De corazón - Capítulo XVI

30/11/12

Capítulo XVI


Esa mañana viajamos con un coche de alquiler para no dejar a Geraldine sin coche durante más de cuatro horas seguidas. Almorzamos en un restaurante de Angers y luego fuimos caminando hasta la casa de Arles y Romane. Encontramos la casa y quisimos tocar el timbre, pero Edouard me detuvo.

Nos fijamos en que las ventanas estaban cerradas completamente y que no había indicios de que estuvieran en casa. Antes de tocar, decidimos llamar por teléfono para ver si alguien respondía, pero desde fuera oímos sonar el teléfono y nadie lo cogió. Llamamos una segunda vez y comprobamos que no había ningún coche aparcado en la calle que se correspondiera con los de la familia Beaufort. Arles y Romane habían decidido irse de Angers, llevándose a Travis con ellos, quién sabe a donde.

—Podrían estar en París, en Lyon, en Cannes... incluso fuera de Francia. Tengo entendido que tienen una casa en España y otra en Italia. Sin contar con un apartamento en Londres.
—Odio-a-esa-familia —dije apretando los dientes.
—No ganas nada odiándoles, mejor vámonos a casa.
—¡No!, no he hecho un viaje tan largo para nada, nos quedaremos a esperarles por si vuelven.
—June... no van a volver, saben que sabemos que esta casa es de ellos y que tarde o temprano volveríamos.
—Pero... ¿y Travis? Le prometí que cuidaría de él y ahora no sé donde está. Le he perdido, Edouard, le he perdido para siempre —me eché a llorar desconsoladamente y él me abrazó para tranquilizarme. Pero no lo logró. En ese momento la puerta de la casa de al lado se abrió.
—¿Buscáis a alguien? —preguntó una señora de unos sesenta años con el pelo alborotado y carmín en los labios.
—La familia que vivía aquí antes —contesté— ¿sabe a dónde han ido?
—No, no sé nada de esos estirados... para mí mejor que se hayan ido —la señora volvió a meterse en su casa dando un portazo.
—Vámonos June, daremos un paseo y volveremos a casa, ¿vale?
—Está bien, vamos.

Durante el paseo pasamos por una plaza con varios árboles de gran tamaño. Me quedé sentada mirando un nido de pájaros en lo alto del árbol, pero Edouard prefirió levantarse y caminar, según me hizo creer, hacia una tienda para comprar agua.

Yo seguía mirando los pájaros, los envidiaba, envidiaba a todos los que veía sin preocupaciones, a los niños que jugaban con sus padres, a los adolescentes que se besaban en los columpios, a los ancianitos que paseaban por la acera cogidos de la mano... a todos. Yo solo quería salvar a ese pequeño de sus padres y a sus amigos sacarlos de ese reformatorio. ¿Era mucho pedir que se hiciera justicia con ellos? En ese momento llegó Edouard que me sorprendió abrazándome por detrás.

—¡Ya estoy aquí!
—¡Qué susto! —me giré para besarle— ¿Y el agua?
—No he ido a comprar agua. Ven, sígueme —me cogió de la mano y tiró de mí hacia la carretera.

Cruzamos y caminamos hasta el final de la calle. Todos mis intentos de preguntar a dónde íbamos eran silenciados, así que no pregunté nada más hasta que giramos a la izquierda, en el final de la calle, y vi un hotel.

Me imaginé que hay estaban Arles y Romane escondidos con Travis y me emocioné, pero a Edouard le cambió la cara.

—¿Qué pasa?
—No hay nadie escondido en ese hotel, o sí, quién sabe. Pero no Arles ni Romane ni Travis ni nadie, June. Olvídate por unas horas de todo eso, por favor.
—¿Si no están ahí para qué me has traído hasta aquí?
—¿No te lo imaginas? —me soltó de la mano bruscamente—. Yo tan solo quería pasar la tarde contigo, nunca hemos podido estar juntos sin pensar en Lucrecia, en Travis o en algo relacionado con eso. Y yo... yo solo quería un momento de paz —se dio media vuelta y siguió caminando sin mí, yo no reaccioné.
—Edouard... —no se giró ni se paró— lo siento. —Caminé hasta llegar a su lado y le cogí de la mano—. Mírame —lo hizo— siento mucho haber sido tan estúpida, estoy obsesionada con esto, lo sé, pero tienes que entenderme... no quiero que le pase nada malo a esos niños, menos a Travis, y por eso es más importante para mí cuidar de esos niños.
—Y te entiendo, June, y yo intento ayudarte y ponerlo todo de mi parte, pero no puedo más. Lo siento, esto es todo lo que doy de mí. No conozco ninguna otra forma de llevar esto adelante, quizá deberías buscarte a otro abogado más eficaz y... —le interrumpí.
—Más eficaces no creo que los haya y más involucrados en la causa, tampoco. Te quiero a ti como mi abogado y como... —me quedé callada de repente.
—¿Y como qué?
—Y... nada, olvídalo. Vamos a ese hotel.
—No —me cogió de la cintura, me apartó un mechón de pelo de los ojos y me miró fijamente—. Termina de decirlo, por favor... —me lo rogó de una manera que me heló la sangre y me dejó la piel de gallina, pero continué, por él.
—Te quiero como mi pareja, Edouard —y nos besamos, en mitad de la calle, con los viandantes esquivándonos y una ligera lluvia mojándonos la piel.

Finalmente caminamos hacia el hotel, yo tenía la cabeza apoyada en su hombro y él me rodeaba la cintura con su brazo. Llegamos a los pocos minutos, el recepcionista reconoció a Edouard y le dio una llave. No tuvimos que esperar, la habitación estaba lista para nosotros, esperándonos. Subimos en ascensor y no pude reprimir una pequeña risa producto de los nervios y la emoción.

Edouard era fantástico, lo que cualquier mujer espera encontrar después de ver una película romántica. Es el tipo de hombre con el que sueñas, es atento y considerado. Se involucra en cada uno de mis problemas, me ayuda incluso cuando no le he pedido que lo haga y sin esperar nada a cambio. Y sin olvidarnos de lo romántico que está resultando ser y de lo guapo y atractivo que es, aún más sin ropa.

Salimos del hotel a la mañana siguiente después de que Edouard me distrajera para pagar en recepción. Habíamos llamado a Geraldine para que no se preocupara al no vernos llegar y fuimos caminando hasta el coche.

Los rayos del sol dificultaban la visibilidad en la carretera y a Edouard le molestaba mucho más que a mí, así que conduje yo hasta Nantes. Cuando llegamos, dejamos el coche en el concesionario y nos paramos a desayunar antes de llamar a Geraldine para que fuera a buscarnos. No tardó más de quince minutos en llegar y nada más subirnos nos comenzó a incomodar con miles de preguntas. Afortunadamente se dio cuenta de que sus preguntas no iban a recibir respuesta y calló, a veces Geraldine suele ser así de indiscreta.

Con mucho sueño acumulado de la noche anterior y miles de preguntas acerca de dónde podría estar Travis, me dejé caer en la cama hasta el mediodía. Había decidido ir a comprar algo de comida, comer y salir a dar un paseo para relajarme un poco, algo que me distrajera. Pero no lo conseguí.

Después de un paseo por el mercado, rodeada de verduras frescas y frutas recién traídas del campo, y después de un buen guiso caliente, decidí hacer ejercicio. Muy pocas veces lo hago, pero me vestí con un chándal cómodo y con unos auriculares que me hicieran desconectar, y salí dispuesta a correr por todo Sautron.

No exagero si digo que me cansé antes de salir de mi calle, pero logré llegar bastante lejos. En casa, con la ayuda de un mapa, comprobé que había corrido cerca de cinco kilómetros. Pero lo cierto, que a pesar de haber sudado muchísimo y de haberme logrado sentir renovada, estaba con los ánimos por los suelos si pensaba en Travis. El truco estaba en no pensar en él, pero no podía dejar de hacer eso, sus ojitos azules estaban presentes a cada momento. Necesitaba por lo menos saber si estaba bien, y la duda me atormentaba.

Me propuse buscarme un hobby, algo que no fuese siempre trabajar o preocuparme por Travis. Algo que me sacara de la rutina de los últimos días. El deporte había dado sus frutos en algunos momentos, pero no me llamaba la atención, no me entusiasmaba.

Acabé el día con una ducha y una cena ligera, al menos que los cinco kilómetros valieran para algo. Me acosté a dormir dándole vueltas a eso del hobby y acabé conciliando el sueño con una buena idea: iba a aprender a tocar un instrumento. No sabía cuál ni dónde ni cuándo. Pero la música me gustaba muchísimo y siempre había tenido buen ritmo bailando, ¿por qué no tocando un instrumento?

Con esas energías me levanté por la mañana para ir a trabajar e informarme sobre los centros más cercanos para aprender a tocar un instrumento. Abrí las ventanas de mi despacho y comencé estudiando un nuevo caso de una niña con graves problemas sociales, de hecho, muchos profesores la consideraban autista. Pero no lo era, así que concerté una cita con sus padres y antes con la niña, para conocerla.

Mientras hablaba con la pequeña Andrea Fourcade, Arleth Oralia me llamó al teléfono de mi despacho. Quería saber si estaba ocupada o no porque el señor Redfield estaba esperándome. Se me aceleró el corazón y le dije a Arleth Oralia que le hiciera subir mientras yo me despedía de la niña, que más que autista solo era tímida.

—Cédric —dije abriéndole la puerta—, espero que me traiga buenas noticias.
—Bueno, más o menos —dijo sentándose— hay padres que no han querido involucrarse y otros que no se fiaban de mí. Pero he logrado reunir a más de cincuenta padres.
—¿Tantos? Yo me imaginaba que serían veinte o treinta.
—En realidad eran casi ochenta padres, pero como le digo, muchos rechazaron colaborar conmigo y otros no se fiaban de mí y me preguntaban que para qué quería yo sus datos. Espero que cuando vean que lo que tiene en mente da sus frutos, se unan a nosotros.
—Yo también lo espero —le tendí la mano para que me pasara la lista— ¿qué tal Christopher? Arleth Oralia no me ha vuelto a decir nada sobre él, imagino que es porque ya ha mejorado.
—Sí, ya ha aprobado dos exámenes la semana pasada y esta semana tiene otro para el que no para de estudiar.
—¿Y usted pasa más tiempo con él?
—Cada tarde le dedico unos minutos para hablar sobre nuestras cosas, ver la televisión juntos o preparar la cena los dos.
—¡Vaya! Me alegro que se hayan vuelto tan unidos, eso es algo muy bueno para los dos.
—No he vuelto a beber desde la última vez que hablamos, ¿sabe? Estoy dejando la bebida con ayuda de un amigo y de mi hijo. Hasta he ligado —su confesión me hizo reír.
—Disculpe, Cédric, no me río de usted es solo que me alegro de que le vaya tan bien. Tanto Christopher como usted se lo merecen.
—Gracias señorita —bajé la mirada a la lista.

Efectivamente era una lista muy larga y no tardé en fijarme que había algunos nombres tachados, le pregunté a Cédric.

—En la lista están apuntados los casi ochenta padres que le comenté, en realidad son setenta y ocho padres. Los que están tachados son los que no han querido colaborar.
—¿Cómo ha conseguido esta lista tan completa, Cédric? Si no es indiscreción...
—No, no se preocupe. Cuando fui a buscar a mi hijo al reformatorio para sacarlo de allí, conocí a una mujer que trabajaba cocinando. Hablé con ella unos minutos, yo esperaba a que me trajeran a Christopher y ella a que le pagaran su último sueldo.
—¿No siguió trabajando en el reformatorio?
—No, pero sus amistades dentro de él eran tan grandes que aceptaron rebuscar entre los archivos y hacer fotos con sus móviles para dárselas a esta mujer que conocí. Y ella me pasó las fotos de sus amigas.
—Vaya... qué valentía. Podrían haberlas descubierto y despedido. Pero no les importó.
—Porque quieren lo mismo que nosotros: justicia.
—Lo conseguiremos, ya somos muchos luchando, de forma anónima unos y otros... no tanto... pero al final somos muchos.

Seguí leyendo, los nombres Arles y Romane Beaufort estaban tachados. Pregunté con miedo de desvelar mi secreto de que conocía a Travis, pero Cédric no le prestó importancia a mi pregunta y me respondió como si nada.

—¿Cómo consiguió contactar con todas estas familias?
—En las fotos aparecía el número de teléfono y la dirección de las familias.
—¿Qué dirección aparecía para esta familia? —señalé los nombres de los padres de Travis.
—No lo recuerdo, pero tengo las fotos en mi casa. Si quiere puedo traérselas mañana.
—Claro, estaría bien saber de donde son estas familias que faltan... básicamente porque si deciden unirse a nuestra causa, podremos establecer un punto de encuentro cercano para vernos —mentí con la voz temblorosa.
—Muy bien visto, mañana le traigo las fotos, ¿le parece?
—Sí, perfecto. Gracias Cédric, ha hecho usted un trabajo magnífico. Usted, su amiga y las amigas de ésta.
—No es nada, ojalá se pudiera hacer más.
—Tiempo al tiempo, no nos desesperemos —me reí en mis adentros, pues la primera en desesperarse siempre soy yo—. Nos veremos mañana, buenos días.

Esa tarde quedé con Edouard, al que tenía muchas ganas de contarle lo que había pasado con Cédric. Mientras esperaba en la misma cafetería de la última vez, pude ver en las noticias que salía Lucrecia y la palabra 'juicio' en un rótulo grande y azul debajo de su cara.

Al momento llegó Edouard y se sentó en la mesa con una sonrisa, pero yo le miré fijamente, ¿cómo es posible que no me hubiera contado nada?

—¿Qué sabes de un juicio de Lucrecia?
—¿Cómo lo has sabido? —moví la barbilla señalando la televisión y él mismo lo vio— No hay fecha todavía, pero la presión social es tal que seguro será pronto. Estoy deseando ir a ese juicio.
—Yo también. ¿Cuándo pensabas decírmelo?
—Lo supe anoche y como habíamos quedado hoy... esperé a verte.
—La próxima vez no esperes, llámame y dímelo. No me gusta enterarme por la televisión.
—Está bien, lo siento.
—No importa, tengo algo que contarte...
—¿El qué?
—Sé cómo conseguir la dirección de Travis.
—June... no te habrás metido en un lío, ¿verdad?
—No. Bueno... no directamente. ¿Te acuerdas de Cédric Redfield?
—Sí, el padre del niño que estuvo en el reformatorio y que ahora está en el colegio.
—Exacto. Cédric conoció hace un año a una mujer que trabajaba allí como cocinera y esta mujer tiene buenas amistades ahí dentro que sacaron fotos a varios archivos de Lucrecia Strauss. En esos archivos aparecen los números de teléfono y direcciones de todos los padres de los niños del reformatorio.
—¿Y él tiene esas fotos?
—Sí, me las dará mañana. Espero que ahí estén las otras direcciones de los Beaufort.
—Casas tienen muchas, lo que nos sirve son los números de teléfono. Llamaremos hasta que nos respondan. En la casa en la que nos respondan, será en la que ellos estén.
—Puede que nos responda el servicio.
—No creo que haya nadie en esa casa para mantenerla limpia si la familia no está allí, como mucho tendrán vigilancia, para que nadie entre a robar o cosas así.
—Tienes razón, estoy deseando llamar a esos números.
—Y yo. Espero que al que llamemos y nos respondan no sean de una casa fuera de Francia.
—No, creo que están cerca. Tú mismo lo dijiste: estaban en Angers porque necesitaban estar cerca de Nantes ante la posibilidad de un juicio. El juicio está próximo, ¿no? Hasta lo anuncian en la televisión, así que estarán por aquí.
—Eso espero, sino, nos quedaremos sin posibilidades de encontrar a Travis.
—¿Qué haremos cuándo le encontremos?
—Contraatacar.