Extra del sacrificio de Leona "El sueño de Eóghan" para la iniciativa Inspirándome con un elemento

2/12/15

¡Hola hola! Me he apuntado a una nueva iniciativa, pronto tendré que hacer recopilación de iniciativas molonas a las que me he apuntado jajajaja. Esta la trae R. Crespo del blog Ficción Romántica (hace poco os recomendé aquí sus blogs). La iniciativa se llama Inspirándome con un elemento y se trata de que cada semana los participantes tengan que escribir un relato, sin importar la extensión, inspirándose en lo que ella decida: una palabra, una canción, un vídeo, o como en este caso, una imagen. Os dejo la imagen elegida y a continuación mi relato. El relato es un extra de la historia El sacrificio de Leona que escribí el mes pasado para otra iniciativa llamada Blogs colaboradores. Si no habéis leído la historia, pero queréis hacerlo, no os recomiendo leer este relato, para evitar spoilers.


El sueño de Eóghan:

Hacía mucho tiempo desde la última vez que Eóghan pisaba Arklow, concretamente habían pasado tres años. Los recuerdos le golpearon de inmediato mientras conducía su camioneta y se internaba más en el pueblo. Una extraña sensación de soledad le recorrió todo el cuerpo al notar que muchas de las casas se encontraban ahora abandonadas. Parecía un pueblo fantasma, sin niños jugando en las calles o en los parques ni gente paseando al perro tranquilamente, parecía como si de pronto todos hubieran desaparecido.

El joven no sabía exactamente a qué había ido a Arklow, ya nada le quedaba allí, nada desde que tres años atrás había asesinado a la chica de la que estaba enamorado. Después de eso se refugió en casa de unos amigos en Londres, le concedieron una beca en la universidad y comenzó a estudiar Teología, pero nunca pudo olvidar su pasado, nunca pudo olvidar a Leona.

De hecho, hubo una época en la que Eóghan casi pierde su beca porque dejó de asistir a sus clases por casi un mes entero y no presentó ningún trabajo ni examen. Fue un mes que pasó encerrado en su habitación, llorando a oscuras y enfrentándose a sus fantasmas del pasado, nunca mejor dicho. A pesar de sus citas con una psicóloga, nada ni nadie podría reparar el daño que Ríaghan había causado en el muchacho.

Cuando avanzaron de tema en su clase y pasaron de hablar de los rituales satánicos, Eóghan pudo encontrar un poco más de paz y de fuerzas para volver a su clase y recuperar lo perdido en ese mes de ausencia. Fue un duro golpe cuando el profesor comenzó hablando de las sectas, en concreto de las satánicas, como parte del temario de su asignatura.

Quizás por eso se encontraba ahora en Arklow, quizás el volver a recordar todo lo ocurrido le había hecho querer volver y visitar la tumba de Leona. No lo sabía con exactitud, solo sabía que quería seguir conduciendo hasta el cementerio donde ella se encontraba. A lo mejor, en su mente, era una forma de cerrar un episodio de su vida que aún le causaba dolor.

Aparcó su furgoneta cerca del silencioso río Avoca, la iglesia se encontraba muy cerca de allí, de hecho podía ver su torre con el campanario a lo lejos, a través de los árboles y los matorrales. Permaneció unos minutos dentro del vehículo antes de bajarse al fin. Estaba nervioso, temía encontrarse con los señores Dochartaigh, pero sobre todo y por muy absurdo que pareciera, tenía miedo de tener miedo y de no ser capaz de enfrentarse a una lápida con el nombre de su ex novia.

Había tenido el valor de matarla, qué menos que tener el valor de acercarse a visitarla. Se bajó de la camioneta y caminó en línea recta por la carretera hasta que llegó a un cruce donde giró a la derecha para subir una pequeña cuesta que le llevaría a la gran puerta de hierro forjado que daba la entrada al cementerio.

La puerta chirrió un poco al abrirse y alarmó a una señora que lloraba de rodillas sobre la tumba de algún ser querido. Eóghan continuó su camino ignorando las miradas curiosas, no sabía si después de su partida su imagen se había difundido por la prensa local. Lo dudaba, pero no lo creía imposible, al fin y al cabo todo el proceso del juicio se vivió muy intensamente y de eso tan solo había pasado un año. 

Esperaba que un año fuera suficiente para que la gente se hubiera olvidado de él y agradeció que dentro del cementerio, al igual que en el pueblo, no hubiera gran cantidad de gente. Caminó zigzagueando algunas lápidas para no tropezarse mientras intentaba leerlas todas buscando el nombre de Leona. Sabía que en un cementerio tan grande tardaría mucho tiempo, pero era mejor eso que preguntarle a alguien y que le reconocieran.

Al cabo de dos horas dio con lo que estaba buscando, solo que no había tumba, solo un panteón de color blanco con unas columnas de estilo celta y una puerta de madera cerrada con un candado. Sobre la puerta se encontraba el apellido de la familia tallado en mayúsculas. DOCHARTAIGH. Eóghan se arrodilló frente a la puerta y posó su mano sobre el pomo que la abría, lo intentó, a pesar de que el candado estaba visiblemente cerrado.

La puerta no abrió y el joven se sentó con la espalda apoyada en ella, refugiándose de las gotas que comenzaban a caer del cielo. La temperatura había bajado unos grados y hacía mucho frío, pero no le apetecía volver a la camioneta, quería seguir allí todo el tiempo que fuera posible. Y finalmente, después de haber conducido toda la noche desde Londres, cayó rendido sobre el frío suelo de mármol del panteón.

Eóghan se encontraba tumbado en su cama, de la casa de Ríaghan allí mismo en Arklow. Tenía su teléfono móvil en las manos y chateaba con Leona, ella parecía feliz y reía todas las bromas que Eóghan le hacía. Se habían estado intercambiando algunas fotos y ahora Eóghan se encontraba elogiando lo bella que era ella, con sus ojos azules y su melena negra que siempre llevaba suelta o perfectamente trenzada.

El joven dibujó una sonrisa en los labios que desapareció rápidamente con el envío de Leona de una nueva foto. En esta ella se encontraba con piel pálida, casi translúcida y sus ojos ya no tenían el brillo de antes, sus labios rojos y carnosos estaban del mismo color que el resto de su piel y daba la impresión de estar muerta. Antes de que Eóghan pudiera decir nada más, la joven envió otra imagen de su cuerpo cubierto de sangre y el joven se incorporó de la cama de un salto.

«Perdóname, Leona» repetía en voz alta el muchacho, una y otra vez, una y otra vez. Las lágrimas caían por su rostro sin pausa como si de pequeños arroyos se tratara. Entonces volvió a sonar su teléfono móvil y corrió a mirar el nuevo mensaje de Leona.

«Te perdono» había escrito ella y el joven siguió llorando, esta vez de una mezcla de alegría, dolor, arrepentimiento y mucha lástima. Ya no sabía qué hacer, estaba desesperado, solo quería volverla a ver feliz, sonriente, viva y tan hermosa como siempre. Pero él se había llevado todo eso, se lo había arrebatado, él era el culpable y debería de estar pagando su error y en cambio vivía en Londres en una bonita casa y rodeado de buenos amigos.

«Debería de ser al revés, debería de ser yo el que estuviera muerto» escribió él.

«No pienses más en eso, vive, vive por mí, ¡vive!» escribió ella en respuesta y Eóghan lo entendió. El dolor era grande, saberse culpable de algo así, era demasiado para él. Pero haría lo que ella le estaba pidiendo, viviría por ella, haría las cosas que sabía que ella siempre había querido hacer e intentaría que no cayera en el olvido. No sabía cómo, pero si ella lo había perdonado, lo mínimo que podría hacer era corresponderle.

«Lo haré, Leona, lo haré» escribió el joven antes de apagar su teléfono. Dejó el aparato sobre su mesa de noche y volvió a la cama, se arropó y se quedó dormido.

A la mañana siguiente cuando Eóghan despertó de su sueño sintió una punzada en el pecho y un nudo en la garganta que le pedía llorar. Y lo hizo. Lloró mientras se incorporó, sentía su cuerpo entumecido por el frío de la noche. Tenía la ropa algo húmeda del rocío de la mañana y la lluvia de la noche y parecía haberse acatarrado, pero no le importó. Terminó de levantarse y giró su cuerpo hacia la puerta de madera, apoyó su frente sobre ella mientras se limpiaba las lágrimas y simplemente sonrió y asintió. 

—Te quiero —fue lo único que pudo decir antes de darse la vuelta para salir de allí. 

Deshizo el camino de vuelta a la camioneta y sonó la campana de la iglesia marcando la seis de la mañana, se subió al vehículo y desapareció de Arklow de camino a Londres.

Consiguió graduarse al año siguiente en Teología y se especializó en las sectas satánicas, estudió sus orígenes, cuales habían sido las más peligrosas, cómo las habían descubierto y colaboró con un departamento de policía especializado en este tipo de conductas criminales para acabar con todas las sectas que pudiera y evitar otras trágicas muertes como la de Leona. Ese fue su agradecimiento, su muestra de arrepentimiento y de amor.

El joven, cuando dejó de ser tan joven, se asoció con una compañera de investigación con la que compartía un pasado similar y con la que pudo establecer su primera relación romántica desde Leona. Nunca tuvieron hijos, ni se lo plantearon, su único trabajo fue siempre acabar con las sectas, evitar nuevas víctimas y ayudar a los que habían pertenecido a una, como ellos, a integrarse de nuevo en la sociedad.

Relato dedicado a todos los que leyeron El sacrificio de Leona,
en especial a R. Crespo que lo vivió intensamente :)