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Reto 5 líneas de marzo: Relaciones fraternales

21/3/16




¡Hola! Como sabéis llevo haciendo este reto de escritura desde hace varios meses y consiste en crear un relato de 5 líneas con 3 palabras comunes para todos los participantes elegidas al azar por Adella Brac, la organizadora del reto. Y como a mí me gusta rizar el rizo, siempre me propongo juntar las tres palabras en la misma frase, no siempre se da el caso, pero lo intento. Y para esta ocasión las palabras eran: última, diferencia y quinto. Así que como ven, pude ponerlas todas juntas en la misma frase. Podéis leer todos los microrrelatos que he hecho para este reto pinchando en la etiqueta Reto 5 líneas o yendo al banner de la columna derecha.

La última diferencia que la madre recalcó entre su primer hijo y el quinto, era que este había terminado sus estudios y se había independizado con tan solo 23 años y el primero, con 31, seguía viviendo en casa con dos intentos de carrera fallidos. El mayor de los hermanos estaba tan harto de esa lista, cada vez mayor, que recogió sus cosas durante la noche, se fue de casa y llamó a su hermano pequeño pidiéndole asilo.

P.D: Hoy no hay capítulo de Baile de lenguas, apenas he tenido tiempo para terminar de escribir el 5º capítulo, para ser sinceros llevo como un mes sin tocar esa historia, todo lo que aparecía en el blog estaba programado desde finales de enero, principios de febrero. Y pensaba que para este entonces habría tenido tiempo porque llevaba ventaja, pero no jajajajaja. Además, no ha tenido la acogida que esperaba, son capítulos largos y me imagino que os espantáis un poco :(

Tips para escritores #5 - Errores comunes al crear un personaje

12/3/16

¡Hola hola! Tenía esta entrada preparada desde hacía tiempo y no veía el momento de acabarla para traérosla. Ya sabéis que los Tips para escritores me encantan y que vosotros también podéis colaborar para traer una entrada con consejos a mi blog. 




1. Idealizar al personaje: 

Nadie es perfecto, ni siquiera nuestro/a protagonista. Tampoco intentes llenarlos de defectos desde un principio, porque conseguiremos que el lector no consiga enamorarse del personaje. Pero todos metemos la pata alguna vez, hacemos algún comentario que para nosotros es inofensivo pero hace daño a alguien, todos hemos tenido que pedir perdón, etc. Ese tipo de cosas humanizan al personaje y lo hacen más real.

2. Descripciones detalladas: 

Cuando leemos sobre un personaje nos gusta imaginárnoslo, y cuando un escritor nos sobrecarga con muchos datos físicos sobre el personaje, nuestra mente se olvida de todos ellos (el propio autor podría olvidarse también y dar lugar a confusiones cambiándole de pronto la estatura o el color de los ojos), lo ideal sería dar pocos datos, los necesarios, y dejar que la imaginación de nuestros lectores haga el resto. Además nos evitaremos esas posibles futuras incoherencias.

3. Personalidad poco desarrollada: 

Otro de los problemas que tenemos al escribir es que sentimos que el lector puede que no llegue a conectar con nuestro/a protagonista, y en realidad es el personaje más importante, en el que se centra la historia, por lo que debería de conseguir crear simpatía en nuestros lectores. Un truco sería hacer una lista detallada con todos los adjetivos que definan la personalidad de nuestro personaje (ej: amable, divertido, leal, etc.), una vez hecho esto, crearemos otra lista contigua donde inventar escenas donde la amabilidad del personaje quede patente, al igual que el resto de sus cualidades y... ¡Ojo! Sus defectos también, porque recordemos que nadie es perfecto. Tan solo intenta que los defectos no sean mayores que sus virtudes o corremos el riesgo de que el personaje, por querer hacerlo parecer real, llegue a caer mal a los lectores.

Cuando hayáis terminado la lista, esto os habrá servido para conocer mejor a vuestra propia creación y además, las escenas que hemos tenido que inventarnos nos pueden servir de inspiración como parte de la trama o subtrama.

4. Personaje aburrido: 

Oups, suele pasar que muchas veces queremos profundizar tanto en el personaje que nos olvidamos de que también tiene que hacer cosas: trabajar, estudiar, alimentarse, etc. Pero detallarlas tampoco es bueno, porque son cosas que todos hacemos y que no tienen ningún misterio. Crear una escena divertida o con acción donde el personaje pueda cobrar vida, es difícil, pero no imposible. Trata de pensar en cosas que puedan ocurrirle a tu protagonista y que continúen la trama principal del libro, o si no, caerás en el error de que resulte inverosímil o en el de crear una subtrama complicada que apague la trama inicial. Cosas como: reencontrarse con alguien que hacía mucho tiempo que no veía (en esa escena podríamos hablar del pasado de nuestro personaje e indagar en él para darle más sentido a lo que narramos en el presente), decidirse a dar un cambio importante en su vida como volver a estudiar o estudiar otra cosa y romper con su rutina. No sé, pensad.

5. Cuida los diálogos: 

Ya hemos hablado de que es importante no detallar demasiado el físico de nuestro personaje, primero porque aburriremos y la imaginación de nuestros lectores se apagará, y segundo porque nosotros mismos nos podremos hacer un lío. Y también hablamos de la personalidad, que es importante que tenga algunos defectos, incluso que narremos el conflicto interior de nuestro personaje por intentar ser mejor persona o cambiar lo que no le gusta de sí mismo. 

Pero... ¿qué pasa con los diálogos? Es la parte donde podemos mostrar cómo es él o ella con las demás personas, su forma de interaccionar con los demás nos dará muchas más pistas sobre su forma de ser que si simplemente lo narramos. Y también es muy, pero que muy importante, cuidar su lenguaje. No es lo mismo que si nuestro protagonista habla con muletillas y muchos “ehm...” que si habla con un nivel de profesor de universidad súper repelente. Tenemos que encontrar el equilibrio que corresponda a nuestro personaje, según su nivel de educación y clase social, hablará de una manera u otra. Y esto es algo a tener en cuenta en todos los personajes, incluso los secundarios.


¿Y ustedes qué piensan? ¿qué otro consejo darían? ¿cómo sería vuestro personaje favorito?

Baile de lenguas - Capítulo 4: Tango

9/3/16


La idea de tener sexo con Yago esa noche me estaba poniendo muy nerviosa, pero nerviosa en un buen y bonito sentido, es difícil de explicar. La sensación quizás pueda compararla a cuando estaba detrás del telón, esperando a que comenzara a sonar la música, se abriera la gran cortina de terciopelo rojo y yo pudiera, por fin, hacer lo que llevaba tanto tiempo deseando hacer.

En el coche había un ligero olor a cuerdas quemadas, giré mi cuello para mirar los asientos traseros y ahí estaban sus zapatos de baile, a los que había quemado las puntas de los cordones para que no se deshilacharan y recordé cuando yo hacía lo mismo con las cintas de mis zapatillas de ballet. Los pies sufrían mucho cuando las zapatillas eran nuevas, incluso si no lo eran, y esta y otras técnicas eran una forma de asegurarse de que al menos no se nos movieran.

Todo lo demás dentro del coche estaba impecable, Yago conectó la radio y sonó una canción muy lenta que no supe identificar, pero que le dio a la situación el toque romántico perfecto para que pareciera la escena de una película de amor. Sonreí ante la idea de que Yago y yo pudiéramos ser una pareja y permanecimos en silencio todo el viaje, aunque nos miramos nerviosos y ansiosos.

Nos alejamos un poco de la zona que yo conocía de la ciudad y entramos en un pequeño barrio de las afueras, la mayoría eran edificios o pequeñas casas que denotaban ser de origen humilde. No me importaba, yo ahora vivía en un ático en el centro, pero antes de eso había pasado mi niñez en un barrio parecido a este, así que no sentía que hubiera una diferencia entre nuestras clases sociales.

Seguimos callejeando hasta que paramos frente a una pequeña puerta de hierro de color gris oscuro. Yago se apeó del coche con las llaves en la mano y las introdujo en la cerradura, luego abrió la puerta e introdujo un código para desactivar la alarma. Volvió al coche y me dedicó una mirada de complicidad en la que pude sentir que intentaba adivinar mis pensamientos.

Entramos, dejando la puerta atrás, y aparcamos entre unos árboles, frente a una puerta de madera verde. Al ser de noche no pude darme cuenta del tamaño de aquel lugar, pero sin duda no era lo que me esperaba cuando llegamos a aquel barrio, parecía más bien que estábamos en un cortijo.

—¿Vives aquí? —pregunté sorprendida, pero intentando no ofenderle.

—Sí, esta es la casa de mis padres, que a su vez la heredaron de mis abuelos cuando fallecieron, pero me he criado aquí desde niño —respondió él con nostalgia— Vamos, te enseñaré el resto —dijo haciendo un gesto para que lo acompañara.

Entramos por la puerta de madera verde frente a la que habíamos aparcado. Luego me fijé en que no era la puerta principal, sino una lateral. La habitación a la que habíamos accedido era un almacén donde había una pequeña bodega y Yago apuró su paso para abrir la siguiente puerta, una de madera barnizada más típica de interiores, y esta puerta nos condujo a una gran cocina.

—Esta es la cocina —dijo él orgulloso, ciertamente era una cocina enorme con un gran ventanal desde el que se veía el huerto donde estaban plantadas las frutas y verduras, con unos electrodomésticos algo antiguos pero muy bien cuidados y con ese toque sureño y acogedor de las casas de nuestras abuelas— Imagino que tienes hambre, ¿quieres cenar algo? —preguntó mientras sacaba una sartén de uno de los muebles.

—¡Claro! —respondí yo entusiasmada porque Yago preparara la cena— Oye, ¿estamos solos? —pregunté mirando a mi alrededor y pude ver un reloj en la pared que marcaban las doce de la noche.

—Sí, mis padres están en Madrid en un ruta del vino que les regalé por su aniversario. No sé si al entrar te fijaste en la bodega que tenemos, ahora es pequeña, pero antes mi familia vivía de eso, ¿sabes? Ahora mis padres son mayores y yo decidí estudiar otra cosa y abandonar la tradición familiar, eso sumado a la crisis económica, el negocio se fue a pique en cuestión de meses —narró Yago sin levantar la mirada, concentrado en picar unas verduras y con un toque de nostalgia en su voz.

—Lamento escuchar eso —respondí yo con sinceridad—. Puedo sentirme identificada con lo de perder lo que uno ama por circunstancias que no podemos controlar.

—Sí, fue duro para ellos en un principio —dijo mientras ponía la sartén al fuego— pero luego, con su jubilación, se dedicaron a vivir su vida tranquilamente y se olvidaron del negocio. Mis hermanos quisieron explotar de nuevo los viñedos y sacar beneficios de nuestras tierras, pero se dieron cuenta de que eran chicos de ciudad y que no estaban hechos para el trabajo de campo —rió él—. Así que estamos en un proceso de venta o alquiler de las tierras.

—¿Y esta casa? —pregunté yo con interés.

—No, esta casa es sagrada para nosotros y, el día que mis padres tristemente no estén, pasará a ser mía y de mis hermanos y entonces ya nos plantearemos qué hacer, pero en principio la venta no está sobre la mesa —respondió con una sonrisa mientras echaba un poco de aceite en la sartén ya caliente y añadía las verduras picadas.

Yago se dirigió a la bodega y volvió rápidamente con una botella de vino en las manos. Después de retirar las verduras del fuego, lo apagó y sirvió los platos. Eran unas verduras a la plancha con queso de cabra, y olía realmente delicioso. Luego abrió la botella y vertió el líquido rojo en dos copas. 

—Podemos cenar aquí, si quieres —me dijo— pero estaríamos más cómodos en el comedor.

Yo asentí y cogí mi copa en una mano y mi plato en otra, él hizo lo mismo con los suyos y me indicó el camino con un movimiento de cabeza. Tenía que continuar recto y pasar por un pasillo que estaba a oscuras, salvo por la poca claridad que llegaba del exterior a través de una ventana lateral, luego giré a la derecha y vi el gran comedor de la casa, con una ventana enorme con vistas al huerto y al jardín, igual que en la cocina. Pusimos nuestros platos en la mesa y disfrutamos de la cena mientras seguíamos hablando.

Después de la cena seguimos hablando y me sorprendí gratamente. Yo pensaba que después de aquel beso tan apasionado entre los dos, cuando me propuso venir a su casa, pensaba solo en tener sexo conmigo. Pero ahí estábamos, charlando sin prisas y sintiendo el inusual buen tiempo de mediados de enero.

De pronto Yago se situó a mi lado y acarició uno de mis mechones castaños, lo puso detrás de mi oreja y pasó su dedo hasta mi mandíbula. Se quedó mirándome un rato y yo mantuve la cabeza fija hacia delante, de perfil para él. 

—Mírame —me ordenó cariñosamente y yo obedecí girando mi rostro hacia él—. Eres hermosa —dijo mientras sus ojos brillaban y yo me sonrojé.

Sus ojos marrones seguían inspeccionando mi cara y los míos la suya. Tenía unas grandes pestañas negras que hacían de sus ojos algo más bonito aún, sus cejas eran poco tupidas y muy pequeñas, en su frente tenía algunas cicatrices y en el inicio de su pelo se podían ver algunas canas incipientes, aunque no llegaba a dar la apariencia de pelo gris. Su nariz era alargada y redonda, y sus labios, aquellos que ya había probado, eran algo asimétricos, y el inferior era milimétricamente más carnoso que el superior, lo que hacía que me dieran ganas de morderlo.

—Tú también eres hermoso —dije. Y me lancé a sus labios.

En esta ocasión me fue imposible no soltar un pequeño gemido, fruto de la excitación del momento. Aquel beso fue mucho más pasional que los dos anteriores, en los anteriores nos habíamos comedido, pero ahora, completamente solos, con los corazones acelerados y las mariposas en el estómago, nos levantamos para subir al piso superior donde estaban las habitaciones.

Su habitación pintada de azul eléctrico me recordaba a las profundidades del mar, Yago volvió a besarme, pero esta vez apartando mi cabello hacia atrás y bajando también por mi cuello. Respiró mi aroma, el olor de mi pelo, y pegó su cuerpo al mío, haciéndome sentir su erección, lo que hizo que yo también me excitara mucho más y que me entraran ciertos nervios, dudas e inseguridades que deseché de mi mente para concentrarme en disfrutar del momento.

Metí mis manos entre su chaqueta y su camiseta y las subí por su pecho, a la altura de sus brazos, tiré de la chaqueta hacia abajo, dejándola caer en el suelo. Yo había dejado mi abrigo abajo, así que la prenda que él me quitaría a mí sería mi blusa negra y turquesa y lo hizo delicadamente, yo levanté los brazos para facilitarle el trabajo y pronto me vi en sujetador delante de él.

Mis manos se apuraron en desabrochar los botones de su camiseta de leñador, y finalmente toqué su ardiente piel, tostada por el sol y suave. Acerqué mi cara a su pecho y le dejé un reguero de pequeños besos, él aprovechó la ocasión para poner sus manos en mi espalda, provocándome unas pequeñas cosquillas que erizaron mi piel, y luego para desabrochar el pequeño sujetador de encaje negro que llevaba.

En ese momento mi excitación creció, por sentirme desnuda delante de él, me sentí segura y bella, no tuve miedo cuando se separó de mí y observó mis pequeños senos, y gemí de placer cuando pasó sus pulgares por mis pequeños pezones que habían aumentado su tamaño ante el deseo sexual del momento. 

Una sonrisa nerviosa escapó de sus labios cuando me dispuse a quitarle el cinturón que sujetaba sus pantalones vaqueros. Desabotoné el pantalón y bajé la pequeña cremallera, sintiendo a través de la tela, el calor que desprendía su zona genital. Luego la gravedad hizo el resto y los pantalones cayeron al suelo, Yago los apartó con sus pies después de haberse sacado las zapatillas con la ayuda de sus pies.

Yo hice lo mismo con mis zapatos, aunque tuve que agacharme para poderlos sacar. Y luego él se inclinó lo suficiente ante mí como para poderme desabotonar el pantalón sin problemas, se fijó en que llevaba unas medias y también tiró de ellas recorriendo el camino hasta mis talones, luego las sacó lentamente y subió de nuevo por mis piernas sin dejar de acariciarlas. A la altura de mi ombligo se paró y me dejó un beso que me hizo humedecer un poco más y luego se incorporó del todo, me miró fijamente a los ojos y me besó.

En ese beso nuestros cuerpos desnudos se juntaron por primera vez e hizo lo mismo que horas antes en la academia levantándome del suelo para que pudiera abrazarlo con mis piernas. Entonces empezó a caminar dirección a la cama y me tumbo allí, de espaldas y con él encima.

Fue entonces cuando su boca buscó mis pechos a la vez que sus manos buscaban mis braguitas para tirar de ellas. Cuando al fin estuve totalmente desnuda frente a él sentí una presión en el pecho, estaba algo nerviosa, pero respiré hondo y le miré ponerse en pie. Los músculos de su abdomen estaban tensos, era probable que él estuviera igual de nervioso que yo, y de pronto comenzó a bajar sus calzoncillos. 

Tuve el impulso de apartar la mirada, por pudor, pero no quise y disfruté de aquella visión. Sonreí y él volvió a la cama, colocándose entre mis piernas. No borré la sonrisa de mi rostro cuando volvió a besarme y pude notar como él también empezaba a disfrutar del momento. 

Mientras seguíamos besándonos busqué el momento perfecto para ayudarle en la penetración. Fuimos despacio, con mucho cariño, con pasión pero también con ternura, y cuando le noté al fin dentro de mí soltamos al unísono un pequeño gemido. Nuestras respiraciones se agitaron y con cada ir y venir sentíamos una conexión mágica.

Me había equivocado, Yago no quería tener sexo conmigo, quería hacerme el amor. Y aquella pequeña diferencia llenó mi corazón de alegría.

En mis relaciones anteriores el sexo no había sido para tanto, de hecho, había disfrutado más estando sola que con un hombre. Pero esta vez, con Yago, estaba siendo extremadamente placentera y me encontré a mí misma disfrutando como nunca antes lo había hecho, era como incrementar las mismas sensaciones que había experimentado sola, por cien.

En el momento del clímax yo me encontraba a horcajadas sobre Yago y él me sujetaba por las caderas. Me mantuve unos segundos en esa posición antes de recostarme a su lado, con algunas perlas de sudor en la frente y una gran sonrisa en la cara de la que Yago se contagió. Me apretó contra su pecho con una mano y, con la otra, buscó la sábana con la que nos tapamos para dormir.

***
A la mañana siguiente, sobre las seis y media, sonó el despertador de Yago y me desperté, pero él ya no estaba en la cama.

—¿Has dormido bien? —preguntó él saliendo del baño cuando vio que yo me desperezaba en la cama. Llevaba una toalla amarrada en la cadera y con otra se secaba el pecho.

—¿Qué hora es? —fue lo único que atiné a decir mientras miraba por la ventana y veía que aún no había amanecido, solo podía ver dónde estaba Yago gracias a la luz que entraba a su habitación desde el pasillo.

—Es muy temprano —respondió él —. Esta noche es la semifinal, he quedado con Gala para ensayar la coreografía de hoy —terminó de explicar mientras abría su armario para vestirse. 

—La competición, claro. Lo había olvidado —dije mientras me levantaba, tapándome con la sábana porque hacía mucho frío y buscando mi ropa que debía de estar en el suelo.

—He colocado tu ropa sobre mi escritorio —dijo señalando un bulto sobre su mesa que no supe distinguir entre la oscuridad. Me levanté y ahí vi mis pantalones, mi ropa interior y mi camiseta.

—¿Te apetece desayunar? —preguntó a la vez que terminaba de vestirse.

—Sí, gracias —contesté, aunque en realidad estaba muy avergonzada después de todo lo que había ocurrido anoche. Aunque una parte de mí todavía pensaba que había sido un sueño— ¿Dónde será la competición? —pregunté para cambiar de tema rápidamente.

—En el Pabellón de Deportes del centro, ¿irás a verme? Empieza a las seis de la tarde —respondió muy emocionado ante la idea mientras se acercaba a mí con intenciones de besarme.

—No lo sé, ya te avisaré, ¿vale? —respondí cuando ya lo tenía a unos pocos centímetros de mí— No quiero causarte otro problema con Gala —Yago asintió, entendiendo que era probable que su pareja de baile estallara de rabia al verme a mí allí, luego se acercó un poco más y me plantó un dulce beso en los labios.

Después de desayunar juntos, Yago me acercó en su coche al centro comercial donde habíamos quedado la noche anterior y me dejó a la entrada de los aparcamientos, donde debía de estar mi coche. Tuve que pagar una gran cantidad de dinero, teniendo en cuenta que el coche había pasado ahí toda la noche, y salí algo enfadada por eso. Pero al menos habiendo recuperado mi coche nuevo.

Como ya no tenía trabajo, no tenía a donde ir. Fui a casa y me di una ducha, me puse otra ropa más cómoda y terminé la limpieza que había comenzado ayer, luego hice algunas compras y llamé a Mari para preguntarle si le apetecía comer en mi casa. De mis amigas sabía que ella era la única que en ese momento estaría sola en su casa porque Ade y Dafne están trabajando y Mari continúa en paro. Además, la chica odia cocinar y a mí me encanta, así que aceptó de mil amores y se presentó en mi casa a los veinte minutos de haberla llamado.

Cuando llegó la recibí con una sonrisa, estaba deseando abrazarla y ella, como de costumbre, también estaba alegre y sonriente. La invité a pasar después de unos segundos y empecé a contarle acerca de Artie y de cómo me había despedido. Su expresión cambió a una de absoluta furia, ella era quien me había conseguido el trabajo porque había salido unos meses con Carlos, el hijo mayor de Artie, y esperaba que solo por eso mi puesto fuera fijo. Así que estaba algo molesta, pero luego me volvió a sonreír y chascó los dedos como queriendo decir “tengo una idea”. Miedo me daba.

—¿Quieres que hable con Charlie? Todavía mantenemos la amistad —me preguntó mientras sonreía pícaramente. Para ella amistad con un hombre significaba algo totalmente diferente.

—No gracias, buscaré otra cosa por mi cuenta… Tampoco es que me apasionara trabajar allí. Por cierto, ¿qué le pasa a esa familia con los nombres? Artie, Charlie… —nos reímos.

Después de criticar un poco a mi antiguo jefe y a su hijo, Mari me contó que pasó su primera noche de fiesta, aquella en la que yo bailé una balada con Yago, sin tomar una sola gota de alcohol. Me alegré mucho por ella, sabía lo difícil que debía de ser dejar un hábito, o mejor dicho, una adicción de tantos años en unos pocos meses. La abracé y entonces ella me preguntó por Yago.

Me daba mucha vergüenza hablar sobre anoche. Normalmente la que hablaba de sus relaciones sexuales era Mari, a veces Dafne también nos contaba detalles de su vida sexual con algunos hombres que conocía, pero ahora llevaba tiempo soltera. Y de Ade comenzamos a sospechar que quizás fuera lesbiana porque llevaba años sin novio, pero nunca dijo nada y nosotras no queríamos presionarla. En el caso de que fuera lesbiana y no simplemente una heterosexual ermitaña, ya saldría del armario cuando se sintiera preparada, y si era lo segundo, ya se hartaría y se buscaría a alguien cuando se sintiera sola. 

Para no empezar directamente con los detalles más íntimos, los cuales no sabía cómo mencionar, preferí comenzar hablando de lo atento que fue conmigo al principio y de lo preocupado que estaba por mí, luego de lo apasionado que fue en la cama y por último de lo cariñoso que se mostró por la mañana mientras me preparaba el desayuno. 

Creo que Mari se esperaba otro tipo de conversación y, quizás, oír los detalles bonitos y no los detalles morbosos, la había hecho sentir un poco dolida. Pero no dolida como decepcionada, sino dolida porque lo que yo narraba era lo que ella anhelaba y mis palabras solo eran un recordatorio más de lo sola que se sentía. 

Ella había estado con docenas de hombres en los últimos años y nunca se había enamorado. Cuando salía ese tema ella decía que el amor no se había hecho para ella y que por eso prefería disfrutar solo del sexo. Pero sé que en el fondo ella deseaba conocer a alguien que le hiciera cambiar esa forma de ver el mundo. Alguien que hiciera que le brillaran los ojos y que se levantara por las mañanas con una sonrisa. Pero ese alguien nunca llegó y creo que por eso es tan fría y cínica con la mayoría de hombres que conoce.

—Sabi… —comenzó a decir con la cabeza baja y la manera en la dijo mi nombre me hizo pensar que lo que diría a continuación sería serio—. Creo que necesito hacer con los hombres lo mismo que estoy haciendo con el alcohol.

—¿Hacer qué? —pregunté un poco desconcertada.

—¡Desintoxicarme! —exclamó como si fuese obvio—. He estado desde adolescente teniendo multitud de novios y otros que simplemente eran amigos, pero ya sabes lo que eso significa, al final he estado tan ocupada con ellos que creo que he desperdiciado la oportunidad de conocer a alguien bueno de verdad, al amor de mi vida.

—No lo sé Mari, no pensé que tú estuvieras interesada en encontrar al amor de tu vida —respondí apenada por ella.

—En el fondo quién no lo está… —dijo mirándome a los ojos esta vez y pude ver que los suyos estaban vidriosos.

Su mirada me dejó helada. Mi amiga estaba sufriendo de verdad y yo no sabía cómo reconfortarla. Sentí lástima por ella, pero a la vez me alegré de que quisiera mantenerse alejada de clubs, discotecas y chicos con los que siempre mantenía un tipo de relación tóxica en la que Mari nunca se sentía cómoda ni feliz. Era el primer paso y, aunque la hiciera sentir desgraciada en estos momentos, lograría su propósito de ser feliz, primero sola, y luego con alguien a quien amar de verdad.

En estos últimos meses, mi amiga estaba demostrando una madurez que nunca antes habíamos visto. Quizás por lo que le pasó aquella noche en la que casi la violan o quizás porque pronto iba a cumplir otro año más, el caso es que ya no era la misma de antes. Y aunque yo siempre adoré a Mari, verla sentar cabeza por primera vez y poner orden en su vida, me llenaba de orgullo y me hacía admirarla cada vez más. Pues lo que estaba haciendo no era fácil, y a pesar de eso no abandonaba. Claro que a cabezota no la gana nadie.

Finalmente almorzamos con tranquilidad viendo una película que nos había recomendado Ade, que es más cinéfila que Mari, Dafne y yo juntas. Y cuando la terminamos no pude evitar sacar el tema de que esa noche era la semifinal de Yago con su pareja Gala.

—¿Irás a verle, verdad? —preguntó entusiasmada.

—No lo sé, realmente no lo sé —contesté yo con una risa nerviosa—. Es que por lo visto su pareja de baile me guarda rencor por algo del pasado que desconozco y si voy y me ve, puede molestarse y crear un problema con Yago.

—A ver, querida, tienes que empezar a marcar territorio desde ya. No sé si esa mujer está enfadada contigo por tu pasado como bailarina o por tu presente como amiga de Yago. El caso es que tienes que ir para dejar tus intenciones claras, ¿el chico te gusta, no? —preguntó Mari como colofón a su discurso.

—¡Claro! —le respondí yo sin dudar.

—Pues ya te vas vistiendo, y te elijo yo el vestido, ¿eh? Que tú a veces te vistes como si fueras a ir a misa.

—¡Mari! —le grité a mi amiga en tono cariñoso, no me gustaba cuando me decía esas cosas.

—¡Te quiero! —respondió ella a modo de disculpa.

Mi amiga se apartó los cabellos morenos del rostro atándolos en la nuca con la coleta, abrió las puertas de mi armario y resopló.

—Todo es de color oscuro: negros, grises, ¿esto qué color es, burdeos? —preguntó sacando una camiseta del armario, me encantaba esa camiseta y el color era muy bonito, como el del vino tinto— Más tonos aburridos: azul marino, marrón, verde oscuro... ¡Anda si aquí hay una bolsa! —exclamó.

—Son vestidos —dije yo mientras ella sacaba la bolsa y la ponía sobre la cama—. Los guardé ahí porque no me los pongo, son de cuando hacía las actuaciones o cosas así y ya no me sirven —Mari me dedicó una mirada de reproche, como si mis excusas no fueran suficientes.

—Recuerdo este vestido rojo —dijo sacándolo con cuidado y estirándolo sobre la colcha—. En esa época tú y yo no éramos tan amigas, siempre estabas centrada en el baile. Pero aquel día necesitabas ayuda para comprar un vestido y me llamaste a mí —continuó relatando Mari mientras acariciaba la tela—. Pruébatelo, vamos.

Yo me iba a negar, pero después de aquel recuerdo de Mari, era imposible hacerlo, la haría sentir mal. Tomé el vestido que ella tan delicadamente había colocado sobre la cama y me lo llevé al baño. El vestido me entró perfectamente hasta las caderas, donde se ciñó más de la cuenta, pero aún así no quedaba apretado, subí la cremallera que tenía por un lateral y até en mi cuello la parte delantera, que se abría en un bonito escote. Y aunque yo apenas tuviera pecho, aquel vestido me hacía parecer voluptuosa. 

—¡Estás de miedo! —exclamó Mari cuando salí del baño y me vio.

—¿Eso se supone que es bueno? —pregunté yo a modo de broma y ella simplemente se acercó a mí y me abrazó. Yo también la abracé y me emocioné ante su gesto— ¿Vendrás conmigo a ver a Yago? Creo que sería menos incómodo.

—Claro, yo te acompaño —respondió con una sonrisa.

En los minutos siguientes, aunque me parecieron horas, Mari se encargó de mi maquillaje y peinado. Como el vestido era tan llamativo, me dijo, no quería sobrecargarme con un maquillaje excesivo, pero quería resaltar sobre todo mis ojos. En el pelo me hizo un recogido que jamás podría pensar que sabía hacer, pero según ella todo eso lo aprendió de tutoriales en Internet, ya que en su casa se pasaba las horas muertas viciada a esas cosas.

El momento “tacones” era el más odioso para mí, me empeñé en querer llevar zapatos planos, pero Mari me dijo que arruinaría todo el “outfit”, así que me puse unos zapatos con tacón y los zapatos planos los metí en el bolso sin que ella se diera cuenta. Después ella se retocó el maquillaje en mi baño y salimos de casa. El Pabellón de Deportes no estaba lejos, pero para evitar el tráfico, teníamos que salir ya.

Al final llegamos antes de que abrieran las puertas del Pabellón al público. Aproveché para comprar las entradas y esperamos por fuera, sentadas en unas escaleras. Estaba nerviosa porque sabía que en esos momentos Yago estaría dentro del Pabellón, ensayando a última hora con Gala, preparando su indumentaria y asegurándose de que todo saliese perfecto. Yo estaba segura de que así sería, pero estaba nerviosa porque sabía que él estaba nervioso, por extraño que suene eso.

—¿Qué raro, no? —preguntó Mari— Para la última competición fueron a un salón de bailes de lo más cutre y ahora vienen aquí, con entradas y todo.

—Según me contó Yago anoche, la competición iba a realizarse en otro lugar, pero lo cancelaron a última hora. Los bailarines pensaban que acabarían posponiendo la fecha, pero uno de los promotores del concurso encontró ese lugar y fueron allí —respondí yo sin apartar la mirada de Mari, pues me imaginé que recordar aquel lugar también le haría recordar lo ocurrido cuando la drogaron, pero parecía estar bien. Y yo no quería sacar ese tema de conversación.

A los pocos minutos abrieron las puertas y entró un grupo de gente enorme, Mari y yo esperamos a que entraran los más desesperados por coger asiento, porque a nosotras no nos importaba sentarnos atrás. Y cuando entramos, como era de esperar, todos los asientos delanteros habían sido cogidos, así que nos sentamos atrás. Pero luego un acomodador se acercó a nosotras y nos indicó que podíamos subir a un palco que estaba vacío, y ni Mari ni yo dudamos en decir que sí.

Noté que el chico me había mirado más a mí que a Mari, por primera vez en todos los años que hacía que conocía a mi amiga, por unos segundos el centro de atención había sido yo, y me hizo sentir bien. Después de un rato salió al escenario el presentador, que era el mismo que la vez pasada y presentó nuevamente al jurado, que también eran los mismos, aunque esta vez había una cara que no conocía y que, según el presentador, era campeón nacional de tango en Canadá y estaba allí como jurado invitado.

A continuación se anunciaron las parejas que bailarían esa noche y el orden. Por cada nombre pronunciado se oían aplausos y silbidos por parte del público. También cuando nombraron a Yago y Gala, que saldrían los terceros. Mari me dio un codazo cuando escuchó el nombre de Yago y me sonrió a la vez que picaba un ojo. No se podía ser más indiscreta ni adorable. Le devolví la sonrisa y giré mi cabeza para mirar al escenario donde la primera pareja ya estaba situada.

La música comenzó a sonar, la verdad es que no era una de las canciones de tango más conocidas, ni con más ritmo, quizás para una ocasión íntima estaba bien, pero para el concurso se había quedado corto. El jurado votó y la pareja obtuvo 38 puntos sobre un máximo de 50. Y llegó el turno de la segunda pareja.

Algo que no me gustaba en ningún estilo de baile era que los bailarines se preocuparan más por la técnica que por el sentimiento que le ponían a la danza. Esta pareja había escogido una canción mucho más conocida, por lo que el público estaba cantando, y habían optado por una coreografía demasiado pautada, rígida, sin movimientos naturales. Y lo peor de todo, no había química entre los bailarines que apenas se habían mirado o rozado más allá de lo necesario para realizar correctamente el baile. Pero como el jurado lo que quiere aparte de técnica es espectáculo, y estos habían tenido ambas cosas, recibieron 41,5 puntos de 50.

Y finalmente salió Yago al escenario acompañado de Gala. Las parejas anteriores lo habían hecho muy bien, a pesar de todo, y ellos tenían que rozar la perfección para superar esos 41 puntos de la segunda pareja. El orden establecido era el orden en el que habían quedado las puntuaciones en la competición anterior, así que supuse que ellos habían quedado terceros, pero para ganar de verdad, llevarse el premio mayor y ser los mejores de España, necesitaban quedar los primeros.

La música empezó a sonar y no fui capaz de identificar la canción. Yago dominaba a Gala, que se mostraba indefensa ante él, se movía a través de sus manos y respondía cuando la tocaba. Pero luego el ritmo de la música cambió, siendo un poco más intensa, y Gala se mostró como se muestran las mujeres en el tango: decidida y segura de sí misma. Y la gente aplaudió. Ahora los dos tenían la misma fuerza sobre el escenario y, aunque la coreografía era perfecta de por sí, no faltaron unas acrobacias por parte de Gala que hicieron del baile algo más único. 

Luego la canción volvió a su ritmo inicial, ya estaba acabándose. Y ambos continuaron bailando pegados, piel con piel, demostrando la compenetración que le había faltado a la pareja anterior y la fuerza que le había faltado a la primera. Pero en el momento de la puntuación la suma dio 40 puntos y desde la distancia de mi asiento, pude notar la decepción en el rostro de Yago y la rabia en el de Gala. Aún así, se mostraron profesionales, se despidieron del público y abandonaron el escenario dando paso a la cuarta pareja.

En total quedaban tan solo dieciséis, de los que pasarían a la final la mitad. Pero ninguna de las siguientes parejas me emocionó, me quedé algo desanimada después de ver la puntuación de Yago y solo estaba pendiente de la suma de votos de los demás, para saber que al menos Yago y Gala eran segundos. Y efectivamente, al terminar la competición ninguna pareja había conseguido quedar por encima, sobre todo debido al nuevo miembro del jurado, que era el que menos nota daba a las parejas, haciendo que la media bajara drásticamente. 

Cuando casi todo el mundo había salido ya del Pabellón, Mari y yo nos decidimos a salir también. Como siempre intentábamos evitar pasar entre toda esa gente que no salía ordenadamente y se pisaba y empujaba. Ya nos dirigíamos al coche cuando Mari me preguntó si sabía donde estaban los baños en ese sitio. Yo había competido en ese Pabellón años atrás, pero solo conocía los baños que se encontraban detrás del escenario, así que nos perdimos buscando.

—¿Sabina? —escuché detrás de mí, me giré y ahí estaba él, sudado y con una toalla sobre sus hombros— ¡Viniste! —exclamó acercándose a mí sin saber muy bien cómo actuar, ni yo tampoco, ¿nos besábamos, nos abrazábamos, el beso podía ser en la boca o solo en la mejilla por el momento? Pero Yago no le dio tantas vueltas, se acercó del todo a mí y me dio un tierno beso sobre los labios.

—Uuuuh —dijo Mari haciéndose notar y Yago y yo la miramos— Perdonad, no se corten —respondió ella a nuestras miradas, y Yago no pudo reprimir una carcajada y le estiró la mano.

—Soy Yago, encantado —se presentó él.

—Y yo Mari —respondió mi amiga—. Siento que no ganaras, en verdad tu baile fue el que más me gustó.

—Cierto —dije yo— merecías ganar. 

—Gracias, chicas. Pero no siento que haya perdido, al menos he quedado entre los ocho primeros e iré a la final dentro de tres semanas. Todavía no está todo perdido. Además, el siguiente baile es uno de los que más domino.

—¿Cuál? —pregunté yo con curiosidad.

—El bossa nova —respondió él con una sonrisa de satisfacción.

—Jamás he practicado ese baile, he visto actuaciones, pero nunca me he atrevido —confesé yo.

—¿Un baile que Sabi no controla? —preguntó Mari irónicamente—. Pues chica, creo que ya tienes profesor particular —dijo guiñándole un ojo a Yago y haciéndome una seña —los tres reímos y una voz masculina llamó a Yago desde el interior de una sala.

—Tengo que volver —respondió él acercándose de nuevo a mí—. Gracias por venir, estás preciosa con ese vestido —me susurró al oído y luego me dio otro pequeño beso en los labios antes de marcharse corriendo.

Mari me miró mientras reprimía su emoción, me dio otro codazo y finalmente encontramos el baño. Luego dejé a Mari en su casa que no estaba lejos de la mía y para cuando llegué a mi ático tenía varios mensajes de Yago, el último decía lo siguiente: 

«Ya sé que te lo dije antes, pero estabas preciosa. En serio, impresionante. El vestido te quedaba tan bien que me daría pena quitártelo, aunque igualmente lo haría. Buenas noches, ¡guapa!».

Estaba tan cansada que me quité el vestido y me metí a la cama solo con la ropa interior. Pensé en sacarme una fotografía de esa guisa y enviársela a Yago diciéndole que ya me lo había quitado yo por él. Pero al final me dio vergüenza y no lo hice, y me quedé profundamente dormida hasta la mañana siguiente.

La vuelta de Saca tu novela de la papelera

6/3/16

¡Hola hola! ¿Sabéis qué día es hoy? Hoy se cumple un año desde que inauguré en el blog la entrada en la que hablaba sobre la iniciativa Saca tu novela de la papelera que consiste en hacer publicidad en mi blog a vuestras novelitas, para que más gente las pueda conocer y animarse a leerlas. Pero por problemas de estudio acabé dejando todo lo relacionado con STNDLP de lado. Además, vosotros cada vez participabais menos. Pero hoy, en conmemoración de este primer aniversario, voy a volver a publicar mensualmente igual que lo hacía en 2015. Os explico:

Los días 6 de cada mes haré un resumen con los participantes de la iniciativa. Esos resúmenes tienen su propia etiqueta en el blog y también los puedes encontrar en la barra del menú. Es decir, que el próximo 6 de abril habrá resumen de los nuevos participantes que se hayan apuntado últimamente y los que se apunten a raíz de esta entrada.

Si el número de participantes no supera los 6, no traeré resumen, sino que se sumarán a los participantes del mes siguiente y entonces haré dos resúmenes en uno, ¿se entiende? Es que preparar una entrada de ese tipo lleva su tiempo y hacerlo solo para dos personas, pues no. Prefiero hacerlo cuando ya seáis bastantes.

Participar no es sinónimo de recibir una reseña, el año pasado lo hice con varias historias porque me gustaron y lo creí necesario. Pero no quiero sentir que le debo nada a nadie y andar con prisas por leer sus historias y reseñarlas, etc. Lo que sí haré será leeros y comentaros, al menos cuando tenga tiempo y en la mayoría de capítulos, por lo que habréis ganado una seguidora fiel seguro.

Las historias que ya participaron el año pasado sí que tendrán reseña, porque ellos no sabían nada de esto cuando rellenaron el formulario y muchos esperaron con nerviosismo su reseña y aún no ha sido publicada. Y no me gustaría que leyeran ahora que no se las haré. A ellos sí les haré reseña, siempre y cuando cumplan los siguientes requisitos: que no tengan faltas de ortografía graves (a mí se me pueden escapar algunas tildes o me puede bailar una letra al escribir rápido, pero hay otras faltas que son muy exageradas y que encima se repiten a lo largo de la novela, por lo que no son erratas), que no sean fanfics (Wattpad está infectado de fanfics sobre grupos musicales varios y me aburre, lo siento pero no voy a leer eso si no me gusta), que no estén acabadas (puedes participar si tu novela solo tiene la sinopsis, eso no me importa, pero para la reseña tendré que esperar a que la hayas acabado para poder traer una reseña de verdad).

OJO: Puedes participar tanto si tienes un fanfic como si tu novela aún está empezando y saldréis en los resúmenes mensuales. Pero para las reseñas, no voy a reseñar fanfics, ni tampoco puedo reseñar una novela sin acabar, así que tendréis que avisarme cuando la tengáis terminada para que la lea completa y la reseñe.

PARA PARTICIPAR VISITA ESTA ENTRADA.

Tutorial Blogger: Cómo hacer un banner bonito

3/3/16


¡Hola hola! Seguro que te habrás fijado en los banners que aparecen a la izquierda del blog, todos mantienen el mismo estilo de diseño y cumplen su función de llamar la atención para que pinchéis en ellos y os redirija a las diferentes secciones a las que hacen referencia. Hoy os traigo esta entrada para hablaros de la página que he usado para descargarme las imágenes, por si os apetece hacer algún diseño con alguna de ellas, se llama Simple Desktops. Son imágenes para fondos de pantalla, pero podemos editarlos para hacer diseños como los míos:


¡Espero que os animéis a entrar en la página y buscar algún diseño que os guste! Si el dibujo de la imagen está en el centro y lo queréis a un lado (o está al lado y lo queréis al centro, arriba, abajo, etc.) Podéis cambiarlo usando Paint. Ese programa que tiene tantos años como nosotros y que parece desfasado, pues solo tenemos que abrir la imagen, seleccionar el dibujo y arrastrarlo a donde queramos. Con la herramienta del color, pinchamos sobre el color del fondo y con la herramienta de pintar pinchamos sobre el recuadro blanco que se ha quedado y se rellena del mismo color que el fondo. Obvio solo funciona si el diseño tiene un mismo color de fondo, sino, sería más complicado. Este truco lo usé con el banner para los Ejercicios de escritura de Literautas y para el de Reseñas literarias.

En este tenía que partir el texto porque los saxos estaban en medio.

Seleccioné los saxos, los arrastré y rellené el hueco blanco usando la herramienta de
pintar con el mismo color del fondo, y para obtener el color de fondo solo hay que usar
la herramienta que parece un cuentagotas :P

¿Os ha gustado el recurso de hoy? ¿lo usaréis para otra finalidad? Comentadme ^^

Reto: ¡Yo escribo! - Recopilación

26/2/16

¡El reto ha terminado! Después de medio año publicando las diferentes respuestas a las ocho preguntas que contiene el reto, por fin, lo acabé hace unos días. Y después de acabarlo pensé que sería buena idea recopilar las ocho entradas en una, para que sea más fácil su búsqueda en el blog. Aunque con pinchar en la etiqueta que creé para el reto podría valer. Aún así, me hizo ilusión reunirlo todo en una entrada, por si se os ha escapado leer alguna.


¿Tú también quieres hacer el reto? Pincha aquí para acceder al blog de Eleazar Writes donde encontrarás las ocho preguntas del reto sobre el oficio del escritor.

La tercera pregunta la edité recientemente para añadir unas imágenes de mi escritorio donde escribo estas entradas y muchas novelas (bueno, también escribo en la cama jajaja).

Baile de lenguas - Capítulo 3: Belly dance

22/2/16


Nos fundimos en un perfecto baile de lenguas que se prolongó varios minutos en los que nuestras manos habían atrapado el rostro del otro. Seguíamos sentados el uno al lado del otro, pero nuestros cuerpos se habían girado para estar cara a cara y poder seguir besándonos. 

Ese beso estaba siendo el mejor beso de mi vida, sin duda. En mis veinticinco años, no había tenido tantas experiencias sexuales como otras de mis amigas o compañeras de baile. El ballet nos exigía muchas horas de entrenamiento, y yo quería que mis actuaciones fueran perfectas, para que me dieran mejores papeles, para poder debutar en los mejores teatros del país, así que supongo que siempre me excusé en eso. Pero nunca me dieron envidia las demás chicas de mi edad, que ya contaban con varias ex parejas y que se encontraban experimentando todo tipo de prácticas sexuales.

Pero de pronto, ese beso despertó en mi un deseo carnal más allá de lo que había sentido antes. No se trataba de una simple excitación sexual y el consiguiente deseo de saciar esa fogosidad. Se trataba de un cosquilleo en el estómago, de un escalofrío por mi espalda, de toda la piel de mi cuerpo erizada y de mi corazón revolucionado. Aquello era algo, sin duda, mágico y extraño para mí.

Quería seguir experimentando esas nuevas sensaciones, estudiar cómo me hacían sentir y dejarme llevar, al fin y al cabo éramos dos jóvenes solteros que se gustaban mutuamente. Pero estaba asustada, no era virgen ni mucho menos, pero tampoco tenía la confianza en mí misma suficiente a lo que las artes amatorias se refiere, como para querer pasar a la acción tan pronto. Así que me separé de los labios de Yago.

Pude notar en sus ojos que el también me deseaba, y fue bastante halagador sentirse así. En ese momento tuve miedo de que me pidiera que fuéramos a mi habitación, o, más vergonzoso aún, que me preguntara si tenía algún preservativo o sacara él uno suyo. Pero, al contrario de lo que pensaba, pasó su mano por encima de mis hombros y me acarició cariñosamente el antebrazo.

—¿Estás bien? —preguntó cuando ya llevábamos un rato así, pero sin dejar de acariciarme.

—Sí, es solo que... —tomé aire y continué— hacía bastante tiempo que no besaba a un hombre.

—No tienes nada de qué avergonzarte, yo nunca he besado a un hombre —respondió entre risas y yo dejé escapar una carcajada nerviosa. Hubo otro momento de silencio y luego continuó—. También hacía bastante tiempo que yo no besaba a una mujer —me confesó mientras entrelazaba sus dedos con los míos, ahora mucho más serio.

—¿Cómo es que un chico tan guapo no tiene novia? —pregunté insegura de querer saber la respuesta.

—Bueno, entre los estudios y el entrenamiento, me queda poco tiempo para novias. La última chica con la que estuve fue hace dos años, no ocurrió nada para que nos separáramos, simplemente nos dimos cuenta de que no estábamos hechos el uno para el otro... y se acabó.

Su respuesta no me había hecho sentir tan incómoda como pensaba que me sentiría y continuamos hablando. Me dijo que estudiaba un grado en Comunicación y que su sueño era ser corresponsal en algún país donde poder vivir indefinidamente, su sueño era Nueva York, donde podía seguir formándose como bailarín a la vez que trabajaba. 

Yo había vivido allí por unos meses después de ganar diez mil euros en una de las competiciones. Me había enterado de que el profesor Angelo Taccola, uno de los mejores y más brillantes bailarines de ballet del mundo, ofrecía una clase magistral dentro del curso de otra gran bailarina, retirada desde hacía años, Yana Dimasi, y no dudé en apuntarme y viajar hasta allí. 

Mi historia había emocionado a Yago, al que le había sorprendido mi larga formación como bailarina. Él solo llevaba unos pocos años bailando, sin tomárselo en serio, y desde hacía un año trabajaba con Gala y había ganado varios premios desde entonces. Sin duda, su talento era innato, aunque también le llevara algo de práctica y ensayos. Entonces fue cuando le pregunté acerca de porqué había dicho que yo era una leyenda.

—Como sabes, mi pareja de baile es Gala, y ella está especializada en más bailes que yo, como el ballet. Y siempre me pide ayuda para ensayar. Entonces fue cuando me habló de ti.

—¿Gala, te ha hablado de mí? —pregunté con asombro e incredulidad.

—Bueno, sí, no exactamente... En realidad yo comencé preguntando por ti a raíz de uno de sus comentarios. Dijo que tenía que ganarte en la próxima competición, que no podía dejar que la avergonzaras de nuevo, así que yo empecé a preguntar porque tenía curiosidad. 

—¿Y qué te decía de mí? —volví a preguntar todavía asombrada por el impacto que, sin saberlo, había causado en Gala.

—No mucho, solo que eras mejor que ella y que quería ganarte. Gala es una chica muy orgullosa. Así que empecé a preguntarle a otras personas, profesores y compañeros. Todos recordaban tu nombre, todos me decían que tenía que buscarte en Internet para entenderlo porque tu dominio del ballet era superior a lo que ellos mismos habían estudiado —me sonrojé al escuchar esas palabras y me emocioné al sentir que había gente que seguía acordándose de mí y con tan buena impresión.

—¿Y lo hiciste? ¿buscaste vídeos míos en Internet? —demandé algo avergonzada.

—Así es —afirmó él mientras asentía con la cabeza— y desde entonces quedé maravillado con tu técnica tan precisa, con movimientos tan ágiles, rápidos y estudiados. Por eso, cuando me dijiste que eras bailarina y que te llamabas Sabina, te dije que eras una leyenda, porque para mí lo eres. Además, con tu repentina ausencia, que ahora entiendo perfectamente, todos se preguntaban qué había sido de ti y la curiosidad creció más y más en mí —confesó mientras me dedicaba una sonrisa.

Esa noche continuamos hablando hasta casi las dos y media de la madrugada. Me contó que la otra noche había ganado la competición y que, en dos días, sería la semifinal. Esa noche había salido con sus amigos en una especie de ritual de la buena suerte que tiene que quedó interrumpido por mí. Reímos ante la posibilidad de haberle estropeado su tradición y el bromeó diciendo que si ganaba, podría considerarme su nuevo talismán de la buena suerte.

—Sabina —dijo él atrapando aún más mi atención— ha sido una noche estupenda, pero ya es tarde y mañana tengo clase. Si te parece bien voy a llamar a un taxi —dijo mientras sacaba su móvil de su bolsillo.

Tuve ganas de retenerlo, de volver a besarlo y pedirle que se quedara a dormir conmigo esa noche. Pero no podía pedirle eso, y tenía razón, era tarde y debía descansar. Seguramente él también esperaba que yo lo invitara a quedarse, lo pude notar mientras jugaba con su móvil en las manos sin llegar a desbloquear la pantalla para hacer la llamada.

—Sí, ha sido una noche genial. Espero que pueda repetirse —dije yo sonriendo y él me devolvió la sonrisa.

Después de eso, desbloqueó el teléfono y marcó el número de un taxi. Le ayudé con la dirección de mi casa para que pudiera indicarle a la señorita que atendía las llamadas a dónde debía dirigirse el taxi. La mujer le señaló que en unos diez minutos llegaría el coche y él colgó después de darle las gracias.

—Puedes apuntar mi número de teléfono —dije yo, él me dedicó una mirada de esperanza, quizás pensaba que yo no quería volver a saber nada de él por haber aceptado tan rápido que fuera o por no haberlo impedido. Asintió y yo le dicté los ocho dígitos que componían mi número de teléfono.

—¡Apuntado! —dijo él mientras me guardaba como nuevo contacto— Quizás debería de bajar ya, por si llega el taxista y no ve a nadie.

—Bien visto, te acompaño —comenté mientras me ponía en pie.

—De eso nada, no voy a dejar que bajes y subas tantas escaleras por mí —añadió él, como si yo estuviera inválida. Su respuesta me enterneció, pero su preocupación no era necesaria, aun así, acepté.

—Está bien, te estaré observando desde la ventana —dije entre risas y él también rió—. Espero que podamos volver a vernos algún día —añadí tímidamente.

—Yo también lo espero —dijo acercándose hacia mí para darme un abrazo.

Yago era un poco más alto que yo, no demasiado, y mi cabeza quedaba perfectamente apoyada en su hombro donde podía sentir su calor y oler su perfume. Sonreí instintivamente y él pasó su mano por mi pelo tiernamente, pasando sus dedos entre mis cabellos. Estuvimos así unos dos minutos o quizás más, y luego nos separamos.

Él caminó por delante de mí en dirección a la puerta, la abrió y se situó delante de mí, me dedicó otra sonrisa y nos despedimos con un gesto de la mano, sin decirnos nada más, pues las palabras no eran necesarias. Cuando terminó de bajar las escaleras y le perdí de vista, cerré la puerta y fui corriendo hacia la ventana de la cocina que tenía una vista perfecta de la calle.

Desde ahí pude ver cómo salía a la calle, estaba empezando a llover y hacía mucho frío, me dio pena porque él apenas llevaba abrigo, pero el taxi llegó a los pocos segundos de que él hubiese bajado, y, antes de subirse, miró hacia arriba donde sabía que me iba a encontrar y se volvió a despedir. Seguí el coche con la vista y cuando desapareció entre las calles, sentí un profundo vacío en el pecho. Una parte de mí sabía que era lo mejor, pero otra, deseaba no haberlo dejado escapar esa noche.

Esa noche me puse un pijama de lo más abrigado y me metí en la cama mientras escuchaba la lluvia caer sobre el tejado. También se podían escuchar algunos truenos a lo lejos y no me dejaban pegar ojo. Entre mis nervios y mi emoción por lo que había pasado esa noche y la tormenta, estaba un poco inquieta y no podía conciliar el sueño. Entonces un pequeño destello de luz intermitente me alertó y me giré en busca de esa luz. Era mi teléfono móvil que lo había dejando cargando sobre la mesita de noche. Encendí la pantalla para ver qué era y vi un mensaje de un número desconocido:

«Ya estoy en casa, sano y salvo. Espero que tengas dulces sueños, gracias por la agradable conversación, hacía tiempo que no me lo pasaba tan bien. Espero que haya próxima vez. Un beso, Yago».

Abrí el mensaje y me dispuse a contestarle.

«La habrá, ahora ya tengo tu número, así que te llamaré, ¿ok? Buenas noches.» respondí yo y el mandó un corazón gigante. Esa noche dormí con una sonrisa enorme en la cara, con la esperanza de volver a ver a Yago pronto y con las ilusiones renovadas. No sé qué me estaba haciendo ese chico, pero me gustaba cómo me sentía y descubrí que era nuevo a lo que había vivido antes. 

A la mañana siguiente me levanté a las seis de la mañana, como acostumbro desde que tengo trabajo. Me preparé una taza de chocolate caliente y unas tostadas como desayuno, luego pasé un largo rato frente al armario pensando en qué ponerme y finalmente me decidí por un vestido azul marino de manga francesa, sin escote y que me llegaba por las rodillas. Me había olvidado completamente de ese vestido, era muy sobrio, pero me gustaba la figura que me hacía. Y, alrededor de las siete y cuarto, salí de casa y me dirigí al coche.

Mientras conducía comenzó a sonar mi teléfono móvil. No pude cogerlo porque estaba conduciendo así que dejé que sonara. De mi casa al trabajo tardaba unos veinticinco minutos y en ese tiempo, el móvil había sonado otras dos veces. No sabía quién podía ser, pero me era imposible cogerlo para mirar la pantalla. No fue hasta que estuve delante de la empresa y pude aparcar que miré el móvil.

Las tres llamadas perdidas eran de mi jefe y tuve un mal presentimiento. Usualmente no me llamaba, a no ser que quisiera que empezara a trabajar antes por alguna emergencia. Pero sabiendo que en unos minutos empezaba mi jornada de trabajo, no entendía porqué me había llamado. Tres veces.

Mi trabajo no me gustaba mucho y apenas me relacionaba con mis compañeros, pero lo hacía bien y nunca recibí ninguna queja. Al menos tenía con qué pagar las facturas y era una distracción. La empresa tenía dos plantas, la puerta principal era de cristal y se podía ser el naranja con el que estaban pintadas las paredes desde fuera, al igual que el logotipo de la empresa, que era enorme. 

Honestamente, odiaba ese color para las paredes, era demasiado llamativo. Al entrar por la puerta, me encontré con varias compañeras recogiendo sus cosas. Eso disparó las alarmas y empecé a preocuparme por mi trabajo. 

Subí por el ascensor, aunque solo me separara una planta de mi jefe, no quería forzar la pierna innecesariamente. Caminé hasta el despacho de Artie, su nombre es Arturo, pero Artie dice que suena más exótico y le gusta más. Toqué en la puerta y escuché que Artie me invitaba a pasar. Entré y, cuando me vio la cara, se puso pálido. Me pidió que me sentara y entonces me lo dijo.

—Estamos haciendo recorte de personal y, lo sentimos mucho Sabina, pero tenemos que prescindir de ti —dijo Artie sin mover un músculo de la cara, como un robot.

Me levanté de la silla. Estreché su mano y sonreí con cortesía. Fingí que lo entendía y que no pasaba nada y caminé de nuevo hasta el ascensor. No quise preguntar porqué, en el fondo lo sabía, yo no estaba cualificada para el trabajo y lo había conseguido gracias a Mari. Imagino que Artie prefirió a los empleados con formación antes que a mí. Así que lo entendía, pero me frustraba, porque ya me había acostumbrado a la estabilidad económica que me aportaba mi trabajo y a mi rutina. Y ahora tenía que dejar atrás esa seguridad y comodidad y lanzarme de nuevo en la dura búsqueda de trabajo.

Tuve ganas de llorar durante todo el trayecto hasta mi casa. No estaba triste ni dolida, quizás enfadada, pero ni siquiera con Artie, sino con la situación en general. Y esa rabia e impotencia era lo que me hacía querer llorar, pero no lo hice. Simplemente abrí la pequeña terraza del salón y dejé que la brisa de aire fresco agitara mi pelo. Inspiré varias veces y me relajé viendo la ciudad desde mi ático. 

Cuando me aburrí, volví adentro, mucho más relajada. Me senté en el sofá y vi un libro que había dejado a la mitad hacía tiempo. Lo cogí y tuve que releer las últimas páginas para acordarme de lo que había pasado. Continué devorando el libro y no fue hasta que escuché a los hijos de mis vecinos, de unos siete u ocho años, jugando escandalosamente en el pasillo del piso inferior, que miré el reloj y me di cuenta de la hora que era. Eran las dos y media de la tarde, los niños acababan de regresar del colegio y yo me había pasado toda la mañana inmersa en la historia del libro.

Me sorprendí de mi capacidad de abstracción. Normalmente, como llego tarde de trabajar, no tengo apenas tiempo para ponerme a leer porque tengo que cenar y hacer otras cosas más importantes, y al final cae la noche y caigo rendida en la cama. Pero ahora que me habían despedido, me propuse volver a distraerme con la lectura, la fotografía, u otra de mis aficiones recientes. Al menos en el tiempo que tardara en encontrar un nuevo trabajo. 

Me levanté del sofá con mucha hambre y, como no me apetecía nada cocinar, pedí comida a domicilio. Mientras la comida llegaba decidí que sería buena idea empezar a hacer limpieza a fondo y comencé reorganizando todos los documentos que tenía en mi habitación. Habían muchos recuerdos de mi época de bailarina, fotografías en grupo después de las actuaciones, y, lo que guardaba con más cariño, un pedazo de mi primer tutú.

Cuando crecí y el tutú dejó de servirme, mi madre lo guardó en una caja con el resto de mis cosas. Y años después, cuando me vine a vivir a esta casa, a mi madre se le ocurrió que podía ser buena idea llevarme conmigo un trozo de aquella prenda. Y cortamos un rectángulo pequeño, pero que en seguida cobró mucha importancia para mí. 

Seguí con mis cosas, amontonando las que eran para tirar y volviendo a guardar, después de ordenar, las que quería quedarme. Cuando terminé con aquellos papeles tocaron el timbre y salí de prisa de mi habitación. Ya estaban allí mis tallarines con verduras, le pagué al repartidor y me senté a la mesa. Tenía por costumbre no ver televisión ni chatear por el móvil mientras comía, pero quería comprobar si tenía algún nuevo mensaje y, cuando el vi el nombre de Yago, dejé de comer para contestarle.

«Sí, estoy libre. ¿Esta tarde a las ocho te parece bien?» fue mi respuesta a su pregunta de si estaba libre esta tarde para quedar a tomar algo. Hacía varios minutos desde la última vez que se había conectado, supuse que a lo mejor tardaría un poco en responderme y seguí comiendo.

Cuando terminé de comer, Yago seguía sin contestar. Lavé los platos y limpié toda la cocina, continué por el baño y luego mi habitación y el salón, que era lo menos desordenado o sucio. En ese momento pude ver que el sol ya se estaba poniendo, era invierno y empezaba a oscurecer muy pronto, de todas formas, eran cerca de las seis y cuarto de la tarde y Yago aún no había contestado. 

No quería desesperarme ni ponerme nerviosa, sabía que era probable que estuviera entrenando y durante los ensayos no hay tiempo para nada, solo hay pequeñas pausas para beber agua o ir al baño. Además, si su academia era como la mía, los profesores obligaban a mantener todos los aparatos eléctricos apagados dentro de una taquilla.

Así que mientras él entrenaba, yo me daría una ducha para empezar a prepararme para nuestra cita. En caso de que finalmente me respondiera, pero no quería pensar lo contrario porque me hacía mucha ilusión que Yago me hubiese invitado a salir. 

En las dos ocasiones en las que me había visto, no iba arreglada. La primera fue la noche en la que se cumplía un año de mi accidente y, como no había tenido ganas de ir, había ido muy sencilla; y, la segunda, había ido con la ropa que llevaba al trabajo, así que esa noche quería que me viese vestida para él. 

Después de secarme el pelo y hacerme unas pequeñas ondas, me maquillé ligeramente, que no se notara demasiado, pero hice especial hincapié en mis ojos. Luego caminé hacia el armario y comenzó mi tortura, nunca sabía qué ponerme. Deseché varios vestidos y faldas, tampoco quería llevar pantalones y camiseta, y de pronto vi un pequeño pantalón negro que podría acompañar de unas medias transparentes y que combinaba con una blusa turquesa y negra. Me gustó el conjunto, Yago vería por primera vez mis piernas, pero no se notarían mis cicatrices del accidente que era algo que me acomplejaba, e iría cómoda con la blusa y un abrigo de lana color gris oscuro encima.

No me olvidé de ponerme algo de perfume y elegí unos zapatos planos, ya que no sabía si iríamos a caminar mucho o no, y no quería sufrir con los odiosos zapatos de tacón. Podría pensarse que una bailarina de ballet profesional, capaz de soportar todo su peso sobre los dedos de sus pies, soportaría diez centímetros de tacón de aguja. Pero no, ni siquiera antes del accidente era capaz de aguantarlos demasiado. Y yo ya era alta sin ellos, quizás hasta fuese más alta que Yago con ellos, así que no los vi necesarios.

Los minutos pasaron y por fin sonó mi móvil en forma de llamada. Era él.

—¿Diga? —pregunté haciéndome la interesante.

—Sabina, soy Yago, perdóname pero estaba en el entrenamiento —Su voz sonaba agitada, como si acabara de terminar de bailar ahora mismo—. Estaré listo a las ocho, ¿te recojo o quedamos en un lugar en concreto?

—Podríamos quedar en los cines que hay cerca de tu academia, ¿los conoces? —pregunté yo mientras seguía escuchando su respiración agitada.

—Sí, sé donde están. Entonces nos vemos ahí en un ratito, ¿vale? —respondió mucho más calmado.

—Sí, en un ratito —repetí yo y nos despedimos.

No me apuré en salir de casa porque todavía quedaba como una hora y media, preparé mi bolso para salir y cogí las llaves del coche. Cuando llegué los cines seguían abiertos y recordé que tenían unos aparcamientos subterráneos, así que entré en ellos y subí andando a la calle por una escalera lateral. Miré el reloj y todavía quedaban unos cuarenta minutos para que él llegara, me recorrí la zona para hacer tiempo y de pronto lo vi acercarse, aunque él no me había visto todavía a mí.

Llevaba unos pantalones vaqueros, una camisa de cuadros estilo leñador de color rojo, una chaqueta verde militar y unas zapatillas modernas de color negro. Iba impecablemente bien vestido, se notaba que el también había tenido en cuenta la importancia de la cita y que se había vestido para mí, se había arreglado pensando en gustarme y ahora lo tenía en frente, a unos pocos metros. Me saludó con la mano y le correspondí el gesto, yo también avancé unos pasos y en unos pocos segundos le tuve cara a cara.

—¡Estás muy guapa! —exclamó haciéndome sonrojar, no lo decía con sorpresa, sino como algo que él ya sabía, pero que quería recalcar.

—Gracias, tú también... ¿qué tal tu día? —pregunté poniéndome a su lado y cogiéndole del brazo para comenzar a caminar a su lado.

—Bueno, las clases han estado bien, pero, en los entrenamientos, tuve un pequeño problema con Gala —dijo él carraspeando un poco—. No quiero que ella sea un obstáculo entre nosotros dos, pero te guarda un rencor que no entiendo, y, cuando tu nombre apareció en la pantalla de mi móvil, comenzó a hacer preguntas y empezamos a discutir. 

—La verdad es que me sorprende porque yo a ella apenas la recuerdo —dije yo—. Yo tampoco quiero que se convierta en un problema entre nosotros, pero es tu compañera de baile y solo queda un día para la semifinal.

—¿Qué se te ocurre que podemos hacer? —preguntó él atrapando mi mano en la suya y entrelazando nuestros dedos.

—Bueno, de momento seguir conociéndonos y mantener nuestros móviles alejados de Gala —respondí entre risas y él también se rió, aunque se le notaba realmente preocupado—. Si fuera necesario quiero que sepas que puedes contar conmigo para que hable con ella, no quiero que mi pasado te perjudique en las competiciones. ¿Ella sabe que ya no estoy dentro del mundo del baile? —le pregunté.

—No, no creo que sepa nada —respondió dubitativo— pero es posible, ¿por qué?

—Cuéntaselo. Dile todo lo del accidente y de que no puedo volver a bailar. Si lo que está es obsesionada con ganarme, quizás eso la haga calmarse. 

—No me parece bien que para hacerla sentir mejor, tenga que contarle tu  accidente, ¿quién se alegra con las desgracias ajenas? Pero lo haré si la situación empeorara. Gracias —respondió aliviado, y seguimos paseando.

El cine estaba lleno de gente de todas las edades, y nos entraron ganas de ver una película. Elegimos una que parecía que trataba del Antiguo Egipto, no porque nos llamara la atención, sino porque era la primera que empezaba y no queríamos esperar. La película empezó a los pocos minutos de comprar las entradas y la vimos sentados desde las últimas filas. Durante toda la película, en la que la protagonista era una gran bailarina, Yago no soltó mi mano.

La bailarina seducía al hombre con un baile de vientre, era la danza de los siete velos, y verlo fue precioso. Ese tipo de danza era de lo que menos había practicado, aunque en los últimos años se ha popularizado tanto que tomé algunas clases. 

Cuando la película acabó y salimos del cine, los centros de alrededor habían cerrado ya. Pensamos en ir a cenar a algún lugar romántico, pero, al ir a buscar mi coche, nos encontramos con todo cerrado. Y con un cartel que ponía que cerraban a las diez. Y eran las diez y media.

Yago había ido caminando desde la academia hasta los cines, y su coche seguía aparcado allí. Así que nos fuimos caminando, pero enfadada conmigo misma por no haber visto el cartel. Cuando llegamos a la academia, Yago sacó del bolsillo trasero de su pantalón, unas llaves que no eran las de un coche y me señaló la puerta de la academia.

—Nos las dan cuando las semifinales están tan cerca, para que podamos ensayar a la hora que queramos —dijo sosteniendo las llaves en el aire para que las viera.

Yo sonreí ante la idea y antes de que pudiera decir nada, a favor o en contra, Yago ya había abierto la gran puerta de aluminio. Me sorprendió la amplitud del lugar, en las academias que he visitado la mayoría de pasillos son estrechos, pero no en esta. Me adentré y curioseé los nombres de las salas, que normalmente llevaban nombres de famosos bailarines.

Yago estiró su mano para que yo pudiera cogerla y me llevó por un largo pasillo donde habían varias salas, pero eso no era lo que le interesaba. Sabía donde quería llevarme y me estaba poniendo muy nerviosa. Y finalmente, ahí estábamos, frente al escenario donde se llevaban a cabo las competiciones.

Bajamos las escaleras pasando al lado de las butacas y subimos al escenario. Todo estaba a oscuras y no había música, pero Yago dijo que podía arreglarlo y de pronto se perdió. No vi hacia donde se había ido y me quedé sobre el escenario, esperando. De pronto los focos me cegaron y vi su silueta bajar corriendo las escaleras y volver hacia mí.

—Paso mucho tiempo aquí —dijo—. Sé dónde están las luces y la música.

—¿Qué música? —pregunté yo, porque no se oía nada.

—Tarda unos segundos, tú déjate llevar —respondió pegando su cuerpo contra el mío.

Le hice caso y me dejé llevar, me quité mi abrigo y lo dejé caer al suelo, mientras él y yo nos volvíamos a juntar. La música empezó a sonar en el momento exacto en el que nuestras manos se tocaron, era un hilo musical típico de la danza del vientre y no pude evitar reírme inmediatamente. Continué bailando pegada a él, moviendo tan solo mis pies y ligeramente mis caderas. Poco a poco el ritmo de la música crecía y me separé un poco de él, sin soltar sus manos, para hacer algunos movimientos de cadera típicos de esta danza.

No estoy segura de cuánto duró la canción, pero acabamos algo sudados y cansados y, de repente, Yago se acercó a mí y me besó. Primero fue un contacto de nuestros labios y luego ambos abrimos nuestras bocas, dejando paso a nuestras lenguas desesperadas por unirse de nuevo. Sin dejar de besarme, Yago se agachó un poco, me agarró por la cintura y me levantó del suelo, yo le rodeé con mis piernas y continuamos besándonos unos segundos más.

—Aquí tengo mi camerino, pero no me parece lo más adecuado, ¿te parece si te llevo a mi casa? —preguntó sosteniendo mi peso con sus manos.

—Está bien —respondí, sin tiempo para pensar como lo tuve en mi casa, sin tiempo para echarme hacia atrás por mis miedos e inseguridades.

Salimos del local cogidos de la mano y entramos en su coche.
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