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#1 Ejercicio de escritura de Literautas: Mr. Adriano

¡Hola hola! ¿qué tal? Yo hoy les vengo a traer el primer ejercicio de escritura de Literautas a los que hacía meses que les tenía muchas ganas. Estos ejercicios están ordenados en una lista y en total son 24. Comenzaré por el primero que trata de un calcetín rojo. Os dejó aquí más información sobre este ejercicio y si os gusta, podéis apuntaros vosotros también, yo intentaré traer al menos uno al mes.




Mr. Adriano
Se pasó una hora buscando el calcetín rojo sin resultado. El calcetín seguía sin aparecer y debía encontrarlo antes de que llegara la noche. Ya no sabía por donde más buscar, había registrado todos los cajones y armarios, había mirado debajo de la cama y entre las sábanas, había seguido por mirar entre los cojines del sofá y había terminado por rendirse cuando llegó a la cocina. Era imposible que estuviera allí.

Cuando la rabia por no haber podido encontrar el calcetín favorito de Adrián le dejó pensar, se acercó a su cartera que reposaba sobre la mesa del comedor. Metió la pequeña billetera de cuero en su bolsillo trasero del pantalón y antes de salir tomó las llaves de su moto. Condujo hasta unos grandes almacenes y fue rápidamente a la sección de Moda y Calzado. En ese momento notó que su teléfono móvil vibraba y lo sacó. Era su ex mujer, Diana.

—¿Diana? ¿todo bien? —preguntó él aclarándose la garganta.
—¡Hola, sí, todo súper! Te llamaba para decirte que ya vamos hacia tu casa —contestó ella y en ese momento escuchó la voz de una mujer que, con voz distorsionada, decía “La señorita Carmen por favor diríjase a la caja 12”— ¿Felipe? No me digas que has salido y que no vas a estar en casa cuando llegue con Adrián... no voy a quedarme esperando a que vuelvas como la otra vez, te quedarás sin ver a tu hijo —sentenció ella antes de esperar una respuesta del hombre al que una vez amó.
—He salido a comprar algo urgente, volveré a mi casa antes de que llegues con el niño, lo prometo —la promesa de Felipe alivió a Diana que respiraba nerviosa y ella decidió colgar antes de decir nada más.

El hombre buscó entre los calcetines uno que fuera de color rojo, no le importaban tallas ni telas, solo que fuera rojo. En ese momento una chica de aspecto jovial se acercó con varias cajas llenas de medias. El rostro de Felipe se iluminó y le pidió ayuda a la joven que amablemente rebuscó entre los montones de calcetines para buscar unos rojos.

Los había blancos con rayas rojas, de otros colores con dibujos rojos y después de mucho buscar, sacaron unos muy parecidos al calcetín perdido y Felipe gritó de alegría.

Esa noche, cuando Diana llegó a casa de su ex marido con su hijo Adrián en brazos, Felipe les abrió la puerta y no tuvieron que esperar a que regresara. El hombre también se había dado prisa en limpiarlo todo y en ordenarlo, después del alboroto que había formado en la casa con la búsqueda infructuosa del calcetín perdido.

Diana dejó sobre el sofá al pequeño de tres años y medio que se había quedado dormido durante el trayecto en el coche. Con un leve gesto de la mano, Felipe indicó a Diana que se acercara y ella, aunque dudosa, se aproximó. Al hacerlo comprobó que Felipe tenía entre sus manos hilo y aguja y se disponía a coserle unos ojos al recién estrenado calcetín rojo. La mujer ató sus cabellos rubios en una coleta y se aprestó en ayudar a su ex del que aún no hacía ni medio año que se había separado.

Pasaron unos veinte minutos antes de que el calcetín por fin tuviera unos botones por ojos y una fila de hilos blancos por melena. La ex pareja, entre risas insonoras para no despertar al pequeño, se despidió en el portal con un sutil beso en la mejilla. Felipe volvió a dentro y, al cerrar la puerta, notó que su hijo se había despertado. El pequeño se desperezó en el sofá mientras miraba a su alrededor reconociendo el lugar y cuando se dio cuenta de que estaba en casa de su padre, se incorporó rápidamente como si de un resorte se tratara y se le dibujó una gran sonrisa al encontrarse a su padre detrás de él.

—¡PAPÁ! —gritó el pequeño con todo el aire de sus pulmones.
—Hola pequeño mío, ¿cómo has estado?
—Muy bien —respondió sincero el crío— he jugado a un montón de juegos nuevos con mamá, pero te echaba de menos —confesó estirando los brazos para buscar el abrazo de su padre.
—Y yo a ti, cariño, y yo a ti. Y no he sido el único, Míster Adriano también te ha echado mucho de menos —dijo el hombre mientras buscaba el calcetín rojo.

Felipe se acercó a su hijo con el nuevo Míster Adriano y la esperanza de que no se diera cuenta del cambio, aunque su hijo era muy listo. Tenía miedo de que se enfadara por perder al original o que se pusiera triste y se echara a llorar. Obviamente no quería que eso ocurriese, pero con los niños siempre cabe cualquier posibilidad, por eso no se sorprendió cuando el pequeño comenzó a reírse a carcajadas.

—Ey, renacuajo —le increpó Míster Adriano al pequeño— ¿te estás riendo de mí?
—Sí —respondió Adrián risueño.
—¿Y por qué? —volvió a preguntar el calcetín.
—Porque no eres Míster Adriano, eres su hermano gemelo... —contestó el niño.
—¿Cómo puedes saberlo? —demandó con asombro el calcetín rojo.
—¡Porque a Míster Adriano lo tengo yo! —replicó Adrián sacando al verdadero Míster Adriano de su mochila y haciendo que a Felipe le entrara la risa floja.

¡Espero que os haya gustado y que comentéis,
de lo contrario tendréis pesadillas con Mr. Adriano!

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