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La vida es para los valientes: Nicte Ha + Leyenda de Nicte Ha

11/5/13

La vida es para los valientes: Nicte Ha


    En una selva perdida de un país todavía sin nombre, de un continente todavía por descubrir, habitaba una muchacha de cabellos negros como la noche que rozaban su cintura a cada paso que daba. Era conocida por el nombre de Nicte, algunos decían haberla visto vagar por el día, sin rumbo fijo y con la mirada perdida. Unos decían que estaba loca, otros que era bruja y hechicera. La verdad, el verdadero origen de aquella muchacha, era incierto hasta para ella misma.

    Veintiún años atrás, una hermosa mujer, pero con un alma negra y podrida, dio a luz a un bebé en mitad de la selva y de madrugada. El bebé fue abandonado en el mismo lugar en el había nacido. Los llantos desesperados de un alma que luchaba por sobrevivir desde los adentros de una húmeda selva recorrieron los kilómetros que le separaban de su salvador. Ese hombre llamado Ha, acudió en la ayuda de la recién nacida.

    El viejo hombre de arrugas en la frente la tomó en brazos y la llevó a un lugar seguro. Al amanecer, la niña ya tenía nombre: Nicte Ha. Y creció siendo una niña segura de sí misma, pero que, a pesar de las advertencias de su padre adoptivo, salía cada noche con una lanza y volvía con algún animal muerto entre sus manos. 

    En sus ojos, Ha veía el alma pura de una niña y a la vez la maldad de su madre apoderándose de ella. A pesar de los intentos, Ha no pudo evitar que su hija se convirtiera en una terrible arma de matar, en un cuerpo libidinoso que atraía miradas de hombres y mujeres que caían en su red cada noche.

    Salía la luna y empezaba la caza de Nicte: merodeaba por los alrededores de las tribus y seducía a los hombres que allí se encontraban, se los llevaba discretamente al interior de la selva donde nació y hacía que se suicidaran mientras ella bailaba delante de ellos y reía al contemplar la cara de dolor y placer de aquellos hombres.

    A la mañana siguiente, Nicte despertaba con los cuerpos sin vida de docenas de hombres a su alrededor. Corría a su casa a reencontrarse con su padre que sabía lo que ocurría y que no podía evitarlo. Y el pobre Ha murió intentando ayudarla.

    Nicte, la que había nacido en la noche, la que su nombre en maya significaba "flor" siguió cada noche matando a hombres inocentes y despertándose al día siguiente tumbada al lado de ellos y odiándose a sí misma. Hasta que una mañana, cansada de su miserable destino, corrió al río para ahogarse en él. De pronto, un rayo de luz que se filtraba a través del agua cristalina del río, se transformó en una silueta. Nicte soltó la piedra que sostenía en su abdomen y salió a la superficie asustada ante la presencia de aquella mujer: era su madre. Una madre a la que sería imposible reconocer de no ser porque era casi idéntica a ella. Zazil se acercó a su hija y le tendió una mano. Ambas se sentaron en el barro y Zazil comenzó hablando sobre su identidad. Nicte descubrió que era lo que en otras culturas llamaban una Amazonas, más bien su madre lo era. Su padre había sido humano y por eso Nicte perdió parte de su esencia de guerrera, pero no perdió la belleza y la capacidad de enloquecer a un hombre hasta la muerte. 

    De un saquito atado a su cadera, Zazil sacó un brebaje azul intenso. Era lo que haría que Nicte dejara de matar animales u hombres para siempre. Lo dejó al lado de Nicte y desapareció de nuevo de su vida.

    La noche volvió a caer y con ella el miedo de Nicte de volver a matar. Bebió de un trago el brebaje de su madre y regresó a su casa. A la mañana siguiente despertó en una tribu, atada al tronco de un árbol y rodeada de más madera: estaban construyendo una pira con ella como sacrificio. Poco a poco, las llamas se propagaron al resto de la madera y en cuestión de minutos, toda la madera había ardido y con ella, Nicte Ha, una mujer de veintiún años que había vivido toda su vida matando y seduciendo sin saber por qué ni ser consciente de ello. 

    "La vida es para los valientes", se dijo. Y se culpó por no haberse tirado al río años atrás y ahorrarle el sufrimiento a su padre y a esas mujeres que ahora gritaban alegres al verla sufrir abrasada por las llamas.


Primera leyenda sobre el origen de Nicte Ha que me inspiró para escribir la historia anterior

    La leyenda de Nicte Ha es una narración que explica el origen mítico de una planta acuática. Conocida en español como "sol de agua" o ninfa y justifica la razón por la cual los pájaros cardenales cantan todas las mañanas al pie de los lagos y cenotes donde crecen estas flores.

    Antiguamente vivía en Nan Chan Kaan, hoy Palenque, un príncipe llamado ChakTzitzib (del maya chak ts'its'ib, pájaro cardenal). Su padre había decidido casarlo con una princesa de tierras lejanas, pero él estaba enamorado de la bella Nicté-Ha, la hija del guardián del Cenote Sagrado. Nadie sabía que los jóvenes se amaban y que cada noche se reunían en el cenote. Nicté-Ha vestía su huipil blanco; y ChakTzitzib, su túnica roja. Y él le cantaba canciones a su amada.

    Un día el Sumo Sacerdote los descubrió, y como no quería que Nicté-Ha fuera reina de Nan Chan Kaan, planeó eliminarla.

    La nana del príncipe presintió las malas intenciones del ministro y advirtió a su señor. Entonces, ChakTzitzib envió a su nana para que trajera a Nicté-Ha y se casaran en secreto. Pero el astuto sacerdote siguió a la nana y la asesinó.

    El príncipe, al ver que su nana no volvía, fue en busca de su amada, que lo esperaba junto al cenote. Al verla, ChakTzitzib la estrechó entre sus brazos. Sin embargo, el malvado sacerdote acechaba oculto en la oscuridad y con su arco lanzó una flecha envenenada al corazón de la doncella, haciéndola caer al cenote. El cuerpo sin vida de Nicté-Ha se hundió rápidamente. El príncipe, sin poder contener su dolor, lloraba amargamente e imploraba a los dioses que se lo llevaran con ella.

    Al ver su tristeza, el Señor de las Aguas transformó a Nicté-Ha en un bello nenúfar; y el Señor de los Pájaros convirtió a ChakTzitzib en un gallardo pájaro rojo. Desde entonces, al despuntar el sol, desciende el cardenal a los estanques para cantarle a su amada convertida en nenúfar.

La segunda leyenda que me inspiró para escribir el relato anterior

    También se dice que Nicté-Ha fue una preciosa princesa maya que habitó en la ciudad de Mayapan y cuya belleza fue tan reconocida que generó una de las más cruentas guerras internas entre los mayas antiguos.

    La segunda leyenda fue la que de alguna manera me inspiró a escribir este relato corto que presenté el pasado Día del Libro en un concurso de escritura de mi universidad.

Tres relatos antiguos

21/3/13


¡Holaa! Hoy traigo unos relatos cortos que escribí hace tiempo para unos concursos. El primero fue para el blog de Kat y se llama El olor a miel de mis musas. El segundo fue para un e-book, se llama Revolución Blanca, pero no me terminó de convencer y creé el tercero: La chica de Jalisco, ese es mi favorito, está mal que lo diga pero me quedó muy bien. Aunque no me publicaron el relato en el e-book y me enfadé muchísimo... Espero que a vosotros os guste y que comentéis. ¡Besitos!

Microrrelato: Eso es el amor

20/3/13

Cariño, recuerda que tu dolor es mi dolor, que en mí puedes confiar y contarme tus problemas, no sé si los solucionaré, pero puedes estar segura de que te escucharé y te apoyaré. Antes pensaba que me necesitabas y que tenía que estar ahí para ti, siempre. 


Ahora me doy cuenta de que eres una persona increíblemente fuerte, independiente y capaz de andar sola por la vida. Pero las personas que son así, siempre acaban solas, hundidas en su dolor. Y yo te prometo, mi amor, mi vida, que no te voy a dejar sola, no permitiré que acabes así. Así que confía en mí, hazme saber de tus miedos y alegrías y compártelo todo conmigo para que un día, si no te encuentras con las fuerzas de narrarme todo desde un principio, sepa qué está pasando solo con mirarte a los ojos. 

Déjame conocerte, déjame ser tu sombra, déjame ser una extensión de tu ser que sepa cómo protegerte y ayudarte cuando tus fuerzas fallen. Así saldrás adelante. Y no sientas que debes recompensarme por querer ayudarte, porque eso es el amor. Y créeme, yo te amo.

Microrrelato: Judith

18/3/13


No creo que recordar a quien te quiso tanto sea malo, pero todos intentan impedirme que vuelva a aquel lugar donde Él dio el último suspiro de su vida. Le gustaba el paracaidismo, demasiado. Y aquella vez nada ni nadie paró la caída. Y en aquella roca ensangrentada, con una cruz blanca, a pesar de que él nunca fue creyente, iba cada mañana a llevar flores frescas.

Había mañanas en las que no me pasaba y me sentía tan culpable por abandonarle que al día siguiente o esa misma noche, pasaba más horas de las normales hablándole. En realidad, le hablaba al mar que tenía delante, a las rocas que tenía bajo mis pies, al precipicio por el que cayó su cuerpo sin vida, a las nubes y al cielo. Eso me hacía sentir menos sola y pensaba que así él también se sentiría menos solo, si yo le hablaba. Le hablaba de mí, aunque no había mucho de que hablar, mi vida se había detenido desde que él murió. Así que le hablaba de la vida de los demás, de nuestros amigos, de nuestra familia, de gente que él no llegó a conocer y de personas inventadas cuando no me quedaba nada más que contar.

Las rosas del día anterior las tiraba al mar, dejaba las nuevas en el sitio donde habían estado las otras y veía como los rayos del sol secaban los pétalos y secaba mi piel, la volvía morena y la quemaba a veces. Pero no me importaban las quemaduras o las arrugas que, a mis treinta y siete años, empezaban a marcarse con intensidad en la piel dándome un aspecto más viejo y antiguo, como si de un mueble se tratara.

Para mi trabajo no necesitaba que me vieran la cara. Es irónico, porque ahora os preguntaréis en qué trabajo y cuando os responda que escribo libros de autoayuda para personas que han sufrido la pérdida de un ser querido, os reiréis. Pero me va bien, gano el dinero justo para sobrevivir. No tengo a nadie a mi cargo, nunca llegué a tener hijos ni creo que nunca los pueda tener, no sin él. Así que mayoritariamente paso mi tiempo libre en este precipicio, mirando una cruz blanca, mirando al horizonte, riéndome de cómo he acabado mi vida y preguntándome si algún día tendré las fuerzas de continuar con ella, de volver a sonreír, de encontrar de nuevo el amor, de ser capaz de confiar en alguien sin tener miedo a que me abandonen de nuevo... En fin, a ser humana otra vez. 

Alma gemela, no te olvido

10/3/13

Después de tantos años separados por una estúpida discusión, una estúpida lágrima bajó por su mejilla llena de arrugas que el tiempo había hecho aparecer en su piel, dándole el aspecto de la anciana adorable que era. Mientras otra lágrima amenazaba con salir, él seguía abrazándola por la cintura, sujetándola como años atrás. Y de fondo, su bolero preferido, la banda sonora de una historia de amor que traspasó fronteras.

Una historia de amor tan trágica que pasó de boca en boca hasta nuestros oídos. Ese baile, ese abrazo infinito y esa lágrima era lo que los dos antiguos amantes necesitaban para pedirse perdón mutuamente y olvidarse del pasado, bueno, solo de lo malo, los años de amor y pasión en la arena mojada de la playa o subidos a un bote pesquero al amanecer, no lo olvidarían nunca.

Lo último que sabemos de ellos es que, un día, salieron a navegar como antiguamente y nunca más regresaron. Y con la voz la temblorosa y el corazón en un puño, una mujer susurra adiós mientras lanza al mar una rosa en honor a los padres que no conoció.

De corazón - Extra: Edouard G.

1/12/12



Mi Béatrice, cada día me pregunto cómo hubiese sido mi vida a tu lado, me pregunto si ahora sería feliz contigo, si hubiésemos acabado casados y con niños. Quizá no, a lo mejor, simplemente, te habías enamorado de otro hombre, pero seguro que hubiésemos seguido siendo amigos.

¿En qué trabajaría yo ahora, de no haber querido ser policía para hacer justicia a tu muerte, y mi madre no me hubiese convencido de ser abogado? Puede que ahora fuese pizzero a tiempo completo, nada más que eso: un pizzero. Pero ahora estoy metido en un lío, ¿sabes? Y no eran como esos en los que me metía en el instituto, esto es grave. Hay gente que se alegraría de verme muerto, ¿entiendes eso?

Es difícil implicarse en algo así, pero lo es más no hacerlo. ¿Y cómo no? Si a mi lado tengo a June. La quiero, a ti también, pero no sé cuál es la diferencia. Puede que la diferencia sea que tú fuiste mi primer amor y que por eso me dueles tanto, aunque hayan pasado años desde tu muerte. No sabes lo duro que fue para mí despedirme de ti en tu entierro o el día que encontraron tu cuerpo. De no ser por mi madre, ahora estaría todavía encerrado en mi habitación con las luces apagadas y llorando tu pérdida. Solo era un crío que se enamoró de la chica de melena rubia y ojos grises de su clase, el que había tenido una infancia dura cuando su padre murió y el que perdió a su primer amor muy repentinamente. Si al menos me hubieras contado lo que ocurría en tu casa, mi madre podría haber hecho algo por ayudarte, algo como lo que intento hacer yo por Travis.

Oh, Béatrice, sabes que yo no creo en estas cosas, pero si de verdad puedes oírme, ayúdame a ser feliz. Ayúdame a encontrar a ese niño, a ser el mejor novio para June y a conseguir que toda esta pesadilla acabe. Por favor, te lo ruego. Eres mi única esperanza, porque cada día pierdo más las fuerzas y siento que lucho en una batalla que ya está perdida. 

De corazón - Capítulo XVI

30/11/12


Capítulo XVI


Esa mañana viajamos con un coche de alquiler para no dejar a Geraldine sin coche durante más de cuatro horas seguidas. Almorzamos en un restaurante de Angers y luego fuimos caminando hasta la casa de Arles y Romane. Encontramos la casa y quisimos tocar el timbre, pero Edouard me detuvo.

Nos fijamos en que las ventanas estaban cerradas completamente y que no había indicios de que estuvieran en casa. Antes de tocar, decidimos llamar por teléfono para ver si alguien respondía, pero desde fuera oímos sonar el teléfono y nadie lo cogió. Llamamos una segunda vez y comprobamos que no había ningún coche aparcado en la calle que se correspondiera con los de la familia Beaufort. Arles y Romane habían decidido irse de Angers, llevándose a Travis con ellos, quién sabe a donde.

—Podrían estar en París, en Lyon, en Cannes... incluso fuera de Francia. Tengo entendido que tienen una casa en España y otra en Italia. Sin contar con un apartamento en Londres.
—Odio-a-esa-familia —dije apretando los dientes.
—No ganas nada odiándoles, mejor vámonos a casa.
—¡No!, no he hecho un viaje tan largo para nada, nos quedaremos a esperarles por si vuelven.
—June... no van a volver, saben que sabemos que esta casa es de ellos y que tarde o temprano volveríamos.
—Pero... ¿y Travis? Le prometí que cuidaría de él y ahora no sé donde está. Le he perdido, Edouard, le he perdido para siempre —me eché a llorar desconsoladamente y él me abrazó para tranquilizarme. Pero no lo logró. En ese momento la puerta de la casa de al lado se abrió.
—¿Buscáis a alguien? —preguntó una señora de unos sesenta años con el pelo alborotado y carmín en los labios.
—La familia que vivía aquí antes —contesté— ¿sabe a dónde han ido?
—No, no sé nada de esos estirados... para mí mejor que se hayan ido —la señora volvió a meterse en su casa dando un portazo.
—Vámonos June, daremos un paseo y volveremos a casa, ¿vale?
—Está bien, vamos.

Durante el paseo pasamos por una plaza con varios árboles de gran tamaño. Me quedé sentada mirando un nido de pájaros en lo alto del árbol, pero Edouard prefirió levantarse y caminar, según me hizo creer, hacia una tienda para comprar agua.

Yo seguía mirando los pájaros, los envidiaba, envidiaba a todos los que veía sin preocupaciones, a los niños que jugaban con sus padres, a los adolescentes que se besaban en los columpios, a los ancianitos que paseaban por la acera cogidos de la mano... a todos. Yo solo quería salvar a ese pequeño de sus padres y a sus amigos sacarlos de ese reformatorio. ¿Era mucho pedir que se hiciera justicia con ellos? En ese momento llegó Edouard que me sorprendió abrazándome por detrás.

—¡Ya estoy aquí!
—¡Qué susto! —me giré para besarle— ¿Y el agua?
—No he ido a comprar agua. Ven, sígueme —me cogió de la mano y tiró de mí hacia la carretera.

Cruzamos y caminamos hasta el final de la calle. Todos mis intentos de preguntar a dónde íbamos eran silenciados, así que no pregunté nada más hasta que giramos a la izquierda, en el final de la calle, y vi un hotel.

Me imaginé que hay estaban Arles y Romane escondidos con Travis y me emocioné, pero a Edouard le cambió la cara.

—¿Qué pasa?
—No hay nadie escondido en ese hotel, o sí, quién sabe. Pero no Arles ni Romane ni Travis ni nadie, June. Olvídate por unas horas de todo eso, por favor.
—¿Si no están ahí para qué me has traído hasta aquí?
—¿No te lo imaginas? —me soltó de la mano bruscamente—. Yo tan solo quería pasar la tarde contigo, nunca hemos podido estar juntos sin pensar en Lucrecia, en Travis o en algo relacionado con eso. Y yo... yo solo quería un momento de paz —se dio media vuelta y siguió caminando sin mí, yo no reaccioné.
—Edouard... —no se giró ni se paró— lo siento. —Caminé hasta llegar a su lado y le cogí de la mano—. Mírame —lo hizo— siento mucho haber sido tan estúpida, estoy obsesionada con esto, lo sé, pero tienes que entenderme... no quiero que le pase nada malo a esos niños, menos a Travis, y por eso es más importante para mí cuidar de esos niños.
—Y te entiendo, June, y yo intento ayudarte y ponerlo todo de mi parte, pero no puedo más. Lo siento, esto es todo lo que doy de mí. No conozco ninguna otra forma de llevar esto adelante, quizá deberías buscarte a otro abogado más eficaz y... —le interrumpí.
—Más eficaces no creo que los haya y más involucrados en la causa, tampoco. Te quiero a ti como mi abogado y como... —me quedé callada de repente.
—¿Y como qué?
—Y... nada, olvídalo. Vamos a ese hotel.
—No —me cogió de la cintura, me apartó un mechón de pelo de los ojos y me miró fijamente—. Termina de decirlo, por favor... —me lo rogó de una manera que me heló la sangre y me dejó la piel de gallina, pero continué, por él.
—Te quiero como mi pareja, Edouard —y nos besamos, en mitad de la calle, con los viandantes esquivándonos y una ligera lluvia mojándonos la piel.

Finalmente caminamos hacia el hotel, yo tenía la cabeza apoyada en su hombro y él me rodeaba la cintura con su brazo. Llegamos a los pocos minutos, el recepcionista reconoció a Edouard y le dio una llave. No tuvimos que esperar, la habitación estaba lista para nosotros, esperándonos. Subimos en ascensor y no pude reprimir una pequeña risa producto de los nervios y la emoción.

Edouard era fantástico, lo que cualquier mujer espera encontrar después de ver una película romántica. Es el tipo de hombre con el que sueñas, es atento y considerado. Se involucra en cada uno de mis problemas, me ayuda incluso cuando no le he pedido que lo haga y sin esperar nada a cambio. Y sin olvidarnos de lo romántico que está resultando ser y de lo guapo y atractivo que es, aún más sin ropa.

Salimos del hotel a la mañana siguiente después de que Edouard me distrajera para pagar en recepción. Habíamos llamado a Geraldine para que no se preocupara al no vernos llegar y fuimos caminando hasta el coche.

Los rayos del sol dificultaban la visibilidad en la carretera y a Edouard le molestaba mucho más que a mí, así que conduje yo hasta Nantes. Cuando llegamos, dejamos el coche en el concesionario y nos paramos a desayunar antes de llamar a Geraldine para que fuera a buscarnos. No tardó más de quince minutos en llegar y nada más subirnos nos comenzó a incomodar con miles de preguntas. Afortunadamente se dio cuenta de que sus preguntas no iban a recibir respuesta y calló, a veces Geraldine suele ser así de indiscreta.

Con mucho sueño acumulado de la noche anterior y miles de preguntas acerca de dónde podría estar Travis, me dejé caer en la cama hasta el mediodía. Había decidido ir a comprar algo de comida, comer y salir a dar un paseo para relajarme un poco, algo que me distrajera. Pero no lo conseguí.

Después de un paseo por el mercado, rodeada de verduras frescas y frutas recién traídas del campo, y después de un buen guiso caliente, decidí hacer ejercicio. Muy pocas veces lo hago, pero me vestí con un chándal cómodo y con unos auriculares que me hicieran desconectar, y salí dispuesta a correr por todo Sautron.

No exagero si digo que me cansé antes de salir de mi calle, pero logré llegar bastante lejos. En casa, con la ayuda de un mapa, comprobé que había corrido cerca de cinco kilómetros. Pero lo cierto, que a pesar de haber sudado muchísimo y de haberme logrado sentir renovada, estaba con los ánimos por los suelos si pensaba en Travis. El truco estaba en no pensar en él, pero no podía dejar de hacer eso, sus ojitos azules estaban presentes a cada momento. Necesitaba por lo menos saber si estaba bien, y la duda me atormentaba.

Me propuse buscarme un hobby, algo que no fuese siempre trabajar o preocuparme por Travis. Algo que me sacara de la rutina de los últimos días. El deporte había dado sus frutos en algunos momentos, pero no me llamaba la atención, no me entusiasmaba.

Acabé el día con una ducha y una cena ligera, al menos que los cinco kilómetros valieran para algo. Me acosté a dormir dándole vueltas a eso del hobby y acabé conciliando el sueño con una buena idea: iba a aprender a tocar un instrumento. No sabía cuál ni dónde ni cuándo. Pero la música me gustaba muchísimo y siempre había tenido buen ritmo bailando, ¿por qué no tocando un instrumento?

Con esas energías me levanté por la mañana para ir a trabajar e informarme sobre los centros más cercanos para aprender a tocar un instrumento. Abrí las ventanas de mi despacho y comencé estudiando un nuevo caso de una niña con graves problemas sociales, de hecho, muchos profesores la consideraban autista. Pero no lo era, así que concerté una cita con sus padres y antes con la niña, para conocerla.

Mientras hablaba con la pequeña Andrea Fourcade, Arleth Oralia me llamó al teléfono de mi despacho. Quería saber si estaba ocupada o no porque el señor Redfield estaba esperándome. Se me aceleró el corazón y le dije a Arleth Oralia que le hiciera subir mientras yo me despedía de la niña, que más que autista solo era tímida.

—Cédric —dije abriéndole la puerta—, espero que me traiga buenas noticias.
—Bueno, más o menos —dijo sentándose— hay padres que no han querido involucrarse y otros que no se fiaban de mí. Pero he logrado reunir a más de cincuenta padres.
—¿Tantos? Yo me imaginaba que serían veinte o treinta.
—En realidad eran casi ochenta padres, pero como le digo, muchos rechazaron colaborar conmigo y otros no se fiaban de mí y me preguntaban que para qué quería yo sus datos. Espero que cuando vean que lo que tiene en mente da sus frutos, se unan a nosotros.
—Yo también lo espero —le tendí la mano para que me pasara la lista— ¿qué tal Christopher? Arleth Oralia no me ha vuelto a decir nada sobre él, imagino que es porque ya ha mejorado.
—Sí, ya ha aprobado dos exámenes la semana pasada y esta semana tiene otro para el que no para de estudiar.
—¿Y usted pasa más tiempo con él?
—Cada tarde le dedico unos minutos para hablar sobre nuestras cosas, ver la televisión juntos o preparar la cena los dos.
—¡Vaya! Me alegro que se hayan vuelto tan unidos, eso es algo muy bueno para los dos.
—No he vuelto a beber desde la última vez que hablamos, ¿sabe? Estoy dejando la bebida con ayuda de un amigo y de mi hijo. Hasta he ligado —su confesión me hizo reír.
—Disculpe, Cédric, no me río de usted es solo que me alegro de que le vaya tan bien. Tanto Christopher como usted se lo merecen.
—Gracias señorita —bajé la mirada a la lista.

Efectivamente era una lista muy larga y no tardé en fijarme que había algunos nombres tachados, le pregunté a Cédric.

—En la lista están apuntados los casi ochenta padres que le comenté, en realidad son setenta y ocho padres. Los que están tachados son los que no han querido colaborar.
—¿Cómo ha conseguido esta lista tan completa, Cédric? Si no es indiscreción...
—No, no se preocupe. Cuando fui a buscar a mi hijo al reformatorio para sacarlo de allí, conocí a una mujer que trabajaba cocinando. Hablé con ella unos minutos, yo esperaba a que me trajeran a Christopher y ella a que le pagaran su último sueldo.
—¿No siguió trabajando en el reformatorio?
—No, pero sus amistades dentro de él eran tan grandes que aceptaron rebuscar entre los archivos y hacer fotos con sus móviles para dárselas a esta mujer que conocí. Y ella me pasó las fotos de sus amigas.
—Vaya... qué valentía. Podrían haberlas descubierto y despedido. Pero no les importó.
—Porque quieren lo mismo que nosotros: justicia.
—Lo conseguiremos, ya somos muchos luchando, de forma anónima unos y otros... no tanto... pero al final somos muchos.

Seguí leyendo, los nombres Arles y Romane Beaufort estaban tachados. Pregunté con miedo de desvelar mi secreto de que conocía a Travis, pero Cédric no le prestó importancia a mi pregunta y me respondió como si nada.

—¿Cómo consiguió contactar con todas estas familias?
—En las fotos aparecía el número de teléfono y la dirección de las familias.
—¿Qué dirección aparecía para esta familia? —señalé los nombres de los padres de Travis.
—No lo recuerdo, pero tengo las fotos en mi casa. Si quiere puedo traérselas mañana.
—Claro, estaría bien saber de donde son estas familias que faltan... básicamente porque si deciden unirse a nuestra causa, podremos establecer un punto de encuentro cercano para vernos —mentí con la voz temblorosa.
—Muy bien visto, mañana le traigo las fotos, ¿le parece?
—Sí, perfecto. Gracias Cédric, ha hecho usted un trabajo magnífico. Usted, su amiga y las amigas de ésta.
—No es nada, ojalá se pudiera hacer más.
—Tiempo al tiempo, no nos desesperemos —me reí en mis adentros, pues la primera en desesperarse siempre soy yo—. Nos veremos mañana, buenos días.

Esa tarde quedé con Edouard, al que tenía muchas ganas de contarle lo que había pasado con Cédric. Mientras esperaba en la misma cafetería de la última vez, pude ver en las noticias que salía Lucrecia y la palabra 'juicio' en un rótulo grande y azul debajo de su cara.

Al momento llegó Edouard y se sentó en la mesa con una sonrisa, pero yo le miré fijamente, ¿cómo es posible que no me hubiera contado nada?

—¿Qué sabes de un juicio de Lucrecia?
—¿Cómo lo has sabido? —moví la barbilla señalando la televisión y él mismo lo vio— No hay fecha todavía, pero la presión social es tal que seguro será pronto. Estoy deseando ir a ese juicio.
—Yo también. ¿Cuándo pensabas decírmelo?
—Lo supe anoche y como habíamos quedado hoy... esperé a verte.
—La próxima vez no esperes, llámame y dímelo. No me gusta enterarme por la televisión.
—Está bien, lo siento.
—No importa, tengo algo que contarte...
—¿El qué?
—Sé cómo conseguir la dirección de Travis.
—June... no te habrás metido en un lío, ¿verdad?
—No. Bueno... no directamente. ¿Te acuerdas de Cédric Redfield?
—Sí, el padre del niño que estuvo en el reformatorio y que ahora está en el colegio.
—Exacto. Cédric conoció hace un año a una mujer que trabajaba allí como cocinera y esta mujer tiene buenas amistades ahí dentro que sacaron fotos a varios archivos de Lucrecia Strauss. En esos archivos aparecen los números de teléfono y direcciones de todos los padres de los niños del reformatorio.
—¿Y él tiene esas fotos?
—Sí, me las dará mañana. Espero que ahí estén las otras direcciones de los Beaufort.
—Casas tienen muchas, lo que nos sirve son los números de teléfono. Llamaremos hasta que nos respondan. En la casa en la que nos respondan, será en la que ellos estén.
—Puede que nos responda el servicio.
—No creo que haya nadie en esa casa para mantenerla limpia si la familia no está allí, como mucho tendrán vigilancia, para que nadie entre a robar o cosas así.
—Tienes razón, estoy deseando llamar a esos números.
—Y yo. Espero que al que llamemos y nos respondan no sean de una casa fuera de Francia.
—No, creo que están cerca. Tú mismo lo dijiste: estaban en Angers porque necesitaban estar cerca de Nantes ante la posibilidad de un juicio. El juicio está próximo, ¿no? Hasta lo anuncian en la televisión, así que estarán por aquí.
—Eso espero, sino, nos quedaremos sin posibilidades de encontrar a Travis.
—¿Qué haremos cuándo le encontremos?
—Contraatacar.

De corazón - Capítulo XV

21/11/12


Capítulo XV


Geraldine llegó esa mañana a las ocho y diez. Con un golpe en la puerta me sacó de mis pensamientos y me levanté para irme. En su coche apenas hablamos, la notaba preocupada y algo triste, pero no sabía si tenía la suficiente confianza con ella como para preguntarle qué le rondaba por la cabeza. Si supiera si eso estaba o no relacionado con Edouard, me hubiese atrevido a preguntar, pero como no lo sabía, callé durante todo el viaje hasta su casa.

Tal y como me había dicho Edouard, Geraldine había ido a buscarme a mi casa para ir juntas al hospital, ya que yo no tengo coche, pero Geraldine tenía que regresar a por no sé qué papeles. Como íbamos a tardar un poco, me ofreció un café y yo no lo rechacé.

La casa de Geraldine era bastante amplia, con el suelo de madera oscura, las paredes pintadas de blanco y los muebles en negro. Entre todas las paredes blancas e impolutas pude distinguir una con un marco gigante integrando varias fotografías. En muchas de ellas estaba Geraldine con Edouard y otro hombre que no conocía, supuse que era Noel, el padre de Edouard, y seguí observando las fotos. Había muchísimas, pero una de ellas me llamó la atención por encima de las demás. Era una fotografía de una playa en la que estaban Edouard y otra chica montando un castillo de arena. Los observé y deduje que Edouard tendría unos quince o dieciséis años en esa fotografía, igual que la chica.

—Es Béatrice Cooper, la mejor amiga de Edouard en el instituto.
—¿Eran novios? —pregunté tragando saliva.
—Eso creo, pero eran muy niños y muy vergonzosos para decírmelo. Era una niña encantadora.
—¿Qué pasó?
—Murió —me quedé de piedra, abrí los ojos como platos y me giré para ver a Geraldine— esa pobre niña tenía un padre que la maltrataba y su madre estaba muerta, así que... un día su padre no midió la fuerza con la que la golpeó y la dejó inconsciente... —Geraldine se limpió unas lágrimas que le habían estropeado el maquillaje y me miró antes de seguir— Béatrice seguía viva, pero su padre pensó que la había matado y la enterró en el jardín de su propia casa.
—¿Qué pasó luego?, ¿la policía lo detuvo?
—Nunca se supo nada de él. Mi hijo quiso hacerse policía para repartir justicia, pero lo convencí para que no lo hiciera porque es una profesión muy peligrosa.
—Así que se hizo abogado...
—Exacto —Geraldine respiró hondo—. Esta historia es muy triste y a Edouard le sigue persiguiendo aunque hayan pasado casi diez años, procura no recordárselo y si algún día se entera de que lo sabes, no le digas que te lo dije yo.
—Descuide, Geraldine. No diré nada.
—Gracias, el café está listo.

Fuimos al comedor y nos sentamos a tomar el café recién hecho con unas magdalenas. Luego Geraldine recogió los papeles que había ido a buscar y fuimos al hospital.

Allí se paró a entregar los papeles que había ido a buscar a su casa, yo seguí sin saber qué eran, pero no pregunté. La enfermera que le atendió los revisó, asintió con la cabeza y los dejó sobre la mesa. Luego fuimos a ver a Edouard que estaba bastante mejor, pero los médicos estaban preocupados por las secuelas que pudiera tener su memoria tras el accidente.

Para eso eran los papeles, Edouard podía irse a casa pero debía hacerse más pruebas. Así que mientras Geraldine recogía la ropa de su hijo y la metía en una pequeña maleta, Edouard y yo salimos de la habitación y dimos un paseo por el pasillo.

—¿Qué era lo que no me podías contar anoche? —pregunté abordando de nuevo el tema para ver su reacción.
—Verás, June... es algo delicado.
—Cuéntamelo, podré soportarlo —ni yo misma estaba segura de eso, pero sentía curiosidad.
—Verás, cuando hablaba con Travis aquel día en tu habitación, él me contó lo mal que lo pasaba con sus padres cuando éstos le pegaban y... me recordó a alguien que conocí hace años que sufría la misma pesadilla que él —¡Béatrice!, recordé todo lo que me contó Geraldine en su casa y se me puso la piel de gallina.
—¿Cómo se llamaba?
—Béatrice, Béatrice Cooper —Edouard me lo confirmó y le miré a los ojos con tristeza recordando el trágico final de esa chica— June, ella murió después de que su padre le diera una paliza y... no quiero que le pase lo mismo a Travis. De eso hablamos, le conté la historia de Béatrice.
—¿Y él que te dijo?
—Se quedó callado, creo que no le sorprendió saber que mi amiga había muerto. Parecía acostumbrado a escuchar esas historias y me pregunté algo a lo que llevo dándole vueltas en la cabeza desde entonces.
—¿Qué cosa?
—Que si a Lucrecia también se le habrá ido alguna vez la mano con un niño...
—Eso explicaría que a Travis no le sorprendiera escuchar que tu amiga Béatrice murió.
—Debemos preguntarle directamente.
—No podemos acercarnos a él.
—Sí podemos, lo dijiste antes del accidente, no hay orden de alejamiento hasta que un juez no dicte la sentencia y no hay motivos para no hacerle una visita, ¿no?
—Edouard... es peligroso, hay algo que debes saber antes de nada.
—¿Qué?
—El accidente no fue un accidente. Arles y Romane le pagaron a su chófer para que nos embistiera y nos sacara de la carretera.
—¿C-cómo sabes eso?
—Porque el mismo chófer me lo contó la tarde que despertaste del coma.
—¿Y no lo denunciaste?
—Está arrepentido de todo, incluso me trajo a Travis para que le viera y estaba preocupado por ti cuando se enteró que estabas en coma.
—June... —me abrazó— todo esto es muy peligroso, debemos tener más cuidado a partir de ahora y contraatacar.
—¿Cómo vamos a hacer eso?, tú y yo no somos asesinos ni nada que se le parezca, ¿qué piensas hacer?
—No he hablado de matar a nadie, solo de contraatacar. Y no sé cómo, pero algo haremos, ¿vale? Y recuperaremos a Travis, meteremos a Lucrecia Strauss en la cárcel de por vida y a su amiga Catherine Johnson también.
—¿Cómo sabes su apellido?
—La investigué la noche antes del accidente —me acarició el pelo todavía sin soltarme del abrazo.
—Y también al comisario Molineaux, es un idiota.
—Idiota es lo menos que se merece... pero tienes razón, también merece pagar por omisión de pruebas y dar un trato preferente a Lucrecia frente a ti. Ante la ley se supone que todos somos iguales, ese comisario no lo tuvo en cuenta y pagará por todo.
—Ojalá... —suspiré— porque todo eso parece un sueño.
—Lo lograremos cumplir, tú confía en mí.
—Ya lo hago, Licenciado Monnet —reímos.

De corazón - Capítulo XIV

16/11/12


Capítulo XIV


Esa noche apenas pude dormir recordando la visita de Travis con Bryan Swinton o la charla con Cédric Redfield. Estaba entusiasmada con todo a mi alrededor, incluyendo, claro, mi relación con Edouard. Pero también había descubierto hasta donde son capaces de llegar los padres de Travis y estaba asustada, si hacían eso conmigo, ¿qué no harían con Cédric si descubren que me ayuda?

El problema no es que hagan daño al pobre de Cédric, sino lo que afectaría eso a Christopher, que estaba siempre tan triste y ensimismado que parecía ausente a todas horas.

Cuando desperté no tenía nada que hacer, era fin de semana y no tenía trabajo, así que fui a visitar a mis padres a Rennes en metro. Se tardaba un poco más que en coche, a pesar de que el metro es más rápido, pero el metro se desviaba bastante. Así que en vez de casi dos horas, tardé tres. Comí una hamburguesa y un refresco en un puesto cercano al metro y compré dos periódicos y una revista de actualidad, para ponerme al día sobre lo que se decía de mí en televisión, Internet y todos los medios de comunicación... de todo el mundo.

El viaje en metro fue complicado porque no recordaba las paradas ni sabía a dónde ir. Miraba los mapas, me situaba, caminaba, me perdía de nuevo y corría luego para no perder el metro. Cuando me senté en el asiento del último tren que debía coger para llegar a mi casa, me pude acomodar lo suficiente como para sacar la revista que me faltaba por leer.

Lucrecia Strauss, ¿una víctima? Así mismo se declaraba ella a la salida de su reformatorio cuando nuestras cámaras la grabaron, presuntamente, llorando por la injusticia que se está cometiendo en su contra.

No podemos saber si esas lágrimas eran ciertas o no, pero lo que sí sabemos es que las imágenes cedidas anónimamente hablan por sí solas. Juzguen ustedes mismos.”

A continuación pusieron unas imágenes del vídeo de Lucrecia Strauss maltratando a Rob y volví a retirar la vista de aquellas imágenes como lo hice la primera vez cuando vi el vídeo. Eran unas imágenes muy duras donde Rob aparecía con el rostro lleno de sangre que brotaba de la nariz y que le salpicaba la camiseta del pijama.

Tanto los periódicos como esta revista ponían a Lucrecia Strauss como la presunta culpable de todo y luego unas imágenes con la cara de Rob pixelada para que fuesen los lectores quiénes juzgaran. Y según varias críticas que había leído por Internet, todos estaban en contra de sus métodos, aunque siempre había alguno al que le parecían bien porque los niños necesitan “disciplina”, pero yo prefería no leer esos comentarios para que no me hirviera, más aún, la sangre.

Llegué al centro de Rennes, guardé todo en mi bolso y salí a la calle. Respiré el aire frío de la lluvia, los olores a tierra mojada, césped recién cortado y pan recién hecho me trasladaron a mi niñez, cuando mi padre me llevaba en pleno invierno a comprar a la panadería de una prima lejana suya y ella siempre me regalaba dulces de mermelada de fresa. Seguí caminando y cogí un taxi para llegar a casa.

No eran más de las doce del mediodía cuando llegué y me encontré a mi madre recogiendo la ropa de la azotea. Al lado de mi casa hay varios solares vacíos, así que desde el final de la calle, donde yo estaba, se veía toda la fachada lateral de mi casa. Silbé, ella se asomó y saludé con la mano. En seguida la perdí de vista y terminé de pagarle al taxista.

Corrí calle arriba hasta la puerta de mi casa donde mi madre ya había quitado el candado.

—¡François!, ¡es la niña!, ¡levanta! —pude oír antes de que se abriera la puerta.
—¡Hola mamá! —mi madre estaba con su pelo gris recogido en una coleta y llevaba sus gafas de vista colgadas del cuello.
—¡June, cariño! —me abrazó—. Pasa, pasa, ¿cómo estás?
—Bien, tranquila. Los médicos me dijeron que estoy fuera de peligro.
—Gracias a Dios, y tu amigo, ¿cómo está?
—A Edouard lo tuvieron anoche en observación, pero está mejorando.
—Me alegro, ese chico me caía muy bien —mi madre cogió aire antes de volver a gritar—. ¡Françooois! —se oyó un 'ya voy' y mi madre volvió a mirarme para seguir hablando—. Siento mucho no haber ido a verte cuando te dieron el alta, pero no teníamos mucho más dinero para pagar un taxi de aquí a Nantes y... nosotros ya estamos muy viejos para conducir, cariño.
—Lo sé, mamá, tranquila. He estado bien y... bueno, tampoco he estado sola todo el tiempo.
—¿Qué quieres decir?
—Travis fue a casa a visitarme, mamá —sonreímos las dos—. Lo llevó el chófer de sus padres poco antes de que Edouard despertara del coma y luego se marchó.
—¿Sigues teniendo intenciones de hacerte con su custodia?
—Sí, sí las tengo. Travis dice que no quiere a sus padres y que quiere estar conmigo, así que haré todo lo posible... —en ese momento llegó mi padre.
—Hola... —mi padre estaba desmejorado, tenía mal aspecto y el pelo revuelto como de estar recién levantado.
—Hola, ¿estás bien?
—Sí, solo es una gripe —tosió y se sentó en su sofá—.
—Lleva diciendo eso desde hace una semana —me dijo mi madre refiriéndose a mi padre.

Mi relación con mi padre nunca fue muy buena desde que decidí estudiar Pedagogía, que era lo que a mí me gustaba, y buscar trabajo en colegios lejos de Rennes. Él sentía que lo había abandonado y eso le dolía, pero no era capaz de ver que yo no le había abandonado, solo estaba haciendo mi vida como hace muchos años hizo él la suya casándose con mi madre y viniéndose a vivir a esta casa.

—¿Tienes hambre? —me preguntó mi madre.
—Desayuné una hamburguesa y todavía es temprano, prefiero agua o un refresco.
—Vale, ahora vengo —mi madre se fue a la cocina y yo me quedé a solas con mi padre en el salón.

El silencio era incómodo. Era ridículo y patético que padre e hija no tuvieran nada de lo que hablar el uno con el otro por un estúpido enfado que ocurrió cuando tenía dieciocho años. Cuando, por fin, llegó mi madre, me tomé mi refresco lentamente para tener la excusa de no hablar.

Aparte de Travis, Edouard o Lucrecia... mis padres y yo no teníamos nada más de lo que hablar. Quizá del trabajo, pero mi padre se molestaría y se levantaría del sofá. Pero yo no había hecho un viaje de tres horas para veinte minutos, así que me dirigí a mi madre.

—¿Quieres que te ayude a cocinar, mamá?
—Sí, vamos.

Nos levantamos y fuimos juntas a la cocina dejando a mi padre solo viendo la televisión.

—¿Cuándo dejará papá de estar molesto conmigo por no haber estudiado Farmacia?
—No lo sé, cariño. Era el sueño de tu padre, ya lo sabes, tu abuelo abrió esa farmacia con los pocos francos que tenía en los bolsillos. Empezó siendo una botica y se convirtió en una de las farmacias más conocidas y prestigiosas de la capital. Y cuando se vio viejo para seguir en ella, quiso cedértela a ti y tú, preferiste estudiar lo que a ti te gustaba y... lo desilusionaste.
—¿Entonces dices que debí quedarme a su lado a pesar de que no me gusta trabajar ahí?
—No sé que hubiera hecho yo en tu lugar, June... pero la tristeza que tu padre siente no es porque hayas preferido ser pedagoga a farmacéutica, sino porque toda su infancia está reunida en ese lugar que ahora permanece cerrado desde hace años. Siente que con él morirá todo el trabajo de su padre, tu abuelo.
—¿Y yo qué puedo hacer?
—Nada, desgraciadamente, nada.

Seguimos cocinando mientras iba pensando en esa idea. Desde los dieciocho años pensaba que mi padre estaba enfadado conmigo porque no le gustaba mi trabajo, pero era porque no quería que se perdiese la memoria de aquél lugar, de su padre, de sí mismo cuando era un niño y luego un joven licenciado en farmacia.

De hecho, son tantos los recuerdos que mi padre guarda de ese lugar, que uno de ellos fue conocer a mi madre. Según me contó él cuando yo era una niña y me llevaba de paseo, era de noche y estaban a punto de cerrar, pero una chica de pelo castaño y ojos oscuros, se presentó delante de la puerta llorando. A la chica le faltaba el aire porque venía corriendo desde muy lejos y mi padre no tuvo más remedio que atenderla. Necesitaba algo para el asma de su hermana que estaba sufriendo un ataque en su casa, mi padre cogió rápidamente unos medicamentos del almacén y corrieron juntos hasta llegar a esa casa. Entonces mi padre le salvó la vida a mi madre.

Esa chica de pelo castaño y ojos oscuros era mi tía Thérèse, que murió cuando yo tenía diez años. Era muy mayor, estaba enferma del hígado y no pudo resistir la enfermedad, pero logró enamorar a mis padres que, a día de hoy, siguen preocupándose el uno por el otro y queriéndose como si fuera el primer día.

Al final pasé una tarde agradable con mis padres y me marché después de ver una película y tomarnos un café.

Hice el mismo recorrido pero en sentido inverso y llegué cerca de las ocho de la tarde a mi casa. Había anochecido y las nubes eran tan negras que llovió durante toda la noche hasta bien entrada la madrugada, así que preferí no salir a pasear como me gustaba hacer antes de encontrar trabajo o, mejor dicho, antes de encontrarme con Travis por primera vez.

Me quedé en la cama abrigada con varias mantas y descolgué el teléfono para llamar a Edouard, al que había avisado de que iba a casa de mis padres para que no se preocupara ni viniera a verme.

—Hola —contestó sonriendo, no lo vi, pero se lo noté en la voz— ¿qué tal lo pasaste hoy?
—Bien, ayudé a mi madre a preparar la comida y luego almorzamos todos juntos.
—Ojalá yo hubiera podido comer uno de esos platos tan ricos que cocina tu madre... aquí me tienen a base de verduras guisadas.
—Esa es la comida típica de hospital —nos reímos—. Prometo que mañana me paso a llevarte algo de comida y dulces.
—No hace falta que te molestes, mi madre me dijo lo mismo y seguro que esta noche se acuesta tarde cocinando.
—Para mí no hubiese sido una molestia, pero si tu madre ya está cocinando... ¿cuándo te dan el alta?
—No lo sé, creo que pronto, pero no me han dicho nada.
—Bueno, quizá todavía estoy a tiempo de prepararte yo algo de comer, ¿te gustaría?
—Claro, estaría bien. Mañana el horario de visitas es solo por la mañana, ¿vendrás?
—Tranquilo, iré... —suspiré—. Oye, Edouard... ahora que vengo de ver a mis padres, me he acordado de una conversación que tuve con mi madre acerca de ti.
—¿De mí?
—Sí, fue hace unos días, cuando fuiste a recoger a Travis a casa de mis padres para entregárselo a Arles y Romane.
—Sí, sí, me acuerdo.
—Mi madre me contó que estuviste en mi antigua habitación hablando con Travis y que cuando salieron, ambos estaban algo raros.
—¿Eso te dijo? —su tono era de sorpresa.
—¿Exageró o mintió en algo?
—No, no, lo cierto que es sí hablamos en tu habitación y cuando salimos, estábamos un poco tensos.
—¿Qué pasó?, ¿Travis te contó algo sobre sus padres o sobre Lucrecia que yo no sé?
—No, no es eso, tranquila.
—¿Entonces?
—Es algo más complicado que no puedo explicarte por teléfono, lo siento. Veo que llega la enfermera con los medicamentos y la cena. Le diré a mi madre que pase mañana temprano a buscarte para que te traiga al hospital y ya hablaremos aquí, ¿vale?
—Está bien hasta mañana.

Recuerdo que esa noche dormí pensando en qué sería eso tan complicado que tenía que contarme y que no podía hacer por teléfono. Le di vueltas a todo y me imaginé cosas extrañas, finalmente pudo más el sueño que la curiosidad.
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