlo de mí.
—Si no me dices donde está para poder ir a buscarlo y entregárselo a sus padres… te podrán condenar por secuestro. Estás a tiempo de cambiar eso. Incluso podríamos mentir, ¿quiénes saben que tú tienes al niño?
—Tú, Arleth Oralia y mis padres.
—¿Está con ellos?
—Sí, está con ellos —respondí con resignación.
—Si Travis mintiera sobre dónde estuvo podríamos exculparte de esto y no involucrarte.
—Sus padres también le pegan, ¿sabes? Por eso él quiere estar conmigo y yo también quiero estar con él.
—Hablas como una madre.
—Lo quiero como una madre.
—Entonces ayúdame… —sus ojos me inspiraron confianza. Me acerqué, cogí su pequeña libreta y apunté la dirección de mis padres.
—Viven ahí, en coche tardarás hora y media. Dile que vas de mi parte y que lo echo de menos.
—Lo haré, tranquila.

Volví a acostarme, pero esta vez no para dormir, no tenía sueño. Estuve dándole vueltas a la conversación que había tenido con el comisario, él me decía que Lucrecia no estaba hundida, que la hundida era yo, pero ¿qué pensará ahora que las grabaciones están por todo Internet? Necesito que ese hombre se ponga de mi lado, es mi única salida… pero su orgullo seguro que se lo impedía. Eso o él era peor que Lucrecia y aprobaba lo que ella hacía.

Pedí ir al baño y me escoltaron hasta él. Apestaba, pero necesitaba asearme. Me lavé la cara y me peiné un poco el pelo con los dedos. Luego entré a uno de los cubículos del baño y oí un golpe, unas palabras, unos insultos y unas palabrotas bastante fuertes. Cuando me estaba subiendo los pantalones, el hombre al que había oído vociferar aquellas palabras entró dentro del baño y me vio salir del cubículo.

—A usted la estaba buscando —era el comisario Molineaux.
—¿A mí para qué? —pregunté acercándome al lavabo.
—No se haga la tonta, señorita. Sé que hace rato vino su abogado a verla y antes de irse, el muy… —comenzó a insultar a Edouard Gabriel— pasó por mi despacho y me contó lo de los vídeos.
—Yo se lo avisé, no es mi culpa si usted prefiere estar de lado de una psicópata que es capaz de maltratar a niños indefensos.
—¡No me hable así!
—¡Pues abra los ojos! —respondí con otro grito y me sorprendí a mí misma. Nunca había sentido tanta rabia y no era capaz de controlarla—. A no ser que sea usted igual de psicópata que su… amiga.
—¿Cómo se atreve? —levantó la mano para pegarme y yo me reí.
—Lo sabía. Un buen policía no utilizaría la violencia de no ser necesaria y un buen caballero no lo haría con una mujer. Pero usted no es ninguna de las dos cosas… —bajó la mano y se calmó.
—Esto no se va a quedar así —me amenazó.
—Eso no lo dude —respondí segura de mí misma, con la frente bien alta.