No se lo digas a nadie - Capítulo III

5/3/17

Presente. Febrero 2017:

—Se condena al acusado a veinte años de cárcel.

Hace 8 meses. Junio del 2016:


Darío:

El día de la entrega del relato para Creación literaria había llegado, Darío había trabajado muchísimo en su nuevo proyecto para intentar convencer a su profesor Ernesto que había aprendido y mejorado. Pero éste había vuelto a ridiculizar su obra porque seguía siendo demasiado infantil, su escritura era mediocre, seguía sin poner en práctica todo lo estudiado en sus clases teóricas y la trama seguía siendo poco creíble, incluso para un niño. Ernesto se cansó de repetirle que eso no era lo que quería y Darío se encontró sin opciones. Iba a suspender.

Por eso, hoy, cuando Darío recibió la llamada telefónica de su padre explicándole que si no aprobaba esa asignatura “de una maldita vez” le dejaría de pasar dinero, tendría que abandonar la carrera y buscarse un trabajo porque se negaba a pagar otra matrícula de esa “estúpida asignatura de mierda”. Las palabras de su padre calaron hondo en la mente de Darío que no paraba de repetirlas en su cabeza. Se negaba a volver a su casa sin carrera, le asustaba ser un fracasado y que, el resto de su familia, le humillara por no haber podido sacar una carrera tan fácil como esa. Sería una decepción para su padre que trabaja con escritores, para su madre, que también trabaja rodeada de libros. Y para él mismo. No podía permitirse ese fracaso y haría lo que fuera para demostrarle a su padre que se equivocaba.

Aprovechó que su amigo Noel había salido a correr por la mañana como hacía todos los días. Esta vez le dijo que no se preocupara si tardaba más de lo normal porque después de correr quería darse un baño en la playa con su hermano Donato, aprovechando la llegada del verano y del fin de las clases. Así que Darío dedujo que tendría más tiempo a solas en su casa, entró en la habitación de Noel y ahí, como si supiera lo que iba a hacer y le estuviera esperando, estaba el ordenador portátil de Noel encendido.

Tenía la pantalla apagada, pero solo bastó un movimiento del ratón para que la pantalla se iluminara de nuevo. Apareció el escritorio del ordenador y Darío se encontró con decenas de carpetas, cada una con el nombre de uno de sus relatos, donde, aparte del archivo en Word, también había imágenes de actores y actrices que representaban a los personajes, incluso dibujos, mapas, árboles genealógicos, resúmenes, portadas, información de investigación acerca de un hecho histórico u de otra índole y muchas cosas más. Darío se sintió algo abrumado desde el primer momento. No solo por la cantidad de información que había en el ordenador de su amigo, sino por el hecho de tomar conciencia de lo que estaba haciendo y de lo que iba a hacer: robarle una de sus historias a su amigo.

Una historia en particular le llamó la atención porque el título de la carpeta en la que estaba guardada era precisamente “Sin título”. Darío pensó que si esa historia no tenía título era porque, quizás, su amigo había comenzado a escribirla hacía poco tiempo y todavía no la había dado a conocer. A lo mejor era un proyecto que nunca acabó o algo en lo que estaba trabajando como hobby, algo para sí mismo y no para la universidad y, por tanto, había todavía menos posibilidades de que alguien conociera esa historia y se diera cuenta del plagio.

Sacó su pequeño pendrive de su bolsillo, lo abrió e insertó el objeto en el puerto USB del portátil de Noel. Copió la historia y lo dejó todo como estaba antes de que irrumpiera en la habitación de su compañero de piso. Volvió a su habitación, pasó la historia que acababa de copiar a su portátil y editó algunos detalles. Le dio nombre a la historia después de leerla. La tituló directamente “Las aventuras de Philippe Quinault”. En cuanto terminó de editar los detalles que creyó necesarios, pasó su revisión final de nuevo al pendrive y se dirigió a una papelería cercana a imprimir y encuadernar la novela terminada de Noel que contaba con 220 páginas.

Luego fue caminando hasta la universidad, que estaba bastante cerca, entró en la facultad de Filología y se dirigió al despacho del profesor Ernesto López. Ernesto no estaba, pues por las mañanas normalmente da clases, pero tiene un pequeño buzón en la puerta de su despacho en el que puedes dejar tus trabajos. Rezó porque le gustara y creyera que estaba bien. Al fin y al cabo, lo había escrito Noel y su amigo tenía un talento innato para la escritura.

Si suspendía entendería entonces que no era culpa de su buena o mala escritura, sino del profesor, que probablemente no le gustara Darío y, por eso, se valía de cualquier oportunidad para menospreciar su trabajo y pisotear su moral.

En su camino de regreso a casa, hizo una parada para reflexionar sobre lo que acababa de hacer. Si lo pillaban no solo significaba su expulsión de la carrera, sino de la posibilidad de volver a estudiar de nuevo, ya que siempre cargaría con ese sambenito. Pero lo que más le preocupaba de ser descubierto, era perder la amistad con Noel. Su amigo se sentiría defraudado y triste, y todo sería por su culpa. No podría volver a tener el mismo nivel de confianza y complicidad con él, si es que algún día decidía volver a dirigirle la palabra. Aunque ya le estaba perdiendo con su actitud de estos últimos meses, causada por los celos y la envidia.

Reanudó su camino de vuelta a casa desechando cualquier pensamiento negativo, siendo optimista y pensando que, en cuanto volviera a casa, intentaría volver a recuperar su amistad con Noel. Era algo que apreciaba y valoraba mucho como para echarlo a perder por los celos. Sobre todo, si conseguía salirse con la suya y aprobar esa asignatura, Noel no tendría que enterarse nunca de lo que había hecho.

Noel:

—¿Noel? —la voz al otro lado de la línea sonaba familiar, pero el joven no fue capaz de distinguirla.

—Sí. ¿Quién llama? —preguntó él intrigado.

—Soy el profesor Ernesto.

—¡Profesor! ¿Ocurre algo? —Noel se relajó al saber que era su profesor el que llamaba, pero seguía alarmado, dado que nunca antes le había llamado por teléfono.

—Sí, verás. Quería hablarte sobre algo muy delicado y espero que me digas que tú no sabías nada de esto. Pues no creo que seas tan idiota de pensar que no me daría cuenta.

—Ehm… —balbuceó Noel, no se esperaba esa respuesta— ¿Qué pasó?

—He recibido esta mañana una copia de tu novela, la que has escrito sobre tu antepasado. Está firmada bajo el nombre de Darío García Sastre. Soy consciente de que ambos fuisteis alumnos míos y, por tanto, os conocéis. ¿Ha podido tener acceso Darío a tu novela?

Noel se quedó de piedra, helado. Jamás hubiese podido imaginar que algo así pudiera ocurrir. ¿Darío plagiándole? La sorpresa le hizo quedarse en silencio unos segundos, hasta que finalmente respondió.

—Sí.

Noel tenía lágrimas en los ojos por la tristeza los puños cerrados de la rabia. Aunque seguía habiendo algo de incredulidad. Darío era su amigo. Su mejor amigo.

—Era lo que imaginaba. Necesitaba tu confirmación. Tengo que hacerte otra pregunta: ¿Tuvo Darío tu permiso para copiar tu novela?

—No, nunca haría algo así —Noel se limpió las lágrimas que bajaban por su cara y se sentó en el sofá que tenía al lado.

—Vale, pues… Lo siento mucho, hijo. Entiendo que te sientas traicionado, pero guarda la calma. Yo me encargaré personalmente de llamar al decano y, a partir de ahí, solo será cuestión de papeleo burocrático el expulsar a este alumno de la universidad.

—Gracias —respondió Noel y colgó el teléfono rápidamente.

Noel permaneció sentado en el sofá. Su hermano había salido a comprar a un supermercado cercano y tardaría un rato en volver. Pensó que así era mejor, pues nadie lo vería llorar. Su llanto no se debía a que alguien hubiera plagiado su obra, eso era lo de menos, porque tenía cómo demostrar que él era el autor de esa historia. Su dolor era causado por la persona que le había plagiado: Darío, su mejor amigo.

En ese momento se oyeron unos pasos cerca de la puerta de su casa. Luego se escuchó cómo la llave entraba en la cerradura y en un instante los dos chicos quedaron cara a cara.

—¡Noel! —exclamó Darío que no esperaba encontrarse con su amigo de frente al abrir la puerta.

—¿De dónde vienes? —preguntó Noel, que ya sabía la respuesta, pero quería ver hasta donde era capaz de mentir su amigo.

—De la uni, he salido a entregar mi relato a Ernesto —respondió Darío algo nervioso.

—¿Tu relato? —demandó Noel con rapidez.

—Sí, había que escribir un relato para su asignatura, ¿recuerdas? Hoy se entregaba —Darío se sintió aún más nervioso e inquieto, ¿era posible que Noel supiera la verdad?

—Ah, sí, claro. ¿De qué escribiste tu relato? —volvió a preguntar Noel con intenciones de que Darío confesara.

—Sobre un mundo imaginario —respondió él recordando su primer intento de novela que su profesor rechazó— donde no existía la violencia y todo el mundo vivía feliz.

—¿En serio? —Noel se sorprendió al escuchar las palabras de su amigo por dos razones: pensaba que estaba mintiendo e inventándose todo eso en el momento y porque, de ser verdad, sabía que a su profesor no le gustaría una trama como esa.

—Sí, puedo enseñártelo si quieres —concluyó Darío, que todavía guardaba una copia en su ordenador.

—¡Claro! —exclamó Noel— ¿Podrías enseñármelo ahora mismo? —exigió.

—Esto… Sí, cómo no —Darío comenzó a sudar porque en su ordenador, no solo tenía esa historia de la que le había hablado a Noel, sino la copia que había hecho de Las aventuras de Philippe Quinault. Además, su historia del mundo imaginario estaba inacabada.

—¿Tienes una copia impresa? Me gustaría poder leerla cuanto antes, seguro que me gustará —comentó Noel intentando sonar todo lo sarcástico posible.

—Noel, yo… —Darío no sabía qué mentira contarle a su amigo para no tener que enseñarle su obra sin terminar ni que este viera la copia que tenía en su ordenador de su historia— No, no la tengo impresa. Te la pasaré luego por pendrive, ¿vale? Ahora voy a comer algo que tengo mucha hambre.

—¿Así fue como me plagiaste? —preguntó Noel dejando helado a Darío— ¿Utilizando un pendrive?

—¡Ey! —exclamó Darío intentando que su amigo dejara de avanzar hacia él— No fue mi intención, ¿vale? No quería copiarte, no quería hacerlo, de verdad. Tienes que creerme. Pero no sabía qué más hacer para aprobar. Lo siento.

—Pues tu esfuerzo no valió para nada —respondió Noel soltando el primer puñetazo a la cara de su amigo.

—Noel, escucha. Lo siento, ¿vale? —rogó Darío antes de ser empujado contra la puerta por la que había entrado— ¡Oye! No tenemos por qué hacer esto. Pediré perdón a Ernesto, repetiré la asignatura —Noel le dio un segundo empujón ahora contra la pared.

Darío siguió moviéndose y llegaron a la cocina.

—Eso está claro —anunció Noel— Fue Ernesto quién me llamó para decirme que me habías plagiado —Noel volvió a empujar a Darío contra los muebles de la cocina—. Es mi profesor de Recursos literarios, la segunda parte de Creación literaria. Y adivina qué —solicitó Noel antes de darle otro empujón a Darío, pero esta vez su compañero se le escapó.

—No lo sabía, lo siento. No quería hacerte daño o causarte un problema con Ernesto. Hablaré con él y le contaré lo que pasó. De verdad, lo siento —imploró Darío una vez más.

—Ernesto lo sabe, sabe que me plagiaste porque cada semana le entregaba un borrador con los nuevos cambios. Pero eres tan idiota que plagiaste justamente esa novela, la novela sobre mi familia —reveló Noel antes de darle otro empujón a Darío, pero esta vez se aseguró de ser certero.

El impulso de ese empujón hizo que Darío cayera sobre un mueble con las esquinas en filo. En el preciso momento que Darío cayó al suelo, se formó un charco de sangre que salía de su cabeza, justamente en la brecha donde se había golpeado con el borde de ese mueble.

Noel entró en pánico, intentó reanimar a su amigo, pero el charco de sangre se hizo más y más grande y Darío no despertaba.


El joven escritor corrió al sofá donde había dejado su móvil después de hablar con su profesor y llamó a su hermano Donato. Le contó lo que había pasado y Donato corrió a la casa de su hermano solo para confirmar que Darío había muerto.