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Plot a twist! de febrero - Los hermanos Anori

17/2/16

¡Hola hola! ¿Os acordáis del reto Plot a twist que organiza el blog Eleazar Writes? Es el mismo blog donde conocí el reto ¡Yo escribo! que acabé a principios de este mes. Este reto tiene una duración de 6 meses ya que consiste en publicar, cada mes, un relato inspirado en cualquiera de las 3 opciones que la autora nos facilita: una imagen, una frase o una canción. Para el mes de enero elegí inspirarme en la imagen y creé el relato Los últimos latidos de Faviola que más tarde convertiré en relato largo o novela. Y este mes, como soy muy cabezota, he encontrado una fantástica relación entre las tres opciones y he creado un relato mientras escuchaba la canción de fondo y miraba la imagen y la frase la he escogido para que sea el detonante del principio del relato.

La frase → Te despiertas gritando en medio de la noche.
La imagen → Aquí.
La canción → Aquí.


LOS HERMANOS ANORI

Me desperté gritando a medianoche con un mal presentimiento en el cuerpo y con la respiración agitada. Esa noche había una tormenta de nieve con vientos que superaban los 100 kilómetros por hora y sabía que ahora mismo mis dos hermanos estaban comenzando su ritual de iniciación para convertirse en hombres lobo.

Se supone que yo, la hermana mayor, no debía de ayudarles en los días previos. Y para evitar distracciones, mis hermanos llevaban dos días en el bosque, sobreviviendo como humanos hasta la luna llena, que era hoy. Pero desde niños, Singajik, Arkaluk y yo hemos tenido un vínculo especial que nos permite saber cuando uno de nosotros está en peligro.

Como yo soy la mayor de los tres, fui la primera en descubrir este vínculo con Singajik cuando él tenía cuatro años y yo seis. Sentí un escalofrío por toda mi espina dorsal y, sin querer, solté un gruñido. Luego escuché a Singajik llorando en la habitación de al lado porque se había caído intentando alcanzar un juguete. Varios años después, cuando nació Arkaluk, los dos pudimos sentir la conexión con nuestro hermano pequeño y descubrimos que para Singajik se manifestaba en forma de garras, que le crecían al mismo tiempo que se afilaban sus colmillos y el color de sus ojos se tornaba amarillo. Y Arkaluk lo descubrió cuando tenía doce años y yo tuve un pequeño accidente con la moto de nieve, describió un terrible dolor en su pierna derecha y una sensación de adrenalina que le recorrió todo el cuerpo y lo hizo estremecerse, en ese momento supimos que su conexión con nosotros era todavía más especial, pues al caerme de la moto me había hecho daño precisamente en mi pierna derecha, así que Arkaluk era capaz de sentir lo que Singajik y yo sentíamos en el momento de estar en peligro.

Por eso, para mí, despertarme en medio de la noche con un escalofrío y gritando, solo significaba una cosa: estaban en peligro. Y eso hacía ponerme más nerviosa de cara a lo que ocurriría, o debía de ocurrir, esta noche. Si Singajik y Arkaluk no lograban cambiar a su forma lobuna esta noche, era probable que nunca pudieran hacerlo, pues a medida que envejecemos nuestro poder va muriendo y acabamos con un alma de lobo encerrada en un cuerpo humano. Y si lo hacían y antes del amanecer, no volvían a su forma humana, también era probable que se quedaran como lobos el resto de sus vidas. Y eso tampoco era vida, además me angustiaba, pues en nuestra cultura está mal visto no poder controlar los cambios de forma, Singajik ya falló en su primera vez, y si mis hermanos fallaran esta noche, seríamos repudiados, los tres. Pues el honor de la familia, a pesar de ser Anori y a pesar de que yo sí controlo mis cambios, estaría manchado para siempre y tendríamos que mudarnos a otro lugar.

Me levanté de la cama y busqué mi abrigo, iría en moto hasta el bosque para intentar buscar a Singajik y Arkaluk, desobedeciendo así la norma de no interferir en su transformación. Pero primero debía de encontrarlos y no sabía donde podrían estar, solo que estaban en peligro y eso era suficiente para ponerme en marcha. Antes de salir de mi casa, miré al fondo del pasillo, donde se encontraban sus habitaciones y recé porque estuvieran bien, aunque mis instintos me decían lo contrario.

Tomé aire antes de abrir la primera puerta y ser empujada por una gran corriente de aire gélido. Logré dar un paso y salir, pero todavía quedaba otra puerta, la que me separaba de la tormenta. En esta zona de Groenlandia suelen congelarse las puertas todo el año y en pocos segundos, así que al construir la casa, mi padre hizo dos, por si una se congelaba y no podíamos cerrarla.

Mi padre también tuvo en cuenta muchos detalles a la hora de construir nuestro hogar para mantener el máximo aire caliente dentro posible, aunque como lobos podíamos recorrer kilómetros con nuestro pelaje sin sentir frío, como humanos éramos más débiles y sensibles a él.

El rugido de la moto de nieve espantó a una pareja de bisontes que estaba cerca, dejé la moto cerca de los árboles donde el bosque comenzaba y me adentré en él usando mi olfato para ubicarme. Recorrí varios metros siguiendo un fuerte olor que me resultaba familiar, pero que no era el de mis hermanos y entonces pude sentir el olor a sangre y carne y empecé a correr en esa dirección.

El olor seguía sin ser el de mis hermanos, eso era buena señal, pero sí podía asegurar que la sangre era de lobo. Era inconfundible, era de nuestra raza. Seguí corriendo tanto como mis piernas de humana me lo permitieron y pronto mis pupilas vislumbraron un pelaje anaranjado en la nieve, con sangre alrededor y me acerqué lentamente, estudiando el terreno.

Entonces lo supe, sin necesidad de ver de cerca el cadáver, supe que se trataban de los musk ox. Los musk ox tienen unos cuernos con los que embisten a sus presas y con los que se defienden si se sienten atacados. Este pobre lobo que debería de estar también en su rito de iniciación, debió de enfadarlos y acabó desangrado en la nieve. 

Pero entre el característico y desagradable olor de los musk ox, pude sentir el de Singajik y Arkaluk. Y después de asegurarme de que no hubiese peligro, salí de entre los árboles y seguí el camino que habían seguido mis hermanos, vi unas huellas de botas y las identifiqué como las de Singajik y me emocioné, al menos seguían vivos y no podía ver manchas de sangre alrededor de sus huellas, eso también era otra buena señal.

Unos metros más adelante las huellas de botas cambiaron por patas y entendí que finalmente habían hecho su cambio a lobos. Los dos. Como Singajik había fallado en su primer intento de convertirse a lobo, toda nuestra raza se había reído de él y eso había afectado a Arkaluk, que se presentaba por primera vez. La única razón por la que cesaron las risas y los insultos es porque yo soy Naaja Anori, hija del gran Nilak Anori que para todos había sido un héroe en el pueblo, ya que había salvado a nuestra raza en la lucha contra otras razas, entre ellas los musk ox. La noche en la que Singajik falló su prueba yo me presenté frente al Consejo de lobos donde determinaron que por ser un Anori, y por saber que yo era una loba de gran nivel, permitirían un solo intento más. Sonreí aliviada al saber que habían logrado su transformación y que no seríamos repudiados ni desterrados. 

Y ahí estaban, las huellas de Singajik y de Arkaluk en la nieve, con sus grandes patas de lobo. Me moría por saber de qué color era su pelaje, qué tamaño tendrían y cómo sería correr con ellos en nuestra forma lobuna. Ese pensamiento me sacó otra sonrisa que enseguida se borró en cuanto llegué a un claro donde pude ver a mis hermanos frente a una manada de musk ox. 

De pronto sentí como si todo eso ya lo hubiera vivido y formara parte de un sueño, pero no era un sueño, era una pesadilla que podía volver a repetirse si no hacía nada para impedirlo, pero mis músculos no me respondían y mi mente quedó bloqueada recordando el mismo momento en el que otra manada de musk ox acababa con la vida de mis padres, Nilak y Nuiana.

Sentí el calor de dos lágrimas bajar por mi rostro y luego reaccioné, saqué lentamente un cuchillo de mi bota derecha y agarré con fuerza el mango, rodeé a la manada sin acercarme demasiado porque podrían olerme, si es que no lo habían hecho ya. Me situé justo detrás del que estaba más próximo a mis hermanos, y esperé a ver qué pasaba. No era tonta, estaba en desventaja, y quería asegurarme de que todo salía bien, por eso no podía empezar a atacar sin saber qué se disponía a hacer el que parecía el líder de la manada, aunque me daba miedo descubrirlo cuando ya fuera demasiado tarde.

Finalmente el musk ox se dio por vencido y empezó a caminar sin volver la vista atrás, entendió que ni Singajik ni Arkaluk eran un peligro y prefirió evitar una pelea innecesaria. Los pobres todavía eran unos cachorros. Al líder le siguió el resto de la manada, que en unos pocos metros dejaron de verse a causa de la niebla. 

Respiré hondo y metí mi cuchillo de nuevo en la bota, y antes de poder volver a levantar la cabeza, sentí un gran lametón en la cara. 

—Hey Sin, ¡felicidades! —exclamé acariciándole el hocico— Te has convertido en lobo.

—¡Arka! —grité cuando el pequeño se acercó a lamerme las manos. Le acaricié la cabeza y me separé de ellos.

Cerré los ojos, me concentré y en unos segundos me había convertido en loba. Mi pelaje era gris, el de mis hermanos era blanco como la misma nieve y corrimos de vuelta a casa donde ya nos estaban esperando los lobos que formaban parte del Consejo. Seguramente mi presencia allí, en el bosque y en mi forma lobuna, no era lo que esperaban ver y el líder se decepcionó bastante cuando me vio. Pero otro hombre lobo, de unos treinta años y rubio, se acercó al líder y le dijo algo al oído. Entonces sonrieron y todos gritaron hurra, se alegraron de que tanto Singajik como Arkaluk lo hubieran conseguido y nos dejaron entrar a casa a descansar donde recuperé enseguida mi forma humana. Mis hermanos tardaron un poco más en averiguar cómo se conseguía, aunque finalmente se transformaron sin problemas antes del amanecer.

—Os espera un duro entrenamiento, chicos —dije a la mañana siguiente cuando les llevé el desayuno—. Y será duro, porque os enseñaré lo mismo que papá me enseñó a mí cuando aprendí.

Desde esa mañana mis hermanos y yo organizábamos juegos y peleas falsas donde nos pasábamos el día en nuestra forma lobuna, aprendieron a cazar, aunque nunca mataron a ningún animal, ya que saciábamos nuestra hambre como humanos y de forma totalmente vegetariana, aunque pueda sonar raro, así es cómo nos hemos alimentado siempre los Anori. Y lo más importante, aprendieron a controlar los cambios de forma y a no dejar que la luna llena les afectase controlando la agresividad que el satélite provoca en ellos. Nunca supe qué le había dicho el hombre lobo rubio al líder del Consejo, pero nunca recibí una amonestación por haber interferido en el rito de iniciación, pero supongo que simplemente alguien habría visto cómo mis hermanos se transformaron antes de que yo llegara, pues no era de extrañar que muchas veces se escondieran hombres lobo de nivel superior a vigilar las posibles trampas.

El origen de los nombres utilizados para este relato son inuits y aquí os dejo su significado:

Singajik - lobo amarillo. 
Arkaluk - hermano pequeño. 
Naaja - gaviota. 
Nilak - bloque de hielo. 
Anori - viento.
Nuiana - pequeña nube. 
Los nombres los he sacado de aquí.

¿Qué se necesita para ser feliz? - Especial San Valentín

14/2/16


Se acababa el día y todavía no había recibido ninguna felicitación de San Valentín, me había propuesto quedarme todo el día encerrada en casa para evitar seguir viendo esos molestos puestos de rosas rojas, esas parejas melosas cogidas de la mano y besándose bajo una farola. Que sí, que mis amigas y mi familia tiene razón: soy una amargada. Pero cómo no serlo. Estoy a punto de cumplir 49 años, soy lo que se llama una "cincuentona" y empiezo a desanimarme cada vez que veo a tantas parejas felices. De hecho, me siento fatal admitiéndolo, incluso para mí misma, pero me alegro cuando alguien de mí círculo de amistades se divorcia porque pienso que ya no seré la única vieja solterona.

Y bueno, tampoco me quejo por quejar, he buscado el amor hasta debajo de las piedras. Pero parece que para mí no se creó un alma gemela, esa persona que conoces y hace que se pare el mundo. En fin, seguiré buscando, eso siempre. Como decía mi madre: la esperanza es lo último que se pierde. Yo creo que eso tiene que ser así, que siempre debemos de mantener nuestros corazones abiertos a cualquier relación, bueno, no cualquiera, una que sepas que te va a traer alegrías. Pero mi problema viene cuando pasan los meses, el hombre en cuestión se olvida de mi existencia y poco a poco la pasión se va apagando como una pequeña vela que se va consumiendo. Y al final termina yéndose, bloqueando mi número en el teléfono y cortando todo contacto virtual o físico conmigo, como si de pronto yo tuviera la peste y fuera contagiosa. Eso es lo que más me duele de ser abandonada, no tanto el hecho de que me dejen porque entiendo que si no se sienten cómodos prefieran irse, hasta yo lo prefiero porque no estoy para perder el tiempo, ¿pero por qué tienen que actuar como si se avergonzaran de mí? ¿qué posible mal les he hecho para que hagan eso? Sigo sin entenderlo y ya ya anochecido.

A pesar de todo, me había animado a salir a dar un paseo. Sé que me voy a sentir algo incómoda, como cuando sales con una amiga y se trae al novio y se ponen a besarse delante de ti. Es incómodo, pues imaginaos toda una ciudad igual, y tú siendo de las pocas solteras y solteros. Mis amigas dicen que es una época ideal para encontrar pareja, yo pienso que no, que es la peor época. Al final todo el mundo tiene una opinión. Y cuando iba cruzando una calle, entre dos edificios, vi un letrero que ponía algo así como "¡No compres, adopta!" y la imagen de un perro que tenía toda la intención de conmover al que lo mirase. El cartel tenía una flecha que apuntaba hacia la izquierda y cuando terminé de cruzar la calle, no seguí recto como tenía previsto y continúe siguiendo la indicación del cartel, movida por un impulso desconocido.

Al final, este día no se trata solo del amor romántico, ese amor pasional y carnal que sientes por tu pareja. También se trata del amor hacia uno mismo, del que yo debía aprender un poquito más, y del amor hacia tus amigos y tu familia, a los que siempre dejaba de segundo plano cuando conocía a un hombre. Y cuando entré en el refugio de animales y vi aquellos perritos y gatitos, no pude resistirme a llevarme algunos. Me pidieron varios datos personales y me dijeron que se pasarían en unos días por mi casa a ver cómo me iba con mis nuevas mascotas. Yo me encargué de hacer las preguntas pertinentes sobre vacunas y otras cosas y finalmente volví a casa acompañada de una pareja de hermanos de dos gatos Bengala y un caniche al que sus compañeros gatunos no le hacían mucha gracia. 

Y aunque no se trataba del tipo de amor que buscaba, me sentí afortunada ese día, no solo por la compañía de estos animales, sino por darme cuenta de que un hombre no era lo que necesitaba para ser feliz. Además me sentí muy orgullosa de mí misma por darle un hogar a estos pequeños revoltosos. Y quien sabe, a lo mejor en un futuro encuentro a un hombre con el que compartir mi vida, pero de momento, mi perspectiva cambió y eso dejó de ser una prioridad. No sé cuantos años llevaba saliendo con diferentes hombres, ni tampoco sé cuanto tiempo estaré estando a gusto con mi soltería, solo sé que hoy había acabado el día de San Valentín como hacía tiempo que no lo terminaba: feliz.

Baile de lenguas - Capítulo 2: Balada

8/2/16


¿Una leyenda? La verdad es que me quedé impactada. No sabía que siguiera siendo conocida en el mundo del baile. Ese mundo es muy amplio, hay diferentes estilos y el mío era el ballet, y el de Yago la bachata. Aparte hay gente de todas partes de España, y del mundo. Yo empecé a competir a los doce y a nivel internacional a los diecisiete. Y conocí a muchísima gente, ¿cómo es posible que Yago, siendo nuevo en el mundo del baile y dedicándose a la bachata, haya oído hablar de mí que hace tiempo que dejé el baile y me dedicaba mayoritariamente al ballet? 

La verdad es que me halagaba mucho. No me había dicho que hablaran mal de mí, sino que era una leyenda. Yo pensaba que cuando una persona se alejaba de algo por tanto tiempo, dejaba de ser recordada. Yo no me creía la excepción, aunque esperaba que al menos en el mundo del ballet a nivel nacional sí se me recordara. Porque yo era buena, muy buena, pero no me creía ser tan buena como para ser… leyenda. 

Sin duda Gala pudo haber sido la causa. Ella era su compañera de baile, seguramente pasaron horas hablando y, en alguna conversación sobre ballet, habrá salido mi nombre. También es cierto que hay muchos vídeos de mis competiciones en Internet y cualquiera que me busque encontrará alguna de mis mejores noches en esos vídeos.

Yo intento no verlos, solo me recuerda lo que fui y lo que ahora no soy ni puedo ser. Todos los trofeos y medallas están en casa de mis padres, en mi antigua habitación. Ellos guardan todos esos recuerdos con cariño, a mí me parece que solo lo hacen porque echan de menos a la Sabina de hace un año. Sino, no se entendería esa afición por guardar todo lo de mi vida pasada.

—¡¡Sabi!! —escuché que gritaban mi nombre y me paré en seco. Después de que Yago me dijera que era una leyenda, seguí bailando, siguiendo la corriente de sus pasos. Me fijé en que su mirada brillaba al mirarme, pero yo seguía sumergida en mis pensamientos y me daba miedo preguntar qué me había hecho convertirme en leyenda.

Estaba mirando por encima de mi hombro para ver quien me llamaba y encontré a Dafne corriendo hacia mí. Me separé de Yago y me dijo que Mari estaba muy borracha y que nos teníamos que ir, apenas me despedí de Yago y salí afuera. Tal y como Dafne había dicho, Mari estaba completamente borracha.

Por lo visto mientras yo bailaba con Yago, Mari había ido a la barra acompañada de su amigo y había pedido varios tragos para los dos. Dafne y Ade la vigilaban por momentos, pero de pronto la perdieron de vista y el primer sitio al que fueron a buscarla fue a los baños. Mari se había encontrado mareada y había ido a los baños que estaban al fondo. Ade fue la primera que entró, seguida de Dafne, y la encontraron tirada en el suelo con fuertes temblores y escalofríos. Las chicas miraron detrás de ellas y vieron alejarse al tipo que había acompañado a Mari toda la noche y tuvieron un mal presentimiento.

Nos decidimos por llevarla al hospital porque nunca la habíamos visto tan mal. Mari está acostumbrada a las fiestas y al alcohol. Creemos que su organismo ya es inmune a las grandes cantidades de alcohol y nunca, salvo en dos o tres ocasiones, la habíamos visto así de borracha. Y ni siquiera entonces se podría decir que estaba tan mal como para caerse al suelo.

Yo era la única que no había bebido alcohol, así que conduje hasta el hospital. Enseguida la atendieron y Ade, Dafne y yo nos quedamos en la sala de espera que estaba vacía, solo pasaban los doctores de vez en cuando para ir de un lado a otro.

—¿Quién era ese chico con el que estabas bailando? —me preguntó Dafne rompiendo el hielo y sacándonos a todas de nuestros pensamientos.

—Yago. Uno de los bailarines que actuó esa noche —respondí sin temor, no había necesidad de mentirle a Dafne.

—¿Cuándo has vuelto a bailar, Sabi? —me preguntó ahora mirándome a los ojos, en tono acusador, como si le hubiera estado guardando un gran secreto.

—Desde el accidente, esta es la primera vez que bailo —respondí con sinceridad. En realidad lo había intentado en varias ocasiones, todas ellas fallidas porque acababa haciéndome daño, pero si no contamos eso, realmente esta era la primera vez que bailaba y disfrutaba haciéndolo, sin miedo a caerme, hacerme daño o hacer el ridículo delante de todos.

Las dos me miraron analizando mis palabras y mis gestos. No sé si es que no se creían lo que acababa de decir o estaban intentando averiguar si el volver a bailar me había afectado. Pero antes de que pudieran decir nada más, llegó el doctor.

—¿Vuestra amiga consume a menudo drogas? —preguntó el médico inquieto.

—¿Drogas? —preguntamos escandalizadas las tres al unísonos, nos miramos y luego volvimos a mirar al doctor.

—A Mari le gusta beber alcohol desde siempre, pero nunca se metería en eso, estoy casi segura —dije yo y pude notar que ese “casi” molestó a Dafne.

—Pues su nivel de GHB era muy elevado, creo que si vuestra amiga no lo consumió voluntariamente, alguien intentó agredirla esta noche —añadió él.

—¿Eso qué es? —preguntó Dafne mientras yo intentaba hacer memoria, juraría que lo había oído en las noticias.

—La droga del violador —contestó Ade antes que el médico.

Todas entendimos al instante que Mari no se había metido esa droga voluntariamente, y que, como había indicado el médico, alguien habido intentado agredirla sexualmente esa noche. Posiblemente en la barra, alguien, debió de haberle puesto esa droga en la bebida y como a Mari le gusta coquetear se pensaron que sería fácil. Afortunadamente Dafne y Ade llegaron a tiempo para llevarse a su amiga de allí.

Ade maldijo en voz baja y Dafne me cogió de la mano cuando el médico se fue. La pobre estaba temblando y sudando, al igual que todas. 

El médico, que se había ido para darnos privacidad después de pedirnos el número de teléfono de los padres de Mari, denunció lo sucedido a la policía y unos minutos más tarde llegaron dos agentes. Nos hicieron varias preguntas, pero ninguna había visto nada y, aunque sospechábamos de aquel hombre, no habíamos visto que fuera él quien drogara a nuestra amiga. De todas formas, Ade le relató al policía que apuntaba todo en su libreta que había visto a un hombre sospechoso y lo describió al detalle.

Mari aun estaba bajo los efectos de la droga y no podía declarar, le habían lavado el estómago, pero la droga ya había hecho efecto en su sistema nervioso y solo quedaba esperar. Ya había amanecido cuando se fueron y nosotras también decidimos irnos cuando llegó la familia de Mari. Ellos se encargarían de avisarnos cuando despertara y nos fuimos más tranquilas sabiendo que estaba bien cuidada y con sus padres.

Ya en mi casa me di una ducha y me acosté a dormir. Me desperté justo al mediodía, solo tuve tiempo de comer y vestirme para ir a trabajar. Llamé varias veces por teléfono a Mari pero no lo cogía, supuse que al menos su madre vería las llamadas perdidas pero no conseguí nada. Tampoco tenía llamadas perdidas de su madre, por lo que no sabía si ya estaba despierta o no.

La tarde se presentó bastante aburrida con un par de clientes malhumorados y nada más. Antes de volver a casa me pasé por el hospital y me encontré con Mari despierta. La abracé inmediatamente.

—Nos diste un susto de muerte —le dije mientras apretaba su cabeza contra mi pecho.

—Lo siento, Sabi —se disculpó y se le escapó una lágrima y noté que ya había estado llorando antes de que yo llegara.

—¿Qué pasa? —le pregunté limpiándole la lágrima con mi pulgar.

—Soy un desastre Sabi, tengo que dejar esta vida y centrarme, ¿verdad? Mi madre me lo ha dicho, que no puedo seguir así y más cosas, me ha quitado el móvil y se ha ido hace una hora. Me da miedo cambiar.

—Cielo, no necesitas cambiar nada. Quizás tus juergas y el beber tanto alcohol tienen que parar, pero eso no te hará perder quien eres.

—¿Y quién se supone que soy? —preguntó confundida, cómo si realmente desconociera la respuesta, y eso me entristeció.

—Mi mejor amiga, tonta —respondí en un intento de animarla y vi un amago de sonrisa en sus labios.

Mari trabajaba esporádicamente, la verdad es que dejó los estudios a los dieciocho mientras yo seguía bailando y Dafne y Ade empezaban carreras diferentes. Nos distanciamos todas bastante, el último año Ade se fue de intercambio a Alemania y durante su estancia allí supimos muy poco de ella. Pero entonces yo tuve el accidente y las tres fueron al hospital a verme. Estar con Mari en una habitación de hospital me recordaba a todo eso.

El horario de visitas se había acabado, me tenía que ir pero me daba pena dejar a Mari en ese estado. Me gustaría poder abrazarla y quedarme con ella toda la noche, pero no me dejarían. Le di un beso en la frente y me fui a casa.

Odiaba volver a casa y encontrarla vacía. Me preparé la cena, un baño de agua caliente y me tomé mis calmantes antes de dormir. Llevaba tres meses tomando una dosis inferior a la inicial para parar mis dolores, ya no eran tan agudos y constantes como al principio, y con esa cantidad era suficiente para poder conciliar el sueño y no despertarme a medianoche con calambres o dolores.


Seis semanas después

La policía había encontrado al hombre que le puso la droga en la bebida a Mari. Había sido el mismo que había acompañado a Mari toda la noche y que Dafne y Ade habían visto. El hombre de unos treinta y cinco años se declaró culpable y lo condenaron, ni siquiera hubo juicio. Ya me olvidé cuantos años fueron, pero estará lejos de las calles una buena temporada. 

Mientras tanto Mari había asistido todas las tardes a un grupo de apoyo para alcohólicos. Cuando estaba con nosotras nos decía que ella no se había visto nunca a sí misma como una alcohólica, solo como a una persona que le gustaba beber. No sabía que beber hasta esos extremos de manera habitual, sí se considera adicción. Desde el momento en el que se dio cuenta de que era una adicta dejó de beber definitivamente y se volvió más responsable en ese sentido.

Siempre nos hablaba de que necesitaba probarse a sí misma, aunque solo hubieran pasado seis semanas, necesitaba saber si podía salir de fiesta sin beber alcohol. Era una especie de desafío personal y todas estuvimos de acuerdo. Además, si pasaba algo, esta vez no le íbamos a quitar el ojo de encima.

Quedamos en vernos directamente en el bar La Guadaña, regentado por un ex miembro de un grupo de rock de la provincia. No éramos clientas habituales, pero conocíamos bien la historia del bar y de Jonás, su dueño, y nos gustaba el ambiente rockero que siempre había. Aunque mi parte favorita era la del piso superior, en la que Jonás había colocado paneles insonorizados y una gramola de los años ochenta, para que cada uno pusiera la canción que quisiera.

Dafne y Ade venían juntas y pasaban a recoger a Mari a su casa. Yo había llegado un poco antes para encontrar aparcamiento y decidí matar el tiempo tomándome algo en la barra. Elegí un refresco sin gas y subí las escaleras que daban al piso superior donde también estaba la sala de karaoke. A Dafne le encantaba esa sala tanto como a mí. Su sueño frustrado era ser cantante y de hecho se parecía bastante a Britney Spears, en su época buena. 

Busqué una mesa libre y no fue difícil porque de todas las que habían, solo dos estaban ocupadas. Elegí una cualquiera, ni muy cerca de las escaleras ni muy cerca del escenario donde estaban los micrófonos y la pantalla del karaoke, y me senté. Me tomé mi refresco mientras le escribía a Ade que ya estaba en el bar, especifiqué que estaba en el piso de arriba, por si llegaban y no me veían y Ade me respondió que ya estaban de camino. En ese momento alguien se acercó a mi mesa y se sentó delante de mí, cuando levanté la mirada, me encontré con los ojos marrones de Yago.

—¿Te acuerdas de mí? —me preguntó sonriendo.

—¿Yago? —pregunté, aunque ya sabía que era él.

—Sí, soy yo, qué casualidad encontrarte aquí. ¿Vienes sola? —preguntó mirando alrededor.

—Espero a mis amigas... —respondí mirando de nuevo la pantalla del móvil. Estaba realmente nerviosa y no quería que se notase.

—Espero que en esta ocasión no tengas que irte corriendo —bromeó y dejó escapar una risa que me mostró su perfecta dentadura.

Los nervios se apoderaron de mi estómago y recordé aquella noche. Fue la noche en la que se cumplía un año de mi accidente, un año sin bailar en la que volví a bailar, la noche en la que lo conocí a él y la noche en la que casi violan a una de mis mejores amigas. A pesar de los casi dos meses que habían pasado desde aquella vez, nunca pude olvidar a Yago, no sé si por efecto de la emoción de volver a bailar o por la atracción que sentía hacia él.

Yago notó que no me había reído ante su comentario y me preguntó por ello. No vi necesidad de ocultarle lo ocurrido, así que le conté todo sobre la droga y sobre Mari. Cuando terminé siguió preguntándome por mí, mi carrera como bailarina y finalmente tocó el tema del accidente. No quería evadir la pregunta y le conté todo. Lo bueno de poder hablar con un desconocido es que puedes hacerlo de cualquier cosa sin miedo a que te juzguen por que sabes que no lo vas a volver a ver, no sabía si esto se debía a esa libertad o a que Yago me transmitía confianza para hablar de cualquier cosa.

—Estaba conduciendo por la autopista —comencé a relatar— cuando un coche se me vino encima. El conductor llevaba muchas horas al volante y se dejó dormir unos segundos. Dijo que no recordaba nada desde que salió de unos túneles hasta que chocó conmigo. Según la policía que midió la distancia entre ambos sitios había casi medio kilómetro. Le pudo haber tocado a cualquiera y me tocó a mí. Solo porque el otro conductor quería llegar antes y no se paró a dormir la noche anterior y siguió conduciendo.

—¿Qué le pasó a él? —preguntó Yago con curiosidad.

—Se llevó la peor parte en realidad, pero sobrevivió de milagro y volvió a su vida normal. Yo no, me partí la pierna en tres, perdí sensibilidad y tengo dolores contantes cuando intento hacer ejercicio, incluyendo el baile —noté lástima en sus ojos.

—¿Qué te pasa cuando bailas? —preguntó casi en un murmullo, como si tuviera miedo a preguntarme por si me ofendía.

—Que me duele mucho la pierna que me fracturé, ya sabes que lo mío era el ballet clásico y no puedo bailarlo así, lo intenté con otros bailes pero estaba tan deprimida por haber dejado lo que realmente me gustaba, que no mostré interés por nada más —contesté abiertamente, intentando que no se sintiera cohibido al preguntarme.

—¿Entonces hay bailes, como una balada, por ejemplo, que podrías bailar? —preguntó con una sonrisa, había vuelto a su modo seductor habitual.

—Sí —respondí— si solo es un baile imagino que podría aguantar, pero no creo que pudiera dedicarme solo a ese estilo de baile, las horas de ensayo también me causarían molestias y acabaría frustrada.

—Entiendo —dijo él poniéndose en pie— ¿Y si te invito a una balada, solo una, crees que lo soportarías?

—Creo que sí —respondí devolviéndole la sonrisa.

La verdad es que la idea de bailar con Yago me sonrojaba y él lo pudo notar a pesar de la tenue iluminación. Reímos y tomé su mano, que me la tendía caballerosamente para ayudarme a levantar. Me levanté y nos dirigimos al pequeño escenario donde seleccionó la canción Private dancer de Tina Turner en la gramola. El estilo de la cantante no era exactamente de baladas, pero esa canción era lenta y sensual, perfecta para sentir el contacto de Yago contra mi piel. Sonreí porque la canción hablaba de una bailarina y me dejé llevar.

Cuando llevábamos media canción bailando pude ver llegar a Dafne, Ade y Mari. Pero ese anhelado contacto con la piel caliente de Yago, su olor tan cerca y su respiración en mi cuello era demasiado placentero como para dejarlo e ir a saludar a mis amigas. 

Su mano se deslizó hasta mi cintura y fue bajando un poco más, su otra mano me agarraba suavemente la mía que estaba alzada a la altura de nuestros hombros. Esta vez no había guiado mis pasos, ni había modificado mi postura como en nuestro baile anterior, se le notaba más relajado y parecía que realmente disfrutaba del baile. Por un momento pude ver que había cerrado los ojos y simplemente se estaba dejando llevar por la música.

Los amigos de Yago estaban haciendo comentarios y riendo. Podía verlos en las pocas ocasiones en las que yo abría los ojos, en una de ellas también vi a Dafne sorprendida mirando hacia nosotros. No me importaban ni las risas de unos ni las miradas de otros. Yago era todo lo que me importaba en esos siete preciados minutos que duró la canción. Entonces nos separamos y sonreímos. Su sonrisa volvía a ser perfecta.

—¿Bailamos otra? —preguntó sin atisbo, esta vez, de intento de seducción.

—Más tarde, quizás. Voy a saludar a mis amigas —respondí con amargura, pues, por si mi fuera, bailaría con él toda la noche, sin importarme la pierna ni los dolores.

—Está bien —respondió él mordiéndose el labio.

Caminé hacia la mesa donde estaban las tres personas más cotillas del mundo. A Mari le encantaba Yago, Ade lo veía muy bajito para mí, aunque en realidad midiéramos casi lo mismo y Dafne todavía no había dicho nada.

—¿Dafne, en qué piensas? —pregunté intentando que sonara natural.

—¿Salir con un bailarín no sería problemático para ti? Osea, me he dado cuenta de que este es el mismo chico de aquella vez, si es bailarín y tú ya no... Acabarás frustrada, ¿no crees?

Dafne tenía razón y yo deseé no haber preguntado nada. Había dejado caer la bomba y me había roto las pocas ilusiones que me había permitido construir con Yago. Mari y Ade se quedaron en silencio unos segundos y finalmente Ade dijo que quizás eso es lo que necesitaba. Si Yago me había hecho volver a bailar, no debería de ser un problema para mí.

Esa nueva visión me dio esperanzas. Las dos tenían razón, si seguía tonteando con Yago y la cosa acababa en algo serio podían pasar dos cosas: que verlo ensayar y competir fuera frustrante para mí o que me ayudara a salir un poco de mi autocomplacencia.

—Anda, ve y habla con él —me dijo Mari picándome un ojo.

—Esta noche no, esta es la noche de tu reto personal —respondí yo, aunque en realidad sí que me apetecía volver a la mesa donde se encontraba Yago con sus amigos y hablar con él de nuevo.

—¿Y? Cariño si necesito ayuda tengo a estas dos —dijo señalando con el pulgar a Ade y Dafne.

—Ya pero tú siempre estuviste conmigo cuando lo del accidente —Mari soltó una carcajada.

—Sabi, cariño, ¿te crees que en todos esos meses en los que estuviste con depresión y toda esa mierda, yo no follaba?

—¡Marisol! ¡si te escuchara tu madre…! —dije yo e inmediatamente todas nos echamos a reír.

Mis tres amigas tenían razón y yo estaba nerviosa. Solo había tenido un novio en mi vida y duró cinco meses porque se cansó de que entrenara tantas horas. No entendía que era mi trabajo y mi hobby al mismo tiempo. Y yo me cansé de que intentara reducir mis horas de ensayo de ocho a cuatro. ¿Y si ahora no le gustaba porque era inexperta en el amor? Intenté no pensar en ello mientras caminaba hacia él. En la mesa estaban todos sus amigos. Y Yago fijó la mirada en mí desde que me vio.

—¡Hola! —dijo levantándose. Sus amigos esta vez estaban callados.

—¿Te apetece bailar ahora? —pregunté algo atrevida, cabía la posibilidad de que me dijera que no y de que sus amigos se burlaran de mí.

—Claro —respondió finalmente con otra sonrisa.

Me tomó de la mano y fuimos hasta el centro de la pista. No había nadie más. Solo Yago y yo. El resto de personas estaban sentadas en sus mesas bebiendo. La música empezó a sonar y acercamos nuestros cuerpos. Esta vez era una melodía más suave y lenta, la estábamos disfrutando. Me apetecía mucho invitarlo a mi casa, pero no sabía cómo, no era buena con las indirectas y tampoco quería parecer una desesperada. Así que solo seguí bailando.

Los movimientos lentos no me molestaban para la pierna, pero no sé porqué sentí un pequeño pinchazo cerca de la rodilla. Me paré en seco y bajé mi mano a donde me dolía. Yago se preocupó por mí, paramos de bailar y, para mi vergüenza, me llevó en volandas a una mesa cercana. 

Dafne fue la primera en acercarse, alarmada, más de lo habitual. No sé qué le pasaba pero sentía que no le gustaba que me relacionara con Yago y estaba esperando un “te lo dije” de su parte, pero creo que contuvo porque él estaba delante. Mari y Ade  coincidieron en que era mejor que me fuera a casa. Y Yago se ofreció a llevarme. La idea me parecía una locura, yo estaba bien, solo había sido un pinchazo, a veces me dan esos calambres si llevo muchas horas de pie, pero Yago lo había exagerado al llevarme en brazos.

Finalmente nos despedimos de nuestros respectivos amigos y salimos del bar. Yago condujo en mi coche hasta el edificio donde vivo. Tenía ganas de invitarlo a entrar pero no sabía cómo. Así que cuando aparcó el coche frente al edificio le pedí que me acompañara hasta la puerta. 

—Te acompaño mejor hasta la puerta de tu casa —dijo cuando llegamos al portal y me vio cojear.

—Es que vivo en el ático y no quiero hacerte subir —respondí, aunque deseaba que subiera.

—¿En el ático? Con más razón no te voy a dejar sola —sentenció, y me sujetó la puerta para que entrara.

Me enterneció que quisiera acompañarme. No se veían segundas intenciones, sino verdadera preocupación por mí. Y subimos.

Mi ático no es como esos áticos que la mayoría de gente se imagina con techos bajos, inclinados y poco espacio. En realidad eran dos áticos juntos, pero tiraron la pared que los separaba. Así quedó mucho más espacioso y yo apenas tenía muebles, por lo que, después de decorar la casa, me sobró sitio para tener mi propia librería que ocupaba el largo y el alto de toda una pared. Leer se había convertido en una de mis aficiones este último año, ya no encontraba nada mejor que hacer. Y aunque todavía tenía pocos libros, me gustaba la idea de ir llenando cada estantería poco a poco.

Nada más entrar hay un pequeño pasillo o recibidor, a la derecha está la cocina y a la izquierda el salón donde se encuentra esa gigante librería, un sofá y un pequeño televisor. Yago y yo entramos y me siguió hasta la cocina. Abrí un estante, saqué mis calmantes y me tomé uno. 

—Puedes utilizar mi teléfono para llamar a tus amigos y que vengan a buscarte —dije mientras le servía un vaso de agua.

—Prefiero quedarme a esperar a que te encuentres mejor —respondió él cogiendo el vaso.

—No es necesario de verdad.

—Insisto.

—Bueno, vale, podemos ver la tele un rato hasta que me encuentre mejor.

Asintió con la cabeza y fuimos al sofá. Realmente no era necesario tenerlo allí, pero me agradaba su compañía y no quería que se fuera. El sofá era bastante incómodo porque no se puede apoyar completamente la espalda en él, así que él se acomodó a un lado y yo me senté junto a él poniendo mis piernas sobre el sofá, luego pasó la mano por mis hombros y me atrajo hasta su cuerpo. 

Ya estábamos completamente cómodos, pero no habíamos encendido el televisor y el mando a distancia estaba lejos, pero ninguno de los dos le dio importancia. En realidad yo estaba disfrutando bastante con la sola compañía de Yago y el calor de su piel.

De repente comenzó a acariciarme los hombros y peinarme el pelo con los dedos. Cerré los ojos y sentí cómo su mano se deslizaba de mis hombros a mi brazo y continuaba por mi codo. Volví a abrir los ojos y me lo encontré mirándome fijamente a los labios, deseando besarme. Sonreí y me acerqué un poco más. Entonces sentí sus labios calientes y húmedos sobre los míos.

Reto: ¡Yo escribo! - Octava pregunta

6/2/16

¡Hola hola! Al fin lo he terminado, este es el reto ¡Yo escribo! que consiste en responder ocho preguntas sobre nuestro oficio como escritores. Comencé a publicar en julio la primera pregunta porque me daba apuro tener el blog abandonado (durante junio, julio y agosto las publicaciones bajaron por motivos de estudio), así que el reto era algo fácil y rápido de publicar para que al menos siguiera con vidilla. Pero luego volví con mis publicaciones habituales y no me gustaba tener que responder a todas las preguntas en una misma entrada ni en diferentes entradas pero muy juntas en el tiempo, así que por eso me ha costado acabarlo.

—Octava pregunta: ¿Qué autoras y autores recomendaríais? Vamos a innovar: demos protagonismo a esos escritores aficionados de la blogosfera o de vuestra familia, conocidos, amigos, ¡quien sea! que os ha servido de inspiración o influencia en algún momento.

Bueno, si tengo que hablar de quien me ha influenciado, tengo que nombrar indudablemente a Katina Durán Artigues, autora de los blogs Mo Shaool y El baúl de mis relatos. El primer blog lo creó en mayo del 2008 y lleva desde entonces publicando sin parar, es una de mis bloggers favoritas, yo la conocí en 2011 cuando comencé en Blogger y era la única que me comentaba en aquel entonces jajajaja. Y entonces fue cuando leí algunos de sus relatos que antes publicaba en otro blog llamado Comptine rose. También me descargué capítulo por capítulo de una novela que tenía ella subida a la plataforma Scribd. y luego llevé ese documento a imprimir. La novela se llama Flor de Tinta y es preciosa. Ella tenía mucho éxito con gente que leía sus historias, o al menos mucho más que yo, así que me sirvió de inspiración para ponerme las pilas y escribir más cosas, darme más a conocer, etc. Os la recomiendo porque es genial y en 2013 tuve la suerte de poder conocerla en persona y convivir con ella casi un mes entero y es una buena amiga ♥

Y estos últimos años he conocido otras grandes historias de mano de grandes escritoras, no me voy a extender demasiado en cómo las conocí porque seguramente fuera navegando de blog en blog, y de antemano pido perdón a todas las personitas que se vayan a quedar fuera porque es imposible acordarme de todos. Recordad que tengo una sección (por ahora abandonada, pero la voy a recuperar) para escritores donde podéis conocer a otros: Saca tu novela de la papelera.

Bueno, y aquí van mis escritoras favoritas con sus respectivas cuentas de Wattpad: Rocío (R. Crespo) me enamoró con su novela Ritual y desde entonces la sigo en sus blogs y leo todas las historias suyas que pueda; a Jaz la descubrí hace unos años, pero aún no había leído nada suyo hasta el año pasado cuando me conquistó con Refulgens; de Gema había leído algunas cosas sueltas, pero no me había parado a leer algo suyo en serio hasta que me dio por leer El Fantasma del Landha y ahora le tengo envidia (de la sana) por haber escrito algo tan bonito.

Hay muchas más a las que sigo y admiro, pero de las que no me atrevo a recomendar nada porque no he leído suficientes cosas como para hablar con propiedad. O porque me habré olvidado, que también puede pasar. ¿Tú escribes? Si es así déjame en los comentarios qué novelas tuyas podemos leer y dónde y recomiéndame a alguien que escriba en la blogósfera.

Nombres curiosos para tus personajes #1

3/2/16





¡Hola! Como parte de la sección Tips para escritores, he decidido traer esta entrada con nombres curiosos para nuestros personajes, o hijos, en caso de estar esperando alguno. Los nombres de nuestros personajes dicen mucho sobre su personalidad, hay algo llamado Antroponimia que consiste en estudiar el origen y el significado de los nombres, y es algo que a mí me fascina. En el año 2012 traje estas tres entradas para mi blog personal donde hablaba sobre la antroponimia de los nombres de algunos de mis personajes y analizaba si la personalidad de mis personajes encajaban con lo que decía esta ciencia.

Para esta ocasión voy a comenzar por los nombres guanches. Los guanches eran los aborígenes de las Islas Canarias, mi archipiélago. De hecho, mi nombre y el de mi hermano y el de mucha gente que conozco son guanches, ya que es muy común aquí. Espero que os gusten, os van a sonar todos rarísimos si no estáis familiarizados con ellos, pero pueden aportar el toque exótico o distintivo que buscas para tu personaje, haciendo que al lector le llame la atención. Eso sí, si vas a utilizar un nombre guanche de esta lista, no te olvides de aclarar la posible ascendencia canaria del personaje, o algo por el estilo, porque fuera de las islas hay muy pocos nombres guanches conocidos. 

Estas son las fuentes utilizadas para el post. En muchas páginas se repiten los mismos nombres, así que no haré un copia y pega sino una lista ordenada por orden alfabético en los que tampoco saldrán absolutamente todos los nombres que me encuentre, sino como máximo 5 por cada letra para no hacer la entrada muy larga y, si os interesa, os dejo a vosotros la tarea de buscar más nombres. Resaltaré en negrita los nombres que conozca de amigos o familiares, y si además van subrayados es que conozco a mucha gente con ese nombre.

NOMBRES CANARIOS PARA NIÑAS

Abenaura
Agora
Aniagua
Arminda
Atteneri

Benafoho
Benchara

Cainana
Cathaysa
Cazalt
Chaxiraxi
Chimaye

Dácil
Daida
Daura
Daza
Delioma

Famara
Fayna
Firjas

Gazmira
Guacimara
Guajara
Guayarmina
Guiayara

Hara
Haridian
Himar
Huauxa

Idaira
Iraya
Isora
Itahisa

Maday
Moneiba

Naira
Nira

Ramagua

Sibisse
Sutsiaque

Tasirga
Tassa, Tassat
Tegina
Tibabrin
Timanfaya

Yaiza
Yurena
NOMBRES CANARIOS PARA NIÑOS

Adargoma
Aday
Adjona
Agoney
Ayoze

Bencomo
Beneharo
Bentago

Chedey
Chinguaro

Dadamo
Dailos
Daute
Doramas

Echeyde

Faicán

Guaire
Guanarteme
Guanasa
Guanathe

Hacomar

Iballa
Idubaren

Jacomar
Jonay

Masegue
Mateguanchyre
Miguan

Nast
Nauzet
Nuhazet

Pelicar

Rayco
Romén
Rucadén
Ruymán

Tanausú
Tiguafaya
Tinerfe
Tinguaro

Xérach

Yeray

Zebensuí

Inspirándome con un elemento - Día de la Paz

30/1/16



¡Hola hola! Hoy, como cada 30 de enero desde hace décadas, se celebra el Día de la Paz para conmemorar a Ghandi que falleció ese día del año 1948. Y como es una fecha que siempre me ha gustado y que me trae buenos recuerdos, había decidido traeros un pequeño relato. Y luego en el blog de +R. Crespo he visto que su iniciativa de Inspirándome con un elemento ha vuelto, así que no lo he dudado y he hecho un dos en uno. El elemento elegido para esta semana es esta canción. La canción me trasladó a una época pasada y el hecho de que fuera el Día de la Paz me dio la idea de narrar una disputa, lo demás fue saliendo solo a medida que escribía, ¿te quedas a leer?

LAS LAGUNILLAS DE CERRALBA
Leandro Romero  Zoila Casapalma

Era una tarde cualquiera en el pueblo de Cerralba, las mujeres que se quedaban en casa permanecían entretenidas escuchando la radio y planchando camisetas o cosiendo los agujeros de los calcetines. Las que habían salido a comprar iban del brazo de sus maridos y otras, viudas todas ellas, se habían reunido en la plaza a jugar a juegos de mesa y hablar sobre los últimos cotilleos.

A los hombres por otro lado, los que habían sido afortunados de tener un trabajo, todavía les esperaba unas dos o tres horas para que se pusiera el sol y pudieran volver a casa con su jornal. La mayoría vivían del campo, del cultivo de las tierras: tomates, papas, olivas y el recién llegado tabaco que estaba causando furor en las altas sociedades. Los menos afortunados molestaban a sus esposas mientras estas intentaban hacer las labores domésticas, pues solo se quejaban de sus infortunios y volvían a casa borrachos.

Uno de los últimos cotilleos que rondaba por el pueblo era el del romance entre la joven de buena familia, Zoila Casapalma y el joven Leandro Romero. Los Romero vivían en el pueblo en una casa de un solo piso y con siete habitaciones, aunque eran ocho hijos más el matrimonio, Leandro había nacido el séptimo y se llamaba así por su tatarabuelo, había asistido al colegio hasta los catorce años cuando decidió dejar los estudios para ponerse a trabajar en el labriego con su padre. En cambio los Casapalma venían de las afueras del pueblo, se habían instalado hacía pocos años y Zoila tenía ascendencia francesa, por lo que era considera extranjera por muchas de sus compañeras del internado donde estudiaba.

Los jóvenes se conocieron en una fiesta de pueblo hacía unos meses. Ella estaba fuera del internado por las vacaciones de verano y su madre, para intentar que su hija socializara e hiciera amigas en el pueblo, decidió comprarle un vestido muy parisino con el que asistir y la mandó a la fiesta sola. Leandro había reunido parte de su jornal para comprarse una camiseta limpia y poder comprarse algo en los múltiples puestos de comida.

Pero cuando Zoila llegó con su vestido nuevo a la fiesta se dio cuenta de que estaba fuera de lugar, su madre se había equivocado en cuanto al tipo de fiesta: los hombres estaban borrachos y bailaban solos o en compañía de mujeres ligeras de ropa y el resto de mujeres que no bailaba estaban sentadas observándolo todo. En especial a ella. Así fue cómo se dieron cuenta de que el joven Leandro se había acercado a la niña para preguntarle si se encontraba mal.

Zoila comenzó a llorar desconsolada y partió de vuelta a su casa corriendo y el bueno de Leandro, a pesar de llevar soñando con esa fiesta desde hacía meses, corrió detrás de la joven y la detuvo. Eso alertó a todos los que estaban celebrando en la fiesta, unos no le pusieron más asunto y otros, le pusieron demasiado. Así comenzó el romance, y los rumores.

***

—¿Hay algún problema con mi hija, doctor? —preguntó alarmada Marcela, la madre de Zoila.

—Su hija está embarazada, me temo —respondió el médico mientras subía sus gafas desde la punta de su nariz.

El médico abandonó la casa de los Casapalma acompañado por el padre de familia que enseguida volvió a la habitación de su hija, junto a su mujer.

—Te enviaremos lejos, tendrás al bebé y lo entregaremos a una familia. Conozco a varias parejas en la capital que no pueden tener hijos, lo aceptarían encantados y nadie lo relacionaría contigo, hija —sentenció el padre antes de volver a dejar la habitación. 

Marcela lo acompañó y Zoila se levantó rápidamente de su cama para cerrar la puerta tras ellos y se dirigió a su escritorio. Apartó sus libros de lectura y le escribió una carta a Leandro. Él sabía leer, pero tuvo cuidado con su caligrafía para que el joven no tuviera dificultades al entender lo escrito.

Amor mío:

Me encuentro ahora mismo en mi habitación muy asustada, el doctor ha venido a verme y ha anunciado que estamos esperando un hijo. No sé si la idea te complace o te asusta como a mí, quizás ambas cosas. Mi familia quiere que me vaya a la capital donde entregaré nuestro bebé a una familia de desconocidos, ya que entiende que somos jóvenes y tu familia pobre, y no quiere cargarme con la deshonra que significa que todos me vean embarazada.

Debo obedecer, la otra opción es que vuelva el doctor y me recete algo con lo que parar el embarazado. Esa idea me destrozaría el corazón, en parte saber que nuestro hijo estará cuidado y que no le faltará de nada, me consuela enormemente. 

Después de esta noticia no creo que mis padres permitan que salga sola de casa nunca más, pero intentaré llegar hasta el río, en el lugar de siempre, junto a la roca donde grabamos nuestros nombres. Espero verte allí, quizás sea la última vez que nos veamos. Pero si no logro salir de casa quiero que recuerdes que siempre te amaré y que siempre seré tuya, solo tuya.

Zoila.

El joven abrió la carta que le llegó en seguida, pues Zoila le pagaba unas monedas al hijo de la cocinera para que fuera su mensajero personal. Y Leandro abrió la carta y tuvo que sentarse al leer la primera frase. La idea de tener un hijo también lo asustaba, pero le llenaba el corazón de alegría. Al terminar de leer la misiva no entendió el comportamiento de los padres de Zoila, sus padres se habían casado con catorce años y su madre había tenido a su hermano mayor con quince. Él y Zoila ya tenían dieciséis, ¿qué problema había en que se casaran y criaran a su hijo juntos? 

Entonces, al formularse esa pregunta, lo entendió. Para que estuvieran juntos tendrían que vivir en la misma casa y los padres de Zoila jamás permitirían que ella viviera en una casa humilde como la suya. Entonces Leandro tuvo una idea: cogería todas sus cosas, sus ahorros, puede que le robara algo de dinero a sus padres y a sus hermanos, dejaría una nota de despedida y huiría con Zoila tan lejos como pudiera.

Salvo que, al salir de casa, con todo el equipaje y el dinero robado, Leandro se topó con sus hermanos mayores que le exigieron una explicación. Y luego con Servando, el padre de Zoila, que venía dispuesto a darle una paliza al hombre que se había atrevido a desflorar a su hija y deshonrarla. Los hermanos Romero le pararon los pies al señor Casapalma que había enrojecido de la furia y para cuando lograron calmarle, llegaron de trabajar los padres de Leandro.

La tarde que había comenzado tranquila en el pueblo de Cerralba estaba a punto de convertirse en todo lo contrario. Solo faltaba Zoila, que había logrado escaparse de casa cuando vio que su padre salía y se montaba en su carro. Su madre estaba ocupada llamando al internado para inventarse excusas sobre la ausencia de su hija, así que tampoco fue un problema.

El señor Félix Romero, padre de Leandro, tomó la carta que asomaba en el bolsillo de su hijo. Vio unas letras en ella y se la dio a su hijo menor, el octavo, de nombre Jesús, que era el único aparte de Leandro y el sexto hijo, que sabía leer. Jesús leyó la carta en voz alta y cuando llegó a la parte donde Zoila explicaba el lugar exacto donde debían encontrarse, Servando salió corriendo de la casa de los Romero a buscar a su hija. Y luego lo siguieron los hermanos y el padre de Leandro, que también tenían interés en saber qué más estaba pasando.

Pía, la madre del joven, prefirió quedarse sentada en la mesa del comedor, en una silla hecha a partir de un tronco de madera. Miraba con decepción a su hijo que aún no entendía qué había hecho mal, qué era tan grave que no podía solucionarse con una boda.

***

Mientras tanto, en el río, la joven se mojaba los pies en el agua fría del río. Hacía días que no veía a Leandro y estaba deseando besarle de nuevo, sentir sus abrazos, oler su perfume que en realidad era jaboncillo que usaba para lavar la ropa y acariciar sus manos ásperas de labrar el campo. Pero lo que vio la asustó y paralizó por completo: su padre venía corriendo a toda velocidad hacia ella y detrás podía distinguir a los hermanos de su amado, no sabía qué hacer e instintivamente retrocedió un pasó, resbalando en una piedra y cayendo por completo al agua que la arrastró corriente adentro.

Servando era un hombre de montaña, también había vivido del campo, y de donde él venía no había ni ríos ni mares, así que se metió al agua sin saber si sería capaz de flotar y comenzó a ahogarse. Cada vez que lograba avanzar para ayudar a su hija que seguía siendo arrastrada, él se hundía un poco más. Los hermanos Romero llegaron a tiempo para sacar al corpulento señor Casapalma del agua, y cuando intentaron salvar a la chica, esta ya había desaparecido en el horizonte. El mayor de ellos, experimentado en nadar en ese río, sabía que había veces que las corrientes de agua eran tan fuertes que ni él podía nadar en ellas, y se resignó dando por perdida a la joven.

Finalmente cayó la noche y ya era imposible ver nada, los Romero volvieron a su casa y en el río se quedó Servando con los Agentes de la Paz que se encargaban de ese pueblo. Ellos consolaron al hombre y lo llevaron de vuelta a casa, Marcela se descompuso al enterarse de lo sucedido y avisaron al alcalde y al cura, uno se encargó de poner la bandera del ayuntamiento a media asta y el otro del repique de las campanas que anunciaban una muerte más.

Cuando los hermanos llegaron a su casa, Leandro cerró los puños y comenzó a golpear a sus hermanos, los culpaba por no haber ayudado a su amor y se culpaba a sí mismo por haber permitido que la vergüenza y el miedo le pudieran y no haber acudido también al río. Él sí hubiera dado su vida por la de su novia.

***

El el pueblo de Las Lagunillas dos pescadores encontraron a una joven flotando en el agua, se apuraron en entrar y sacarla, pues ya era de noche como para que se tratara de un baño, y la chica parecía moverse y necesitar ayuda. Los señores entraron en el agua y cuando vieron la fuerza con la que habían sido transportados varios metros de la orilla, decidieron llamar a un tercer pescador que se encontraba recogiendo sus cosas.

El hombre abrió su sacó y sacó una cuerda que la tiró a sus amigos. Uno de ellos logró atrapar la cuerda y otro a la chica, y poco a poco lograron sacarla del agua.

—¿Qué te pasó, niña? —preguntó el tercer pescador.

—Me caí al agua desde Cerralba y no había podido salir nadando —contestó ella tiritando de frío.

Los hombres la arroparon y la acompañaron al médico, que se trataba del mismo que horas antes la había atendido, ya que los médicos escaseaban y uno mismo se encargaba de varios pacientes de varios pueblos diferentes. 

***

En Cerralba la noticia de que Zoila seguía viva corrió como la pólvora y a la mañana siguiente no había vecino que no supiera lo sucedido. La joven volvió a su pueblo en caballo, acompañada del alcalde de Las Lagunillas, y la hazaña le llevó a cerrar un trato que llevaba años queriendo hacer con el alcalde de Cerralba, por lo que al final ambos pueblos se juntaron y pasaron a llamarse Las lagunillas de Cerralba, acabando con las disputas entre vecinos para siempre.

El señor Servando Casapalma organizó una fiesta para su hija, a la que había recuperado y por lo que estaba muy agradecido. Pero la joven se opuso y pidió que la dejaran tener el bebé y casarse con Leandro, que había pasado la noche encerrado en un calabozo para evitar que se hiciera daño a sí mismo o a otros.

Y finalmente hubo boda y hubo bebé, al que llamaron Juan Augusto, como los pescadores que le salvaron la vida a Zoila.

Reto: ¡Yo escribo! - Séptima pregunta

28/1/16



¡Hola hola! La última vez que traje una pregunta de este reto fue en diciembre, y la verdad es que estaba deseando volver con él porque ya queda poco para acabarlo. Si vosotros también queréis participar, os dejo el enlace al blog de Eleazar Writes donde podéis encontrar el reto.

—Séptima pregunta: ¿Creéis en la ética de las editoriales para con los autores? Os invito a hablar de vuestros miedos, de vuestras aspiraciones, de cómo sería vuestra editorial ideal, qué es lo que NO debería hacer una editorial con vuestro manuscrito y de lo bien o mal que os han tratado en tales editoriales.

Bueno, esta pregunta es complicada porque yo todavía no he presentado nada a una editorial, pero lo cierto es que conozco varios casos donde los autores han salido perdiendo porque la editorial se queda con los derechos de tu obra por lo que no puedes llevarla a otra editorial si con la primera te va mal. También ha sido popular últimamente el caso de un escritor que tenía una idea de proyecto con varios bloggers para publicitar su libro por la blogosfera. La idea era buenísima, creo que consistía en revelar pistas que llevaban a resolver el caso del que trataba el libro. No sé, yo no fui parte de ese grupo de bloggers que iban a colaborar con el autor y no me enteré muy bien, pero el caso es que la editorial canceló el proyecto de la noche a la mañana y sin dar explicaciones.

A mí este tipo de cosas me dan muy mala espina, por eso prefiero gastarme el dinero en registrar primero mi obra, luego en contratar a un servicio de edición y otro de imprimación y posteriormente, volverme loca para publicitarlo. De hecho este blog está pensando como plataforma para eso, en un futuro más lejano, quizás en unos años, pero el día que lo haga, será aquí donde vayáis a encontrar toda la información de mis novelas, enlaces a Amazon, etc.

Por supuesto no quiero ofender a nadie, hay editoriales de todo tipo, pero yo prefiero no arriesgarme confiando mi trabajo en alguien que no sé cómo lo tratará.

¿Qué problemas o miedos tenéis vosotros de cara a las editoriales?

Baile de lenguas - Capítulo 1: Bachata

25/1/16



Mi casa era un ático bastante grande que me gustaba mucho. Me había ido a vivir ahí con dieciocho años para estar más cerca de la academia donde entrenaba ocho horas cada día. Aunque yo siempre me quedaba un rato más o volvía a casa y seguía entrenando por mi cuenta. El baile era mi pasión y lo único que sabía hacer bien en la vida.

Ahora trabajaba como soporte técnico en una empresa. El sueldo estaba bastante bien y me había permitido remodelar toda la casa, comprarme un coche más grande y actualizar mi fondo de armario. Pero seguía sintiendo que me faltaba algo y nada de lo que hiciera servía para llenar ese vacío. Y es que ya hacía un año que no bailaba, ni me acercaba a ver competiciones, ni escuchaba música. Vivía entre el trabajo y estas cuatro paredes, no existía mundo para mí fuera de esto. Ya no.

Mi familia y mis amigos fueron una gran ayuda durante mucho tiempo, luego solo quedaron mis padres y tres amigas del instituto. Todos los demás se habían ido hacía tiempo. En parte les entiendo, hicieron todo lo que pudieron para sacarme de mi depresión y mi estado huraño, pero no consiguieron nada y acabaron cansándose. Demasiado rápido, para mí gusto. Deberían de haberlo intentado más, pero tampoco puedo quejarme, ellos tenían sus vidas y no las iban a parar por mí.

Ahora mismo estaba en la cocina terminando de hacer la cena, lo último que me apetecía era salir de casa, pero lo hice y anduve un rato. El aire frío me vino bien, pero enseguida me cansé y volví a casa. Había perdido toda mi forma física. De hecho no practicaba ningún deporte desde hacía un año y cuando intentaba algo, me volvía el dolor insoportable de la pierna. Ese dolor que me impidió seguir bailando se debe a un accidente que ocurrió hace un año. Me fracturé en tres la tibia y el peroné, quedando incapacitada para hacer lo que más me gustaba en la vida. 

Y lo intenté, creedme que lo intenté y eso fue lo más doloroso: darme cuenta de que ni con todo el esfuerzo del mundo y ni con todas las ganas de volver a los escenarios que tenía podía volver a bailar como antes. No sin perder el equilibrio y aguantar demasiado dolor, ya que mi especialidad era el ballet y necesitaba, entre otras cosas, dar saltos. Y cada vez que mis pies tocaban el suelo después de un salto, me caía.

Por eso, si no podía hacer ballet, no quería seguir haciendo nada relacionado con la música y me aparté de todo y de todos. Ahí fue cuando sentí el apoyo y el calor de los más cercanos, que, como dije, se fueron tan pronto como llegaron y solo quedaron cinco personas. Cinco personas sin las que ahora no tendría nada, empezando por esta casa, pues no habría podido seguir pagando el alquiler si no me hubieran ayudado a conseguir el trabajo. 

Había vuelto a casa, había hecho un poco de limpieza y ahora estaba leyendo un libro cuando alguien tocó la puerta. Eran Dafne y Adelaida, o Ade como la llamamos nosotras, dos de mis tres mejores amigas.

—¡Sabi, corazón! —me saludaron Dafne y Ade al abrir la puerta.

Dafne era la más bajita de las tres, tenía el pelo rubio y los ojos color miel. Sus facciones eran más redondas y tenía aspecto de niña de ocho años que hacía su primera comunión. Ade en cambio era un poco más parecida a mí, solo me pasaba por unos centímetros y tenía el pelo castaño oscuro como el mío, pero siempre se lo recogía en una coleta o en una trenza y sus ojos eran tan oscuros que costaba encontrarle la pupila.

—¿Qué hacen aquí tan tarde? —pregunté mirando el reloj.

—Cuando lo sepas nos vas a querer echar… —dijo Dafne mirando a Ade con una sonrisa de complicidad.

A pesar de habernos conocido a la vez, Dafne y Ade nunca habían sido tan amigas como después de mi accidente. Eso las había unido porque tenían un objetivo en común: ayudarme.

—Chicas, estoy bien —dije—. Si esto es porque se cumple un año del accidente no tienen de qué preocuparse.

—Mari nos está esperando en el coche para ir a una… fiesta —dijo Dafne entrando en la casa. Todavía estábamos en el pasillo de la entrada.

Mari era más morena que Ade y que yo, aunque su altura estaba entre la de Dafne y la mía. No era la más guapa de las tres, pero tenía un cuerpo precioso y siempre vestía para lucirlo, por lo que nos daba siempre un poco de envidia. Ella es una de las tres amigas que nunca me dio la espalda. 

Por eso no podía decirle que no a mis amigas, no quería que después de todo lo que habían hecho por mí se acabaran yendo como las demás. No ahora que ya estoy mucho mejor. Además, si quiero convencerlas de que estoy llevando bien el aniversario del accidente no puedo decir que no.

—¿Dónde es esa fiesta? —dije con mi mejor cara de entusiasmo, aunque se notó que fingía.

—Eso es lo que no te va a gustar —continuó Dafne—. Es un salón de baile, habrá una competición a medianoche que durará una hora y luego continúa la fiesta… pero nos podemos saltar esa parte si quieres.

—No creo que deba —dijo Ade y tanto Dafne como yo la miramos atentamente— necesita enfrentarse a sus miedos de una vez por todas. ¡Y qué mejor oportunidad que esta!

Ade siempre había tenido esa dureza. Para ella siempre ha habido una forma fácil de arreglar las cosas y le molesta cuando los sentimientos se ponen en medio. Conmigo fue muy paciente, pero me gustaba que me dijera las cosas tal y como son y no tratara de protegerme como a una niña. A veces un poquito de realidad viene bien. 

—Está bien, Dafne. Ade tiene razón —dije mirando a la rubia—. Iba a decir que sí de todas formas.

—¿Segura? —preguntó ella indecisa y Ade rodó los ojos, aunque Dafne no pudo verlo.

—Que sí. Me visto y nos vamos —di por finalizada la conversación y me dirigí a mi habitación. 

En realidad no me apetecía nada. Ya estaba a punto de irme a dormir cuando llegaron ellas. Pero abrí el armario y me puse a mirar qué vestido me quedaría mejor dada la ocasión. En todo el último año solo me había puesto un vestido en una ocasión: un duelo. Y era un vestido gris oscuro con mangas y que llegaba a las rodillas. Lo odiaba.

Los rojos eran demasiado provocadores y yo tenía ganas de algo más… tenía ganas de ponerme el pijama la verdad. Amarillos y mezclas de colores cálidos eran demasiado alegres y cortos para una noche de diciembre. Seguí buscando y no encontré nada adecuado, me estaba deprimiendo cuando entró Ade en la habitación seguida de Dafne y me dijo que fuera en pantalones y camiseta, como ella.

Lo de soluciones fáciles no podría pegar mejor para describir la personalidad de Ade. Pero tenía razón. Me puse unos pantalones vaqueros o jeans ajustados de color azul oscuro y una camiseta de tirantes marrón, unos tacones altísimos y una chaqueta de lana del mismo color rojo intenso que los zapatos. También aproveché la ocasión para maquillarme un poco, ya que hacía tiempo que no lo hacía y me relajaba bastante. Me apliqué un poco de sombra café, un poco de máscara de pestañas y un pintalabios también rojo, quería verme elegante y añadí unos pendientes plateados que encontré en el armario del baño.

Esa noche me habían dicho que competían Gala y Yago y que seguro que los conocía de cuando yo misma competía. La verdad es que el nombre de ella me sonaba muchísimo, pero el de él no. De todas formas, la idea de encontrarme con ex compañeros no es que me hiciera especial ilusión, sobre todo porque, aunque ya no perteneciera a ese mundo, me gustaba pensar que seguía teniendo algún tipo de reputación, buena reputación. Y que me viesen solo traería rumores, quizás alguien notara que cojeaba de una pierna y empezaran los cotilleos.  

Pero no quería pensar en eso y darle más vueltas al asunto. Salí de casa con un pequeño bolso cruzado en el que guardé las llaves y mi cartera con algo de dinero que, de casualidad, tenía suelto. Y me subí al coche con Dafne, Ade y Mari. Yo iba en los asientos traseros con Dafne y Ade, como es más alta, iba en el asiento del copiloto para poder estirar mejor las piernas. En realidad ese asiento me vendría mejor a mí, pero no quería pecar de quejica con mis amigas, sobre todo para no recordarles a cada momento mi problema con la pierna. 

Cuando llegamos al salón todos los ojos se posaron en Mari y en su extravagante escote. Se perdió entre la gente a los dos segundos, pero ya nos tenía acostumbradas. Las tres fuimos directamente a la barra y pedimos unas bebidas, yo me había tomado unos calmantes para el dolor de la pierna así que me pedí un refresco.

El salón era bastante cutre y pequeño. Las luces eran amarillas y señalaban al escenario, y el resto del local estaba prácticamente a oscuras. La barra estaba llena de gente y todos tendrían alrededor de cuarenta años, de repente me sentí fuera de lugar. Yo solo tenía veinticinco. 

La música estaba demasiado baja y no entendía la letra, solo reconocía que era bachata por el ritmo. A mi derecha había unas mesas que estaban todas ocupadas y, entre las mesas y la barra donde yo estaba, había un baño. Todo me seguía pareciendo cutre y Dafne y Ade enseguida me dieron la razón.

—La idea de venir aquí fue de Mari, no tenía ni idea del sitio al que nos traía —dijo Dafne dándose la vuelta para observar mejor el lugar.

—Si nos vamos ahora le haremos un feo, aunque ella ni se dará cuenta —dijo Ade riendo—. Pero no me gusta la idea de dejarla tirada.

—A mí tampoco —dije— mejor nos sentamos en una de esas mesas, quizás en un rato haya mejor ambiente.

Las dos me dieron la razón y caminamos hacia una de las mesas que acababa de desocuparse. Nos sentamos con nuestras bebidas y nos quedamos mirando a la gente que bailaba, a ver si encontrábamos a Mari, pero fue misión imposible. Unos minutos más tarde, casi siendo la medianoche, salió un señor de unos sesenta años, calvo y con un traje de chaqueta que le quedaba dos tallas más grande a dar la bienvenida al jurado.

Reconocí a todos, los cinco miembros del jurado. Eran bailarines mediocres, me topé con todos ellos en mis inicios y su criterio para puntuar era el de un niño de cinco años. Cuantas más volteretas y cosas raras, mejor. No le importaba la técnica, solo el espectáculo. Por lo que hacía que mi trabajo de ocho horas diarias se sintiera insultado. La gente les aplaudió, ellos saludaron al público y el presentador dio la bienvenida a los bailarines.

A continuación fueron saliendo los bailarines y me picó la curiosidad, así que me acerqué con Dafne y con Ade para verles mejor y nos encontramos, al fin, con Mari.

—Cielo, ¿estás cómoda aquí? —me preguntó Mari con cara de verdadera preocupación. Aunque también le prestaba atención al tío que la abrazaba desde atrás, acariciando sus brazos y su estómago.

—Sí tranquila, de hecho me siento muy bien —contesté sin apartar mi mirada de sus ojos, porque si lo hacía, la mirada se me iría hacia el tío baboso que tenía detrás y podría vomitar del asco.

En realidad, la gente empujaba y bailaba a mi alrededor, por lo que tenía que moverme para no ser pisada y con mis tacones de diez centímetros mi pierna lo estaba pasando un poco mal. En ese momento me arrepentí de haberme puesto esos zapatos, aunque, me sorprendí de estar disfrutando de las actuaciones. Quizás por eso aguanté las dos primeras parejas que bailaron, pero, cuando fue a salir la tercera, me di la vuelta. Fue entonces cuando el señor calvo que llevaba el micrófono llamó a la tercera pareja Gala y Yago. Y me di la vuelta para verles.

Efectivamente, conocía a Gala de vista, era una bailarina excelente en lo que a bailes latinos se refería, aunque siempre noté que me tenía envidia porque yo dominaba muchos más bailes que ella y le gané en una competición individual de hace unos seis o siete años. Pero a él no lo había visto nunca y la verdad es que bailaba muy bien, ahora era yo la que tenía cierta envidia de Gala, ella podía bailar y estaba haciéndolo con un hombre bastante atractivo y talentoso. 

Me quedé hasta el final y luego las chicas me acompañaron a una mesa que se acababa de quedar vacía, la que nosotras habíamos ocupado minutos antes ahora estaba invadida por una pareja de unos cuarenta años que no dudaba en meterse mano aprovechando la oscuridad del lugar. Nos sentamos y le pedimos unas bebidas al camarero, cada una pidió un cóctel diferente y empezamos a hablar y, por primera vez en mucho tiempo, me sentí a gusto y de pronto no me arrepentía de haber ido a la fiesta, de hecho me alegré de que me hubieran invitado. 

Nos lo estábamos pasando muy bien y nos acabamos las bebidas en nada, el camarero estaba tan liado y la iluminación era tan mala que no nos veía levantar la mano para llamarlo y ordenar de nuevo. Entonces vi que Yago se acercaba a la barra y decidí acercarme yo también, con la excusa de pedir las bebidas y de paso, hablarle a él.

—Te he visto bailar, lo haces muy bien, ¿de dónde eres? —pregunté indiscretamente. Normalmente no era así cuando quería hablarle a un chico, solía ser muy tímida, así que supongo que fue el ambiente fiestero y la felicidad que estaba experimentando después de tanto tiempo, lo que me impulsó a ello.

—De aquí, ¿por qué? —me respondió él cómo si mi pregunta le ofendiera.

—Es que no te he visto nunca y pensé que a lo mejor eras de fuera —contesté yo. Yago frunció el ceño y apoyó su codo izquierdo en la barra mientras giraba todo su cuerpo hacia mí para mirarme directamente a los ojos.

—Empecé a competir hace un año —me relató— antes de eso ensayaba en una academia de mi barrio. Pero nunca me lo tomé en serio, ¿por qué dices que nunca me has visto bailar antes, eres de esas críticas que se dedica a ver competiciones de baile y opinar en Internet? —Su tono sarcástico me hizo reír, recuerdo muy bien algunas de esas críticas, cuando yo empecé era más común leerlas en periódicos o revistas locales, pero con la llegada de Internet a todos los hogares, se habían creado foros de fans y blogs con críticas o alabanzas a nuestras actuaciones.

—No, solía competir en ellas —respondí con una sonrisa de satisfacción en la cara por ver cómo la suya cambiaba a una de increíble asombro. No supe si enfadarme o no ante su expresión, sabía que no estaba en mi mejor forma física después del accidente llegué a ganar hasta veinte kilos, pero, no era para tanto. El baile se lleva en la sangre.

Noté que las facciones de su cara se habían relajado, como si comprendiera que me pudiera sentir ofendida por tantísimo asombro. Me dedicó una sonrisa que llegó a sus ojos, de esas que se nota que son sinceras y me invitó a bailar, pude notar que para él fue como una especie de reto para ver lo buena o lo mala que era bailando y creo que incluso para reírse un poco de mí si fuera mala. Me dio miedo que la pierna me jugara una mala pasada, pero la verdad es que me apetecía mucho bailar esa noche y le tomé de la mano y nos adentramos entre la gente. 

Empezó a sonar la música, también era una bachata, y en el escenario estaba la octava pareja del concurso. Yago me agarró de la cintura y tomó mi mano y la levantó a la altura de nuestros hombros, como si tuviera que guiarme e indicarme qué postura adoptar para el baile. ¡Já! La música continuó sonando y entonces empezamos a bailar, mis pasos eran decididos, no noté dolor en la pierna y me animé para soltarme un poco más, ya que estaba un poco tensa. A los pocos segundos, Yago estaba completamente convencido de que era bailarina profesional, no quedaba duda, entonces le entró la curiosidad.

—¿Cómo te llamas? —me preguntó con una sonrisa ladeada.
—Sabina —respondí sin dejar de bailar.
—¿Sabina Fernández? —preguntó él y yo paré en secó.
—¿Cómo lo sabes?
—Eres una leyenda —Le miré fijamente a los ojos y noté su sonrisa sincera, de profunda admiración y seguramente él podría estar mirando la mía, de entera incredulidad.
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