La escritora

25/11/13


«No es verdad», se decía. La ciudad era infinitamente más bella de noche que de día, en invierno que en verano, sola que acompañada. Pasear bajo las farolas, cruzar los pasos de peatones entre ruidos de motores, miradas de conductores y risas de un grupo de chicos que comen castañas asadas en un banco. Eso era vida para ella. Se había criado en lugar como ese y había sido arrebatada de él para ir a vivir al campo, en silencio, solo el ruido del viento azotando las ramas de los pinos la acompañaba, era un lugar horrible para una chica con tanta imaginación que necesitaba rodearse de gente. Se alimentaba de esa energía y recargaba las pilas como los lagartos tomando el sol. Una vez que había absorbido todo lo que podía, volvía a casa y lo escribía. Expresaba su felicidad con palabras que llenaban hojas y hojas que nunca imprimía. Nunca imprimió.

Su habitación estaba en un edificio lo suficientemente alto como para asomarse por la ventana y ser capaz de seguir con su escritura si le faltaba un poco de inspiración. Era abrir la ventana, respirar el aire frío, sentir el olor a tierra mojada que dejaba la lluvia y escuchar esas voces lejanas y alegres, y volver a su escritorio a terminar un capítulo, a veces dos en una misma noche. Dormía hasta bien entrada la mañana porque no le gustaba madrugar, ¿a quién le gusta? pero aparte de eso, a ella no le gustaba el día, no le gustaba el sol, no le gustaba el bochorno en su cuerpo que producía el calor porque eso no la dejaba concentrarse, no la dejaba ser creativa y solo podía pensar en llegar a algún lugar con sombra y aire acondicionado.

Así fue como conoció una noche, en una calle muy transitada de la ciudad, al que sería su musa y su inspiración. El amor de su vida, no importaba qué época del año fuera, cuánto calor o frío hiciera o si estaban en el campo o en la ciudad... tal vez en la playa, no era importante. Sus ojos azules le proporcionaban el frío que necesitaba para escribir y a la vez, sus brazos calientes la rodeaban por la cintura devolviéndola a la realidad para hacerle el amor quién sabe dónde y cuántas veces antes de caer rendidos sobre la alfombra. Los meses pasaron, también los años y ella no publicó nunca nada de lo que escribió. Todo se lo guardó para ella y todo lo conservó en un ordenador que un día su amor decidió abrir.

Y lo que encontró le hizo sentir celoso, le hizo sentir terriblemente celoso porque en cada palabra, en cada frase, en cada párrafo se notaba el amor que había, se notaba el tiempo, el cariño y el esfuerzo que ella le dedicaba y que nunca le había dedicado a él. Y es que ella siempre amó más la escritura de lo que jamás pudo llegar a amar a su musa, y eso le costó volver a la soledad y volver a necesitar recargar sus pilas bajo farolas de luz amarilla y volvió a necesitar los tés calientes que tomaba mientras miraba por la ventana, observaba y escribía. Robando historias a desconocidos, escribiendo y enamorándose de sus propias palabras y por primera vez, sintiéndose sola.