Judith

18/3/13

No creo que recordar a quien te quiso tanto sea malo, pero todos intentan impedirme que vuelva a aquel lugar donde Él dio el último suspiro de su vida. Le gustaba el paracaidismo, demasiado. Y aquella vez nada ni nadie paró la caída. Y en aquella roca ensangrentada, con una cruz blanca, a pesar de que él nunca fue creyente, iba cada mañana a llevar flores frescas.

Había mañanas en las que no me pasaba y me sentía tan culpable por abandonarle que al día siguiente o esa misma noche, pasaba más horas de las normales hablándole. En realidad, le hablaba al mar que tenía delante, a las rocas que tenía bajo mis pies, al precipicio por el que cayó su cuerpo sin vida, a las nubes y al cielo. Eso me hacía sentir menos sola y pensaba que así él también se sentiría menos solo, si yo le hablaba. Le hablaba de mí, aunque no había mucho de que hablar, mi vida se había detenido desde que él murió. Así que le hablaba de la vida de los demás, de nuestros amigos, de nuestra familia, de gente que él no llegó a conocer y de personas inventadas cuando no me quedaba nada más que contar.

Las rosas del día anterior las tiraba al mar, dejaba las nuevas en el sitio donde habían estado las otras y veía como los rayos del sol secaban los pétalos y secaba mi piel, la volvía morena y la quemaba a veces. Pero no me importaban las quemaduras o las arrugas que, a mis treinta y siete años, empezaban a marcarse con intensidad en la piel dándome un aspecto más viejo y antiguo, como si de un mueble se tratara.

Para mi trabajo no necesitaba que me vieran la cara. Es irónico, porque ahora os preguntaréis en qué trabajo y cuando os responda que escribo libros de autoayuda para personas que han sufrido la pérdida de un ser querido, os reiréis. Pero me va bien, gano el dinero justo para sobrevivir. No tengo a nadie a mi cargo, nunca llegué a tener hijos ni creo que nunca los pueda tener, no sin él. Así que mayoritariamente paso mi tiempo libre en este precipicio, mirando una cruz blanca, mirando al horizonte, riéndome de cómo he acabado mi vida y preguntándome si algún día tendré las fuerzas de continuar con ella, de volver a sonreír, de encontrar de nuevo el amor, de ser capaz de confiar en alguien sin tener miedo a que me abandonen de nuevo... En fin, a ser humana otra vez.