SLIDER

De corazón - Capítulo IX

11/10/12


Capítulo IX


Había pasado gran parte de la noche en vela porque por el día había dormido de un tirón. Solo logré descansar un poco cuando ya amanecía, pero al recordar que a estas horas Travis ya debería estar de vuelta en Sautron a punto de reunirse con sus padres, me quitó todo el sueño.

Sautron, un lugar apartado de Nantes con grandes y bonitas casas como en la que yo vivo, está a unos cuántos kilómetros del colegio Sainte-Marthe, pero a muchísimos más del reformatorio. Miré el reloj a través de los barrotes y vi que eran las nueve de la mañana. Quería, no, me moría de ganas, por saber de él.

—¡June! —me dijo Edouard Gabriel sacándome de mis pensamientos.
—¡Edouard Gabriel! —lo sonrojé—. Perdón, licenciado Monnet, ¿qué hace aquí?
—Creo que después de haber estado en tu antigua habitación, de haber cenado con tus padres y de haber hecho tantos kilómetros acompañado de un niño que no paraba de hablar de lo buena que eres… puedes llamarme Edouard.
—¿C-cómo? —me quedé de piedra— ¿has cenado con mis padres?
—Son buena gente. Muy buena gente. Travis estaba encantado con ellos y cuando le dije que venía de tu parte reconoció mi voz y me confesó que se había escondido cuando llevé las pizzas a tu casa y… —calló y me dejó con la intriga.
—¿Qué?, ¿por qué callas?, ¿qué más te dijo?
—Nada, solo me contó una historia de un niño llamado Rob y una niña llamada Laura —sentí como el corazón bombeaba sangre más rápidamente, pero yo no pude reaccionar hasta unos segundos más tarde.
—Eh… —sonreí tontamente y decidí cambiar de tema— ¿cuándo podré irme?
—A eso vengo, Lucrecia no ha retirado los cargos en tu contra, estás a la espera de juicio. Pero no te pasará nada porque lo que has dicho de ella es totalmente cierto, así que si llegáis a juicio, ganarás.
—Vale, ¿qué le pasará a ella ahora?
—He interpuesto una denuncia en su contra por malos tratos, la denuncia que tú no pudiste acabar porque el comisario Molineaux te echó de aquí. Los servicios sociales ya han visitado el reformatorio, la chica que atendía en la entrada —Catherine, pensé recordando su nombre— está declarando y de momento no hay más novedades al respecto.
—Bueno, no han pasado ni veinticuatro horas y ya han llegado los servicios sociales… eso está bien. A este ritmo pronto estaré libre y Lucrecia entre rejas.
—No June, tú ya estás libre —le miré a los ojos—. No pueden retenerte aquí mucho tiempo más. En unas horas se cumplirán las veinticuatro horas que puedes permanecer detenida bajo vigilancia como sospechosa, pero ni tu delito ha sido violento ni eres sospechosa de nada. Así que he negociado y puedes salir ya mismo.
—¿Hablas en serio? —estaba eufórica.
—No bromearía con eso, anda, coge tu abrigo y vayámonos de aquí.
—No —no quería salir de allí sin formular mi última pregunta—. ¿Qué ha sido de Travis?
—Está con sus padres: Arles y Romane Beaufort. Arles es un hombre bastante serio que no mostró mucha emoción, aunque sé que estaba emocionado. Romane es una mujer algo más efusiva y con carácter, nada más ver a Travis se lanzó a abrazarle. Me pareció extraño, me habías dicho que le pegaban, ¿no?
—Así es, su padre le insultaba y su madre le pegaba… aunque muy dentro de mí sabía que sus padres reaccionarían al saber que su hijo había sido maltratado hasta el punto de escaparse de donde ellos lo dejaron. Oye, ¿te preguntaron dónde lo encontraste?
—Sí, pero les mentí.
—¿¡Qué!? —no quería mentiras, quería que supieran la verdad.
—Dijimos que se había escondido y que había huido con unos hippies.
—¿En serio se creyeron eso? —arqueé una ceja—. Pero si parece el argumento de una película.
—Está sacado de una… pero sí, se lo creyeron.
—¿Por qué?, ¿por qué lo hiciste?
—Porque te hubieran denunciado por secuestro y no quiero verte más aquí dentro.
—¿Y ahora cómo lucharé por él?
—¿Hablas de su custodia?
—Sí, quiero que Travis sea oficialmente mi hijo.
—Estás loca… ¿sabes que el padre tiene un imperio?
—¿Un imperio?
—Es multimillonario, June. Si quieres a ese niño vas a tener que luchar con uñas y dientes y te va a costar mucho, muchísimo.
—¿Dinero?
—No, si quieres yo puedo seguir siendo tu abogado, podría trabajar gratis… me refiero a que podría costarte incluso la libertad.
—¿Te crees que no lo sé? Vamos, ya estoy en la cárcel…
—Esto es serio, Arles Beaufort es el dueño de Cosméticos V&C. Sus productos se venden en medio mundo…
—¿Cosméticos V&C? Pero si hasta yo tengo algún que otro pintalabios de ellos. De haberlo sabido no los hubiera comprado nunca… —Edouard se rió de mí.
—Con eso no hubieras logrado hacerlos menos ricos… anda, en serio, hace un día precioso.

Era cierto. La carretera estaba mojada, olía a lluvia por todas partes y el aire era frío. A pesar de eso las primeras flores de la primavera empezaban a florecer, se oía el cantar de los pájaros que tenían su nido en el parque de enfrente y en el cielo las nubes negras dejaban paso a unos agradables rayos de sol. El calor de esos rayos de sol me penetró las ropas y me calentó hasta los huesos. Lo necesitaba, dentro de la celda solo había oscuridad, humedad y frío. Me despojé de mi abrigo y me solté el pelo para sentir el viento en él.

Volví a la realidad para subirme al coche de Edouard. Era negro, con los sillones en gris y un equipo de música moderno. Encendió la radio y la calefacción y yo se lo agradecí. Necesitaba un poco de música y calor. Condujo hasta mi casa, recordaba perfectamente el camino.

Cuando llegamos se ofreció a acompañarme hasta la puerta, pero no quiso pasar. Buscó en el interior de su chaqueta una tarjeta con su número y me la entregó. Cuando fui a preguntarle sobre el futuro de Travis me interrumpió diciéndome que debía irse y que volvería mañana a verme. Asentí, sonreí y se fue corriendo al coche.

Antes de entrar noté que algunos vecinos se habían asomado y que me estaban mirando. No le di importancia. Entré a casa y busqué comida. No había nada. Recuperé mi móvil que había dejado abandonado sobre la mesa del comedor y llamé a mi madre.

—Sí, estoy bien… ¿tú como estás?
—Bien —me dijo— pero preocupada por ese niño que trajiste.
—¿Preocupada?, ¿qué pasó?
—No quería irse con ese tal Edouard… le daba miedo volver con sus padres. Entonces se escondió de nuevo en tu habitación y Edouard tuvo que entrar a hablar con él. Estuvieron cerca de cuarenta minutos hablando. Luego salieron y los invité a cenar, pero los ojos de ese abogado tuyo ocultaban algo oscuro, algo que Travis le contó.
—Mamá, a Travis sus padres le pegan, por eso se emocionó cuando le dije que le quería como un hijo y él mismo comenzó a referirse a ti y a papá como sus abuelos. Es un niño muy dulce, pero es extraño, Edouard no me dijo nada de que había hablado sobre eso con Travis.
—Cariño, ¿vas a dejar a ese niño con esos padres que les tocó?
—De momento sí. Edouard me ha dicho que me ayudará a conseguir la custodia de Travis, pero resulta que no es tan fácil…
—Nunca es fácil separar a un niño de sus padres sin motivos y, aunque tú los tengas, ¿cómo lo vas a demostrar?
—Esa es una… pero lo que yo quería decirte es que el padre de Travis es el dueño de Cosméticos V&C. Están amasando una fortuna y seguro que pueden pagar más y mejores abogados que Edouard.
—Bueno, ese chico se ve muy inteligente… —le noté a mi madre un aire a Celestina.
—Sí, lo es. Pero es uno solo y no tengo dinero para pagarle, aunque me dijo que lo podría hacer gratis… no es lo mismo. Seguro que abandona en cuánto vea lo difícil que se volverán las cosas.
—No veo yo a ese abogado de los que abandona… más bien, de los que lucha para salir del hoyo. Ese chico es un buen partido, eh…
—Mamá, no empieces por favor. Acabo de salir de una celda, tengo hambre, frío, dolor de cabeza y mal humor. Sin olvidarnos de la preocupación y la pena que me da cada vez que me acuerdo de Travis.
—Lo siento cariño, perdona.
—Tranquila mamá, es que ya no puedo más —se me rompió la voz con el nudo que se me formó en la garganta.
—Es que tú siempre has sido débil y esto te supera.
—Te equivocas —recordé las palabras de Travis sobre la debilidad y las lágrimas— soy más fuerte de lo que tú y papá creéis. Ahora necesito comprar algo de comida y darme una ducha de agua caliente. Hasta mañana, mamá.
—Hasta mañana, June.

Colgué el teléfono y marqué otro, el de un restaurante que hay en Nantes. Tardarían un rato antes de llegar aquí así que aproveché y me metí en la ducha. Agua caliente, mucha espuma, más agua y listo. Me sequé con una toalla y me lavé los dientes. Luego me sequé el pelo con el secador y la ayuda de un cepillo, me puse crema en la cara y fui a mi habitación. El primer pijama abrigado que vi y unas zapatillas cómodas.

Sonó el timbre justo cuando me ponía las zapatillas y fui a abrir, pagué y puse la mesa. Quise encender la televisión pero no quería que ninguna mala noticia me estropeara el almuerzo. Después de comer limpié la cocina, de ahí pasé al baño y finalmente acabé sudando y abanicándome con la mano. Pero tenía que estar en movimiento para no pasar las horas muertas pensando en Travis.

Recorrí el salón con la mirada y vi algunas pelusas bajo el sillón. Lo limpié todo, limpié incluso mi armario llenando una bolsa de basura con ropa vieja que no usaba y que quería donar. Luego cambié las sábanas y finalmente limpié las ventanas.

Cuando acabé necesitaba otra ducha… pero no me la di porque caí rendida en el sofá con la luz encendida y el portátil abierto donde había estado mirando las noticias en las que salía yo y en las que salía Lucrecia Strauss, para ponerme al día.

Vi que la gente me admiraba por mi valor y que quería crucificar a Lucrecia, a la que le habían puesto protección policial. Me imaginaba su cara a cada minuto dándose cuenta de que no existía ninguna Lorelai Landry y que la había engañado como había querido.

Como había dicho Edouard: mi plan había funcionado. Ahora solo quedaba esperar a que juzgaran a Lucrecia por maltrato infantil y se retirara contra mí la denuncia de daños y prejuicios morales.

Me dejé dormir pensando en eso y me sobresalté al escuchar el despertador en mi habitación. Me levanté del sofá con los ojos medio abiertos y lo apagué. No tenía ganas de vestirme e ir a trabajar donde todo el mundo tendría que decirme respecto a las grabaciones, ni tampoco tenía ganas de ocuparme de los problemas de los demás. Bastante tenía con los míos propios.

Pero el día anterior no había podido ir porque estaba llevando a Travis a casa de mis padres, así que me vestí y desayuné un vaso de leche. Fui caminando y llegué en media hora. Antes de subir a mi despacho, pasé por el de Arleth Oralia.

—¿Qué haces tú aquí?
—Ayer no vine y, además, en casa solo me deprimiría.
—¿Quieres trabajar?
—Sí, mándame a los niños problemáticos de los que me hablaste y a los anteriores también, para ver cómo han evolucionado.
—De acuerdo, como prefieras… oye y, si te encuentras sin fuerzas me avisas.
—Tranquila, podré hacerlo —dije saliendo de su despacho.

Me dirigí al mío cabizbaja y arrastrando los pies. Cuando me senté en la silla de cuero marrón, parecida a la de Arleth Oralia, cerré los ojos y me relajé antes de sacar mi cuaderno de notas, mi bolígrafo azul y mis gafas de cerca que pocas veces me ponía.

Ya preparada para trabajar, abrí las ventanas y aireé el despacho que olía a humedad. Recorrí con la vista los tejados de las casas que se veían desde la ventana que había abierto y escuché que tocaban a la puerta. Grité un adelante y pasó el primero de cinco niños que me tocó atender esa mañana.

Con tres de ellos iba a necesitar por lo menos cuatro o cinco semanas. Eran conflictivos hasta el punto de insultar a sus profesoras. Los otros dos eran menos conflictos y más receptivos. Me costó menos ayudarles.

Al mediodía, cuando los niños almorzaban en el comedor del colegio, se pasaron varias profesoras a felicitarme por las grabaciones, justo lo que no quería que pasara. En ese momento deseé haberme quedado en casa, pero luego, alguien interrumpió la conversación o, más bien, el monólogo de mis compañeras, y ese era Edouard. Algunas miraditas cómplices entre ellas, otras para mí y sonrisitas que intentaban ser discretas y que acabaron siendo todo lo contrario. Sí, era cierto, Edouard era guapísimo y yo lo sabía bastante bien, pero no quería que se notara.

—Fui a verte a tu casa, pero no estabas, esta fue mi segunda opción.
—Siento mucho haberte hecho ir hasta mi casa —me disculpé mientras él se sentaba—. Para que esto no vuelva a pasar, apunta mi número de teléfono.

Apuntó los números en su móvil mientras yo iba dictando y me fijé en que le caía un mechón de pelo en los ojos. Era guapo a rabiar.

—¿Qué sabes de Travis? —pregunté inocentemente, pero lo cierto era que su mirada se clavó en la mía y parecía muy serio— ¿qué pasa?
—Ayer, después de dejarte en tu casa, viajé hasta Angers.
—¿Hasta allí?, ¿para qué? —pregunté por curiosidad.
—Ahí vive Travis.
—¿En Angers? Me imaginaba a los multimillonarios Beaufort viviendo en París, Cannes… o cualquier lugar de esos.
—Ya bueno, y casas allí tienen, créeme de las mejores de todo París y de todo Cannes, incluso de todo Dijon o de todo Bordeaux.
—¿Entonces qué hacen en Angers?
—Es la única casa cerca de Nantes que tienen y preferían estar cerca.
—¿Para qué?
—Pues por si tenían que declarar, ir a juicio o cualquier cosa de esas. En coche se tarda más o menos lo mismo que para ir a Rennes. Y la casa por fuera no parece gran cosa, pero por dentro es todo lujo.
—¡Vaya! —resoplé—. ¿Y cómo está Travis?
—Bien, lo noté tranquilo y se alegró de verme allí —sonreí—. Pero no he venido solo a decirte que había estado con él.
—¿Ah no? —me sorprendí—. ¿Hay novedades respecto a Lucrecia o al comisario?
—No, no —sonrió—. Verás, ayer me enteré de que Arles y Romane, los padres de Travis, iban a salir a una cena con unos amigos que tienen en Angers y aprovechar para hacer vida social.
—Claro… y aprovechar que todos hablan de ellos por ser los padres del niño que faltaba del reformatorio más polémico de Nantes.
—De Nantes no, de toda Francia. La noticia ya es internacional. Pero tampoco es eso lo que he venido a decirte.
—Pues habla ya… me estás impacientando.
—Tengo el número de teléfono de la casa de Travis.

De corazón - Capítulo VIII

7/10/12


Capítulo VIII


—¿Tú? —pregunté incrédula a mi abogado— ¿el tío de las pizzas?
—Soy el licenciado Edouard Gabriel Monnet. Sí, el tío de las pizzas —contestó él mirándome a los ojos y con un tono de voz apacible, no alterado como el mío.
—¿Qué hace un abogado vendiendo pizzas?
—Necesito dinero… y solo los delincuentes sin dinero piden a un abogado de oficio y, aquí no hay muchos delincuentes. En cambio, todos necesitan comer, ¿no? Incluso los delincuentes.
—No soy una delincuente, se supone que eres mi abogado no mi juez.
—Entonces cuéntame todo sin omitir detalle —dijo sentándose a mi lado.
—Lo primero: no tengo novio —me miró a los ojos y vi un amago de sonrisa que se apresuró en disimular— Pero las pizzas que me vendiste no eran para mí sola… eran para alguien más.
—¿Qué tiene eso que ver? —reí.
—Todo, tiene que ver en todo. La otra pizza era para Travis Beaufort.
—¿De qué me suena ese nombre? —se preguntó consultando su pequeña libreta de anotaciones.
—Es el niño que falta de los que se escapó del reformatorio.
—¡Claro! De eso me sonaba —entonces reaccionó—. ¿Qué tienes en tu casa al niño al que busca toda la policía de Sautron?
—No, ya no está en mi casa. No puedo decirte nada hasta que no te calmes —respiró hondo—. Travis y yo nos conocimos hace unos días, él me confesó que se había escapado con sus amigos y yo estuve a punto de denunciarlo, pero…
—¿Pero preferiste llevártelo a casa?
—¡Déjame hablar! —grité—. ¡Y deja de juzgarme de una vez!
—Perdona, es que sigo sin creer lo que estoy oyendo…
—Pues créetelo —dije acercándome a su cara y fijando mis ojos en los de él con firmeza. Tenía los ojos color miel con un círculo verde rodeando la pupila—. No tuve fuerzas para traicionarle y preferí llevarle a él y a sus amigos mantas y comida. Pero al día siguiente se me ocurrió un plan: grabar en vídeo a Lucrecia afirmando que pegaba los niños de vez en cuando. Esa misma tarde Travis, que sabía donde vivía porque él y sus amigos me habían seguido discretamente hasta mi casa en busca del desayuno, tocó en mi puerta. No podía hacer otra cosa, tenía que dejarle pasar.
—De acuerdo, ¿y la grabación?
—Espera, eso después. Mientras yo llamaba a la pizzería para darle algo de comer a Travis, él veía la televisión donde se enteró de que sus amigos habían sido descubiertos.
—Y luego llegué yo…
—¡Exacto!
—¿Por qué dijiste que Travis era tu novio?
—Me puse nerviosa y fue lo primero que se me ocurrió —afirmé sin darme cuenta de cuál podría ser la siguiente pregunta.
—¿Nerviosa por qué?
—Eh… bueno, yo… tenía a un niño al que buscaba la policía en casa y, claro…
—Entiendo, tranquila —lo noté más relajado y me fijé en su pelo castaño cayendo por su frente— ¿te encuentras bien? —me di cuenta de que estaba mirándole fijamente el pelo con la boca abierta.
—Sí, sí, claro —dije volviendo en mí.
—Eres un poco rara, ¿sabes?
—Las raras somos más interesantes… —no me podía creer que estuviera flirteando. Hace un rato parecía tonta mirando su pelo y ahora parecía una experta en el arte del flirteo.
—Claro, porque las personas normales no esconden en sus casas a niños a los que busca la policía, graba vídeos de otras personas y miente hasta al repartidor de pizzas.
—Siento haberte mentido, Edouard Gabriel—le gustó que recordara su nombre—. ¿Puedo confiar en ti?
—Ahora soy tu abogado.
—Hablo como amigos…
—No lo sé, Julissa —dijo llamándome solo por mi segundo nombre y me resultó raro.
—Llámame June Julissa o June, me resulta raro que me llamen solo por mi segundo nombre. Y no te preocupes, no pasa nada —forcé una sonrisa.
—Lo cierto, June, es que me caes muy bien —prefirió mi primer nombre como Travis y… un momento le caigo bien—. Pero cuando trabajo intento mantener las distancias con mis clientes.
—Una pena —me puse roja como un tomate—. Bueno, eh… hay algo más que debes saber.
—¿Qué cosa?
—Las grabaciones que tiene Molineaux no son las únicas: hice copias.
—¡Alguien inteligente! —dijo mirando al techo y me sentí halagada—. Todos mis clientes le entregan las pruebas más valiosas a la gente equivocada que luego les traiciona y yo debo ir detrás intentando reunirlas de nuevo.
—Gracias. Las copias las tiene la directora del colegio de Sainte-Marthe donde trabajo —dije muy bajito para no delatarla— le pedí que las subiera a Internet y las vendiera a los medios de comunicación.
—Bien hecho, ¿es de fiar?
—Bastante, me prestó su coche para llevar a Travis a… —no quise delatar el paradero de Travis— a otro lugar.
—De acuerdo, le haré una visita, ¿su nombre?
—Arleth Oralia Leveque.

Antes de que llegara mi abogado, el guapo chico de las pizzas, había logrado dormir un poco. Pero cuando uno de los policías me despertó para anunciarme que tenía visita, me puse en pie rápidamente y comenzó a dolerme la cabeza.

Todavía dolía como si dentro tuviera un martillo que golpeaba mi cabeza constantemente. Pedí algo de comida, al fin y al cabo yo no era una presa ni tenía condena alguna, solo me tenían aquí por precaución. Así que me tuvieron que dar agua y me compraron un bocadillo vegetal.

Lo devoré todo en minutos bebiendo mucha agua detrás para bajar bien el pan seco del bocadillo. Luego me recosté y volví a conciliar el sueño. Pasaron las horas y se hizo de noche y yo todavía durmiendo. Cuando me despertaba algún ruido olvidaba que lo había escuchado, no abría los ojos y en seguida volvía a dormir. Pero un nuevo ruido me despertó y esta vez tuve que abrir los ojos.

Tenía el pelo revuelto, el cuerpo entumecido y frío y los ojos hinchados, pero no lo supe porque me viera ante ningún espejo, sino porque me lo dijo el mismo Edouard Gabriel o como él prefería que le llamase, por lo menos dentro de la cárcel, licenciado Monnet.

—Has logrado tu objetivo: los vídeos están en Internet.
—¿Y cómo ha reaccionado la gente?
—Piden tu libertad y la perpetua para Lucrecia Strauss.
—¿Mi amiga se ha visto involucrada?
—No, yo mismo le aconsejé que subiera los vídeos desde un ordenador del colegio, no desde el suyo privado. Y nadie puede saber que fue ella.
—Bien, lo último que querría es involucrar a alguien más.
—Eres una buena persona, June —su confesión me sonrojó—. Todo lo que has hecho, lo has hecho de corazón.
—Igual que todo lo demás, siempre actúo con el corazón, muy pocas veces pienso en las consecuencias de mis actos y me dejo llevar por la razón… y así me va: estoy en la cárcel.
—Por poco tiempo ya lo verás —me sonrió y me contagió la sonrisa.
—Me gusta tu optimismo, licenciado Monnet. Pero, ¿por qué traes esa cara tan larga si todo ha salido bien?
—Porque tengo que pedirte que me digas donde está Travis —mi cara reflejó el pánico.
—Ni hablar, él está bien cuidado, no le falta de nada y así seguirá siendo.
—June, ese niño significa mucho para ti, ¿no?
—Sí, mucho. No quiero perderle, no quiero alejarlo de mí.
—Si no me dices donde está para poder ir a buscarlo y entregárselo a sus padres… te podrán condenar por secuestro. Estás a tiempo de cambiar eso. Incluso podríamos mentir, ¿quiénes saben que tú tienes al niño?
—Tú, Arleth Oralia y mis padres.
—¿Está con ellos?
—Sí, está con ellos —respondí con resignación.
—Si Travis mintiera sobre dónde estuvo podríamos exculparte de esto y no involucrarte.
—Sus padres también le pegan, ¿sabes? Por eso él quiere estar conmigo y yo también quiero estar con él.
—Hablas como una madre.
—Lo quiero como una madre.
—Entonces ayúdame… —sus ojos me inspiraron confianza. Me acerqué, cogí su pequeña libreta y apunté la dirección de mis padres.
—Viven ahí, en coche tardarás hora y media. Dile que vas de mi parte y que lo echo de menos.
—Lo haré, tranquila.

Volví a acostarme, pero esta vez no para dormir, no tenía sueño. Estuve dándole vueltas a la conversación que había tenido con el comisario, él me decía que Lucrecia no estaba hundida, que la hundida era yo, pero ¿qué pensará ahora que las grabaciones están por todo Internet? Necesito que ese hombre se ponga de mi lado, es mi única salida… pero su orgullo seguro que se lo impedía. Eso o él era peor que Lucrecia y aprobaba lo que ella hacía.

Pedí ir al baño y me escoltaron hasta él. Apestaba, pero necesitaba asearme. Me lavé la cara y me peiné un poco el pelo con los dedos. Luego entré a uno de los cubículos del baño y oí un golpe, unas palabras, unos insultos y unas palabrotas bastante fuertes. Cuando me estaba subiendo los pantalones, el hombre al que había oído vociferar aquellas palabras entró dentro del baño y me vio salir del cubículo.

—A usted la estaba buscando —era el comisario Molineaux.
—¿A mí para qué? —pregunté acercándome al lavabo.
—No se haga la tonta, señorita. Sé que hace rato vino su abogado a verla y antes de irse, el muy… —comenzó a insultar a Edouard Gabriel— pasó por mi despacho y me contó lo de los vídeos.
—Yo se lo avisé, no es mi culpa si usted prefiere estar de lado de una psicópata que es capaz de maltratar a niños indefensos.
—¡No me hable así!
—¡Pues abra los ojos! —respondí con otro grito y me sorprendí a mí misma. Nunca había sentido tanta rabia y no era capaz de controlarla—. A no ser que sea usted igual de psicópata que su… amiga.
—¿Cómo se atreve? —levantó la mano para pegarme y yo me reí.
—Lo sabía. Un buen policía no utilizaría la violencia de no ser necesaria y un buen caballero no lo haría con una mujer. Pero usted no es ninguna de las dos cosas… —bajó la mano y se calmó.
—Esto no se va a quedar así —me amenazó.
—Eso no lo dude —respondí segura de mí misma, con la frente bien alta.

De corazón - Capítulo VII

3/10/12


Capítulo VII


—¿Qué coño has hecho, Landry? —escuché al abrir la puerta.
—¡Arleth Oralia!
—La policía no tardará en venir aquí, ¿y este niño? —preguntó mirando a Travis.
—Esto es más grave de lo que dicen las noticias. Lucrecia Strauss no es ninguna santa, ella maltrata a los niños y por eso se escaparon del reformatorio. Conocí a Travis —le señalé para que supiera su nombre— y le prometí que le ayudaría a denunciar a Lucrecia. Y anoche fui a reunir las pruebas que necesitaba y a denunciarla, pero el comisario es íntimo amigo de Lucrecia y me sacó a patadas de allí.
—Muchos niños del colegio estuvieron en el reformatorio y lo cierto es que siempre dudé de los métodos de esa mujer… pero nunca nadie se había atrevido a jugársela por probarlo.
—Pues yo sí.
—Y mira en lo que te has metido…
—Arleth Oralia, tienes que hacerme un favor —dije corriendo al mueble del salón y sacando mi caja fuerte—. Guarda esto como oro en paño: son las copias de las grabaciones que le entregué al comisario.
—¿Qué quieres que haga con esto?
—Súbelo a Internet, dale copias a los medios de comunicación y haz que todo el mundo lo vea. Pero no confíes en la policía.
—Está bien, ahora toma esto —metió su mano en el bolso— son las llaves de mi coche.
—¡Gracias! No tenía manera de irme de aquí sin ser vista.
—Huye a donde sea y no llames a nadie. Mejor, tira tu móvil a la basura o déjalo aquí.
—Está bien —cogí las llaves que Arleth Oralia sostenía todavía en sus manos. Corrí hacia la maleta y tiré de ella. Luego tomé a Travis de la mano y salí corriendo de casa.

Salí de casa y corrí hacia el coche, supe que cuál era porque Arleth Oralia me lo señaló. Ella también se fue de mi casa cerrando la puerta y caminando hacia la parada de taxis.

Conduje hasta Nantes y pasé por varias calles para incorporarme a la autopista. La casa de mis padres en Rennes estaba al norte, por tanto, a mi izquierda tenía los coches que iban al sur y a mi derecha solo había verde.

En eso se entretenía Travis, en mirar árboles, gritar cada vez que veía un caballo, una vaca o una mula. La carretera comenzó a mojarse y el parabrisas del coche a llenarse de gotitas cada vez más grandes. Subí las ventanillas y me sequé las gotas que me habían mojado la cara y el cuello. Llovía, pero lo hacía con fuerza. Y Travis comenzó a quejarse de sus rodillas y de hambre. Pero no podía parar.

El camino era largo, más de una hora en coche. Tenía gasolina de sobra, gracias a Dios porque no tenía dinero encima. Empecé a notar yo también el hambre y el cansancio. Esa noche la había pasado esperando a que fueran las tres para buscar las pruebas, luego las pasé al ordenador y fui a comisaría. Después de eso solo había dormido unas horas. Y comido, solo había probado lo que me había llevado de casa en el bolso.

En el camino comenzaron a verse algunas casas y me emocioné: estábamos entrando en Rennes. Entonces se me fue el hambre y el sueño y conduje con más rapidez.

Miré el reloj y me sorprendí al ver que había pasado una hora y cuarto desde que había salido de mi casa, quedaba menos. La lluvia había remitido y los rayos del sol empezaban a filtrarse entre las espesas y negras nubes. Y Travis despertó.

—¿Queda mucho? —preguntó bajito.
—No, estamos llegando, ¿te encuentras todavía mal?
—Sí… me duele mucho, June.
—Tranquilo, llegamos en pocos minutos. Conocerás a mis padres, comerás y podrás descansar.
—¿Puedo poner música?
—¡Claro! Vamos a ver qué encontramos por aquí —buscamos entre las cosas de Arleth Oralia y vi un CD titulado ‘Canciones de verano’
—Estas canciones son feísimas… —dijo Travis sonriendo y con el tono de voz más alegre.
—La verdad que sí… estas canciones son de cuando yo tenía tu edad, por lo menos —y nos echamos a reír.

Arleth Oralia tendría por lo menos cincuenta años, aunque ella se empeñe en que la llamen señorita, en realidad está bastante lejos de serlo. Por eso las canciones a mí me traían tan buenos recuerdos y a Travis le aburrían tanto. Aunque su favorita era una de ABBA.

Unas cinco canciones más tarde, llegamos.

—¡Mamá! —grité golpeando la puerta.
—Mi niña… —oí detrás de la puerta seguido del ruido de llaves y un candado. Mi madre siempre tan paranoica.
—Hola —dije cuando por fin abrió la puerta.
—Cariño, he visto las noticias, pasa —se apartó de la puerta y entré seguida de Travis.
—Mamá, él es Travis.
—¿Y de qué lo conoces? —preguntó mi madre examinándolo.
—Se escapó del reformatorio de esa mujer que me denunció. Lo ayudé y ahora vive conmigo.
—Pero… no entiendo nada.
—Y yo no tengo tiempo para explicártelo con detalles, mamá. Tengo que volver a Nantes.
—¿Te vas? —preguntó Travis con cara de asombro y disgusto.
—Cielo, lo siento… tengo que irme —dije acariciando su cara.
—Me prometiste, es más, me juraste que te ibas a quedar a mi lado y que nos ibas a ayudar…
—Pero para ayudarte tengo que dejarte aquí, ¿entiendes?
—No, no entiendo… —y corrió a la primera habitación que vio abierta: mi antiguo dormitorio.
—Mamá —dije apartando la mirada de la puerta cerrada de mi dormitorio donde estaba Travis— tienes que cuidarlo por mí. Él me quiere como a una madre y yo lo quiero como un hijo —sonreí— Estaba muy emocionado y tenía muchas ganas de conocerte, para él eres su abuela… —a mí madre se le llenaron los ojos de lágrimas—. Dile a papá que le quiero y que no intente ayudarme desde aquí.
—Tranquila, cuidaré de ese niño, pero con tu padre no te prometo nada…
—Escuches lo que escuches y veas lo que veas en televisión… no te lo creas, ¿vale? Yo no he hecho nada malo, todo lo contrario, solo he intentado ayudar a ese niño y a sus amigos.
—Jamás pensaría nada malo de ti cariño, jamás.
—Gracias. ¿Me prestas dinero para la gasolina? —apenas quedaba después del viaje de hora y media.
—Claro —y fue a la cocina donde ella guarda una cajita con algo de dinero. Yo me acerqué a la puerta de mi habitación.
—Travis, sé que estás ahí escuchándome. No me odies por esto, disfruta del cariño de mis padres… tus abuelos y espera pacientemente a que venga a buscarte. Todo lo que hago es por tu bien, aunque a veces ni yo misma sepa lo que hago, pero es por tu bien más que por el mío.
—Aquí tienes cariño, cincuenta euros… —dijo mi madre saliendo la cocina.
—Gracias mamá, es más de lo que necesito —y le di un beso y un abrazo antes de darme media vuelta y abrir la puerta de la calle.
—¡Espera! —gritó Travis saliendo de mi habitación— ¿me das un abrazo? —me acerqué, me puse a su altura y estuve un buen rato abrazando a aquel pequeño que me había devuelto la ilusión y las ganas de vivir.
—Te prometo que volveré —le dije muy bajito.
—Y yo te prometo que te esperaré —me respondió.

Salí de mi antigua casa con algunas lágrimas luchando por no salir. Guardé el dinero en un bolsillo del pantalón y reposté en una gasolinera cercana.

Después de llenar el depósito conduje por el mismo camino en sentido contrario, solo que esta vez no tenía prisa por llegar y tardé algo más. Aparqué el coche frente al colegio, para que la policía no sospechara de Arleth Oralia si me veía llegar en su coche. Le dejé las llaves a la secretaria y tomé un taxi a casa con los pocos euros que me sobraban.

Nada más llegar vi los coches de policía aparcados enfrente y a varios agentes hablando con mis vecinos. Me bajé del taxi dejándole las pocas monedas que tenía.

—¡Ey, señorita, aquí falta dinero! —vociferó el taxista.
—Pues apúntelo a mi lista de delitos —dije casi sin pensarlo saliendo del taxi en dirección a los policías.

En seguida corrieron hacia mí. Uno de ellos me leyó mis derechos mientras me esposaba y me metieron en un coche mientras seguían hablando. No dije nada, no contesté nada, no me defendí de nada, simplemente me dejé manejar como un títere.

En comisaría me metieron en una celda con un colchón fino al que me tiré nada más verlo. Me dejé dormir notando como mi cuerpo se relajaba y mi mente se olvidaba por unos segundos de mis preocupaciones: nada de pensar en Lucrecia, en los niños, en el comisario Molineaux que sin duda me haría una visita, en mi madre o en Travis. No, en Travis sí, quería pensar en él y recordé la primera vez que me abrazó.

También recordé otras primeras veces como la primera vez que le dije que le quería como un hijo. Recordé mi timidez y sus lágrimas de emoción, mis palabras y su reacción. Me emocioné también cuando en mi cabeza apareció una frase de Travis seguida de mis lágrimas: Yo pienso que las lágrimas no son signo de debilidad, sino que significan que la persona que llora ha sido fuerte por mucho tiempo.

Dejando que las lágrimas que meses atrás hubiese calificado de debilidad recorrieran mi cara, empecé a tramar una coartada para el espacio de tiempo que estuve en Rennes dejando a Travis con mi madre.

Para ello necesitaba tener la mente fría y las lágrimas fueron desapareciendo poco a poco. Y antes de tener tiempo de pensar en algo, llegó el comisario.

—Mire que lo avisé… —fue su saludo.
—Y lo le hice caso yéndome de este sitio, pero usted no dejó el tema, ¿verdad?, ¿qué paso?, ¿ella le sobornó? —su cara se volvió de ira. Además, estábamos frente a otros policías.
—Yo jamás me dejaría sobornar, soy un comisario ejemplar —los policías de aquella comisaría, incluido el chico que me atendió esa madrugada cuando llegué con la cinta, se miraron los unos a los otros.
—Piénselo, comisario Molineaux. Es imposible que usted siendo un buen comisario no haya visto las grabaciones y haya permitido que yo, y no su amiga, acabe en la cárcel. Además, ¿se cree que nadie de su comisaría va a sentir curiosidad por ver lo que hay ahí?, ¿ni ningún periodista?, ¿se cree también que esa era la única grabación?
—¿Qué insinúa?
—Insinúo que tendrá problemas si no deja de serle fiel a Lucrecia Strauss. Ella ya está hundida, solo que todavía no lo sabe. No se hunda usted, rectifique, sáqueme de aquí, cuente lo que pasó y salve su carrera.
—Yo a Lucrecia no la veo hundida sino renovada con toda esta campaña de publicidad gratuita que usted le ha creado; en cambio, delante de mí la tengo a usted presa.
—¿De qué se me acusa si se puede saber?
—De perjuicios morales a Lucrecia Strauss.
—Qué irónico, ¿no? Ahora la que hace daño soy yo… Quiero un abogado.

De corazón - Capítulo VI

29/9/12


Capítulo VI


Era la hora de ir a buscar la cinta. El reloj acababa de marcar las dos de la madrugada, todavía quedaba una hora, pero el reformatorio estaba lejos. Caminé y tomé un taxi que me cobró más caro por el horario, llegué a una calle cercana pero alejada del reformatorio. Si algo salía mal, ni el taxista ni nadie podrían relacionarme.

Había pasado media hora cuando llegué. Esperé otra media hora y el sonido de las campanas de la catedral me hizo entrar en acción. Corrí todo lo que pude a pesar de mis botas de tacón y esperé debajo de las ventanas de las habitaciones de los niños. Desde ahí vi a Rob asomarse y al verme no se arriesgó a bajar escalando la fachada y me tiró una almohada.

Me acerqué a ella y vi que tenía una nota escrita en papel atada a la tela con un imperdible. En la nota ponía ‘dentro del relleno’ y supe que ahí estaba la cinta. Apreté el relleno y sentí la cinta entre mis dedos. Miré hacia arriba y le indiqué a Rob que todo había salido bien levantando mi pulgar.

Me apresuré en volver a la parada de taxis y cogí otro. Igual de caro. Me bajé en casa a las tres y media de la mañana y entré corriendo en busca de mi ordenador.

Estaba lleno de juegos abiertos que Travis había usado esa tarde, los cerré todos y metí la pequeña cinta que en realidad era un CD de tamaño pequeño. Le di a reproducir y tuve que bajar el volumen. Las lágrimas comenzaron a asomarse por mis ojos y, antes de dejarlas caer, le di a guardar copia. Hice dos copias de cada vídeo: el mío y el de Rob. Grabé las copias en otros dos CDs y guardé éstos en una pequeña caja fuerte que solía usar para guardar el dinero.

El vídeo original lo metí en mi bolso y lo dejé sobre la mesa para ir al baño. Al salir me vi a Travis.

—¿Cómo ha salido todo?
—Tal y como esperábamos.
—¿Y Rob?
—No he podido verle de cerca, me tiró la cinta dentro de una almohada desde su habitación.
—¿En la cinta la mujer mala le hace mucho daño?
—No… bueno, sí. Le hace bastante daño, pero Rob estará bien en unos días. Y libre.
—¿Cuándo vas a denunciar esto?
—Ahora mismo.
—¡Te acompaño!
—No, no pueden saber que estás conmigo, ¿vale? Primero tienen que ganarse mi confianza viendo los vídeos y luego puedo decirles que estás conmigo.
—Vale, entonces vete ya.
—¿Por qué tienes tanta prisa?
—Porque quiero que mis padres sepan que quiero estar contigo para que me dejen quedarme y no tengas problemas con nadie. Para que podamos salir juntos a comer y no pedir pizzas a casa, para que podamos salir juntos a comprar ropa y para poder escuchar la tele sin usar auriculares…
—Travis —le abracé— eso ya es el pasado. A partir de este momento, nuestra vida dará un cambio tan radical que parecerá que de esta noche a mañana por la tarde hayan pasado siglos.
—¿Cuánto es un siglo?
—Cien años. En cien años pasan muchas cosas, cosas que nosotros viviremos en menos tiempo desde que ponga un pie en comisaría.
—Pues yo ya quiero vivirlas.
—Muy bien, pequeño. Ahora vete a dormir que cuando volvamos a vernos necesitarás haber descansado.
—Hasta luego, June.
—Hasta luego, Travis.

Me despedí de él con un beso en su frente y me entristecí al pensar que quizá fuese el último.

Caminé a paso lento hacia comisaría. Quería destruir a Lucrecia Strauss y liberar a esos niños, pero no quería alejarme de Travis. Eso jamás.

Tardé veinte minutos más de lo que hubiera tardado si hubiese caminado a paso normal. Llegué a comisaría a las cuatro y cuarto de la madrugada. Subí las escaleras y vi a un policía de guardia tomando un café.

—Vengo a poner una denuncia —dije a modo de saludo.
—Puede esperar a las seis, todavía no ha llegado el comisario.
—Se trata de los niños desaparecidos del reformatorio de Lucrecia Strauss.
—A esos niños los devolvimos ya al reformatorio.
—Sé bien que no a todos, falta uno. Vengo a denunciar acerca de los malos tratos que reciben los niños por parte de Lucrecia y tengo pruebas irrefutables de ello.
—¿Qué pruebas?
—Llame al comisario y lo sabrá. No puedo esperar hasta las seis.

El agente se dio media vuelta, confuso. No sabía si llamar o no, pero ante la firmeza de mis palabras y el dato de que faltaba un niño, se decidió. Estuvo hablando unos minutos hasta que colgó y me miró, yo noté la mirada del agente en mí, pero me hice la tonta mirando recortes de periódico enmarcados en la pared donde aparecía el comisario.

—Llegará en unos minutos, tome asiento y espere.
—Gracias —dije. Y me senté a esperar. En concreto, veinte minutos.
—Soy el comisario Molineaux, ¿cuáles son esas pruebas que me han hecho salir de la cama antes de tiempo?
—Disculpe por haberle despertado, comisario Molineaux. Las pruebas son unas grabaciones de Lucrecia Strauss: en una de ellas confiesa que maltrata a los niños que cuida y, en la otra, se comprueba dicha confesión con unas imágenes de Lucrecia dándole una brutal paliza a un menor de su reformatorio —dije entregando los vídeos.
—¿Se puede saber cómo diablos ha conseguido usted esto? —me preguntó el comisario algo molesto—. Conozco personalmente a Lucrecia, es mi amiga desde hace años y jamás haría algo así.
—Le ruego que ponga las imágenes, comisario.
—No pienso poner nada, salga inmediatamente de esta comisaría y no vuelva a pisarla nunca más si no quiere acabar presa, ¿entendido? —su tono de voz se elevó y me levanté de la silla donde llevaba cerca de media hora sentada.
—Entendido, comisario. Espero que su orgullo no sea superior a su deber y acabe por ver esas imágenes. Se le caerá la venda de los ojos, se lo aseguro. Y cuando se haya dado cuenta de que su amiga no es quién piensa que es, no dude en ir a buscarme, le estaré esperando.
—¡Fuera! —fue su despedida. Y salí.

Al cruzar la esquina no pude evitar reprimir un grito de rabia. Rabia porque por culpa de otro amigo de Lucrecia me estaba dando de narices contra un muro. Ese muro era el comisario y mi futuro, el de los niños y el de Travis estaba en sus manos.

Caminé hasta casa y me dejé caer en el sofá. Había avisado a Arleth Oralia de que era probable que llegara a trabajar tarde porque tenía cita con el médico. El dermatólogo, concretamente, y ella, encantada y feliz como estaba conmigo, aceptó.

Logré dormir un poco y cuando abrí los ojos Travis estaba con los auriculares puestos escuchando la televisión muy cerca de mí.

—¿Qué haces despierto?
—Ya son las diez de la mañana, June.
—¿Qué? —era demasiado tarde, tenía que ir a comisaría de nuevo a intentarlo por segunda vez.
—June, ¿por qué sale tu cara en la tele?

Me puse inmediatamente en pie. ¿Mi cara en la televisión?, ¿cómo era eso posible? Me acerqué a la televisión, le quité los auriculares y cogí el mando que reposaba sobre la mesita del comedor. Subí el volumen y Travis se quedó a mi lado, asustado.

Mientras, en la televisión, la periodista de turno hablaba sobre mí frente al reformatorio de Lucrecia Strauss. Entonces relacioné las dos cosas: comisario Molineaux, más Lucrecia Strauss, más grabaciones de por medio donde se oía mi voz en una de ellas, igual a: me he delatado a mí misma.

—¡Soy idiota! —grité asustando a Travis—. Tenía que haber utilizado un nombre falso con Lucrecia y enviar las grabaciones de manera anónima. Tenía que haberme cubierto las espaldas…
—Tú no podías saber que iba a pasar esto, June… —Travis estaba a punto de llorar al verme tan alterada.
—Travis, cariño, mírame —le levanté la barbilla e hice que me mirara a los ojos—. Ya saben mi nombre, lo próximo es que se aparezcan por aquí… tenemos que buscarte un escondite, ¿vale?
—Pero yo no quiero irme de aquí… —terminó rompiendo en sollozos.
—No hagas esto más difícil. Vamos a casa de mis padres, ellos te cuidarán —le dije limpiándole las lágrimas—. Mis padres se llaman Marianne y François, son algo mayores, pero muy cariñosos.
—¡Serán como mis abuelos! —dijo con un brillo en los ojos. Y yo me quedé boquiabierta.

En seguida reaccioné, sonreí y fui corriendo a mi habitación. Cogí mi maleta de viaje y la abrí sobre la cama. Comencé a llenarla con la ropa nueva de Travis, sus zapatos, y unos folios con dibujos que él había pintado. Cerré la maleta y la puse en el suelo para cambiarme de ropa y ponerme algo más cómodo.

Elegí un chándal de deporte, unas zapatillas y una coleta alta para apartarme el pelo de la cara. Salí de allí dejando mi vestido negro y gris que llevaba puesto desde hacía más de veinticuatro horas tirado sobre la cama; mis botas de tacón negras esparcidas por el suelo junto con otras cosas que se habían caído y no me había molestado en coger.

Eché un vistazo a lo que dejaba atrás y no vi más que desorden e incertidumbre. ¿Cómo iría yo a Rennes desde Nantes sin coche?

Entonces ocurrió lo que tanto temía. Sonó el timbre de mi puerta y me imaginé lo peor. Me imaginé a mí misma saliendo esposada, a Travis dentro de un coche de patrulla camino del reformatorio a reunirse con sus padres que volverían a abandonarle, con sus amigos a los que no había podido salvar, a mis vecinos criticándome desde sus ventanas y a los policías metiéndome en otro coche camino de comisaría para detenerme por haber tenido secuestrado a Travis.

De corazón - Capítulo V

25/9/12


Capítulo V


Entré en aquel edificio austero y oscuro que escondía secretos horribles. Entre esas paredes, muchos niños como Travis, sufrían diariamente la frustración de Lucrecia, por ser incapaz de controlarlos, en forma de golpes.

Llevaba conmigo mi cámara de vídeo que no había encendido todavía, ni tenía intención de hacerlo. Por lo menos yo no.

Buenas tardes me saludó la ayudante¿es usted la señorita Landy?
Landry, mi apellido es Landry.
Vaya, disculpe, si quiere hablar de nuevo con Lucrecia, ella está ocupada.
No, esta vez me sirves tú misma, ¿te apetece enseñarme el reformatorio? la ayudante frunció el ceño, confundida ante la pregunta.
¿De verdad no prefiere esperar a Lucrecia?
¿Por qué?, ¿acaso usted no trabaja aquí y conoce las instalaciones igual de bien que ella?
Bueno… visto así hizo un amago de sonrisa—.Vamos, le enseñaré lo que quiera ver.
—En un principio iba a venir con mi hija Lorelai a ver el reformatorio, pero ella ha tenido miedo de venir porque dice que no conocería a nadie y, claro, me he dado cuenta de que yo tampoco. Salvo a usted y a Lucrecia Strauss. ¿Podría enseñarme las instalaciones, presentarme al resto del personal y a algunos niños y niñas que viven aquí?
—¿Quiere conocer a los niños y a las niñas de este reformatorio?
—No, me basta con que sean algunos… alguna niña, algún niño… para saber si mi Lorelai estará a gusto aquí —la ayudante seguía sin estar convencida—. Bueno, si usted no quiere comprometerse, puede llamar a Lucrecia, pero no queremos molestarla, ¿no?
—¡Claro que no! Le presentaré a una niña muy noble, seguro que será una buena amiga de su hija.
—¿Cómo se llama?
­—Laura Girard. —¡Laura! La novia de Rob, pensé. Pero sería mucha casualidad que fuese la misma Laura, es un nombre muy común.
—¿Estas son las habitaciones? —pregunté señalándolas.
—Sí, aquí duermen los niños. Las niñas duermen en otras habitaciones separadas, por aquí —y me guió a la derecha del edificio—. Esta es la habitación de Laura Girard.
—¿Puedo pasar?
—Es preferible, a estas horas las niñas no deberían estar fuera de sus habitaciones.
—¿Por qué?
—Porque es la hora de la cena de los niños y no tienen permitido mezclarse.
—¿Niños y niñas no se comunican?
—Muy pocas veces pueden hacerlo —dijo la ayudante tocando la puerta de Laura.
—¿Si? —preguntó una voz de niña al otro lado.
—Soy Catherine, abre —ordenó la ayudante que ahora ya tenía nombre. Escuché ruidos y por fin Laura abrió la puerta.
—¿Qué ocurre? —preguntó la niña en pijama.
—Esta mujer quiere hablar contigo —la niña me miró de arriba abajo y yo le piqué un ojo sin que Catherine me viera.
—¿Puedo pasar, Laura? —pregunté.
—¿Qué es usted?, ¿médico, psicóloga, profesora o…? —la interrumpí.
—Soy pedagoga —resopló— pero no vengo a ayudarte a estudiar, sino a saber más de este sitio, de ti y de tus amigos.
—¿Para qué?
—Puedes hacerle esas preguntas a la señorita Landry dentro de tu habitación, no me gusta que estemos aquí en la puerta —dijo Catherine. Y entramos las tres—. Espero que trates bien a esta mujer —dijo Catherine señalándome y amenazando a Laura— o tendrás tu merecido castigo, ¿entendido? Yo tengo que irme a atender la entrada.
—Entendido, señorita Catherine. No se preocupe —dijo Laura. Y Catherine se marchó dejándonos a solas a Laura y a mí.
—Laura, me llamo June Julissa y —hablé más bajito— conozco a Travis Beaufort.
—¿A Travis?
—Sí, tú eres la novia de Rob, ¿no?
—¿Cómo lo sabes?
—Me lo dijo Travis.
—No sé si es buena idea que hablemos… —Laura se echó atrás.
—Déjala hablar, Laura —dijo Rob saliendo de debajo de la cama de Laura.
—¡Rob!, ¿qué haces?
—La conozco —dijo él— es amiga de Travis.
—Chicos, no tenemos mucho tiempo antes de que llegue Lucrecia o Catherine, escuchadme: Travis me ha dicho que Lucrecia os pega y yo logré grabarla afirmando que, de vez en cuando, os daba alguna que otra nalgada, pero sé que hace mucho más que eso. Lo que necesito ahora es que tú —me dirigí a Rob— provoques a Lucrecia para que te pegue y lo grabes con esta cámara —la saqué del bolso y se la entregué— sé que lo que te pido es muy difícil y no tienes que hacerlo si no quieres… pero es la única manera de denunciar a Lucrecia con una prueba sólida.
—Lo haré —dijo él—. Por Travis, por mí, por Laura… por todos los que vivimos aquí.
—Gracias —sonreí.
—Ahora me tengo que ir, si vuelve Catherine no podré escapar —dijo él saltando por la ventana y desapareciendo. Mi rostro reflejó el asombro y la preocupación.
—Tranquila —me dijo Laura— sabe lo que hace. No se caerá.
—Eso espero, yo también me tengo que ir. Gracias por todo.
—¡Espera!, ¿cómo está Travis?
—Está en mi casa, alimentado y bien vestido. No le falta de nada.
—Gracias por cuidarle, era el más pequeño de los que escapó y me daba miedo de que le pasara algo… me recuerda a mi hermano pequeño. Cuando no lo vi regresar no pude evitar llorar y Rob siempre me animaba hablándome de ti y de que cuidarías a Travis, pero yo estaba tan asustada.
—Él está bien, le daré muchos besos de tu parte, ¿vale? —Laura sonrió.
—Vale.
—Dile a Rob que el miércoles cuando el reloj de la catedral marque las tres de la madrugada, estaré esperando a que salte como la otra vez y me entregue la cinta.
—El miércoles he oído que vendrán a poner verjas en todo el edificio, incluido ventanas, para que no pase como la otra vez y nadie pueda fugarse de aquí.
—Entonces mañana mismo a las tres de la madrugada estaré esperándole. Adiós, Laura.
—Adiós, tenga cuidado, por favor…
—Descuida, yo también sé lo que hago.

Salí de la habitación y me encontré de frente con Lucrecia Strauss que traía cara de pocos amigos, pero al verme sonrió y se acercó más rápido.

—¡Qué alegría volverla a ver, querida!, ¿y su hija?
—Ella no ha querido venir y he venido yo por ella a conocer las instalaciones y a los niños. He conocido a Laura Girard, muy buena niña.
—¿Qué le ha dicho?
—Que si interno aquí a Lorelai haré bien porque a las niñas las tratáis muy bien.
—Qué aduladora es esa niña cuando quiere, pero cuénteme, ¿cómo está usted?
—Yo estoy perfectamente, mejor cuénteme usted cómo se encuentra después de tener de regreso a los niños que se habían fugado.
—Eh… bueno, los niños están bien y eso me alegra.
—¿Pero no los va a reprender por semejante osadía?
—Bueno, ya lo hice. Están castigados sin salir de sus habitaciones —noté cómo se ponía tensa y vi que no tenía intenciones de contarme toda la verdad: ni los niños estaban completamente bien ni estaban todos. Yo tenía a Travis.
—¿Ah sí? Pues cuando venía hacia la habitación de Laura acompañada de su ayudante me percaté de que un niño moreno de ojos marrones y grandes nos observaba.
—¿Desde dónde?
—No sabría decirle, pero tendría unos diez u once años. No me gustaría que a mi Lorelai la fueran persiguiendo niños preadolescentes por los pasillos…
—Creo que sé quién puede ser, descuide que eso no pasará.
—Muy bien, pues marcho a casa. ¡Qué tenga buen día!
—Igualmente querida.

Recé para que mi plan funcionara: que Lucrecia sospechara de Rob y fuese a pedirle explicaciones, él la provocara un poco y ella le pegara. Lo suficiente como para denunciarla por maltrato infantil, pero ojalá no demasiado… pobre Rob.

Me alejé de allí y llegué en taxi a casa donde me esperaba Travis para cenar. Preparé unas tostadas y las untamos con mantequilla mientras le contaba lo que había pasado hoy en la habitación de Laura. Le di los besos que le prometí a ella que le daría y lo llené de besos de mantequilla.

Luego recogí toda la cocina, limpié un poco y me di una ducha de agua caliente. Cuando salí de la ducha Travis ya estaba dormido. Recordé que yo anoche no había dormido bien entre los nervios por el trabajo y las pesadillas de Travis. Me acosté y caí rendida.

Poco antes de que sonara el despertador tuve una pesadilla causada por los remordimientos. Sabía que lo que hacía Lucrecia estaba mal, pero ¿era yo igual que ella por incitar a Lucrecia a que le castigara y a Rob a que la provocara? Me sentía fatal y me levanté de la cama. Fui al baño, me aseé y me quedé un rato mirándome al espejo. Mis ojos marrones con grandes ojeras negras debajo, mi rostro ovalado con las marcas de las sábanas, la nariz roja del frío y los labios más blancos que rosados.

Salí de allí, no quería seguir viéndome. Abrí el frigorífico y me harté a comer de la fruta que había comprado ayer. Fui a la habitación a apagar el despertador y aproveché para coger un vestido gris y negro, unas botas de tacón también negras y los complementos que necesitaba. Volví al baño, esta vez sin darme tiempo a mirarme al espejo, y me vestí allí. Salí sin hacer ruido con los tacones y preparé el desayuno de Travis: yogur, tostadas con mermelada y fruta. Se lo dejé todo sobre la mesa y fui a mi cuarto a buscar el maquillaje para tapar las ojeras.

Irremediablemente tenía que mirarme al espejo. Lo hice y me vi mejor cara. Recordé que lo que le había pedido a Rob era por una buena causa, que esa sería su última paliza, que gracias a eso muchos niños tendrían otro destino mejor y que Travis… ¿qué sería del futuro de Travis? Terminé de maquillarme y me fui al sofá a pensar.

Él se levantó y fue a la cocina a buscarme, al no verme se asomó al salón y me vio recostada sobre el sofá.

—June… vas a llegar tarde a trabajar.
—No, todavía es temprano. Desayuna y vuelve a la cama.
—No tengo más sueño.
—Vale, pues desayuna.
—June, ¿estás bien?
—No, Travis —me incorporé y me cayó una lágrima— ¿tú estás a gusto conmigo?
—Sabes que sí, ¿qué pasa?, ¿ya no me quieres contigo?
—Claro que te quiero a mi lado —dije limpiándome las docenas de lágrimas que ahora corrían por mis mejillas—. Perdona, soy muy llorona, mi madre siempre decía que soy débil y que por eso lloro tanto.
—Pues mi abuelito decía que las lágrimas no son signo de debilidad, sino que significan que la persona que llora ha sido fuerte por mucho tiempo. Y tú has cargado con muchas cosas, June.
—¿Qué cosas?
—Vives sola, lejos de tus padres y no conseguías trabajo. Eso te tenía triste, tú lo dijiste, ¿no?
—Sí, tu abuelo tenía razón —paré de llorar.
—Además, desde que me conociste te comprometiste a ayudarme y has tenido que pasar mucho miedo delante de la mujer mala intentando que confesara algo muy feo para decírselo a la policía.
—No me equivoqué cuando dije que eras listo. Listo y de buen corazón.
—Tú sí que eres de buen corazón, te has preocupado mucho por mis amigos y por mí.
—Hay gente que como yo hace las cosas de corazón, no hay intereses por medio. Yo con vosotros he hecho eso, mi único interés es el de veros felices.
—Entonces, ¿por qué me preguntaste si estaba a gusto contigo?
—Porque necesito saber una cosa muy importante, Travis. Y solo tú tienes el poder de decidir sobre nuestro futuro.
—¿Yo?
—Sí, Travis, tú.
—¿En qué?
—Tienes que decidir entre vivir de nuevo con tus padres, quiénes, estoy segura, cambiarán su forma de tratarte al saber por lo que has tenido que pasar; y, entre este humilde piso, conmigo. No tienes que decir nada todavía, tienes hasta el miércoles para decidirte.
—No sé qué pasa el miércoles, June. Pero no necesito dos días para pensarlo, ni dos horas, ni dos minutos. Me quedo contigo.
—¿De verdad?
—Sí.
—Pues no será fácil, tendré que luchar por ti… y no sé bien cómo voy a hacerlo, pero puedes estar seguro de que lucharé por ti duela a quién le duela.
—Gracias, June.
—Gracias a ti, pequeño Beaufort.

Travis se sentó a la mesa a desayunar y yo fui al baño a retocar mi maquillaje, cogí mi bolso y salí con unos auriculares en la mano.

—Toma, para que veas la tele. Recuerda que la contraseña del ordenador es Aries, pero no tengo Internet, tendrás que conformarte con los juegos que tengo. Hoy tendré mucho trabajo —dije soltando el bolso sobre la mesa—. Te preparo el almuerzo y nos vemos a la noche, ¿vale?
—Vale —contestó con la boca llena.

Le freí algo de pollo empanado con patatas fritas y lo dejé en el microondas para que él mismo solo tuviera que apretar un botón y comer. Le piqué la fruta que quedaba y volví al salón a coger mi bolso y despedirme.

—Cuidado al comer, mastica bien para que no te atragantes y bebe despacito. Si te duele de nuevo la espalda, túmbate a dormir en la cama o entretente con los dibujos animados. Te llamaré de vez en cuando, no olvides que mi número está apuntado a un lado del teléfono.
—June… —dijo limpiándose la boca con una servilleta— no te preocupes, estaré bien —y su afirmación me dejó más tranquila por un rato.

Esa mañana trabajé duro para acabar pronto con los chicos y dedicar mi tarde a pensar en lo que iba a suceder esa noche. Los tres chicos de ayer parecían más relajados y habían vuelto a atender en clase, muchas profesoras se pasaron por mi despacho a felicitarme y conocerme mejor. Me cayó bien una profesora de matemáticas que se llamaba Marianne, como mi madre.

Recogí mis cosas al caer la tarde y salí del colegio despidiéndome de mis nuevas compañeras, de Arleth Oralia y de los niños que había ayudado.

A lo largo del día había hablado con Travis por teléfono y sabía que estaba bien y que se había comido lo que le había preparado, pero al llegar lo encontré dormido en mi cama con su pijama nuevo. Cené y volví a salir.
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