Baile de lenguas - Capítulo 4: Tango

9/3/16


La idea de tener sexo con Yago esa noche me estaba poniendo muy nerviosa, pero nerviosa en un buen y bonito sentido, es difícil de explicar. La sensación quizás pueda compararla a cuando estaba detrás del telón, esperando a que comenzara a sonar la música, se abriera la gran cortina de terciopelo rojo y yo pudiera, por fin, hacer lo que llevaba tanto tiempo deseando hacer.

En el coche había un ligero olor a cuerdas quemadas, giré mi cuello para mirar los asientos traseros y ahí estaban sus zapatos de baile, a los que había quemado las puntas de los cordones para que no se deshilacharan y recordé cuando yo hacía lo mismo con las cintas de mis zapatillas de ballet. Los pies sufrían mucho cuando las zapatillas eran nuevas, incluso si no lo eran, y esta y otras técnicas eran una forma de asegurarse de que al menos no se nos movieran.

Todo lo demás dentro del coche estaba impecable, Yago conectó la radio y sonó una canción muy lenta que no supe identificar, pero que le dio a la situación el toque romántico perfecto para que pareciera la escena de una película de amor. Sonreí ante la idea de que Yago y yo pudiéramos ser una pareja y permanecimos en silencio todo el viaje, aunque nos miramos nerviosos y ansiosos.

Nos alejamos un poco de la zona que yo conocía de la ciudad y entramos en un pequeño barrio de las afueras, la mayoría eran edificios o pequeñas casas que denotaban ser de origen humilde. No me importaba, yo ahora vivía en un ático en el centro, pero antes de eso había pasado mi niñez en un barrio parecido a este, así que no sentía que hubiera una diferencia entre nuestras clases sociales.

Seguimos callejeando hasta que paramos frente a una pequeña puerta de hierro de color gris oscuro. Yago se apeó del coche con las llaves en la mano y las introdujo en la cerradura, luego abrió la puerta e introdujo un código para desactivar la alarma. Volvió al coche y me dedicó una mirada de complicidad en la que pude sentir que intentaba adivinar mis pensamientos.

Entramos, dejando la puerta atrás, y aparcamos entre unos árboles, frente a una puerta de madera verde. Al ser de noche no pude darme cuenta del tamaño de aquel lugar, pero sin duda no era lo que me esperaba cuando llegamos a aquel barrio, parecía más bien que estábamos en un cortijo.

—¿Vives aquí? —pregunté sorprendida, pero intentando no ofenderle.

—Sí, esta es la casa de mis padres, que a su vez la heredaron de mis abuelos cuando fallecieron, pero me he criado aquí desde niño —respondió él con nostalgia— Vamos, te enseñaré el resto —dijo haciendo un gesto para que lo acompañara.

Entramos por la puerta de madera verde frente a la que habíamos aparcado. Luego me fijé en que no era la puerta principal, sino una lateral. La habitación a la que habíamos accedido era un almacén donde había una pequeña bodega y Yago apuró su paso para abrir la siguiente puerta, una de madera barnizada más típica de interiores, y esta puerta nos condujo a una gran cocina.

—Esta es la cocina —dijo él orgulloso, ciertamente era una cocina enorme con un gran ventanal desde el que se veía el huerto donde estaban plantadas las frutas y verduras, con unos electrodomésticos algo antiguos pero muy bien cuidados y con ese toque sureño y acogedor de las casas de nuestras abuelas— Imagino que tienes hambre, ¿quieres cenar algo? —preguntó mientras sacaba una sartén de uno de los muebles.

—¡Claro! —respondí yo entusiasmada porque Yago preparara la cena— Oye, ¿estamos solos? —pregunté mirando a mi alrededor y pude ver un reloj en la pared que marcaban las doce de la noche.

—Sí, mis padres están en Madrid en un ruta del vino que les regalé por su aniversario. No sé si al entrar te fijaste en la bodega que tenemos, ahora es pequeña, pero antes mi familia vivía de eso, ¿sabes? Ahora mis padres son mayores y yo decidí estudiar otra cosa y abandonar la tradición familiar, eso sumado a la crisis económica, el negocio se fue a pique en cuestión de meses —narró Yago sin levantar la mirada, concentrado en picar unas verduras y con un toque de nostalgia en su voz.

—Lamento escuchar eso —respondí yo con sinceridad—. Puedo sentirme identificada con lo de perder lo que uno ama por circunstancias que no podemos controlar.

—Sí, fue duro para ellos en un principio —dijo mientras ponía la sartén al fuego— pero luego, con su jubilación, se dedicaron a vivir su vida tranquilamente y se olvidaron del negocio. Mis hermanos quisieron explotar de nuevo los viñedos y sacar beneficios de nuestras tierras, pero se dieron cuenta de que eran chicos de ciudad y que no estaban hechos para el trabajo de campo —rió él—. Así que estamos en un proceso de venta o alquiler de las tierras.

—¿Y esta casa? —pregunté yo con interés.

—No, esta casa es sagrada para nosotros y, el día que mis padres tristemente no estén, pasará a ser mía y de mis hermanos y entonces ya nos plantearemos qué hacer, pero en principio la venta no está sobre la mesa —respondió con una sonrisa mientras echaba un poco de aceite en la sartén ya caliente y añadía las verduras picadas.

Yago se dirigió a la bodega y volvió rápidamente con una botella de vino en las manos. Después de retirar las verduras del fuego, lo apagó y sirvió los platos. Eran unas verduras a la plancha con queso de cabra, y olía realmente delicioso. Luego abrió la botella y vertió el líquido rojo en dos copas. 

—Podemos cenar aquí, si quieres —me dijo— pero estaríamos más cómodos en el comedor.

Yo asentí y cogí mi copa en una mano y mi plato en otra, él hizo lo mismo con los suyos y me indicó el camino con un movimiento de cabeza. Tenía que continuar recto y pasar por un pasillo que estaba a oscuras, salvo por la poca claridad que llegaba del exterior a través de una ventana lateral, luego giré a la derecha y vi el gran comedor de la casa, con una ventana enorme con vistas al huerto y al jardín, igual que en la cocina. Pusimos nuestros platos en la mesa y disfrutamos de la cena mientras seguíamos hablando.

Después de la cena seguimos hablando y me sorprendí gratamente. Yo pensaba que después de aquel beso tan apasionado entre los dos, cuando me propuso venir a su casa, pensaba solo en tener sexo conmigo. Pero ahí estábamos, charlando sin prisas y sintiendo el inusual buen tiempo de mediados de enero.

De pronto Yago se situó a mi lado y acarició uno de mis mechones castaños, lo puso detrás de mi oreja y pasó su dedo hasta mi mandíbula. Se quedó mirándome un rato y yo mantuve la cabeza fija hacia delante, de perfil para él. 

—Mírame —me ordenó cariñosamente y yo obedecí girando mi rostro hacia él—. Eres hermosa —dijo mientras sus ojos brillaban y yo me sonrojé.

Sus ojos marrones seguían inspeccionando mi cara y los míos la suya. Tenía unas grandes pestañas negras que hacían de sus ojos algo más bonito aún, sus cejas eran poco tupidas y muy pequeñas, en su frente tenía algunas cicatrices y en el inicio de su pelo se podían ver algunas canas incipientes, aunque no llegaba a dar la apariencia de pelo gris. Su nariz era alargada y redonda, y sus labios, aquellos que ya había probado, eran algo asimétricos, y el inferior era milimétricamente más carnoso que el superior, lo que hacía que me dieran ganas de morderlo.

—Tú también eres hermoso —dije. Y me lancé a sus labios.

En esta ocasión me fue imposible no soltar un pequeño gemido, fruto de la excitación del momento. Aquel beso fue mucho más pasional que los dos anteriores, en los anteriores nos habíamos comedido, pero ahora, completamente solos, con los corazones acelerados y las mariposas en el estómago, nos levantamos para subir al piso superior donde estaban las habitaciones.

Su habitación pintada de azul eléctrico me recordaba a las profundidades del mar, Yago volvió a besarme, pero esta vez apartando mi cabello hacia atrás y bajando también por mi cuello. Respiró mi aroma, el olor de mi pelo, y pegó su cuerpo al mío, haciéndome sentir su erección, lo que hizo que yo también me excitara mucho más y que me entraran ciertos nervios, dudas e inseguridades que deseché de mi mente para concentrarme en disfrutar del momento.

Metí mis manos entre su chaqueta y su camiseta y las subí por su pecho, a la altura de sus brazos, tiré de la chaqueta hacia abajo, dejándola caer en el suelo. Yo había dejado mi abrigo abajo, así que la prenda que él me quitaría a mí sería mi blusa negra y turquesa y lo hizo delicadamente, yo levanté los brazos para facilitarle el trabajo y pronto me vi en sujetador delante de él.

Mis manos se apuraron en desabrochar los botones de su camiseta de leñador, y finalmente toqué su ardiente piel, tostada por el sol y suave. Acerqué mi cara a su pecho y le dejé un reguero de pequeños besos, él aprovechó la ocasión para poner sus manos en mi espalda, provocándome unas pequeñas cosquillas que erizaron mi piel, y luego para desabrochar el pequeño sujetador de encaje negro que llevaba.

En ese momento mi excitación creció, por sentirme desnuda delante de él, me sentí segura y bella, no tuve miedo cuando se separó de mí y observó mis pequeños senos, y gemí de placer cuando pasó sus pulgares por mis pequeños pezones que habían aumentado su tamaño ante el deseo sexual del momento. 

Una sonrisa nerviosa escapó de sus labios cuando me dispuse a quitarle el cinturón que sujetaba sus pantalones vaqueros. Desabotoné el pantalón y bajé la pequeña cremallera, sintiendo a través de la tela, el calor que desprendía su zona genital. Luego la gravedad hizo el resto y los pantalones cayeron al suelo, Yago los apartó con sus pies después de haberse sacado las zapatillas con la ayuda de sus pies.

Yo hice lo mismo con mis zapatos, aunque tuve que agacharme para poderlos sacar. Y luego él se inclinó lo suficiente ante mí como para poderme desabotonar el pantalón sin problemas, se fijó en que llevaba unas medias y también tiró de ellas recorriendo el camino hasta mis talones, luego las sacó lentamente y subió de nuevo por mis piernas sin dejar de acariciarlas. A la altura de mi ombligo se paró y me dejó un beso que me hizo humedecer un poco más y luego se incorporó del todo, me miró fijamente a los ojos y me besó.

En ese beso nuestros cuerpos desnudos se juntaron por primera vez e hizo lo mismo que horas antes en la academia levantándome del suelo para que pudiera abrazarlo con mis piernas. Entonces empezó a caminar dirección a la cama y me tumbo allí, de espaldas y con él encima.

Fue entonces cuando su boca buscó mis pechos a la vez que sus manos buscaban mis braguitas para tirar de ellas. Cuando al fin estuve totalmente desnuda frente a él sentí una presión en el pecho, estaba algo nerviosa, pero respiré hondo y le miré ponerse en pie. Los músculos de su abdomen estaban tensos, era probable que él estuviera igual de nervioso que yo, y de pronto comenzó a bajar sus calzoncillos. 

Tuve el impulso de apartar la mirada, por pudor, pero no quise y disfruté de aquella visión. Sonreí y él volvió a la cama, colocándose entre mis piernas. No borré la sonrisa de mi rostro cuando volvió a besarme y pude notar como él también empezaba a disfrutar del momento. 

Mientras seguíamos besándonos busqué el momento perfecto para ayudarle en la penetración. Fuimos despacio, con mucho cariño, con pasión pero también con ternura, y cuando le noté al fin dentro de mí soltamos al unísono un pequeño gemido. Nuestras respiraciones se agitaron y con cada ir y venir sentíamos una conexión mágica.

Me había equivocado, Yago no quería tener sexo conmigo, quería hacerme el amor. Y aquella pequeña diferencia llenó mi corazón de alegría.

En mis relaciones anteriores el sexo no había sido para tanto, de hecho, había disfrutado más estando sola que con un hombre. Pero esta vez, con Yago, estaba siendo extremadamente placentera y me encontré a mí misma disfrutando como nunca antes lo había hecho, era como incrementar las mismas sensaciones que había experimentado sola, por cien.

En el momento del clímax yo me encontraba a horcajadas sobre Yago y él me sujetaba por las caderas. Me mantuve unos segundos en esa posición antes de recostarme a su lado, con algunas perlas de sudor en la frente y una gran sonrisa en la cara de la que Yago se contagió. Me apretó contra su pecho con una mano y, con la otra, buscó la sábana con la que nos tapamos para dormir.

***
A la mañana siguiente, sobre las seis y media, sonó el despertador de Yago y me desperté, pero él ya no estaba en la cama.

—¿Has dormido bien? —preguntó él saliendo del baño cuando vio que yo me desperezaba en la cama. Llevaba una toalla amarrada en la cadera y con otra se secaba el pecho.

—¿Qué hora es? —fue lo único que atiné a decir mientras miraba por la ventana y veía que aún no había amanecido, solo podía ver dónde estaba Yago gracias a la luz que entraba a su habitación desde el pasillo.

—Es muy temprano —respondió él —. Esta noche es la semifinal, he quedado con Gala para ensayar la coreografía de hoy —terminó de explicar mientras abría su armario para vestirse. 

—La competición, claro. Lo había olvidado —dije mientras me levantaba, tapándome con la sábana porque hacía mucho frío y buscando mi ropa que debía de estar en el suelo.

—He colocado tu ropa sobre mi escritorio —dijo señalando un bulto sobre su mesa que no supe distinguir entre la oscuridad. Me levanté y ahí vi mis pantalones, mi ropa interior y mi camiseta.

—¿Te apetece desayunar? —preguntó a la vez que terminaba de vestirse.

—Sí, gracias —contesté, aunque en realidad estaba muy avergonzada después de todo lo que había ocurrido anoche. Aunque una parte de mí todavía pensaba que había sido un sueño— ¿Dónde será la competición? —pregunté para cambiar de tema rápidamente.

—En el Pabellón de Deportes del centro, ¿irás a verme? Empieza a las seis de la tarde —respondió muy emocionado ante la idea mientras se acercaba a mí con intenciones de besarme.

—No lo sé, ya te avisaré, ¿vale? —respondí cuando ya lo tenía a unos pocos centímetros de mí— No quiero causarte otro problema con Gala —Yago asintió, entendiendo que era probable que su pareja de baile estallara de rabia al verme a mí allí, luego se acercó un poco más y me plantó un dulce beso en los labios.

Después de desayunar juntos, Yago me acercó en su coche al centro comercial donde habíamos quedado la noche anterior y me dejó a la entrada de los aparcamientos, donde debía de estar mi coche. Tuve que pagar una gran cantidad de dinero, teniendo en cuenta que el coche había pasado ahí toda la noche, y salí algo enfadada por eso. Pero al menos habiendo recuperado mi coche nuevo.

Como ya no tenía trabajo, no tenía a donde ir. Fui a casa y me di una ducha, me puse otra ropa más cómoda y terminé la limpieza que había comenzado ayer, luego hice algunas compras y llamé a Mari para preguntarle si le apetecía comer en mi casa. De mis amigas sabía que ella era la única que en ese momento estaría sola en su casa porque Ade y Dafne están trabajando y Mari continúa en paro. Además, la chica odia cocinar y a mí me encanta, así que aceptó de mil amores y se presentó en mi casa a los veinte minutos de haberla llamado.

Cuando llegó la recibí con una sonrisa, estaba deseando abrazarla y ella, como de costumbre, también estaba alegre y sonriente. La invité a pasar después de unos segundos y empecé a contarle acerca de Artie y de cómo me había despedido. Su expresión cambió a una de absoluta furia, ella era quien me había conseguido el trabajo porque había salido unos meses con Carlos, el hijo mayor de Artie, y esperaba que solo por eso mi puesto fuera fijo. Así que estaba algo molesta, pero luego me volvió a sonreír y chascó los dedos como queriendo decir “tengo una idea”. Miedo me daba.

—¿Quieres que hable con Charlie? Todavía mantenemos la amistad —me preguntó mientras sonreía pícaramente. Para ella amistad con un hombre significaba algo totalmente diferente.

—No gracias, buscaré otra cosa por mi cuenta… Tampoco es que me apasionara trabajar allí. Por cierto, ¿qué le pasa a esa familia con los nombres? Artie, Charlie… —nos reímos.

Después de criticar un poco a mi antiguo jefe y a su hijo, Mari me contó que pasó su primera noche de fiesta, aquella en la que yo bailé una balada con Yago, sin tomar una sola gota de alcohol. Me alegré mucho por ella, sabía lo difícil que debía de ser dejar un hábito, o mejor dicho, una adicción de tantos años en unos pocos meses. La abracé y entonces ella me preguntó por Yago.

Me daba mucha vergüenza hablar sobre anoche. Normalmente la que hablaba de sus relaciones sexuales era Mari, a veces Dafne también nos contaba detalles de su vida sexual con algunos hombres que conocía, pero ahora llevaba tiempo soltera. Y de Ade comenzamos a sospechar que quizás fuera lesbiana porque llevaba años sin novio, pero nunca dijo nada y nosotras no queríamos presionarla. En el caso de que fuera lesbiana y no simplemente una heterosexual ermitaña, ya saldría del armario cuando se sintiera preparada, y si era lo segundo, ya se hartaría y se buscaría a alguien cuando se sintiera sola. 

Para no empezar directamente con los detalles más íntimos, los cuales no sabía cómo mencionar, preferí comenzar hablando de lo atento que fue conmigo al principio y de lo preocupado que estaba por mí, luego de lo apasionado que fue en la cama y por último de lo cariñoso que se mostró por la mañana mientras me preparaba el desayuno. 

Creo que Mari se esperaba otro tipo de conversación y, quizás, oír los detalles bonitos y no los detalles morbosos, la había hecho sentir un poco dolida. Pero no dolida como decepcionada, sino dolida porque lo que yo narraba era lo que ella anhelaba y mis palabras solo eran un recordatorio más de lo sola que se sentía. 

Ella había estado con docenas de hombres en los últimos años y nunca se había enamorado. Cuando salía ese tema ella decía que el amor no se había hecho para ella y que por eso prefería disfrutar solo del sexo. Pero sé que en el fondo ella deseaba conocer a alguien que le hiciera cambiar esa forma de ver el mundo. Alguien que hiciera que le brillaran los ojos y que se levantara por las mañanas con una sonrisa. Pero ese alguien nunca llegó y creo que por eso es tan fría y cínica con la mayoría de hombres que conoce.

—Sabi… —comenzó a decir con la cabeza baja y la manera en la dijo mi nombre me hizo pensar que lo que diría a continuación sería serio—. Creo que necesito hacer con los hombres lo mismo que estoy haciendo con el alcohol.

—¿Hacer qué? —pregunté un poco desconcertada.

—¡Desintoxicarme! —exclamó como si fuese obvio—. He estado desde adolescente teniendo multitud de novios y otros que simplemente eran amigos, pero ya sabes lo que eso significa, al final he estado tan ocupada con ellos que creo que he desperdiciado la oportunidad de conocer a alguien bueno de verdad, al amor de mi vida.

—No lo sé Mari, no pensé que tú estuvieras interesada en encontrar al amor de tu vida —respondí apenada por ella.

—En el fondo quién no lo está… —dijo mirándome a los ojos esta vez y pude ver que los suyos estaban vidriosos.

Su mirada me dejó helada. Mi amiga estaba sufriendo de verdad y yo no sabía cómo reconfortarla. Sentí lástima por ella, pero a la vez me alegré de que quisiera mantenerse alejada de clubs, discotecas y chicos con los que siempre mantenía un tipo de relación tóxica en la que Mari nunca se sentía cómoda ni feliz. Era el primer paso y, aunque la hiciera sentir desgraciada en estos momentos, lograría su propósito de ser feliz, primero sola, y luego con alguien a quien amar de verdad.

En estos últimos meses, mi amiga estaba demostrando una madurez que nunca antes habíamos visto. Quizás por lo que le pasó aquella noche en la que casi la violan o quizás porque pronto iba a cumplir otro año más, el caso es que ya no era la misma de antes. Y aunque yo siempre adoré a Mari, verla sentar cabeza por primera vez y poner orden en su vida, me llenaba de orgullo y me hacía admirarla cada vez más. Pues lo que estaba haciendo no era fácil, y a pesar de eso no abandonaba. Claro que a cabezota no la gana nadie.

Finalmente almorzamos con tranquilidad viendo una película que nos había recomendado Ade, que es más cinéfila que Mari, Dafne y yo juntas. Y cuando la terminamos no pude evitar sacar el tema de que esa noche era la semifinal de Yago con su pareja Gala.

—¿Irás a verle, verdad? —preguntó entusiasmada.

—No lo sé, realmente no lo sé —contesté yo con una risa nerviosa—. Es que por lo visto su pareja de baile me guarda rencor por algo del pasado que desconozco y si voy y me ve, puede molestarse y crear un problema con Yago.

—A ver, querida, tienes que empezar a marcar territorio desde ya. No sé si esa mujer está enfadada contigo por tu pasado como bailarina o por tu presente como amiga de Yago. El caso es que tienes que ir para dejar tus intenciones claras, ¿el chico te gusta, no? —preguntó Mari como colofón a su discurso.

—¡Claro! —le respondí yo sin dudar.

—Pues ya te vas vistiendo, y te elijo yo el vestido, ¿eh? Que tú a veces te vistes como si fueras a ir a misa.

—¡Mari! —le grité a mi amiga en tono cariñoso, no me gustaba cuando me decía esas cosas.

—¡Te quiero! —respondió ella a modo de disculpa.

Mi amiga se apartó los cabellos morenos del rostro atándolos en la nuca con la coleta, abrió las puertas de mi armario y resopló.

—Todo es de color oscuro: negros, grises, ¿esto qué color es, burdeos? —preguntó sacando una camiseta del armario, me encantaba esa camiseta y el color era muy bonito, como el del vino tinto— Más tonos aburridos: azul marino, marrón, verde oscuro... ¡Anda si aquí hay una bolsa! —exclamó.

—Son vestidos —dije yo mientras ella sacaba la bolsa y la ponía sobre la cama—. Los guardé ahí porque no me los pongo, son de cuando hacía las actuaciones o cosas así y ya no me sirven —Mari me dedicó una mirada de reproche, como si mis excusas no fueran suficientes.

—Recuerdo este vestido rojo —dijo sacándolo con cuidado y estirándolo sobre la colcha—. En esa época tú y yo no éramos tan amigas, siempre estabas centrada en el baile. Pero aquel día necesitabas ayuda para comprar un vestido y me llamaste a mí —continuó relatando Mari mientras acariciaba la tela—. Pruébatelo, vamos.

Yo me iba a negar, pero después de aquel recuerdo de Mari, era imposible hacerlo, la haría sentir mal. Tomé el vestido que ella tan delicadamente había colocado sobre la cama y me lo llevé al baño. El vestido me entró perfectamente hasta las caderas, donde se ciñó más de la cuenta, pero aún así no quedaba apretado, subí la cremallera que tenía por un lateral y até en mi cuello la parte delantera, que se abría en un bonito escote. Y aunque yo apenas tuviera pecho, aquel vestido me hacía parecer voluptuosa. 

—¡Estás de miedo! —exclamó Mari cuando salí del baño y me vio.

—¿Eso se supone que es bueno? —pregunté yo a modo de broma y ella simplemente se acercó a mí y me abrazó. Yo también la abracé y me emocioné ante su gesto— ¿Vendrás conmigo a ver a Yago? Creo que sería menos incómodo.

—Claro, yo te acompaño —respondió con una sonrisa.

En los minutos siguientes, aunque me parecieron horas, Mari se encargó de mi maquillaje y peinado. Como el vestido era tan llamativo, me dijo, no quería sobrecargarme con un maquillaje excesivo, pero quería resaltar sobre todo mis ojos. En el pelo me hizo un recogido que jamás podría pensar que sabía hacer, pero según ella todo eso lo aprendió de tutoriales en Internet, ya que en su casa se pasaba las horas muertas viciada a esas cosas.

El momento “tacones” era el más odioso para mí, me empeñé en querer llevar zapatos planos, pero Mari me dijo que arruinaría todo el “outfit”, así que me puse unos zapatos con tacón y los zapatos planos los metí en el bolso sin que ella se diera cuenta. Después ella se retocó el maquillaje en mi baño y salimos de casa. El Pabellón de Deportes no estaba lejos, pero para evitar el tráfico, teníamos que salir ya.

Al final llegamos antes de que abrieran las puertas del Pabellón al público. Aproveché para comprar las entradas y esperamos por fuera, sentadas en unas escaleras. Estaba nerviosa porque sabía que en esos momentos Yago estaría dentro del Pabellón, ensayando a última hora con Gala, preparando su indumentaria y asegurándose de que todo saliese perfecto. Yo estaba segura de que así sería, pero estaba nerviosa porque sabía que él estaba nervioso, por extraño que suene eso.

—¿Qué raro, no? —preguntó Mari— Para la última competición fueron a un salón de bailes de lo más cutre y ahora vienen aquí, con entradas y todo.

—Según me contó Yago anoche, la competición iba a realizarse en otro lugar, pero lo cancelaron a última hora. Los bailarines pensaban que acabarían posponiendo la fecha, pero uno de los promotores del concurso encontró ese lugar y fueron allí —respondí yo sin apartar la mirada de Mari, pues me imaginé que recordar aquel lugar también le haría recordar lo ocurrido cuando la drogaron, pero parecía estar bien. Y yo no quería sacar ese tema de conversación.

A los pocos minutos abrieron las puertas y entró un grupo de gente enorme, Mari y yo esperamos a que entraran los más desesperados por coger asiento, porque a nosotras no nos importaba sentarnos atrás. Y cuando entramos, como era de esperar, todos los asientos delanteros habían sido cogidos, así que nos sentamos atrás. Pero luego un acomodador se acercó a nosotras y nos indicó que podíamos subir a un palco que estaba vacío, y ni Mari ni yo dudamos en decir que sí.

Noté que el chico me había mirado más a mí que a Mari, por primera vez en todos los años que hacía que conocía a mi amiga, por unos segundos el centro de atención había sido yo, y me hizo sentir bien. Después de un rato salió al escenario el presentador, que era el mismo que la vez pasada y presentó nuevamente al jurado, que también eran los mismos, aunque esta vez había una cara que no conocía y que, según el presentador, era campeón nacional de tango en Canadá y estaba allí como jurado invitado.

A continuación se anunciaron las parejas que bailarían esa noche y el orden. Por cada nombre pronunciado se oían aplausos y silbidos por parte del público. También cuando nombraron a Yago y Gala, que saldrían los terceros. Mari me dio un codazo cuando escuchó el nombre de Yago y me sonrió a la vez que picaba un ojo. No se podía ser más indiscreta ni adorable. Le devolví la sonrisa y giré mi cabeza para mirar al escenario donde la primera pareja ya estaba situada.

La música comenzó a sonar, la verdad es que no era una de las canciones de tango más conocidas, ni con más ritmo, quizás para una ocasión íntima estaba bien, pero para el concurso se había quedado corto. El jurado votó y la pareja obtuvo 38 puntos sobre un máximo de 50. Y llegó el turno de la segunda pareja.

Algo que no me gustaba en ningún estilo de baile era que los bailarines se preocuparan más por la técnica que por el sentimiento que le ponían a la danza. Esta pareja había escogido una canción mucho más conocida, por lo que el público estaba cantando, y habían optado por una coreografía demasiado pautada, rígida, sin movimientos naturales. Y lo peor de todo, no había química entre los bailarines que apenas se habían mirado o rozado más allá de lo necesario para realizar correctamente el baile. Pero como el jurado lo que quiere aparte de técnica es espectáculo, y estos habían tenido ambas cosas, recibieron 41,5 puntos de 50.

Y finalmente salió Yago al escenario acompañado de Gala. Las parejas anteriores lo habían hecho muy bien, a pesar de todo, y ellos tenían que rozar la perfección para superar esos 41 puntos de la segunda pareja. El orden establecido era el orden en el que habían quedado las puntuaciones en la competición anterior, así que supuse que ellos habían quedado terceros, pero para ganar de verdad, llevarse el premio mayor y ser los mejores de España, necesitaban quedar los primeros.

La música empezó a sonar y no fui capaz de identificar la canción. Yago dominaba a Gala, que se mostraba indefensa ante él, se movía a través de sus manos y respondía cuando la tocaba. Pero luego el ritmo de la música cambió, siendo un poco más intensa, y Gala se mostró como se muestran las mujeres en el tango: decidida y segura de sí misma. Y la gente aplaudió. Ahora los dos tenían la misma fuerza sobre el escenario y, aunque la coreografía era perfecta de por sí, no faltaron unas acrobacias por parte de Gala que hicieron del baile algo más único. 

Luego la canción volvió a su ritmo inicial, ya estaba acabándose. Y ambos continuaron bailando pegados, piel con piel, demostrando la compenetración que le había faltado a la pareja anterior y la fuerza que le había faltado a la primera. Pero en el momento de la puntuación la suma dio 40 puntos y desde la distancia de mi asiento, pude notar la decepción en el rostro de Yago y la rabia en el de Gala. Aún así, se mostraron profesionales, se despidieron del público y abandonaron el escenario dando paso a la cuarta pareja.

En total quedaban tan solo dieciséis, de los que pasarían a la final la mitad. Pero ninguna de las siguientes parejas me emocionó, me quedé algo desanimada después de ver la puntuación de Yago y solo estaba pendiente de la suma de votos de los demás, para saber que al menos Yago y Gala eran segundos. Y efectivamente, al terminar la competición ninguna pareja había conseguido quedar por encima, sobre todo debido al nuevo miembro del jurado, que era el que menos nota daba a las parejas, haciendo que la media bajara drásticamente. 

Cuando casi todo el mundo había salido ya del Pabellón, Mari y yo nos decidimos a salir también. Como siempre intentábamos evitar pasar entre toda esa gente que no salía ordenadamente y se pisaba y empujaba. Ya nos dirigíamos al coche cuando Mari me preguntó si sabía donde estaban los baños en ese sitio. Yo había competido en ese Pabellón años atrás, pero solo conocía los baños que se encontraban detrás del escenario, así que nos perdimos buscando.

—¿Sabina? —escuché detrás de mí, me giré y ahí estaba él, sudado y con una toalla sobre sus hombros— ¡Viniste! —exclamó acercándose a mí sin saber muy bien cómo actuar, ni yo tampoco, ¿nos besábamos, nos abrazábamos, el beso podía ser en la boca o solo en la mejilla por el momento? Pero Yago no le dio tantas vueltas, se acercó del todo a mí y me dio un tierno beso sobre los labios.

—Uuuuh —dijo Mari haciéndose notar y Yago y yo la miramos— Perdonad, no se corten —respondió ella a nuestras miradas, y Yago no pudo reprimir una carcajada y le estiró la mano.

—Soy Yago, encantado —se presentó él.

—Y yo Mari —respondió mi amiga—. Siento que no ganaras, en verdad tu baile fue el que más me gustó.

—Cierto —dije yo— merecías ganar. 

—Gracias, chicas. Pero no siento que haya perdido, al menos he quedado entre los ocho primeros e iré a la final dentro de tres semanas. Todavía no está todo perdido. Además, el siguiente baile es uno de los que más domino.

—¿Cuál? —pregunté yo con curiosidad.

—El bossa nova —respondió él con una sonrisa de satisfacción.

—Jamás he practicado ese baile, he visto actuaciones, pero nunca me he atrevido —confesé yo.

—¿Un baile que Sabi no controla? —preguntó Mari irónicamente—. Pues chica, creo que ya tienes profesor particular —dijo guiñándole un ojo a Yago y haciéndome una seña —los tres reímos y una voz masculina llamó a Yago desde el interior de una sala.

—Tengo que volver —respondió él acercándose de nuevo a mí—. Gracias por venir, estás preciosa con ese vestido —me susurró al oído y luego me dio otro pequeño beso en los labios antes de marcharse corriendo.

Mari me miró mientras reprimía su emoción, me dio otro codazo y finalmente encontramos el baño. Luego dejé a Mari en su casa que no estaba lejos de la mía y para cuando llegué a mi ático tenía varios mensajes de Yago, el último decía lo siguiente: 

«Ya sé que te lo dije antes, pero estabas preciosa. En serio, impresionante. El vestido te quedaba tan bien que me daría pena quitártelo, aunque igualmente lo haría. Buenas noches, ¡guapa!».

Estaba tan cansada que me quité el vestido y me metí a la cama solo con la ropa interior. Pensé en sacarme una fotografía de esa guisa y enviársela a Yago diciéndole que ya me lo había quitado yo por él. Pero al final me dio vergüenza y no lo hice, y me quedé profundamente dormida hasta la mañana siguiente.