De corazón - Capítulo VI

29/9/12

Capítulo VI


Era la hora de ir a buscar la cinta. El reloj acababa de marcar las dos de la madrugada, todavía quedaba una hora, pero el reformatorio estaba lejos. Caminé y tomé un taxi que me cobró más caro por el horario, llegué a una calle cercana pero alejada del reformatorio. Si algo salía mal, ni el taxista ni nadie podrían relacionarme.

Había pasado media hora cuando llegué. Esperé otra media hora y el sonido de las campanas de la catedral me hizo entrar en acción. Corrí todo lo que pude a pesar de mis botas de tacón y esperé debajo de las ventanas de las habitaciones de los niños. Desde ahí vi a Rob asomarse y al verme no se arriesgó a bajar escalando la fachada y me tiró una almohada.

Me acerqué a ella y vi que tenía una nota escrita en papel atada a la tela con un imperdible. En la nota ponía ‘dentro del relleno’ y supe que ahí estaba la cinta. Apreté el relleno y sentí la cinta entre mis dedos. Miré hacia arriba y le indiqué a Rob que todo había salido bien levantando mi pulgar.

Me apresuré en volver a la parada de taxis y cogí otro. Igual de caro. Me bajé en casa a las tres y media de la mañana y entré corriendo en busca de mi ordenador.

Estaba lleno de juegos abiertos que Travis había usado esa tarde, los cerré todos y metí la pequeña cinta que en realidad era un CD de tamaño pequeño. Le di a reproducir y tuve que bajar el volumen. Las lágrimas comenzaron a asomarse por mis ojos y, antes de dejarlas caer, le di a guardar copia. Hice dos copias de cada vídeo: el mío y el de Rob. Grabé las copias en otros dos CDs y guardé éstos en una pequeña caja fuerte que solía usar para guardar el dinero.

El vídeo original lo metí en mi bolso y lo dejé sobre la mesa para ir al baño. Al salir me vi a Travis.

—¿Cómo ha salido todo?
—Tal y como esperábamos.
—¿Y Rob?
—No he podido verle de cerca, me tiró la cinta dentro de una almohada desde su habitación.
—¿En la cinta la mujer mala le hace mucho daño?
—No… bueno, sí. Le hace bastante daño, pero Rob estará bien en unos días. Y libre.
—¿Cuándo vas a denunciar esto?
—Ahora mismo.
—¡Te acompaño!
—No, no pueden saber que estás conmigo, ¿vale? Primero tienen que ganarse mi confianza viendo los vídeos y luego puedo decirles que estás conmigo.
—Vale, entonces vete ya.
—¿Por qué tienes tanta prisa?
—Porque quiero que mis padres sepan que quiero estar contigo para que me dejen quedarme y no tengas problemas con nadie. Para que podamos salir juntos a comer y no pedir pizzas a casa, para que podamos salir juntos a comprar ropa y para poder escuchar la tele sin usar auriculares…
—Travis —le abracé— eso ya es el pasado. A partir de este momento, nuestra vida dará un cambio tan radical que parecerá que de esta noche a mañana por la tarde hayan pasado siglos.
—¿Cuánto es un siglo?
—Cien años. En cien años pasan muchas cosas, cosas que nosotros viviremos en menos tiempo desde que ponga un pie en comisaría.
—Pues yo ya quiero vivirlas.
—Muy bien, pequeño. Ahora vete a dormir que cuando volvamos a vernos necesitarás haber descansado.
—Hasta luego, June.
—Hasta luego, Travis.

Me despedí de él con un beso en su frente y me entristecí al pensar que quizá fuese el último.

Caminé a paso lento hacia comisaría. Quería destruir a Lucrecia Strauss y liberar a esos niños, pero no quería alejarme de Travis. Eso jamás.

Tardé veinte minutos más de lo que hubiera tardado si hubiese caminado a paso normal. Llegué a comisaría a las cuatro y cuarto de la madrugada. Subí las escaleras y vi a un policía de guardia tomando un café.

—Vengo a poner una denuncia —dije a modo de saludo.
—Puede esperar a las seis, todavía no ha llegado el comisario.
—Se trata de los niños desaparecidos del reformatorio de Lucrecia Strauss.
—A esos niños los devolvimos ya al reformatorio.
—Sé bien que no a todos, falta uno. Vengo a denunciar acerca de los malos tratos que reciben los niños por parte de Lucrecia y tengo pruebas irrefutables de ello.
—¿Qué pruebas?
—Llame al comisario y lo sabrá. No puedo esperar hasta las seis.

El agente se dio media vuelta, confuso. No sabía si llamar o no, pero ante la firmeza de mis palabras y el dato de que faltaba un niño, se decidió. Estuvo hablando unos minutos hasta que colgó y me miró, yo noté la mirada del agente en mí, pero me hice la tonta mirando recortes de periódico enmarcados en la pared donde aparecía el comisario.

—Llegará en unos minutos, tome asiento y espere.
—Gracias —dije. Y me senté a esperar. En concreto, veinte minutos.
—Soy el comisario Molineaux, ¿cuáles son esas pruebas que me han hecho salir de la cama antes de tiempo?
—Disculpe por haberle despertado, comisario Molineaux. Las pruebas son unas grabaciones de Lucrecia Strauss: en una de ellas confiesa que maltrata a los niños que cuida y, en la otra, se comprueba dicha confesión con unas imágenes de Lucrecia dándole una brutal paliza a un menor de su reformatorio —dije entregando los vídeos.
—¿Se puede saber cómo diablos ha conseguido usted esto? —me preguntó el comisario algo molesto—. Conozco personalmente a Lucrecia, es mi amiga desde hace años y jamás haría algo así.
—Le ruego que ponga las imágenes, comisario.
—No pienso poner nada, salga inmediatamente de esta comisaría y no vuelva a pisarla nunca más si no quiere acabar presa, ¿entendido? —su tono de voz se elevó y me levanté de la silla donde llevaba cerca de media hora sentada.
—Entendido, comisario. Espero que su orgullo no sea superior a su deber y acabe por ver esas imágenes. Se le caerá la venda de los ojos, se lo aseguro. Y cuando se haya dado cuenta de que su amiga no es quién piensa que es, no dude en ir a buscarme, le estaré esperando.
—¡Fuera! —fue su despedida. Y salí.

Al cruzar la esquina no pude evitar reprimir un grito de rabia. Rabia porque por culpa de otro amigo de Lucrecia me estaba dando de narices contra un muro. Ese muro era el comisario y mi futuro, el de los niños y el de Travis estaba en sus manos.

Caminé hasta casa y me dejé caer en el sofá. Había avisado a Arleth Oralia de que era probable que llegara a trabajar tarde porque tenía cita con el médico. El dermatólogo, concretamente, y ella, encantada y feliz como estaba conmigo, aceptó.

Logré dormir un poco y cuando abrí los ojos Travis estaba con los auriculares puestos escuchando la televisión muy cerca de mí.

—¿Qué haces despierto?
—Ya son las diez de la mañana, June.
—¿Qué? —era demasiado tarde, tenía que ir a comisaría de nuevo a intentarlo por segunda vez.
—June, ¿por qué sale tu cara en la tele?

Me puse inmediatamente en pie. ¿Mi cara en la televisión?, ¿cómo era eso posible? Me acerqué a la televisión, le quité los auriculares y cogí el mando que reposaba sobre la mesita del comedor. Subí el volumen y Travis se quedó a mi lado, asustado.

Mientras, en la televisión, la periodista de turno hablaba sobre mí frente al reformatorio de Lucrecia Strauss. Entonces relacioné las dos cosas: comisario Molineaux, más Lucrecia Strauss, más grabaciones de por medio donde se oía mi voz en una de ellas, igual a: me he delatado a mí misma.

—¡Soy idiota! —grité asustando a Travis—. Tenía que haber utilizado un nombre falso con Lucrecia y enviar las grabaciones de manera anónima. Tenía que haberme cubierto las espaldas…
—Tú no podías saber que iba a pasar esto, June… —Travis estaba a punto de llorar al verme tan alterada.
—Travis, cariño, mírame —le levanté la barbilla e hice que me mirara a los ojos—. Ya saben mi nombre, lo próximo es que se aparezcan por aquí… tenemos que buscarte un escondite, ¿vale?
—Pero yo no quiero irme de aquí… —terminó rompiendo en sollozos.
—No hagas esto más difícil. Vamos a casa de mis padres, ellos te cuidarán —le dije limpiándole las lágrimas—. Mis padres se llaman Marianne y François, son algo mayores, pero muy cariñosos.
—¡Serán como mis abuelos! —dijo con un brillo en los ojos. Y yo me quedé boquiabierta.

En seguida reaccioné, sonreí y fui corriendo a mi habitación. Cogí mi maleta de viaje y la abrí sobre la cama. Comencé a llenarla con la ropa nueva de Travis, sus zapatos, y unos folios con dibujos que él había pintado. Cerré la maleta y la puse en el suelo para cambiarme de ropa y ponerme algo más cómodo.

Elegí un chándal de deporte, unas zapatillas y una coleta alta para apartarme el pelo de la cara. Salí de allí dejando mi vestido negro y gris que llevaba puesto desde hacía más de veinticuatro horas tirado sobre la cama; mis botas de tacón negras esparcidas por el suelo junto con otras cosas que se habían caído y no me había molestado en coger.

Eché un vistazo a lo que dejaba atrás y no vi más que desorden e incertidumbre. ¿Cómo iría yo a Rennes desde Nantes sin coche?

Entonces ocurrió lo que tanto temía. Sonó el timbre de mi puerta y me imaginé lo peor. Me imaginé a mí misma saliendo esposada, a Travis dentro de un coche de patrulla camino del reformatorio a reunirse con sus padres que volverían a abandonarle, con sus amigos a los que no había podido salvar, a mis vecinos criticándome desde sus ventanas y a los policías metiéndome en otro coche camino de comisaría para detenerme por haber tenido secuestrado a Travis.

De corazón - Capítulo V

25/9/12

Capítulo V


Entré en aquel edificio austero y oscuro que escondía secretos horribles. Entre esas paredes, muchos niños como Travis, sufrían diariamente la frustración de Lucrecia, por ser incapaz de controlarlos, en forma de golpes.

Llevaba conmigo mi cámara de vídeo que no había encendido todavía, ni tenía intención de hacerlo. Por lo menos yo no.

Buenas tardes me saludó la ayudante ¿es usted la señorita Landy?
Landry, mi apellido es Landry.
Vaya, disculpe, si quiere hablar de nuevo con Lucrecia, ella está ocupada.
No, esta vez me sirves tú misma, ¿te apetece enseñarme el reformatorio? la ayudante frunció el ceño, confundida ante la pregunta.
¿De verdad no prefiere esperar a Lucrecia?
¿Por qué?, ¿acaso usted no trabaja aquí y conoce las instalaciones igual de bien que ella?
Bueno… visto así hizo un amago de sonrisa—. Vamos, le enseñaré lo que quiera ver.
—En un principio iba a venir con mi hija Lorelai a ver el reformatorio, pero ella ha tenido miedo de venir porque dice que no conocería a nadie y, claro, me he dado cuenta de que yo tampoco. Salvo a usted y a Lucrecia Strauss. ¿Podría enseñarme las instalaciones, presentarme al resto del personal y a algunos niños y niñas que viven aquí?
—¿Quiere conocer a los niños y a las niñas de este reformatorio?
—No, me basta con que sean algunos… alguna niña, algún niño… para saber si mi Lorelai estará a gusto aquí —la ayudante seguía sin estar convencida—. Bueno, si usted no quiere comprometerse, puede llamar a Lucrecia, pero no queremos molestarla, ¿no?
—¡Claro que no! Le presentaré a una niña muy noble, seguro que será una buena amiga de su hija.
—¿Cómo se llama?
­—Laura Girard. —¡Laura! La novia de Rob, pensé. Pero sería mucha casualidad que fuese la misma Laura, es un nombre muy común.
—¿Estas son las habitaciones? —pregunté señalándolas.
—Sí, aquí duermen los niños. Las niñas duermen en otras habitaciones separadas, por aquí —y me guió a la derecha del edificio—. Esta es la habitación de Laura Girard.
—¿Puedo pasar?
—Es preferible, a estas horas las niñas no deberían estar fuera de sus habitaciones.
—¿Por qué?
—Porque es la hora de la cena de los niños y no tienen permitido mezclarse.
—¿Niños y niñas no se comunican?
—Muy pocas veces pueden hacerlo —dijo la ayudante tocando la puerta de Laura.
—¿Si? —preguntó una voz de niña al otro lado.
—Soy Catherine, abre —ordenó la ayudante que ahora ya tenía nombre. Escuché ruidos y por fin Laura abrió la puerta.
—¿Qué ocurre? —preguntó la niña en pijama.
—Esta mujer quiere hablar contigo —la niña me miró de arriba abajo y yo le piqué un ojo sin que Catherine me viera.
—¿Puedo pasar, Laura? —pregunté.
—¿Qué es usted?, ¿médico, psicóloga, profesora o…? —la interrumpí.
—Soy pedagoga —resopló— pero no vengo a ayudarte a estudiar, sino a saber más de este sitio, de ti y de tus amigos.
—¿Para qué?
—Puedes hacerle esas preguntas a la señorita Landry dentro de tu habitación, no me gusta que estemos aquí en la puerta —dijo Catherine. Y entramos las tres—. Espero que trates bien a esta mujer —dijo Catherine señalándome y amenazando a Laura— o tendrás tu merecido castigo, ¿entendido? Yo tengo que irme a atender la entrada.
—Entendido, señorita Catherine. No se preocupe —dijo Laura. Y Catherine se marchó dejándonos a solas a Laura y a mí.
—Laura, me llamo June Julissa y —hablé más bajito— conozco a Travis Beaufort.
—¿A Travis?
—Sí, tú eres la novia de Rob, ¿no?
—¿Cómo lo sabes?
—Me lo dijo Travis.
—No sé si es buena idea que hablemos… —Laura se echó atrás.
—Déjala hablar, Laura —dijo Rob saliendo de debajo de la cama de Laura.
—¡Rob!, ¿qué haces?
—La conozco —dijo él— es amiga de Travis.
—Chicos, no tenemos mucho tiempo antes de que llegue Lucrecia o Catherine, escuchadme: Travis me ha dicho que Lucrecia os pega y yo logré grabarla afirmando que, de vez en cuando, os daba alguna que otra nalgada, pero sé que hace mucho más que eso. Lo que necesito ahora es que tú —me dirigí a Rob— provoques a Lucrecia para que te pegue y lo grabes con esta cámara —la saqué del bolso y se la entregué— sé que lo que te pido es muy difícil y no tienes que hacerlo si no quieres… pero es la única manera de denunciar a Lucrecia con una prueba sólida.
—Lo haré —dijo él—. Por Travis, por mí, por Laura… por todos los que vivimos aquí.
—Gracias —sonreí.
—Ahora me tengo que ir, si vuelve Catherine no podré escapar —dijo él saltando por la ventana y desapareciendo. Mi rostro reflejó el asombro y la preocupación.
—Tranquila —me dijo Laura— sabe lo que hace. No se caerá.
—Eso espero, yo también me tengo que ir. Gracias por todo.
—¡Espera!, ¿cómo está Travis?
—Está en mi casa, alimentado y bien vestido. No le falta de nada.
—Gracias por cuidarle, era el más pequeño de los que escapó y me daba miedo de que le pasara algo… me recuerda a mi hermano pequeño. Cuando no lo vi regresar no pude evitar llorar y Rob siempre me animaba hablándome de ti y de que cuidarías a Travis, pero yo estaba tan asustada.
—Él está bien, le daré muchos besos de tu parte, ¿vale? —Laura sonrió.
—Vale.
—Dile a Rob que el miércoles cuando el reloj de la catedral marque las tres de la madrugada, estaré esperando a que salte como la otra vez y me entregue la cinta.
—El miércoles he oído que vendrán a poner verjas en todo el edificio, incluido ventanas, para que no pase como la otra vez y nadie pueda fugarse de aquí.
—Entonces mañana mismo a las tres de la madrugada estaré esperándole. Adiós, Laura.
—Adiós, tenga cuidado, por favor…
—Descuida, yo también sé lo que hago.

Salí de la habitación y me encontré de frente con Lucrecia Strauss que traía cara de pocos amigos, pero al verme sonrió y se acercó más rápido.

—¡Qué alegría volverla a ver, querida!, ¿y su hija?
—Ella no ha querido venir y he venido yo por ella a conocer las instalaciones y a los niños. He conocido a Laura Girard, muy buena niña.
—¿Qué le ha dicho?
—Que si interno aquí a Lorelai haré bien porque a las niñas las tratáis muy bien.
—Qué aduladora es esa niña cuando quiere, pero cuénteme, ¿cómo está usted?
—Yo estoy perfectamente, mejor cuénteme usted cómo se encuentra después de tener de regreso a los niños que se habían fugado.
—Eh… bueno, los niños están bien y eso me alegra.
—¿Pero no los va a reprender por semejante osadía?
—Bueno, ya lo hice. Están castigados sin salir de sus habitaciones —noté cómo se ponía tensa y vi que no tenía intenciones de contarme toda la verdad: ni los niños estaban completamente bien ni estaban todos. Yo tenía a Travis.
—¿Ah sí? Pues cuando venía hacia la habitación de Laura acompañada de su ayudante me percaté de que un niño moreno de ojos marrones y grandes nos observaba.
—¿Desde dónde?
—No sabría decirle, pero tendría unos diez u once años. No me gustaría que a mi Lorelai la fueran persiguiendo niños preadolescentes por los pasillos…
—Creo que sé quién puede ser, descuide que eso no pasará.
—Muy bien, pues marcho a casa. ¡Qué tenga buen día!
—Igualmente querida.

Recé para que mi plan funcionara: que Lucrecia sospechara de Rob y fuese a pedirle explicaciones, él la provocara un poco y ella le pegara. Lo suficiente como para denunciarla por maltrato infantil, pero ojalá no demasiado… pobre Rob.

Me alejé de allí y llegué en taxi a casa donde me esperaba Travis para cenar. Preparé unas tostadas y las untamos con mantequilla mientras le contaba lo que había pasado hoy en la habitación de Laura. Le di los besos que le prometí a ella que le daría y lo llené de besos de mantequilla.

Luego recogí toda la cocina, limpié un poco y me di una ducha de agua caliente. Cuando salí de la ducha Travis ya estaba dormido. Recordé que yo anoche no había dormido bien entre los nervios por el trabajo y las pesadillas de Travis. Me acosté y caí rendida.

Poco antes de que sonara el despertador tuve una pesadilla causada por los remordimientos. Sabía que lo que hacía Lucrecia estaba mal, pero ¿era yo igual que ella por incitar a Lucrecia a que le castigara y a Rob a que la provocara? Me sentía fatal y me levanté de la cama. Fui al baño, me aseé y me quedé un rato mirándome al espejo. Mis ojos marrones con grandes ojeras negras debajo, mi rostro ovalado con las marcas de las sábanas, la nariz roja del frío y los labios más blancos que rosados.

Salí de allí, no quería seguir viéndome. Abrí el frigorífico y me harté a comer de la fruta que había comprado ayer. Fui a la habitación a apagar el despertador y aproveché para coger un vestido gris y negro, unas botas de tacón también negras y los complementos que necesitaba. Volví al baño, esta vez sin darme tiempo a mirarme al espejo, y me vestí allí. Salí sin hacer ruido con los tacones y preparé el desayuno de Travis: yogur, tostadas con mermelada y fruta. Se lo dejé todo sobre la mesa y fui a mi cuarto a buscar el maquillaje para tapar las ojeras.

Irremediablemente tenía que mirarme al espejo. Lo hice y me vi mejor cara. Recordé que lo que le había pedido a Rob era por una buena causa, que esa sería su última paliza, que gracias a eso muchos niños tendrían otro destino mejor y que Travis… ¿qué sería del futuro de Travis? Terminé de maquillarme y me fui al sofá a pensar.

Él se levantó y fue a la cocina a buscarme, al no verme se asomó al salón y me vio recostada sobre el sofá.

—June… vas a llegar tarde a trabajar.
—No, todavía es temprano. Desayuna y vuelve a la cama.
—No tengo más sueño.
—Vale, pues desayuna.
—June, ¿estás bien?
—No, Travis —me incorporé y me cayó una lágrima— ¿tú estás a gusto conmigo?
—Sabes que sí, ¿qué pasa?, ¿ya no me quieres contigo?
—Claro que te quiero a mi lado —dije limpiándome las docenas de lágrimas que ahora corrían por mis mejillas—. Perdona, soy muy llorona, mi madre siempre decía que soy débil y que por eso lloro tanto.
—Pues mi abuelito decía que las lágrimas no son signo de debilidad, sino que significan que la persona que llora ha sido fuerte por mucho tiempo. Y tú has cargado con muchas cosas, June.
—¿Qué cosas?
—Vives sola, lejos de tus padres y no conseguías trabajo. Eso te tenía triste, tú lo dijiste, ¿no?
—Sí, tu abuelo tenía razón —paré de llorar.
—Además, desde que me conociste te comprometiste a ayudarme y has tenido que pasar mucho miedo delante de la mujer mala intentando que confesara algo muy feo para decírselo a la policía.
—No me equivoqué cuando dije que eras listo. Listo y de buen corazón.
—Tú sí que eres de buen corazón, te has preocupado mucho por mis amigos y por mí.
—Hay gente que como yo hace las cosas de corazón, no hay intereses por medio. Yo con vosotros he hecho eso, mi único interés es el de veros felices.
—Entonces, ¿por qué me preguntaste si estaba a gusto contigo?
—Porque necesito saber una cosa muy importante, Travis. Y solo tú tienes el poder de decidir sobre nuestro futuro.
—¿Yo?
—Sí, Travis, tú.
—¿En qué?
—Tienes que decidir entre vivir de nuevo con tus padres, quiénes, estoy segura, cambiarán su forma de tratarte al saber por lo que has tenido que pasar; y, entre este humilde piso, conmigo. No tienes que decir nada todavía, tienes hasta el miércoles para decidirte.
—No sé qué pasa el miércoles, June. Pero no necesito dos días para pensarlo, ni dos horas, ni dos minutos. Me quedo contigo.
—¿De verdad?
—Sí.
—Pues no será fácil, tendré que luchar por ti… y no sé bien cómo voy a hacerlo, pero puedes estar seguro de que lucharé por ti duela a quién le duela.
—Gracias, June.
—Gracias a ti, pequeño Beaufort.

Travis se sentó a la mesa a desayunar y yo fui al baño a retocar mi maquillaje, cogí mi bolso y salí con unos auriculares en la mano.

—Toma, para que veas la tele. Recuerda que la contraseña del ordenador es Aries, pero no tengo Internet, tendrás que conformarte con los juegos que tengo. Hoy tendré mucho trabajo —dije soltando el bolso sobre la mesa—. Te preparo el almuerzo y nos vemos a la noche, ¿vale?
—Vale —contestó con la boca llena.

Le freí algo de pollo empanado con patatas fritas y lo dejé en el microondas para que él mismo solo tuviera que apretar un botón y comer. Le piqué la fruta que quedaba y volví al salón a coger mi bolso y despedirme.

—Cuidado al comer, mastica bien para que no te atragantes y bebe despacito. Si te duele de nuevo la espalda, túmbate a dormir en la cama o entretente con los dibujos animados. Te llamaré de vez en cuando, no olvides que mi número está apuntado a un lado del teléfono.
—June… —dijo limpiándose la boca con una servilleta— no te preocupes, estaré bien —y su afirmación me dejó más tranquila por un rato.

Esa mañana trabajé duro para acabar pronto con los chicos y dedicar mi tarde a pensar en lo que iba a suceder esa noche. Los tres chicos de ayer parecían más relajados y habían vuelto a atender en clase, muchas profesoras se pasaron por mi despacho a felicitarme y conocerme mejor. Me cayó bien una profesora de matemáticas que se llamaba Marianne, como mi madre.

Recogí mis cosas al caer la tarde y salí del colegio despidiéndome de mis nuevas compañeras, de Arleth Oralia y de los niños que había ayudado.

A lo largo del día había hablado con Travis por teléfono y sabía que estaba bien y que se había comido lo que le había preparado, pero al llegar lo encontré dormido en mi cama con su pijama nuevo. Cené y volví a salir.

De corazón - Capítulo IV

22/9/12

Capítulo IV


¿Señora Leveque? pregunté entrando en la sala de profesores.
Señorita dijo ella dándose la vuelta que acabo de divorciarme.
¡Claro! respondí extendiéndole mi mano a la directora del colegio—. Soy June Julissa Landry, hablamos anoche por teléfono.
Sé quién eres, ¿estás dispuesta a trabajar hoy mismo?
¡Por supuesto! contesté entusiasmada. Lo cierto era que me moría de ganas por trabajar.
Muy bien, vamos a mi despacho para que leas el contrato y lo firmes si estás de acuerdo. Si es así, empiezas ya mismo con unos chicos un poco… especiales dijo dándole un sorbo a su café.

Entré en su despacho detrás de ella y me senté en una silla marrón de cuero. A mi lado tenía otra silla igual y una estantería llena de libros; al otro lado, una ventana que comunicaba con el patio de recreo de los niños.

Firmé el contrato después de leerlo con ella y de preguntar ciertas cosas respecto a mi sueldo o a mi horario. Me levanté y la seguí hasta el que sería mi despacho. Mi despacho no era más que una clase reformada para que pareciera un poco más acogedora con algunas plantas o cortinas en las ventanas. Me dio la impresión de que estaba bastante sosa, pero no era momento para nimiedades, tenía que empezar a demostrarle a Arleth todo lo que valía como pedagoga, mis dotes de diseñadora de interiores me los guardaría para mí.

Arleth, Oralia o la señorita Leveque eran las diferentes formas que tenía la gente de llamarla, aunque yo prefería usar sus dos nombres, tal y como me gustaba que lo hicieran conmigo. Ya que, que me llamen June o Julissa a secas, me resulta raro, cada vez que me encuentro con otra persona con dos nombres, la llamo por los dos. Así, a partir de ese momento me iba a dirigir a ella siempre por sus dos nombres.

Arleth Oralia dije haciendo que se volviera a mí—. ¿Cuándo vendrán esos niños de los que me habló?
En un momento bajo a buscarlos y les dijo que suban, ¿estás impaciente?
Sí, bueno… no quería parecer desesperada me hace ilusión trabajar aquí.
Espero que te dure la ilusión, querida. Estos niños suelen destrozarla.

Ya estaba nerviosa antes de conocerlos, pero cuando Arleth Oralia los llevó hasta mi “despacho” me sentí más relajada. Eran niños pequeños, no los adolescentes traviesos con las hormonas alteradas que me había imaginado en mi cabeza. Afortunadamente para mí, estoy más acostumbrada a tratar con niños problemáticos que con adolescentes y éstos últimos tardan más en afrontar sus problemas y solucionarlos que los niños.

El problema de estos tres niños que tenía frente a mí era que no hacían la tarea que sus profesores les marcaban. Muchos niños de buenas notas, estudiosos y tranquilos, suelen tener estas etapas. Etapas que no son más que eso, etapas. Con el tiempo se pasaría, pero la directora no quería esperar, quería que indagara sobre la causa del problema y que lo solucionara.

Así que empecé a trabajar como una psicóloga más que como una pedagoga, pero con niños resulta fácil. No saben hablar y expresarse de la misma manera que un adulto, pero tampoco tienen demasiados traumas, complejos o inquietudes, porque son niños y viven su día a día más despreocupado que el de un adulto. Así, logré enterarme de que uno de ellos tenía un hermano pequeño al que sus padres mimaban más que a él: celos. Al otro le pasaba algo parecido, pero también tenía en casa constantes problemas con sus padres: discutían cada noche y estaban pensando en divorciarse. Al tercero no pude diagnosticarle nada, más bien parecía estar enfadado con todos, incluso conmigo, que no me conocía.

Hablé con las profesoras de los niños y elaboré unos ejercicios con las tareas que las profesoras me marcaron para enseñarles. Las profesoras, al contrario que yo, no tienen tanta paciencia. Ellas tienen una clase llena de veinte o treinta niños que tienen que aprender como sea y, si uno de esos niños, se queda atrás, no pueden parar a toda una clase por él. Ahí entro yo. Con los ejercicios los niños se pusieron al día y hablando por teléfono con sus padres, los niños recibieron todo el amor que merecen recibir esa tarde al volver del colegio. Un buen comienzo como pedagoga.

Arleth Oralia me miró con cara de satisfacción y agradecimiento al entrar en mi despacho al mediodía.

No sé qué les has dicho a esos niños, pero se han ido a casa más tranquilos.
Los niños solo necesitan que alguien se tome la molestia de escucharlos de vez en cuando.
Creo que he hecho bien contratándote, me gusta como trabajas. Hay más niños con problemas en este colegio, pero creo que pueden esperar a mañana. Hoy has hecho más de lo que esperaba de ti, vete a casa a descansar y vuelve mañana más temprano para ver cómo han mejorado éstos y atender a un grupo nuevo.
Gracias, Arleth Oralia, le agradezco que me deje salir antes lo cierto era que me moría por salir de ahí e ir corriendo a casa a ver cómo estaba Travis.
Te lo has ganado. Y ahora vete antes de que me arrepienta.

Caminé por toda la calle que conducía a la parada de taxis, pero al ir caminando vi una tienda de bicicletas especializada en todo tipo de ellas y en el equipamiento necesario. Recordé entonces lo que me gustaría tener una y entré.

Esa de ahí dije después de un rato viendo bicicletas. Y el dueño del local me la enseñó mejor.
Buena elección, ¿entiende usted de bicicletas?
¡Qué va!, pero es preciosa.
Entonces llévesela, está a mitad de precio.
¿Cuánto sale?
Mil quinientos sesenta y cuatro euros dijo como si nada.
¿Tanto? mi cara de asombró debió de asustarle.
Bueno, podemos hacerle un pequeño descuento si quiere, de unos cien euros… pero no puedo rebajarle más el precio.
No, el problema es que ni así tendría tanto dinero, creo que tendré que venir otro día. Quizá, ahorrando poco a poco, ese día sea dentro de un año.
Pero lo que sí podemos hacerle es un plan de pago, ¿qué le parece cien euros al mes?
Bueno, claro, visto así… pero también pago un alquiler, comida y ropa… me acordé de la ropa de Travis Lo siento, créame que lo siento porque me encantaría salir de aquí subida en esa bicicleta, pero ni así podría permitírmelo. Hasta luego.
Más lo siento yo, espero que vuelva algún día a por ella, aunque sea dentro de un año sonreí.
Yo también lo espero y salí de allí.

Finalmente opté por coger un taxi que me dejara en el centro comercial, como Arleth Oralia me había dejado salir tan temprano, Travis todavía no tendría hambre y seguro que me daba tiempo de hacer las compras que quería.

Le pagué al taxista y me bajé corriendo. Sentí un poco de calor y miré al cielo: despegado. Cómo me gustaban esos días de sol con algo de brisa. Entré al centro comercial y fui directa a una tienda de ropa de niños. Zapatos, pantalones, camisetas, chaquetas, pijamas, bufandas, guantes, calcetines y calzoncillos.

Lo tenía todo sobre el mostrador y la chica de dientes torcidos que me atendió iba pasando prenda por prenda y en la máquina aparecía la suma de todos los productos, el total: doscientos noventa y tres euros con cuarenta céntimos. Saqué mi tarjeta y pagué, pero salí de allí sin pensar en todo lo que me acababa de gastar sino en lo que a Travis le gustaría que llegara con bolsas y bolsas de ropa para él.

Luego pensé en entrar en el supermercado, pero no podía con todas esas bolsas y dejarlas en una taquilla sería una pesadilla, así que opté por salir a la calle que sabía que había un mercadillo con buena fruta y verduras. Aprovechando el buen tiempo, compré buenos productos para hacer una deliciosa ensalada y unos batidos de fresas riquísimos.

Volví a coger otro taxi y llegué a casa. Metí con cuidado la llave en la puerta y fui girando hasta que abrí. Retiré las llaves y abrí con cuidado. A esa hora los vecinos paseaban al perro, salían a tender la ropa a los balcones o simplemente se asomaban por la ventana a cotillear mientras fumaban. Y no quería que ninguna de esas personas viese a Travis detrás de la puerta.

Empujé la puerta, pero él no estaba ahí. Cerré y dejé las bolsas sobre el suelo, notando como los brazos me lo agradecían devolviéndole la sangre a mis venas.

Travis dije bajito para que nadie más que él me oyera Soy yo, vamos, ¿dónde estás?
—Aquí dijo una vocecilla desde mi habitación. Estaba tumbado sobre la cama con un libro de cocina en las manos.
Travis, si tenías hambre podrías haber comido algo de la nevera, no hace falta que mires con ojitos de pena al libro. Las fotos de esos ricos platos no van a aparecer delante de ti por más que los mires me acerqué a él.
No tengo hambre, June… es que me duele el cuerpo y quería entretenerme con algo. La tele hace mucho ruido y los vecinos podían oírla y saber que había alguien aquí, tu ordenador tiene contraseña y tus libros son de pedagogía.
La tele la puedes oír con auriculares, la contraseña de mi ordenador es Aries y sí, mis libros son aburridísimos me reí­. ¿pero qué es eso de que te duele el cuerpo?
Me duelen las rodillas, los codos y la espalda dijo cayendo sobre la cama de nuevo —le toqué la frente.
No puede ser… hay que llevarte al médico dije haciendo aspavientos y exagerando mi tono de voz a dramático.
¿Qué tengo? su voz sí sonó a preocupación.
Tranquilo, Travis, solo estás creciendo. De pequeña me dolían muchísimo las rodillas y la espalda también. Eso se cura fácil dije sonriendo.
¿Cómo? preguntó incorporándose.
Comiendo mucho y probándose ropa nueva dije levantándome.
¿Me has comprado ropa? preguntó imitándome.
Te dije esta mañana que lo haría, ¿no? Yo cumplo con mis promesas… con todas dije poniéndome a su altura. Por eso no debes preocuparte por tus amigos, los ayudaré metiendo a la mujer mala en la cárcel, te lo prometo. No, mejor no, te lo juro. Que eso vale más que una promesa.
Lo sé, siempre supe que eras buena persona sonreí y quise preguntarle por qué confiaba tanto en mí, pero antes tenía que probarse la ropa.

Se quitó mi camiseta vieja y empezó a abrir bolsas. La primera contenía pantalones. Se los probó todos y todos le gustaron y le quedaron bien. Se quedó con unos vaqueros largos con bolsillos traseros y delanteros con las costuras desgastadas. Luego abrió la bolsa de las camisetas, rojas, verdes, azules, negras, con dibujos, sin dibujos… la que más le gustó era la de Spiderman. Se la dejó puesta y abrió otra bolsa donde estaba toda la ropa interior que le había comprado, lo miró todo atentamente y se puso unos calcetines negros y separó unos calzoncillos de dibujos animados para ponérselos en el baño. Siguió abriendo y encontró las chaquetas, entonces se puso una azul de plumas que hacía juego con la bufanda y los guantes que también le había comprado.

Después de tantas bolsas, tantas prendas y tanto probar una y otra, acabó cansado. Yo, mientras él se iba al baño a terminar de vestirse y a asearse, recogí las bolsas y empecé a preparar la ensalada.

De fondo escuchaba el agua de la ducha mientras picaba los tomates y lavaba la lechuga. Unos minutos más tarde, mi ensalada estaba lista y ya había frito unas croquetas de jamón. Travis ya había terminado de ducharse porque no oía el agua, pero como no salía del baño, aproveché para lavar y picar la fruta y hacer los batidos y el postre que quería.

Cuando guardaba en el frigorífico la fruta picada, salió Travis con su pelo limpio y estrenando su ropita. Le corté las etiquetas del pantalón y la camiseta y serví la mesa.

La ensalada, las croquetas, los batidos y la fruta picada. Aquello se parecía bastante a las imágenes de mi libro de cocina que Travis estaba hojeando cuando llegué. Comimos, hablamos, reímos y nos sentamos en el sofá a ver la televisión juntos. Entonces me di cuenta de algo de lo que hasta ahora había pasado desapercibido.

Travis, ¿en qué curso estás?
En primero contestó él dejando de ver la televisión para mirarme a los ojos.
Pero ahora no estas estudiando, ¿no?
No, desde que me escapé.
Pues eso tenemos que solucionarlo… ¿sabes leer y escribir?
Desde el año pasado contestó orgulloso de sí mismo.
Bien, ¿sumar y restar?
Estaba aprendiendo en el reformatorio.
Yo puedo enseñarte, pero no puedo hacer mucho más, necesitas un colegio…
Pero nadie puede verme o me mandarán con la mujer mala de nuevo.
Shhht… hice un gesto con el dedo tranquilo, Travis. Nadie te mandará con nadie. Mientras te compraba la ropa, pensé en Rob y en lo que él podría ayudarnos.
¿Mi amigo Rob?
Sí, el mismo. Creo que tengo un plan que podría funcionar si Rob es listo y sabe aprovechar la oportunidad.
¿Qué oportunidad?
¿Os permiten recibir visitas en el reformatorio? Travis comenzó a reírse a carcajadas.
Eres graciosa, June. La mujer mala jamás nos deja salir de nuestras habitaciones salvo para ir al baño, comer y recibir clases de un profesor privado. Cuando nuestros padres quieren ir a vernos tienen que llamarla a ella antes y pedir cita. Ni siquiera tenemos un sitio donde jugar juntos…
Lucrecia me dijo que hacían actividades todos juntos y que iba un psicólogo a visitaros.
¿Qué es un psicólogo?
Es alguien que, según ella me dijo, se encargaría de haceros ver que vuestro comportamiento es malo y, luego, se encargaría de cambiarlo.
¿Tú crees que mi comportamiento es malo?
¿Malo?, pero si eres el niño más inteligente, bueno y cariñoso que he conocido nunca.
¿De verdad?
De verdad sonreímos.

De corazón - Capítulo III

18/9/12

Capítulo III


Me acerqué a la puerta con miedo. No tenía mirilla así que grité un quién es bastante alto para que me oyeran. Esperaba oír: somos la policía de Sautron venimos a hablar sobre Travis Beaufort. Pero lo que escuché fue: Megapizzas, servicio a domicilio.

Nunca me había sentido tan estúpida y aliviada a la vez. Hice un gesto con la mano a Travis para que se alejara y el repartidor no lo viera. Travis se escondió en la cocina y abrí la puerta.

¡Qué rapidez! exclamé con una sonrisa. Y perdona, pero una vive sola y desconfía hasta de su sombra.
Tranquila, haces bien me dijo él picando un ojo.
Espero que no lo digas porque seas un asesino en serie… dije con una risa nerviosa, el chico me gustaba bastante. ¿Cuánto te debo? dije cogiendo las pizzas.
Si fuese por mí te las daba gratis, pero tengo que volver al negocio con dinero o con la mejor de las excusas.
Gracias dije soltando una carcajada después.
Son diecisiete con noventa, ¿no es mucha comida para ti sola? preguntó haciéndome sentir más nerviosa.
Son para mi… no digas novio novio.
Ah… pues siento la indiscreción dijo devolviéndome el cambio. Y se fue en su moto.

Soy estúpida, siempre me pasa lo mismo. Me pongo nerviosa, digo tonterías y río como si estuviese loca. Con razón no he tenido un novio que me dure más de tres semanas.

¿Novio? preguntó Travis saliendo de la cocina.
No preguntes…
¿Te gustaba ese chico?
Mucho, ¿tú cómo lo sabes?
Porque estabas igual de nerviosa que Rob cuando hablaba con Laura.
¿Quién es Laura?
Su novia, pero ella no se escapó con nosotros porque tenía miedo.
Cuéntame cómo te escapaste, tengo curiosidad.
Esperamos despiertos un buen rato. Teníamos miedo de dormirnos así que no cenamos nada diciendo que no nos encontrábamos bien. El hambre no nos dejó dormir y cuando escuchamos que el reloj de la catedral recordé que esa misma tarde yo lo había escuchado antes de subirme al taxi marcaba las tres de la mañana, nos levantamos de la cama.
¿Y después?
Después subimos a la azotea y aprovechamos que pintaban la casa por un lado.
¿Cómo?, ¿quiénes pintaban la casa?
Unos hombres que Lucrecia contrató para pintar el reformatorio por fuera y estaban colgados de la pared.
¿Subidos en un andamio?
No sé como se llama eso, pero Rob nos dijo que teníamos que saltar dentro. Y saltamos.
¿Saltaste al andamio desde la azotea?
Sí, pero estaba cerca porque empezaron a pintar desde arriba…
Ya, claro. Es un buen plan, ¿pero no te dio miedo?
No. El primero en bajar fue Rob y Mario, otro niño de diez años, nos cogía a los pequeños en brazos y se los pasaba a Rob.
Menudos sois… dije sonriendo y contagiando mi buen humor a Travis, que seguía muy preocupado por sus amigos.
Luego Rob pulsó unos botones y bajamos. Pensamos que nos iban a descubrir porque hacía mucho ruido, pero nadie salió ni se asomó y cuando llegamos abajo, corrimos muchísimo.
¿Llegaron a Sautron la primera noche?
¿Dónde está eso?
Esto es Sautron, Travis. El reformatorio está a varios kilómetros, para ir tuve que coger un taxi porque era muy lejos.
Pues creo que sí, llegamos aquí esa noche.
Debíais de tener mucho miedo para correr tanto… ojalá pronto podamos meter a esa bruja en la cárcel y salvar a tus amigos. Cuando sus padres se enteren de lo que hacía Lucrecia con ellos, seguro que volverán a casa con ellos.
Aunque mis padres sepan que Lucrecia me pegaba, no me querrán más ni me tratarán mejor. Yo solo quiero vivir contigo, June.

Esa tarde Travis y yo almorzamos unas pizzas mientras veíamos la tele y jugábamos juntos. Estaba feliz, él porque ya no estaba con la mujer mala y yo porque estaba con él.

De pronto llegó la noche y sonó el teléfono. Volví a asustarme, pero me tranquilicé y fui hasta él. Una llamada de la directora del colegio Sainte-Marthe, se disculpó por lo tarde que era pero la noticia que tenía que darme no podía esperar: necesitaba una pedagoga urgentemente, a ser posible, mañana mismo.

Intenté ocultar mi entusiasmo, como si no llevara semanas esperando que me contrataran en algún colegio y acepté sin dudarlo. Colgué el teléfono con unas buenas noches y me levanté para bailar de alegría.

¿Buenas noticias? me preguntó Travis asombrado por verme bailar de aquella manera.
Las mejores me acerqué a él y tiré de su mano para que me acompañara al centro del salón y bailar juntos.
¿Quién era?
Arleth Oralia Leveque, la directora del colegio Sainte-Marthe, me ha dicho que empiezo mañana a trabajar.
¿Cómo profesora?
No, soy pedagoga, yo no doy clases a niños. Mi trabajo consiste en ayudarles a aprender. Es un poco más complicado que ser profesora.
¿Pero te pagarán bien? me reí ante la pregunta.
¡Sí! Bastante bien, de hecho. ¿Por qué lo preguntas?
Pues porque si no te pagan bien no podrás seguir viviendo aquí, ¿no? Esta casa debe de ser muy cara.
Eres espabilado, pequeño Beaufort. Lo cierto es que es carísima, pero mis padres me ayudan bastante Travis agachó la mirada cuando mencioné a mis padres­—. ¿Qué pasa?
—Nada, solo que me has recordado a mis padres… —noté que tenía los ojos húmedos.
—Quizá hablar de ellos te ayude un poco… ¿quieres hablar conmigo de tus padres?
—Se llaman Arles y Romane. A mi madre ya la viste y mi padre tienes los ojos grises y los dientes muy blancos… los dos son ricos y están siempre fuera.
—¿En qué trabajan?
—Mi madre ahora no trabaja en nada, solo acompaña a mi padre a todos lados. Mi padre es el vicepresidente de una empresa.
—¿Qué empresa? —pregunté con la curiosidad en los ojos y pensando en si sería una empresa famosa o algo.
—No me sé el nombre… es una empresa rara —contestó él algo triste.
—Bueno no importa, lo importante ahora es dormir, ¿vale?
—¿Dormiré en el sofá? —preguntó mirándolo.
—No, —me reí— si quieres puedes dormir en mi cama… es muy grande.
—¡Vale! —respondió con una sonrisa tan amplia que casi se me olvidaba que mañana tendría que pasar el día solo.
—Travis, no puedo dejarte salir de esta casa. No ahora que tus amigos no están; y mañana, cuando me vaya a trabajar, tendrás que pasar el día entero tú solito aquí.
—No importa… estoy acostumbrado. En casa pasaba las tardes enteras solo y en el reformatorio cuando me castigaban igual.
—Bueno, te dejaré el número de mi móvil apuntado por si acaso y también llamaré de vez en cuando, ¿vale? Pero no cojas el teléfono a no ser que veas mi número escrito, podría ser otra persona y me meterías en un lío.
—Soy pequeño, June, pero no tonto —nos echamos a reír.

Después de un buen baño, Travis se puso una camiseta que suelo usar yo para dormir. Unos calcetines abrigados y listo. Ya en la cama, Travis no paraba de moverse de un lado a otro, nervioso y asustado. Intenté calmarlo, pero lo único que le tranquilizaba era que le acariciara el pelo mientras dormía. Y así estuve varias horas hasta que dejó de moverse y pudo dormir en paz.

Yo, en cambio, estaba bastante nerviosa con mi nuevo trabajo y no podía conciliar el sueño. Además, tener en casa a un niño al que busca la policía… no tranquiliza demasiado.

A la mañana siguiente, Travis seguía durmiendo en mi cama. Me levanté sin hacer ruido para no despertarle y fui al baño. Vaya ojeras tengo, pensé mientras me pasaba el dedo por ellas: estirándolas una y otra vez. Nada, eran horribles y debía de solucionarlo. Me duché, me lavé los dientes y comencé a secarme el pelo. Cuando terminé me dirigí a mi neceser de maquillaje y me tapé las ojeras, me maquillé un poco los ojos y le di color a mi cara con algo de colorete.

Pasé de ser un muerto viviente a una joven, por qué no, atractiva. Muy pocas veces me miraba al espejo así, pero esa mañana estaba dispuesta a triunfar y necesitaba ir con la autoestima bien alta.

Cuando salí del baño, Travis seguía durmiendo. Fui al armario y elegí una falda marrón por las rodillas, una camiseta un poco más oscura y un cinturón pequeño atado a la altura del ombligo. Un conjunto elegante, pero hacía frío en las calles de Sautron a esas horas de la mañana, así que me puse unas botas con un poco de tacón que me tapaban las piernas y un abrigo largo y blanco. Mi bolso a juego con todo lo importante dentro y un pequeño desayuno por si no tenía a donde ir para comer.

Ya limpia, bien vestida y con el ánimo por las nubes, me decidí a salir por la puerta. Pero Travis salió bostezando de mi habitación y, al verme ya dispuesta para salir, salió corriendo a abrazarme.


—No tardes, por favor.
—Tranquilo, vendré a la hora de comer si tengo tiempo. Si no llego, coge yogures de la nevera y cómetelos todos, ¿vale? A la noche volveré con bolsas de comida y con algo de ropa para ti.
—¿Me vas a comprar ropa? —se le iluminaron los ojos.
—¡Claro! No vas a estar usando mis camisetas viejas toda la vida, tendremos que comprarte algo —dije sonriendo y entonces me abrazó más fuerte.
—Gracias, June, es lo más bonito que ha hecho nadie por mí nunca.
—¿El qué?, ¿comprarte ropa? —me agaché para estar a su altura.
—No. Arriesgarlo todo, incluso ir a la cárcel, por ayudarme a no volver con la mujer mala.
—Travis, conocerte para mí ha sido como volver a nacer, ¿entiendes? Antes yo vivía sola, no tenía amigos, no me relacionaba con nadie y estaba siempre amargada. Ahora estoy feliz, te he conocido, he encontrado trabajo y pronto tendré mucho dinero para comprarte lo que quieras. Tenerte en mi casa para mí es un placer, eres un niño encantador, eres… —dejé de hablar por vergüenza.
—¿Qué ibas a decir?
—Yo… eh… nada —me puse en pie y apoyé la mano sobre el pomo de la puerta.
—¡No te vayas!, ¿qué me ibas a decir? —noté súplica en sus ojos y me volví a agachar con las orejas rojas de la timidez.
—Lo que te iba a decir es que tú eres para mí como… como un hijo, Travis. Sé que te conozco de dos días, pero siento que debo protegerte de todo y de todos desde el momento en el que te vi en aquél callejón —levanté por fin la mirada del suelo y me encontré unas lágrimas resbalando por toda la cara de Travis—. Ey, vamos, no llores… siento si te molestó; yo, de verdad, lo siento…
—No me molestó —logró decir entre sollozos—. Tú eres lo más parecido a una madre que he tenido nunca, June. Gracias por cuidar de mí.
—Un placer, pequeño mío —le di un abrazo enorme.
—Vete ya que la mujer esa que te llamó anoche se va a enfadar.
—Uy sí, no parece ser muy comprensiva la verdad, estoy asustada y más me vale no cagarla el primer día.
—No se dicen tacos —dijo sonriendo y limpiándose las lágrimas de antes—. Adiós, June.
—Adiós, Travis. Te dejé mi número anotado al lado del teléfono. Llamaré a cada rato para saber si estás bien.
—Vale. Hasta luego —dijo sonriendo de nuevo. Sin duda saber que lo quería tanto le hizo ser muy feliz, y a mí también.