De corazón - Capítulo XV

21/11/12

Capítulo XV


Geraldine llegó esa mañana a las ocho y diez. Con un golpe en la puerta me sacó de mis pensamientos y me levanté para irme. En su coche apenas hablamos, la notaba preocupada y algo triste, pero no sabía si tenía la suficiente confianza con ella como para preguntarle qué le rondaba por la cabeza. Si supiera si eso estaba o no relacionado con Edouard, me hubiese atrevido a preguntar, pero como no lo sabía, callé durante todo el viaje hasta su casa.

Tal y como me había dicho Edouard, Geraldine había ido a buscarme a mi casa para ir juntas al hospital, ya que yo no tengo coche, pero Geraldine tenía que regresar a por no sé qué papeles. Como íbamos a tardar un poco, me ofreció un café y yo no lo rechacé.

La casa de Geraldine era bastante amplia, con el suelo de madera oscura, las paredes pintadas de blanco y los muebles en negro. Entre todas las paredes blancas e impolutas pude distinguir una con un marco gigante integrando varias fotografías. En muchas de ellas estaba Geraldine con Edouard y otro hombre que no conocía, supuse que era Noel, el padre de Edouard, y seguí observando las fotos. Había muchísimas, pero una de ellas me llamó la atención por encima de las demás. Era una fotografía de una playa en la que estaban Edouard y otra chica montando un castillo de arena. Los observé y deduje que Edouard tendría unos quince o dieciséis años en esa fotografía, igual que la chica.

—Es Béatrice Cooper, la mejor amiga de Edouard en el instituto.
—¿Eran novios? —pregunté tragando saliva.
—Eso creo, pero eran muy niños y muy vergonzosos para decírmelo. Era una niña encantadora.
—¿Qué pasó?
—Murió —me quedé de piedra, abrí los ojos como platos y me giré para ver a Geraldine— esa pobre niña tenía un padre que la maltrataba y su madre estaba muerta, así que... un día su padre no midió la fuerza con la que la golpeó y la dejó inconsciente... —Geraldine se limpió unas lágrimas que le habían estropeado el maquillaje y me miró antes de seguir— Béatrice seguía viva, pero su padre pensó que la había matado y la enterró en el jardín de su propia casa.
—¿Qué pasó luego?, ¿la policía lo detuvo?
—Nunca se supo nada de él. Mi hijo quiso hacerse policía para repartir justicia, pero lo convencí para que no lo hiciera porque es una profesión muy peligrosa.
—Así que se hizo abogado...
—Exacto —Geraldine respiró hondo—. Esta historia es muy triste y a Edouard le sigue persiguiendo aunque hayan pasado casi diez años, procura no recordárselo y si algún día se entera de que lo sabes, no le digas que te lo dije yo.
—Descuide, Geraldine. No diré nada.
—Gracias, el café está listo.

Fuimos al comedor y nos sentamos a tomar el café recién hecho con unas magdalenas. Luego Geraldine recogió los papeles que había ido a buscar y fuimos al hospital.

Allí se paró a entregar los papeles que había ido a buscar a su casa, yo seguí sin saber qué eran, pero no pregunté. La enfermera que le atendió los revisó, asintió con la cabeza y los dejó sobre la mesa. Luego fuimos a ver a Edouard que estaba bastante mejor, pero los médicos estaban preocupados por las secuelas que pudiera tener su memoria tras el accidente.

Para eso eran los papeles, Edouard podía irse a casa pero debía hacerse más pruebas. Así que mientras Geraldine recogía la ropa de su hijo y la metía en una pequeña maleta, Edouard y yo salimos de la habitación y dimos un paseo por el pasillo.

—¿Qué era lo que no me podías contar anoche? —pregunté abordando de nuevo el tema para ver su reacción.
—Verás, June... es algo delicado.
—Cuéntamelo, podré soportarlo —ni yo misma estaba segura de eso, pero sentía curiosidad.
—Verás, cuando hablaba con Travis aquel día en tu habitación, él me contó lo mal que lo pasaba con sus padres cuando éstos le pegaban y... me recordó a alguien que conocí hace años que sufría la misma pesadilla que él —¡Béatrice!, recordé todo lo que me contó Geraldine en su casa y se me puso la piel de gallina.
—¿Cómo se llamaba?
—Béatrice, Béatrice Cooper —Edouard me lo confirmó y le miré a los ojos con tristeza recordando el trágico final de esa chica— June, ella murió después de que su padre le diera una paliza y... no quiero que le pase lo mismo a Travis. De eso hablamos, le conté la historia de Béatrice.
—¿Y él que te dijo?
—Se quedó callado, creo que no le sorprendió saber que mi amiga había muerto. Parecía acostumbrado a escuchar esas historias y me pregunté algo a lo que llevo dándole vueltas en la cabeza desde entonces.
—¿Qué cosa?
—Que si a Lucrecia también se le habrá ido alguna vez la mano con un niño...
—Eso explicaría que a Travis no le sorprendiera escuchar que tu amiga Béatrice murió.
—Debemos preguntarle directamente.
—No podemos acercarnos a él.
—Sí podemos, lo dijiste antes del accidente, no hay orden de alejamiento hasta que un juez no dicte la sentencia y no hay motivos para no hacerle una visita, ¿no?
—Edouard... es peligroso, hay algo que debes saber antes de nada.
—¿Qué?
—El accidente no fue un accidente. Arles y Romane le pagaron a su chófer para que nos embistiera y nos sacara de la carretera.
—¿C-cómo sabes eso?
—Porque el mismo chófer me lo contó la tarde que despertaste del coma.
—¿Y no lo denunciaste?
—Está arrepentido de todo, incluso me trajo a Travis para que le viera y estaba preocupado por ti cuando se enteró que estabas en coma.
—June... —me abrazó— todo esto es muy peligroso, debemos tener más cuidado a partir de ahora y contraatacar.
—¿Cómo vamos a hacer eso?, tú y yo no somos asesinos ni nada que se le parezca, ¿qué piensas hacer?
—No he hablado de matar a nadie, solo de contraatacar. Y no sé cómo, pero algo haremos, ¿vale? Y recuperaremos a Travis, meteremos a Lucrecia Strauss en la cárcel de por vida y a su amiga Catherine Johnson también.
—¿Cómo sabes su apellido?
—La investigué la noche antes del accidente —me acarició el pelo todavía sin soltarme del abrazo.
—Y también al comisario Molineaux, es un idiota.
—Idiota es lo menos que se merece... pero tienes razón, también merece pagar por omisión de pruebas y dar un trato preferente a Lucrecia frente a ti. Ante la ley se supone que todos somos iguales, ese comisario no lo tuvo en cuenta y pagará por todo.
—Ojalá... —suspiré— porque todo eso parece un sueño.
—Lo lograremos cumplir, tú confía en mí.
—Ya lo hago, Licenciado Monnet —reímos.