El sacrificio de Leona - Capítulo 4 [Blogs colaboradores]

31/10/15




   Justo después de oír esas palabras a Ríaghan se le congeló la sangre. Apoyó su espalda contra la pared, dio un largo suspiro y pensó en lo que iba a hacer. Luego subió las escaleras para salir del sótano dejando a Muriel de nuevo sola y a oscuras.

—Recojan todas sus cosas, muchachos. Nos vamos de aquí mañana mismo —ordenó Ríagham sin dejar notar su nerviosismo.

   Se escucharon algunas preguntas, algunas quejas y algunos bufidos, pero nadie dijo nada más. Todos fueron a sus habitaciones, hicieron lo que se les había pedido y fueron metiendo sus ropas y sus objetos personales en bolsas y cajas de cartón. No era la primera vez que se mudaban de un lugar a otro, siempre existía la posibilidad de dejar un cabo suelto y con Leona habían cometido muchos errores, el primero fue dejar que uno de los suyos se enamorara de ella.

   Eóghan era uno de los chicos más jóvenes del grupo de extraños hermanos, tenía la misma edad que Leona, de hecho la noche del asesinato era su decimosexto cumpleaños. Y tal y como mandaba la tradición, a los dieciséis años se celebra un ritual de magia negra en el que el joven debe sacrificar a una virgen para convertirse en hombre y esa noche, la noche de Todos los Santos, era la indicada. 


   En muchas civilizaciones antiguas, como la celta, el paso de niño a hombre era un acontecimiento muy importante dentro de las pequeñas aldeas; en algunos lugares este hecho se producía cuando el joven cumplía los catorce y en otras a los dieciséis. El caso es que no importaba mucho la edad, sino la propia celebración donde eran importante los sacrificios humanos para así demostrar a los dioses su poder. En esos sacrificios muchas veces el sacrificado era un voluntario, normalmente un varón que no había logrado pasar su prueba y quería recuperar el honor de su familia ofreciéndose para morir con lo que ellos creían que era dignidad. 

   Actualmente parece que ese tipo de celebraciones son cosas del pasado que solo podemos leer en los libros de historia, pero el padre de Ríaghan se había encargado de inculcarle a su hijo esa tradición ancestral y se había preocupado de que sus nietos la continuaran para que perdurara en el tiempo como una práctica familiar. Pero al descubrir su esterilidad, Ríaghan tuvo que improvisar para no decepcionar a su padre y comenzó a adoptar a niños que encontraba por la calle.

   Cuando murió su padre, murió también parte de la tradición y Ríaghan perdió la cabeza. Fue entonces cuando la adopción se convirtió en secuestro y cuando los sacrificados dejaron de ser hombres voluntarios y pasaron a ser muchachas jóvenes e incrédulas a las que poder engañar más fácilmente. Poco a poco sus hijos fueron creciendo y cuando el mayor llegó a la edad idónea para llevar a cabo su rito lo hizo con las nuevas adaptaciones de su padre adoptivo.

   Fueron pasando los años y desde esa primera ofrenda, Ríaghan nunca había tenido un muchacho que cumpliera años la víspera al día de Todos los Santos. Por eso la muerte de la joven Leona había sido tan perfecta y bella a los ojos de Ríaghan, era como si los dioses se la hubieran entregado a él como regalo y no al revés.

   Pero para Eóghan esa noche no había sido tan perfecta y se encontraba encerrado en su habitación, recostado sobre su cama. Pensó mil veces en ese momento y que podía haberse negado, pero de hacerlo no hubiese solucionado nada, Ríaghan le habría apartado la daga de las manos y lo hubiese hecho él, y, después de eso, a él le habría esperado la mayor de las torturas tanto físicas como psicológicas por haber desperdiciado tan bella oportunidad.

Otros chicos, como Brion, que había sido quien capturó a Muriel esa noche, tenían quince años y estaban a punto de cumplir los dieciséis, y, al ver el estado en el se encontraba Eóghan deseaba aún más escapar de ese lugar. Incluso si para ello tenía que dejar atrás a su hermana biológica Ciara que parecía disfrutar de lo que hacían en esa casa.

 ***
   Mientras tanto, en su pequeño apartamento, Dougan miraba el reloj de la pared de su dormitorio con preocupación e impotencia. Sabía que tenía que haber acompañado a Muriel, pero tampoco quería agobiarla porque entendía perfectamente su necesidad de estar sola. Aún así, decidió llamarla una segunda vez. 

   El móvil de Muriel vibraba en su bolsillo, sabía que era su marido, pero por mucho que intento zafarse de las cuerdas que la ataban, no lo logró y la llamada terminó. 

   Pasaron los minutos y Ríaghan había pensado en las diferentes maneras en las que podía deshacerse de su peculiar invitada sin llamar la atención de los policías y de la prensa local que está alrededor de la mansión, a tan solo unas calles de allí. Pensó en meterla dentro del maletero de su coche y dejar su cadáver en algún lugar cercano, como había hecho con Leona, pero ya estaba amaneciendo y sus vecinos podrían verle, así que pensó que lo mejor sería esperar a que cayera de nuevo la noche y aprovechar el día para recoger todas sus cosas.

   La tercera llamada de Dougan tampoco dio resultados y pensó que, después de todo lo ocurrido, lo mejor sería ir a la policía. Los agentes de policía llamaron al departamento de Homicidios que se pusieron en contacto con sus colegas de Arklow y estos se pusieron a trabajar enseguida.

   El joven reportero cogió su coche y se posicionó en la comisaría de Arklow en cuarenta minutos. La primera noticia que recibió fue que habían logrado triangular la señal del teléfono de Muriel allí, en esa ciudad, así que no tardarían mucho más en averiguar de dónde provenía exactamente.

   Para cuando Dougan salió de comisaría el sol brillaba con fuerza. Esa mañana Ríaghan había metido todo el equipaje de sus chicos en los diferentes coches que tenían y los acompañó hasta una carretera secundaria alejada de la población donde esperarían a que él regrasara después de encargarse de lo único que quedaba pendiente: matar a Muriel. 

   Pero en el momento en el que estaba llegando a su casa se vio rodeado de coches de policía y un helicóptero que vigilaba la zona por si había un tiroteo o una persecución. La escena nuevamente parecía de película y Muriel lo escuchaba todo aliviada desde el sótano. 

   Finalmente Ríaghan fue detenido y pudieron rescatar a Muriel que se había librado por poco de acabar como su amiga. La llevaron a comisaría y allí se reencontró con Dougan.

—Recibí un mensaje, era de Leona y yo... lo siento mucho —Muriel rompió a llorar y Dougan la abrazó tiernamente—. Tenía que haberte avisado y haber avisado a la policía, pero tuve miedo de que no me creyeran y de involucrarte en esto, lo siento —se disculpó sin soltarse del abrazo de su marido.
—Tranquila, volveremos a casa y todo habrá pasado —respondió él pasándole la mano por la mejilla y limpiando sus lágrimas.

   Ese día la policía, gracias a las huellas dactilares, descubrió que buscaban a Ríaghan en medio Reino Unido por atracos con violencia, allanamientos y por el secuestro de dos niños mellizos, una niña y un niño: Ciara y Brion MacKenzie. Desgraciadamente, al enterarse del arresto de Ríagham, todos sus discípulos huyeron, incluyendo a los hermanos secuestrados y a Eóghan, el chico que se enamoró de la chica que tuvo que matar por una estúpida tradición.

   Muriel, con sus dotes de dibujo que utilizaba para los bocetos de sus vestidos, creó un retrato robot de cada uno de los chicos que recordaba haber visto. Y la policía los difundió por todos los medios de comunicación, pero no dio resultado.

   Pasaron las semanas y el cuerpo de Leona Ní Dhochartaigh fue entregado a la familia una vez que se cerró el caso. Celebraron una hermosa misa en la catedral de Arklow y fue llevada a un panteón familiar del cementerio situado detrás de la catedral. En el lugar se encontraban todas sus amigas del instituto, más familiares y curiosos. Todos habían llevado flores, cartas de despedida, fotografías, y cientos de objetos que se acumularon en una pequeña mesa dentro del panteón. 

   Después de una media hora la gente comenzó a marcharse y fue entonces cuando Muriel tuvo el valor de acercarse y entregar un pequeño obsequio: se trataba de un caleidoscopio. En sus múltiples conversaciones Leona mencionó una vez que de niña había tenido uno, pero que Connor, celoso porque a él no le habían regalado otro, se lo arrebató y en la pelea, el juguete se había roto. 

   La familia observó el detalle y fue Áine quien se acercó a darle un abrazo, luego le siguió Seamus y por último Connor que no tenía otra intención en su abrazo que el de mostrarle su agradecimiento por haber descubierto al asesino de su hermana. 

   Los cuatro se quedaron allí unos minutos más, observando el nombre de Leona y el de Declan. A Muriel le daba mucha tristeza que Áine y Seamus hubieran perdido a un hijo en un accidente y ahora a una hija. Sobre todo sabiendo lo perturbador y escalofriante que había sido la muerte de Leona.

   Al salir del panteón, Muriel y la familia Dochartaigh descubrieron que caían copos de nieve, los primeros copos de nieve del invierno y sonrieron al cielo.