Plot a twist! de marzo - Persiguiendo el Nobel

20/4/16

Sí, ya sé que en el título pone Plot a twist de marzo y que estamos en abril, no es un error. Y el Plot de abril intentaré subirlo la semana que viene cuando la autora ya haya añadido el bloque de inspiración para ese mes ;) Una de las razones por las que en marzo no pude hacer este reto fue que ninguno de los elementos que la autora propuso lograron inspirarme algo realmente. Pero me puse manos a la obra y creo que conseguí un poco de inspiración de las tres cosas, como en el relato de febrero Los hermanos Anori. La imagen me inspiró naturaleza, ecología... La música algo fantasioso, un sueño, un deseo.... Y la frase fue el verdadero detonante, era así:

Alguien ha robado a tu personaje. No una pulsera o un iPod, sino algo por que merece la pena meterse en problemas: un diario, una canción, un hechizo, una fórmula...

La historia me quedó larguísima, hay 5 páginas de Word, espero que no se desanimen por el tamaño y se pongan a leer porque creo que os podría gustar, o eso espero jajajaja. ¿Podéis sugerirme otros títulos para la historia?

Persiguiendo el Nobel

El Doctor Rodgins había salido tarde de la empresa, trabajaba en un laboratorio químico de una gran multinacional que quería conseguir lo imposible: salvar el planeta de la polución utilizando un potente y secreto líquido como combustible que no contamina. El doctor llevaba trabajando en esto desde que se graduó summa cum laude en la Universidad de Harvard con 22 años. Ahora tiene 36.

A pesar de los años que han pasado, el doctor no se ha rendido ni ha cesado en su intento, y, aunque sus obligaciones como padre y profesor le mantengan ocupado la mayor parte del día, siempre encuentra unas horas que dedicarle al día... o la noche. Como en esta ocasión que habían pasado de las doce de la madrugada y aún no había llegado a casa.

El trayecto no duraba más de diez minutos y ya podía sentir sobre él la mirada de reproche de su mujer por llegar tarde, por no llamar y avisar, por dedicarle tanto tiempo a una fantasía imposible. Su mujer, Dayana, no era química ni entendía nada de lo que su marido hacía para ganarse la vida. Sí que entendía la importancia que tendría para el mundo si lo lograba, pero habían pasado tantos años que ahora le parecía una locura irrealizable y comenzaba a desesperarse cada vez más porque últimamente su marido estaba más entusiasmado de lo normal, gritando que por fin lo había logrado y era 100% ecológico y fiable. 

Si fuera la primera vez que Dayana escuchaba esas palabras, se las hubiera creído. Pero no era la primera vez que Rhys fallaba y hacía el ridículo delante de todos sus compañeros, a los que en algún momento había considerado amigos. Esa fue una de las principales razones por las que decidió trabajar solo, si no le contaba nada a nadie, nadie podría reírse de sus errores. Y a pesar de que era el mejor haciendo su trabajo, sus jefes comenzaban a impacientarse porque Rhys le dedicaba demasiadas horas a un proyecto que no daba beneficios, todo lo contrario, provocaba pérdidas porque el doctor utiliza los recursos de la empresa para su fin.

«Estoy llegando a casa, te quiero.» escribió el doctor antes de subirse a su coche. Dejó su maletín en el asiento del copiloto y se disponía a ponerse el cinturón de seguridad cuando alguien le agarró por detrás. 

Rhys suplicó por su vida, ofreció dinero a cambio de que le dejaran en paz, pero el hombre que le sujetaba la cabeza no cesaba de preguntar lo mismo: «¿Dónde está el informe de tu pequeño proyecto?». El doctor no podía creérselo, ¿le estaban preguntando por su trabajo? 

—¡Oye! —increpó Rhys al hombre que tenía detrás—. No tengo nada aquí, está todo dentro de la oficina, te lo juro. Si me sueltas te puedo conseguir lo que quieres, ¿vale? No lo tengo aquí.

—Bien... —respondió el hombre con una voz más ronca, como si intentara ocultar su propia voz— Abre la puerta con mucho cuidado, me bajaré detrás de ti. Si haces alguna estupidez como gritar o correr, te rajo la garganta, ¿lo entiendes?

—Entendido, tranquilo...

Rhys abrió la puerta como el hombre le había indicado, se bajó del coche y quedó frente a frente con su atracante que llevaba un pasamontañas y notó que también tenía un cuchillo de grandes dimensiones en su mano. En ese momento recordó su pequeña discusión con Dayana acerca de no tener armas en casa, que era peligroso para los niños y que no les hacía falta. Rhys no estaba de acuerdo, sentía que un arma era idónea para proteger a su familia y en este momento para protegerse a él mismo. Pero finalmente ganó Dayana y Rhys nunca obtuvo su licencia ni compró ningún arma de fuego, ni siquiera tomó las clases de tiro que le había pagado un amigo porque su mujer seguía pensando que era peligroso. 

Caminaron hasta la entrada de la empresa, el vigilante de seguridad terminaba su turno a las 00:15 y el siguiente guardia no llegaba hasta las 00:30. Normalmente siempre habían dos y la entrada nunca se quedaba sin vigilar, pero los recortes por falta de presupuesto había recortado la plantilla, de hecho por culpa de su proyecto, Rhys había estado en la cuerda floja durante meses y cuando despidieron a muchos de sus compañeros, su trabajo aumentó y eso significó posponer su proyecto hasta terminar todo lo que tenía que hacer durante el día. Y parte de esa plantilla también la formaba el equipo de seguridad, de dos pasaron a uno y durante el día la empresa no se quedaba ni un solo momento sin seguridad, pero cuando todos los trabajadores han salido, el guardia cierra y se va. Y si pasa algo es problema del otro que llega tarde.

Sin duda mañana tendrían que dar muchas explicaciones a los jefes. Rhys llegó a la planta 11 donde trabaja, guió al atracador hasta su despacho de paredes de cristal y, sin pensarlo dos veces, atacó con una probeta llena de ácido sulfúrico. Como mucho lo dejaría un poco ciego y le quemaría la piel, pero no lo mataría, tenía que salir corriendo de ahí si quería sobrevivir. 

Llamó al ascensor que abrió sus puertas justo antes de que el atracador pudiera llegar, bajó a la entrada y activó la alarma. A los pocos segundos apareció el guardia de seguridad que se preguntó qué estaba pasando. El muchacho desefundó su arma y escoltó a Rhys hasta la salida. La policía llegaría en cualquier momento, así que no podía irse todavía. Se quedó detrás de la mesa del guardia de seguridad, donde están las cámaras de vigilancia. Desde allí podía ver todo.

De pronto Rhys vio una sombra moverse detrás del guardia de seguridad a través de las cámaras. No estaba muy seguro, pero gritó «¡CUIDADO!» en caso de que fuera el atracador. El guardia escuchó el grito y se giró, pero lo único que pudo ver fue el cuchillo de un hombre con el rostro deforme clavándose en su pecho.

Rhys corrió a la puerta, pero el guardia la había cerrado utilizando el código de seguridad, así el intruso no podía salir. Ahora que Rhys sabía que ese hombre era capaz de matar, temió por su vida y corrió por un pasillo que daba a un almacén donde estaban muchos productos etiquetados para abastecer a la empresa. La puerta estaba cerrada pero cada trabajador tenía su código y podía entrar. La puerta se abrió y Rhys pudo entrar y cerrarla en el momento en el que su atracador apareció por el pasillo.

Cerró la puerta por dentro y buscó la manera de llamar a alguien. La policía ya estaba de camino, pero le grabó un mensaje a su mujer y a sus hijos. Rezó y suplicó por su vida y finalmente escuchó las sirenas de los coches de policía. Las patadas en la puerta, intentado abrirla, cesaron y luego no se escuchó nada más durante unos minutos. 

Cuando Rhys escuchó más voces dentro del edificio supo que la policía había entrado y se decidió a salir. Se dirigió a la policía con las manos en alto y enseguida explicó que él era la víctima, que lo habían atracado y que el asaltante no podía estar lejos. La policía confirmó que era Rhys Rodgins y que trabajaba en ese edificio, así que le interrogaron, unos médicos le examinaron en una ambulancia y luego registraron su coche en busca de huellas o cualquier cosa que les pudiera llevar hasta el ladrón y asesino. Tuvieron que confiscar su vehículo y fue entonces cuando Rhys pidió su maletín y la policía le dijo que no había ningún maletín en el interior del coche.

***

—Muy bien, Tommy. Haz que te miren esa cara, por el amor de Dios. Tendrás tu parte del dinero cuando todo esto acabe. Te llamaré si necesito algo más.

—Sí, jefe —contestó Tommy, el atracador.

Su jefe era el señor S. de Sullivan. El señor S. había sido un prestigioso químico hasta que hace diez años, Rhys le arrebató un premio de la Asociación Química de Estados Unidos. No tiene tanto reconocimiento como un Premio Nobel, claro, pero es un gran paso. Desde entones Sullivan se obsesionó con Rhys, investigó todo acerca de su vida, sus horarios y lo más importante: su pequeño proyecto.

Ahora que S. tenía delante el maletín con todas las anotaciones de su rival y más papeles que Tommy consiguió de su despacho antes de bajar por las escaleras y matar al guardia, podría comenzar a desarrollar él mismo el proyecto de Rhys. Además, S. se había vuelto millonario a base de negocios con gente peligrosa, inversiones y otras empresas que tenía a su nombre. Así que él no escatimaría en gastos para conseguir en unos meses lo que a Rhys le llevaría más años. Su plan era comprar la patente, llevarse el Nobel y recuperar su dignidad entre sus colegas.

***

—Dayana, olvídate de que soy tu marido por un momento —expuso Rhys después de llegar a casa sano y salvo y de contarle todo lo sucedido a su mujer— y piensa en mí como un cliente, ¿qué me aconsejarías hacer desde tu experiencia como abogada? —rogó Rhys con las manos de su mujer entrelazadas en las suyas.

—Rhys... Tengo que repetirte lo mismo: debes dejar que la policía haga su trabajo. Encontrarán a quién te agredió y robó los papeles del proyecto, ya lo verás. Además, lo que se llevaron eran las anotaciones a mano, ¿no? Sigues teniendo todo lo importante grabado en la memoria del ordenador, eso no se lo han llevado, ni siquiera pensaron en eso...

—¡ESO ES! —exclamó Rhys y su mujer le tapó la boca para que no siguiera gritando porque iba a despertar a sus hijos— Perdona cariño, pero es que acabas de recordarme una conversación que tuve hace tiempo con un tipo... Al principio dudé en hablar con él, pero parecía tan confiado y seguro de sí mismo que me transmitió confianza enseguida y empecé a hablarle sobre mi trabajo, no sé porqué le dije que estaba a punto de dar con la fórmula perfecta para terminar el proyecto y poderlo presentar a la Oficina de Patentes... y... bueno, le mostré mi cuaderno de notas...

—¿Cómo que le mostraste tu cuaderno? —demandó Dayana intentando conseguir más información.

—Sí, yo estaba tan emocionado... Acababa de salir del laboratorio y todas las pruebas de calidad habían salido bien, estaba ilusionado porque era la primera vez en años y posiblemente fuera la definitiva. Y... no lo sé, tenía el cuaderno en la mano y simplemente lo abrí y le enseñé algunos de los bocetos. Quedó maravillado, me felicitó y me deseó suerte... Ahora que lo pienso, ¿pudo ser él no? ¿Quién más podría ser?

—No lo sé, ¿qué tal alguien de la empresa? ¿alguien que quisiera llevarse el mérito de tu trabajo?

—Lo dudo, mis compañeros no piensan que sean un proyecto relevante, me tachan de loco, lo sabes. Y mis jefes saben que se llevaran una parte de los beneficios, ya que he realizado todo el proceso utilizando las herramientas de la empresa. Además, con el atraco han sufrido muchas pérdidas económicas y mala prensa, no se hubiesen arriesgado tanto para conseguir algo que iban a conseguir de todas maneras...

—Entonces, solo nos queda nuestro hombre misterioso... —sentenció Dayana antes de abrazar a su marido hasta que ambos se durmieron.

Pero Rhys se despertó a los pocos minutos, no podía descansar después de todo lo que había vivido esa noche. Se levantó y a llamó a sus jefes, sabía que no iban a estar contentos de hablar con él, pero les pidió un favor... y, lejos de lo que imaginaba, sus jefes aceptaron y le pidieron reunirse con él por la mañana.

***

Sullivan había comprado una serie de maquinarias específicas para poner en marcha la construcción del proyecto, el pequeño motor que sería capaz de funcionar por sí solo, sin corriente ni ningún tipo de combustible tóxico. Además, como él no estaba interesado tanto en los beneficios económicos o en el medio ambiente como en conseguir el Nobel y aparecer en los libros de Historia, bajaría los precios para que fuera asequible para todos los bolsillos y con ello no tener competencia. Pues, para el momento en el que otras empresas se pusieran manos a la obra a copiar el producto, este ya habría recorrido medio mundo y habría sido comprado por millones de personas. Cualquier otra marca lo tendría más difícil para competir contra Sullivan y sus precios bajos con un producto, gracias a su rival Rhys, de altísima calidad.

Pero el frustrado químico que se había obsesionado con el doctor Rodgins no las tenía todas consigo, de pronto recibió una llamada de un amigo que tenía en la policía. Decía que habían descubierto a Tommy y que tenía que darse prisa en sus planes o de lo contrario acabarían por relacionarlo con él y pronto estaría en busca y captura.

A pesar de la mala noticia, el doctor Sullivan Belin no era el típico hombre que se rendía a la primera adversidad, ni siquiera dejaba que perturbara su tranquilidad. Armó el aparato con suma maestría, creó la fórmula que le llevó varias horas e intentos, ya que las notas de Rhys no eran perfectas: ¡faltaban las notas actualizadas! Las notas con las que trabajaba Sullivan tenían fecha de hacía dos semanas, pero Rhys debió corregir algo de esa fórmula fallida y no lo anotó, posiblemente porque ese cuaderno no era el único lugar en el que Rhys escribía sus avances.

¡Estúpido Tommy! Deja que le quemen y que le pillen y ni siquiera supo hacer su trabajo bien. Esta vez los nervios le traicionaron y rompió un vaso en sus manos. Tuvo que limpiarse la herida y recoger los cristales con resignación mientras pensaba en la fórmula. No era posible que Rhys fuera más inteligente que él, si Rhys había podido lograrlo, él no sería menos que esa escoria rubia. Se dispuso a rehacer él mismo la fórmula, como buen químico que era, descubrió una pequeña cantidad de un químico corrosivo que acababa estropeando la máquina. 

Lo había logrado, pero había pasado el día entero en ello y ya estaba cansado. Llevó el líquido al pequeño motor que había sobre la mesa y... funcionó. Pero, inesperadamente, comenzó a hacer un ruido extraño, como el zumbido de una abeja, y luego empezó a salir humo del motor. Sullivan maldijo al doctor Rhys, tiró de una patada la mesa que tenía delante y salió de la sala exasperado, mañana lo intentaría de nuevo. Ahora necesitaba emborracharse y recostarse.

***

Mientras Sullivan había pasado el día entero intentando descubrir qué se le había pasado por alto, Rhys se había reunido con sus jefes, les había explicado lo del robo y que tenía la fórmula que pensaba que era la definitiva. Pero antes de continuar, sus jefes querían una prueba y Rhys estaba tan seguro que se la jugó utilizando su producto en el motor de un coche y conduciéndolo por todo el aparcamiento de la empresa. Y así lo hizo.

Sus jefes quedaron maravillados, estrecharon manos y firmaron un acuerdo para su futura venta en la Oficina de Patentes en las que explicaban que ellos se llevarían el 70% y Rhys el 30%. No le pareció justo al principio porque él era quien le había dedicado más de diez años de su vida a ese proyecto que finalmente había funcionado: un coche totalmente ecológico que derivaba a cualquier tipo de máquina. Pero estaba tan feliz y tan preocupado de que la persona que le había robado sus notas se le adelantara, que no lo pensó dos veces. De todas formas, si tenían éxito, un 30% sería un montón de dinero.

Para la noche Rhys volvió a casa, saludó a los agentes de policía que protegían su casa desde el robo y cenó con su familia.

***

Al cabo de ocho meses, Rhys había conocido por fin el éxito y al causante del robo: Sullivan o el señor S. Al principio su cara y su nombre le resultaban familiares, luego recordó el premio al que ambos habían estados nominados y supo que fue ahí donde sus caminos se cruzaron, para su desgracia. 

Pero como si el destino se estuviera riendo de estos dos químicos, se anunció quién sería el galardonado ese año al Premio Nobel y era el doctor Sullivan Belin. Obviamente, al enterarse de sus actividades delictivas, los organizadores del Premio tuvieron que retirar a Sullivan y concederle el premio a otro químico, e, ironías de la vida, el elegido fue Rhys Rodgins.

De no haber sido por los líos en los que Sullivan se metió para intentar superar a Rhys, habría conseguido su ansiado Nobel y su ansiado reconocimiento social. Ahora en cambio solo era un convicto más, junto a Tommy.