Tres relatos antiguos

21/3/13

¡Holaa! Hoy traigo unos relatos cortos que escribí hace tiempo para unos concursos. El primero fue para el blog de Kat y se llama El olor a miel de mis musas. El segundo fue para un e-book, se llama Revolución Blanca, pero no me terminó de convencer y creé el tercero: La chica de Jalisco, ese es mi favorito, está mal que lo diga pero me quedó muy bien. Aunque no me publicaron el relato en el e-book y me enfadé muchísimo... Espero que a vosotros os guste y que comentéis. ¡Besitos!

Eso es el amor

20/3/13

Cariño, recuerda que tu dolor es mi dolor, que en mí puedes confiar y contarme tus problemas, no sé si los solucionaré, pero puedes estar segura de que te escucharé y te apoyaré. Antes pensaba que me necesitabas y que tenía que estar ahí para ti, siempre. 

Ahora me doy cuenta de que eres una persona increíblemente fuerte, independiente y capaz de andar sola por la vida. Pero las personas que son así, siempre acaban solas, hundidas en su dolor. Y yo te prometo, mi amor, mi vida, que no te voy a dejar sola, no permitiré que acabes así. Así que confía en mí, hazme saber de tus miedos y alegrías y compártelo todo conmigo para que un día, si no te encuentras con las fuerzas de narrarme todo desde un principio, sepa qué está pasando solo con mirarte a los ojos. 

Déjame conocerte, déjame ser tu sombra, déjame ser una extensión de tu ser que sepa cómo protegerte y ayudarte cuando tus fuerzas fallen. Así saldrás adelante. Y no sientas que debes recompensarme por querer ayudarte, porque eso es el amor. Y créeme, yo te amo.

Judith

18/3/13

No creo que recordar a quien te quiso tanto sea malo, pero todos intentan impedirme que vuelva a aquel lugar donde Él dio el último suspiro de su vida. Le gustaba el paracaidismo, demasiado. Y aquella vez nada ni nadie paró la caída. Y en aquella roca ensangrentada, con una cruz blanca, a pesar de que él nunca fue creyente, iba cada mañana a llevar flores frescas.

Había mañanas en las que no me pasaba y me sentía tan culpable por abandonarle que al día siguiente o esa misma noche, pasaba más horas de las normales hablándole. En realidad, le hablaba al mar que tenía delante, a las rocas que tenía bajo mis pies, al precipicio por el que cayó su cuerpo sin vida, a las nubes y al cielo. Eso me hacía sentir menos sola y pensaba que así él también se sentiría menos solo, si yo le hablaba. Le hablaba de mí, aunque no había mucho de que hablar, mi vida se había detenido desde que él murió. Así que le hablaba de la vida de los demás, de nuestros amigos, de nuestra familia, de gente que él no llegó a conocer y de personas inventadas cuando no me quedaba nada más que contar.

Las rosas del día anterior las tiraba al mar, dejaba las nuevas en el sitio donde habían estado las otras y veía como los rayos del sol secaban los pétalos y secaba mi piel, la volvía morena y la quemaba a veces. Pero no me importaban las quemaduras o las arrugas que, a mis treinta y siete años, empezaban a marcarse con intensidad en la piel dándome un aspecto más viejo y antiguo, como si de un mueble se tratara.

Para mi trabajo no necesitaba que me vieran la cara. Es irónico, porque ahora os preguntaréis en qué trabajo y cuando os responda que escribo libros de autoayuda para personas que han sufrido la pérdida de un ser querido, os reiréis. Pero me va bien, gano el dinero justo para sobrevivir. No tengo a nadie a mi cargo, nunca llegué a tener hijos ni creo que nunca los pueda tener, no sin él. Así que mayoritariamente paso mi tiempo libre en este precipicio, mirando una cruz blanca, mirando al horizonte, riéndome de cómo he acabado mi vida y preguntándome si algún día tendré las fuerzas de continuar con ella, de volver a sonreír, de encontrar de nuevo el amor, de ser capaz de confiar en alguien sin tener miedo a que me abandonen de nuevo... En fin, a ser humana otra vez. 

Alma gemela, no te olvido.

10/3/13

Después de tantos años separados por una estúpida discusión, una estúpida lágrima bajó por su mejilla llena de arrugas que el tiempo había hecho aparecer en su piel, dándole el aspecto de la anciana adorable que era. Mientras otra lágrima amenazaba con salir, él seguía abrazándola por la cintura, sujetándola como años atrás. Y de fondo, su bolero preferido, la banda sonora de una historia de amor que traspasó fronteras.

Una historia de amor tan trágica que pasó de boca en boca hasta nuestros oídos. Ese baile, ese abrazo infinito y esa lágrima era lo que los dos antiguos amantes necesitaban para pedirse perdón mutuamente y olvidarse del pasado, bueno, solo de lo malo, los años de amor y pasión en la arena mojada de la playa o subidos a un bote pesquero al amanecer, no lo olvidarían nunca.

Lo último que sabemos de ellos es que, un día, salieron a navegar como antiguamente y nunca más regresaron. Y con la voz la temblorosa y el corazón en un puño, una mujer susurra adiós mientras lanza al mar una rosa en honor a los padres que no conoció.