Cerezas en marzo - Cuarto capítulo [Blogs colaboradores]

28/3/15

Capítulo dedicado a +Gema Vallejo que me ayudó muchísimo con la historia para que esto del proyecto de Annie se hiciera realidad. Gracias también a +Sara del Pozo por la iniciativa y +A. Turquoise que tiene un blog precioso donde va a reseñar esta historia. Y por supuesto, dedicado a todos los que habéis leído y comentado los capítulos anteriores. Ahora sí comenzamos con el cuarto y último capítulo de Cerezas en marzo:

Marzo 1990

El ruído de los trabajadores del hotel despertó a Erwan que en seguida se puso en pie y corrió la cortina de la ventana para que entrara la luz del día. Había pasado las últimas tres semanas en ese hotel recibiendo a diario la visita de su hija, que lo acompañaba por las tardes a dar un paseo por el pueblo. 

El día de su llegada había sido muy doloroso para Annie. Durante su infancia la pequeña Annie había llegado a odiar a su padre, pero luego se fue haciendo cada vez más a la idea de que su padre nunca volvería y para su adolescencia Annie había aprendido a convivir con el resentimiento y a veces la culpa. En su último año de instituto empezó a pensar en su padre como si este no la hubiera abandonado, intentando recordar solo los buenos momentos y las anécdotas graciosas, pero se sorprendió recordando muy pocas y casi siempre las mismas, pero distorsionadas por el paso del tiempo. Y poco a poco dejó de pensar en él, de darle importancia, y cuando le recordaba por alguna razón no lo hacía sintiendo rencor.

Pero verle ahí, de pie, en su casa... bueno, eso la había superado. Le entró pánico, quiso llorar y a la vez gritar, quiso romper cosas y golpearle a alguien en la cara, pero no lo hizo. Tuvo que tomarse varios minutos para dejar que todo el dolor de los recuerdos que el regreso de su padre le había traído, saliera de su cuerpo. Lloró y se liberó de algo que, aunque se negara a verlo, la había consumido durante años. Limpió sus lágrimas, recompuso su ropa y su pelo y volvió a entrar en casa preguntando por una razón, una razón que le permitiera pasar página, seguir adelante y cerrar una herida que había estado abierta por catorce años.


Y la encontró. Erwan no quiso excusarse, no quiso decir que había sido por el trabajo, ni quiso mentirse más a sí mismo. La razón era que había sido un egoísta al anteponer su negocio a su familia. Y no pudo hacer más que pedir perdón.

A partir de ese momento, un gran peso fue liberado de los hombros de Annie, un peso metafórico claro está pero que la había atormentado durante todo ese tiempo. Ahora había desaparecido y era como si la muchacha hubiera cerrado un capítulo muy largo de su vida. Y ahora que estaba empezando un noviazgo con Eric, no dudó en contarle lo sucedido pidiendo consejo, y aunque en principio no parecía muy dispuesta, Annie acabó dandole una segunda oportunidad a su padre.

Todo el mundo merece una, ¿no? Lo que estaba claro es que no odiaba a Erwan y quería empezar desde cero con él. Aunque los últimos días no había podido dedicarle muchas horas porque estaba enfrascada en su proyecto.

En esas últimas tres semanas, Annie había estado estudiando el comportamiento de sus cerezas cuando las colocaba bajo la luz de las farolas que estaban al lado del invernadero. Pues, la noche que Eric las colocó ahí para despejar la sala de las flores y hacerle espacio a los libros recién traídos de París de Annie, las cerezas cambiaron de color adquiriendo un tono más oscuro y Annie juraría que las hojas del brote de cerezo, habían crecido. Fue entonces cuando descubrieron que de las farolas emana un gas llamado etileno que provoca el crecimiento y maduración de los frutos.

El descubrimiento dejó a Annie algo desanimada, a pesar de lo importante que había sido. Para ella aquello había surjido del azar y no de sus conocimientos, pero Eric la consoló recordándole que muchos otros ciéntificos habían descubierto grandes cosas gracias a la casualidad y que eso no los hacía ni menos inteligentes ni menos merecedores de sus premios. Y eso alivió un poco la frustración de Annie, pues dejó a un lado su orgullo y se paró a pensar en la importancia de aquello, habían conseguido que las cerezas maduraran en marzo y no en los meses de junio y julio como hasta ahora. Y aunque después de probar el etileno en otros frutos se dieran cuenta de que un uso excesivo estresa a la planta y de que no funciona igual en todas, habían hecho un gran avance en la botánica.

En resumen, su proyecto personal había funcionado y Annie había logrado hacerse con una buena reputación que hacía que todas las facultades del país se pelearan por ella. Algunas incluso eran facultades privadas que llamaban desde Berlín o Londres, todas pidiéndole lo mismo: que diera conferencias en sus aulas sobre su método revolucionario.

Annie todavía no se atrevía a decir que sí a ninguna facultad, estaba insegura, ella estaba hecha para estar detrás de un microoscopio no delante de una clase, pero Eric la había animado a que lo hiciera, y finalmente ella aceptó irse a París a dar una charla delante de nada más y nada menos que ciento cincuenta alumnos y veinte profesores. 

Al principio estaba nerviosa, también la habían llamado de varias empresas pidiéndole que trabajara para ellos, normalmente era al revés. Mientras iba en avión hacia París se sintió feliz, verdaderamente feliz por primera vez en mucho tiempo. Y estar bajo la Torre Eiffel solo la hizo estarlo más. Visitó cada rincón de la ciudad hasta el momento de presentarse en la facultad. 

Siendo Annie una chica tan tímida y con miedo escénico, pensó que iba a necesitar aclararse la garganta cada dos segundos o que se iba a quedar en blanco y que no sabría cómo seguir. Pero empezó hablando pausadamente de sus inicios, cuando nadie la escuchaba y a todos les parecía una locura su proyecto. Siguió contando lo solitario que puede ser el centrarse tanto en algo que a veces se te olvida que tienes personas que te quieren y que cuentan contigo y se preocupan por ti. Y entonces comenzó con las formulas químicas, los fallos que había cometido, los altibajos emocionales que eso provocaba y las noches que se había pasado despierta simplemente intentándolo una vez más. Y finalmente habló de la ayuda que había sido contar con Eric y del descubrimiento fruto de la casualidad. Contó más sobre las propiedades del etileno y terminó con una bonita reflexión sobre la dedicación, la perseverancia y el esfuerzo. Todo ello sin equivocarse ni quedarse en blanco.

Y mientras regresaba a su ciudad en avión, observando París de noche, se dio cuenta de un detalle: era su cumpleaños. Había estado tan distraída que había olvidado su propio cumpleaños y sonrió al recordar que sería el primero que pasaría con su familia al completo, incluyendo Eric. Annie pensó en lo mucho que había avanzado su relación con él desde hacía tan solo cuatro meses. Comenzaron siendo solo amigos en diciembre, algo más que amigos en enero, una especie de novios en febrero y ahora vivían juntos como novios formales. 

Y precisamente fue él quien fue a buscarla al aeropuerto cuando llegó a su ciudad, la llevó a la casona y en vez de entrar por la puerta principal entraron por el jardín donde estaba Odette, Erwan, Tya y toda la gente de la facultad que pudo ir. Frente a ellos había una mesa decorada con farolillos amarillos llena de comida y una gran tarta de chocolate en medio en el que se veía un 2 y un 7 por los veintisiete años que cumplía Annie. Esa noche fue una noche especial en la que todos bailaron, incluso Odette y Erwan bailaron juntos y Tya, que había superado su depresión y estaba mucho más contenta, bailó con su nuevo novio y sus amigas.

Y también fue la noche en la que la pareja de botánicos, sentados en el balancín donde se habían besado por primera vez y con las manos entrelazadas, se dijeron te quiero también por primera vez.

FIN.