De corazón - Capítulo X

15/10/12

Capítulo X


—¿Travis? —pregunté nerviosa esperando que contestara él y no la niñera que se quedaba a su cargo según me contó Edouard.
—Sí, ¿June? —su voz me devolvió la sonrisa.
—Sí, soy yo, ¿cómo estás?, ¿tus padres te tratan bien?
—Estoy bien y mis padres me tratan bien, pero no puedes llamarme más, June.
—¿Qué?, ¿y eso por qué?
—Porque después de que se fuera ayer el chico que te gusta, el de las pizzas... —me sonrojé hasta las cejas. Tenía el manos libres puesto y Edouard estaba en la cocina, a pocos metros y escuchándolo todo—. Mis padres se preguntaron qué relación tenía yo con ese hombre que era abogado tuyo y empezaron a sospechar de la teoría de los hippies.
—¿Pero qué sospechan exactamente? —Edouard salió de la cocina y se sentó a mi lado.
—Antes los escuché hablar y decían que creían que tú y él me tenían escondido y luego me hicieron preguntas acerca de donde estuve.
—¿Y tú qué respondiste?
—Que no me acordaba de nada... solo que había árboles y animales.
—Los árboles y los animales que viste en la autopista cuando te llevaba a casa de mi madre, ¿verdad?
—Sí, solo dije eso, te lo prometo —se apresuró a decir.
—Te creo, Travis —suavicé mi voz para calmarlo—. Si quieres y si estás feliz con tus padres, dejaré de llamarte para siempre.
—No, no June, por favor. Me dijiste que lucharías por mí le doliera a quién le doliera... no me dejes...
—¿En serio quieres seguir viviendo conmigo ahora que tus padres ya te tratan bien?
—June, ¿a ti te parece bien dejarme solo toda la noche? Seguro que mañana llegan cansados, duermen todo el día y por la noche vuelven a salir a otra cena con otros amigos. Así siempre, en todos lados.
—Pero habrá días en los que no salgan, ¿no?
—Esos son los peores, June. Es cuándo les molesto y me tratan mal.
—Travis, a mi lado está Edouard, él me ayudará a conseguir que seas mi hijo legítimamente.
—¿Eso qué significa?
—Que nadie nos podrá separar nunca.
—¿Me lo prometes?
—Te lo prometo —se escuchó un ruido.
—June, tengo que colgar. Adiós.
—Adiós pequeño —escuché cómo Travis colgaba el teléfono, pero yo seguía escuchando aquel ruido y luego la llamada se cortó.

Esa tarde la había pasado trabajando con Edouard en mi despacho. Apuntaba notas, repasaba ejercicios que había hecho con los niños y citaba a nuevos niños a hablar conmigo o a sus padres. Mientras, Edouard me miraba fingiendo estar estudiando un caso.

Luego habíamos ido a mi casa, habíamos bebido unas cervezas que él había comprado y pedimos pizzas, como no, a Megapizzas. Esperamos así hasta que el reloj marcó las ocho, hora en la que Arles y Romane deberían de haber salido ya de su casa. Esperamos un poco por si se habían retrasado y llamamos a las ocho y diez, rezando porque fuera Travis el que cogiera el teléfono.

Me alegró saber que estaba bien, que sus padres aunque desaparecieran toda la noche, al menos no le pegaban, me alegré por haberle escuchado y por saber que quería que luchara por su custodia.

Todo era perfecto para mí: estaba con Edouard que me caía muy bien y me gustaba bastante, había hablado con Travis y sabía que estaba bien, había salido de la cárcel y mantenía mi trabajo como pedagoga, incluso había ganado más amigas dentro del colegio.

Todo era perfecto esa noche, pero, como si el destino se empeñara en ponerme las cosas más difíciles, a la mañana siguiente se desvaneció toda mi felicidad de un plumazo.

Ahí estaba yo, en la cama junto a Edouard sin recordar nada de la noche anterior, con el aliento a alcohol y el estómago lleno de pizza. Llamadas perdidas de mi madre en el móvil y otras tantas de Arleth Oralia. Sin olvidarnos de un mensaje extraño en el contestador.

Todo ello parecía estar desconectado, pero no era así. Todo tenía que ver con la llamada que había hecho esa noche a Travis. Entonces los ruidos que escuché al otro lado del teléfono, cuando Travis ya había colgado, cobraron sentido.

Me levanté de la cama corriendo y cogí un albornoz del armario. Me di una ducha y me lavé los dientes antes de salir a desayunar y escuchar el mensaje.

No te resultará tan fácil salirte con la tuya, querida. Travis, aunque te pese es mío.

Su voz no me sonaba de nada, no sabía quién era esa mujer que me había dejado el mensaje, pero sin duda tenía que ver con Travis... y decía que él era suyo, ¿Romane?, ¿Romane de Beaufort me había llamado a mi casa? Era extraño, pero sí. La niñera de Travis era la de los extraños ruidos. Ella lo había escuchado todo y posteriormente se lo había contado a Romane y a Arles, haciendo que sus dudas sobre mi relación con Travis se disiparan.

Ahora sí que estaba perdida, ahora los padres biológicos de Travis sabían la verdad. Si es que la historia de los hippies era demasiado... surrealista.

Más lo fue el hecho de que Edouard se levantara con una sonrisa y se dirigiera a mí, que estaba en el salón escuchando el mensaje, con intenciones de besarme. Instintivamente lo rechacé, puede que él se acordara de lo que pasó anoche, pero yo no y mi relación con él todavía seguía estancada en una bonita tarde en mi despacho. No se molestó cuando lo rechacé y fue a asearse a mi baño y a vestirse.

Yo fui corriendo a la cocina a mirar el reloj de la pared. Las nueve y cuarto de la mañana. Corrí a mi habitación a buscar el móvil y vi los mensajes de Arleth Oralia. Estaba preocupada porque no había aparecido a trabajar esa mañana y la llamé para tranquilizarla.

Después de pedir disculpas vi las llamadas perdidas de mi madre, asustada la llamé. Lo que escuché me dejó fría. Los padres de Travis habían presionado al pobre para que contara la verdad y él tuvo que hacerlo y contar que estuvo con mi madre en Rennes. Mucho no debió costarles pagar a alguien para que investigara dónde estaba la casa de mi madre y, cuando lo supieron, mandaron a alguien a darle un mensaje de su parte a mis padres.

Mi cuerpo seguía congelado mientras escuchaba a mi madre. Edouard ya había salido del baño y escuchaba atento lo que le respondía a mi madre porque, al ver mi cara de susto, sabía que esa llamada era importante.

—¿Qué pasó? —me preguntó cuando colgué.
—Mi madre, Travis, Romane, un hombre en mi casa —fue lo único que pude decir.
—¿Qué? Siéntate y toma aire —le obedecí. Estaba pálida—. Un hombre entró a casa de mis padres a la fuerza mandado por Romane y Arles —pude al fin decir.
—¿Cómo sabían ellos que tu madre...? —le interrumpí.
—Anoche, mientras hablaba con Travis, la niñera escuchaba por el otro teléfono y se lo contó. Luego presionaron a Travis que les contó todo sobre mi madre y mi padre en Rennes y ellos contrataron a alguien para que...
—¿Tus padres están bien? —su voz era de preocupación.
—Sí, sí, ese hombre solo quería decirles algo parecido a lo que me dijo Romane.
—¿Has hablado con ella?
No directamente... —le llevé al salón y le puse el contestador.
—Creo que es el momento de intervenir —dijo con tono serio y seguro.
—¿Intervenir?
—Con una demanda de custodia.
—¡Ya era hora! —me puse en pie—. Gracias por ayudarme, Edouard —y sonreí—. Por cierto, ¿qué pasó anoche? —La pregunta lo pilló desprevenido y agachó la mirada.
—Eh... anoche... no sé —mintió—. No me acuerdo.

Fui a la cocina a desayunar y dejé a Edouard en el salón pensando en lo que fuera que pasó anoche. Yo no lograba recordar nada y no quería presionarle a que me lo contara si no quería.

Preparé la mesa para desayunar juntos, pero él volvió a mi habitación y salió de ella colocándose la cartera en el bolsillo trasero de su pantalón. Antes de que pudiera decir nada me dijo adiós y salió de mi casa dejándome con las rebanadas de pan en las manos que me disponía a dejar sobre la mesa.

No supe qué era lo que le había molestado, seguramente mi pregunta sobre lo de anoche, pero no entendía el porqué. Desayuné sola y me vestí para salir a trabajar cuando escuché el teléfono sonar. Pensé que podría ser mi madre o Arleth Oralia, pero la persona que estaba al otro lado del teléfono no era precisamente una amiga.

—¿Diga? —pregunté levantando el teléfono.
—Yo no seré tan benévolo como mi mujer —dijo una voz masculina.
—¿Arles Beaufort? —pregunté aún a sabiendas de que era él.
—No vuelva a llamar a mi hijo ni intentar comunicarse con él o tendrá problemas, problemas serios señorita Landry.
—¿Eso es una amenaza?
—Tómeselo como quiera, pero no queremos volver a saber nada de usted.
—Pues lo tendrá difícil —dije con la voz firme—. Quiero la custodia de Travis.
—¿Pero usted quién se cree que es?
—¿Quién se cree que es usted que maltrata a su hijo y permite que su mujer también lo haga? —hice una pausa—. Travis es un niño ejemplar con un corazón lleno de bondad y vosotros lo maltratáis, lo abandonáis y lo lleváis con Lucrecia Strauss. Unos padres ejemplares, felicidades —me asombré por mi ironía y valentía.
—Usted lo ha querido —dijo Arles antes de colgar.

Ya estaba llegando al colegio cuando recibí una llamada. Miré la pantalla del móvil y sentí ganas de pulsar el botón rojo. No quería hablarle, no quería pasar por tensiones, pero le di al verde. Edouard estaba enfadado, estaba subiendo el tono de voz y me trataba con autoridad y más confianza. Noté el cambio que había tomado nuestra relación, pero mi atención la dirigí más a lo que me contaba.

Una orden de alejamiento y una denuncia por acoso en mi contra. Edouard estaba furioso porque eso dilataría más el proceso de demanda de la custodia. Yo, en cambio, estaba destrozada y cansada de que todo fueran malas noticias para mí cuando yo era la buena, la que actuaba de corazón. Lucrecia Strauss solo sufre algunos insultos de personas anónimas, el comisario Molineaux ni siquiera eso y de Catherine no se sabe nada. Ni el comisario ni Catherine pegaban a los niños, pero eran cómplices y para mí era lo mismo.

Colgué el teléfono después de quedar con Edouard esa tarde para hablar sobre lo que había pasado en mi casa. Pero esta vez quedamos en una cafetería.

Entré en mi despacho y me dejé caer sobre la silla. Hice llamar a los niños que tenía que atender hoy y me sorprendí al ver que uno de los niños que había atendido el primer día, el que no hablaba y parecía enfadado con todos, había vuelto a sacar malas notas y estaba castigado por sus padres.

Lo atendí y esta vez lo noté más receptivo, confiaba un poco más en mí y estaba más relajado. Así supe que sufría de depresión, los síntomas estaban claros, pero no era médico ni entendía de enfermedades psicológicas. Así que llamé a sus padres y les pedí que le llevaran al médico y que éste decidiera.

Algo grave debía de ser para que un niño unos años mayor que Travis sufriera de depresión. Pero yo también tenía algo grave entre manos y, a través de las ventanas, pude ver que ya había anochecido. Miré mi reloj y eran las siete, había quedado con Edouard a las ocho.

Recogí mis cosas, me despedí de Arleth Oralia, pasé por el baño de profesoras y me topé con algunas de ellas ahí dentro. Volvieron a sacar el tema de las grabaciones, me preguntaron cómo me iba, me hicieron sentir incómoda y logré escaparme.

La cafetería estaba relativamente cerca, le había pedido a Edouard que quedásemos en esa porque andando no tardaba más de veinte minutos. Cómo deseaba una bicicleta en esos momentos... o algo más barato que el taxi, más cómodo que los horarios del bus y más rápido que mis piernas.

Al final llegué cuando quedaban unos quince minutos para las ocho. Me senté en una mesa alejada de la entrada y de la gente, quería que fuese lo más íntimo posible, pero también estaba cerca de la ventana y podía ver a Edouard cuando llegara.

Diez minutos más tarde lo vi llegar con su traje de corbata. Miró a su derecha y a su izquierda hasta que yo levanté la mano y me vio.

—¿Cómo estás? —me preguntó sentándose y sin mirarme directamente a los ojos.
—Yo bien, el que me preocupa eres tú.
—¿Yo? —se sorprendió.
—¿Te parece normal salir de una casa sin despedirse cuando estaba preparando el desayuno para los dos?
—Lo siento... —agachó la mirada de nuevo.
—No quiero que lo sientas, quiero que me expliques por qué lo hiciste y qué pasó anoche.
—¿De verdad no te acuerdas? —su tono era de incredulidad.
—No te lo preguntaría de saberlo, Edouard.
—Yo tampoco me acuerdo bien, sé que nos besamos, —me sonrojé— nos tumbamos en la cama y no recuerdo nada más —estaba avergonzado.
—Debimos de quedarnos dormidos al instante —me reí y le contagié mi risa.
—Seguramente... —respondió riendo y mucho más cómodo.

Una vez solucionado el tema de lo que había pasado anoche, era el momento de hablar de la custodia, de la denuncia y de la orden de alejamiento.

Lo cierto es que eso me podía traer muchos problemas, pero si sabía contraatacar, podía salirme con la mía. Que era ni más ni menos que tener a Travis en mi casa como mi hijo legítimo.

No sabía cómo íbamos a hacerlo, ni tampoco sabía por qué Romane y Arles tenían tanto interés en Travis si no le querían. Quizá fuese el orgullo o algo más profundo, pero cualquier cosa sería mejor que ese reformatorio en el que lo habían metido, incluso mejor que estar con ellos mismos, porque, conmigo, Travis sería feliz. Ellos lo sabían y preferían luchar antes que acceder.

Aunque, quizá, si hablaba con ellos y les demostraba el cariño que sentía por Travis, lograban aceptar cederme la custodia.

—Edouard... —comencé mi discurso interrumpiendo el suyo—. Creo que lo mejor es que vaya directamente a hablar con Arles y Romane.
—¿Qué? —frunció el ceño esperando que continuara.
—Si les demuestro lo que quiero a ese pequeño, quizá los convenza. Seguro que aunque no soporten tener que cuidar de un niño, se alegrarán de saber que estará bien cuidado por mí.
—Puede funcionar, pero... es arriesgado teniendo en cuenta la orden de alejamiento.
—De momento esa orden no existe, ¿no? Ningún juez me lo ha ordenado. Por ahora es solo una petición de Arles a su abogado.
—Sí, también tienes razón, pero...
—¡Pero nada! Estoy dispuesta a lo que sea. Ya es tarde, pero mañana viajaremos a Angers.
—¿Estás segura?
—Completa y absolutamente segura —dije poniéndome en pie.

Mi seguridad y tranquilidad se contagió a Edouard, que se comenzó a destensar poco a poco. Pagamos los cafés y los dulces y caminamos sin rumbo. Yo tenía pensado coger un taxi, pero, Edouard se ofreció y no pude negarme a la comodidad de su coche y al placer de su compañía.

Cruzamos una calle y vimos el coche. Nos subimos y nos abrochamos el cinturón, pero para salir teníamos que dar marcha atrás y la calle era un poco estrecha y tenía mucho tráfico, así que, Edouard se estresó un poco y se quitó la chaqueta. También se soltó un poco la corbata y apoyó su brazo derecho en el respaldar de mi asiento para inclinar su cuerpo hacia atrás y ver mejor la carretera. Entonces sentí su calor y su olor, un perfume de hombre bastante agradable y fresco.

Inspiré profundamente para retenerlo en mis pulmones y en mi memoria, y luego salimos de esa calle. Condujo hasta mi casa en silencio, con la música puesta pero muy bajita, las ventanillas subidas y la calefacción puesta. Los cristales comenzaron a empañarse un poco y la apagó mientras bajaba automáticamente las ventanillas.

Empezamos a ver con más claridad la carretera, los coches, los peatones y las luces. De pronto se puso a llover y el agua empezó a entrar en el coche. Me mojé el lado derecho de la cara y el brazo derecho, pero hubiese sido peor de estar esperando un taxi en la calle. Me sequé con la manga de mi abrigo, pero Edouard me ofreció un pañuelo.

—Gracias —respondí al gesto con una sonrisa.
—De nada. Ya hemos llegado.
—¿No quieres bajarte para seguir charlando sobre el caso?
—Creo que no hará falta, tú ya lo tienes todo muy claro. Además, tenemos que descansar para mañana.
—Cierto, bueno, pues gracias —abrí la puerta para bajarme, pero la volví a cerrar—. Oye, respecto al dinero, quiero pagarte, ¿cuánto cobras?
—Nada, tú no eres la que me paga, recuerda que soy tu abogado de oficio.
—Sí, para sacarme de la cárcel con el rollo ese de Lucrecia, pero no para ayudarme con la custodia de Travis, ¿cuánto cobras?
—No te cobraré nada, June, no insistas.
—Bueno, está bien, al menos te pagaré la gasolina y otros gastos, ¿qué te parece?
—Que eres una pesada... pero si así te sientes mejor, acepto.
—Perfecto —sonreí y me acerqué a su cara para despedirme. Le di un beso en el cachete y noté su barba sin afeitar de dos días y de nuevo su olor agradable. El se sonrojó.
—Bue-buenas noches —alcanzó a decir.

Me bajé del coche y corrí hacia la puerta para no mojarme mucho, pero lo cierto es que cuando entré, estaba empapada de pies a cabeza. Presentía que esa lluvia duraría toda la noche y parte de mañana, y no me equivoqué.

A la mañana siguiente, Edouard estaba con su coche aparcado enfrente de mi casa. Yo metía algo de dinero y comida en una maleta mientras él esperaba. Cogí mi paraguas y lo abrí sujetando con fuerza la maleta bajo el brazo.

Corrí hasta el coche y me refugié en la calidez que se respiraba dentro. Entonces él arrancó y salimos de allí. Esta vez estaba más hablador que ayer y llegamos a Nantes antes de que pudiera darme cuenta. Desde ahí cogimos la autopista y entonces todo fue una larga carretera llena de risas, confidencias y migas de pan.

Los bocadillos que había preparado y metido en la maleta ya nos los habíamos comido y estábamos apartando las migas de nuestra ropa cuando un coche, a alta velocidad, se dirigía a nosotros.

Recuerdo que grité, recuerdo que Edouard giró el volante con todas sus fuerzas hacia la derecha, recuerdo que me agarré del techo y levanté las piernas inconscientemente para protegerme. Lo que no recuerdo fue el impacto del coche contra el arcén ni cómo nos rescataron de allí.